
Salvador Rueda no es arquitecto, pero eso no le impide pensar como uno, o quizás mejor aún: pensar como un urbanista que no está atrapado por la tradición disciplinaria. Su contribución a la arquitectura no pasa por levantar edificios, sino por redefinir el campo de juego donde se levantan, se habita, se trabaja, se vive. Desde que fundó la ya extinta Agencia de Ecología Urbana de Barcelona ha teorizado y practicado un modelo que transforma el metabolismo de la ciudad, no con bisturíes ornamentales ni promesas de greenwashing, sino con una aritmética simple y desarmante: nueve manzanas, una supermanzana. Esa es la escala de su revolución, y este libro, a medio camino entre el ensayo teórico, la crónica urbana y el manifiesto político, es su caja de herramientas.
Gabi Martínez, cronista de lo real con alma de novelista, ha ejercido en este libro el papel de médium entre la teoría urbanística y la experiencia ciudadana. No firma solo para apuntalar lo dicho: interpreta, pregunta, contextualiza. A veces tensiona el discurso, otras lo despliega con una sensibilidad casi narrativa. Su aportación convierte a este volumen en algo más que un ensayo: lo hace legible, cercano, caminable. Porque si Rueda razona con mapas, Martínez lo hace con pasos.
Si alguien esperaba un tratado convencional en 503 supermanzanas, que se detenga. Esto es otra cosa. No es un libro para entender cómo se pavimentan las aceras, sino para comprender qué significa vivir en una ciudad que pone a las personas en el centro. El texto está tejido con una claridad implacable: la ciudad es un sistema de proporciones, y como toda buena receta, puede arruinarse si se pasa de sal. Un exceso de suburbio, una hipertrofia del coche, un desequilibrio en el uso del espacio público… y el guiso se arruina. No importa que los ingredientes sean nobles. Sin armonía, no hay ciudad.
Rueda escribe con la contundencia de quien lleva décadas repitiendo lo mismo sin que nadie le escuche del todo. Pero ahora, con el cambio climático respirando en la nuca de cada metrópoli, su discurso adquiere una urgencia profética. Frente a los parches tácticos, a los gestos simbólicos con vocación de trending topic, él defiende un modelo integral que no se conforma con parecer sostenible: quiere serlo. Porque «no que lo parezca, sino que lo cambies. No maquillaje, sino transformación».
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.





