Literatura

El Formentor de las Letras 2025 vuelve a premiar la literatura como forma de combate con el galardón a Hélène Cixous

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Hélène Cixous (nacida en 1937), ensayista, novelista y dramaturga francesa. © Jean-Pierre Couderc / Roger-Viollet / Cordon Press

Acabo de recibir un correo electrónico que proclama, con la solemnidad de un anuncio eclesiástico, que el Premio Formentor de las Letras 2025 ha sido otorgado a Hélène Cixous. Leo su nombre y siento que algo se remueve en la parte del cerebro donde habita mi yo más lector, ese fantasma que se excita ante los signos que otros consideran ilegibles, pero que a mí me hacen sentir en casa, como si una parte exiliada de mí encontrara refugio en la oscuridad. Cixous. La autora francesa-alemana-argelina. Filósofa, poeta, madre literaria, musa feminista, discípula, amiga, casi hermana de Derrida, esa esfinge. Cixous, que escribe como si se desgarrara a sí misma con una cuchilla empapada en tinta.

No es un premio menor el Formentor. No es uno de esos galardones plastificados que se reparten en cócteles de embajada. El Formentor es una declaración de principios, una cinceladora de pensamiento lanzada contra el mármol del entretenimiento. Los últimos nombres que lo han recibido antes de Cixous —Ulítskaya, Quignard, Krasznahorkai— forman una especie de club de disidentes del lenguaje. Ninguno ha escrito para agradar. Todos, en cambio, han escrito para provocar algo parecido al malestar necesario.

Y ahora le toca a ella, la mujer que convirtió la escritura en acto erótico, en una especie de amanecer sangrante, en una reescritura del mundo con el cuerpo por pluma.

Según el acta del jurado:

Por la personalidad de su estilo y su intrépido sentido de la soberanía creativa, por la amplitud de las disciplinas intelectuales que ha integrado en su numerosa y proteica obra, por la composición de una obra literaria que ha expandido la más ilustre herencia de la cultura europea, el jurado otorga el Premio Formentor a la escritora francesa Hélène Cixous.

Al leer esta frase una no puede evitar pensar en el comité de sabios encerrado en un lujoso hotel del Grupo Barceló, bebiendo vino demasiado caro, pronunciando frases que serían ampulosas si no fueran precisas. Porque esa es la maldita verdad: Cixous no escribe para contar historias, sino para tocarlas, como quien toca una herida para ver si sangra. Su obra es esa clase de literatura que te hace sentir analfabeto aunque tengas un doctorado. Hay que leerla con el cuerpo tenso, con la mandíbula apretada, como si uno estuviera escalando la ladera de un volcán. No te da descanso. No te ofrece personajes amables. No hay consuelo. Solo la conciencia brutal de que el lenguaje es una trampa, y de que, sin embargo, no hay otra salida que escribir. Escribir para no caer.

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