
En fechas recientes ha tenido lugar el estreno en España de la película Michael, dirigida por Antoine Fuqua y protagonizada por Jaafar Jackson, sobrino del artista al que se rinde tributo en la cinta, con una factura estilística notable, a través de una revitalización de sus vídeos musicales más conocidos y de sus icónicas canciones, que han trascendido de forma incuestionable su propio tiempo para convertirse en genuino patrimonio cultural.
La película ofrece una travesía por la vida de Michael Jackson, desde su infancia hasta los años ochenta, momento en el que el artista, ya precedido por una fama inmensa, llega al estrellato definitivo en solitario. En este paseo por su existencia, el espectador confirma a través del cine una serie de extremos, sin duda ya conocidos, que dejan un poso final de cierta tristeza, también reflejada en el espejo de la vida del artista, aunque esta se revista de espectáculo, luces de neón y aclamaciones masivas.
Precisamente ese trasfondo de la película es el que permite realizar algunas consideraciones de corte filosófico, y quizá en ellas pueda encontrarse un fundamento para la inmortalidad artística de Michael Jackson, dejando aparte el otro componente esencial para su éxito: su propia genialidad.
No quiero, por lo tanto, entrar en el aspecto subjetivo del talento innato del artista —que, desde niño, fue evidente y por ello irrefutable—, sino en otro factor, no tanto propio como circunstancial, que determinó la trayectoria vital del protagonista. Es posible trasladar el célebre pensamiento de Ortega y Gasset al mensaje implícito de la película: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo», pues, en efecto, un elemento determinante en la vida de Michael Jackson fue su niñez, su familia, sus primeros años y el condicionamiento posterior de aquella infancia —por darle ese nombre— que estuvo con él hasta el final.
Creo que la niñez del artista no puede calificarse en realidad como infancia, sino como una situación de trabajo permanente y de sometimiento a la autoridad paterna bajo una premisa de miedo y de castigo, en toda la dimensión que ofrece este último término. Muy difícilmente en tal contexto de subyugación ese niño pudo ser feliz, y así los sueños del artista se encauzaron hacia la esperanza de conseguir aquella infancia que él nunca tuvo: ser siempre un niño, pero un niño jovial, alegre, querido y, efectivamente, feliz. Desde mi punto de vista, esta circunstancia fue decisiva para lo que, años después, sería el icono de la música, y no solo por el hecho de que Michael, no sin esfuerzo, salió de esa opresión —la película deja muy bien plasmado que el temor hacia la reacción del padre era suyo, pero también del resto de su familia y hasta de los productores discográficos—, sino porque también supuso un revulsivo para el artista, una forma de demostrar que su personalidad y su criterio debían prevalecer, de tal modo que, en su carrera musical, aquello que no lo mató lo hizo más fuerte, en palabras de Nietzsche.
No obstante, es posible considerar que la misma cristalización del éxito sin paliativos de Michael Jackson también fue el fruto de una dinámica que ha sido examinada filosóficamente, desde un plano general, en cuanto al motivo del devenir y de la evolución de los acontecimientos sociales, de la humanidad, trasladando este razonamiento lógico al campo de una vida particular.
Fue Hegel quien plasmó el concepto del diálogo permanente entre la crisis y la evolución, entre el hecho inicial crítico, la reacción frente a él y la salida hacia el progreso, pasos todos ellos que construyen la realidad. No se trata de un camino de rosas, ni es sencillo de afrontar, pero es necesario no ya solo para obtener un futuro mejor, sino para contar con un mismo futuro real. La historia de la humanidad lo revela: ante situaciones de dominación o de tiranía, en las que los derechos son eliminados, solo la reacción de la sociedad —culta e inteligente en cuanto que consciente de la malignidad de esa opresión—, aun a pesar del dolor y del sufrimiento que supone toda oposición, puede devolverle lo que legítimamente le corresponde, e incluso mejorar aquello con lo que anteriormente se contaba o se debiera contar. La revolución es necesaria para conseguir la supervivencia y la mejora, en tres momentos en una formulación habitualmente asociada a la dialéctica: tesis, antítesis y síntesis.
En la vida del artista, la tesis fue una infancia inexistente, sumida en una oscuridad que no le permitió disfrutar de todo aquello que un niño merece; la antítesis fue la consciencia, el reconocimiento, la no asunción o aquietamiento frente a esa situación, que motivó la reacción en el artista de reclamar su propio talento, su individualidad opacada; y la síntesis se materializó en el avance, en el nacimiento de la figura en solitario, fruto de aquella contradicción entre el hijo y el padre que hizo superar a la versión anterior de aquel y creó otra muy sólida, mejorada y destinada al infinito.
Por este motivo, puede verse la película sobre la vida de Michael Jackson, desde un prisma superficial, como la evolución de un gran artista a través de los años, primando el componente subjetivo —su creatividad y genio— y el factor estético de la puesta en escena de dicha evolución profesional, que fue innegable; pero también puede considerarse, desde un análisis objetivo del contexto de la vida de Michael, como la plasmación de una superación humana nacida de la contradicción con la figura paterna y el conflicto que le supuso una niñez huérfana de una verdadera felicidad, reaccionando frente a ella en la búsqueda de la propia afirmación personal.
Lo que ocurrió, no obstante, fue que dicha autoafirmación no se quedó ahí, sino que su persona se proyectó hacia las estrellas, ya al abrigo de una genialidad irrepetible.
Sus palabras enlazan, precisamente, con estas ideas: «Si no tienes ese recuerdo de amor de la infancia, estás condenado a buscar por todo el mundo algo para llenar ese vacío. Pero no importa cuánto dinero ganes o lo famoso que te vuelvas: siempre seguirás sintiéndote vacío».









Demasiada palabrería para alguien que según mi opinión, nunca alcanzó las cotas de The Beatles. Y que conste que no me meto con su personalidad y sus tejemanejes fuera de la profesión, simplemente nunca le di tanta importancia como sí hicieron muchos otros. Sí, era bueno pero estando Stevie Wonder, James Brown, Otis Redding ,¡¡Ray Charles!!, por referirme solo a congéneres de su raza, pues eso… Siempre lo percibí como algo raruno, con una voz cantando como si un gato o un niño de 8 años se hubieran quedado pillados en un cepo, no sé…
Racista.
Claro, mucho mejores las voces de los sobre valorados Beatles, pero claro eran blancos y se podian permitir plagiar sin permiso a esos que nencionas con tufo racista como congéneres.
Los Beatles están sobrevalorados, lo mejor de Paul McCartney lo hizo después en solitario, y siempre que me acuerdo el agradezco a Chapman que nos quitara a ese progre woke de Lennon del camino, me imagino si estuviera vivo, los DeNiro, Ruffallos, etc se quedarían en pañales al lado de lo que sería ese señor de viejo, qué sabroso ser socialista-comunista llenos de plata y en el primer mundo, la música de Michaer Jackson es insuperable, por algo casi 20 años después de su muerte esta de moda otra vez
Para meterte asi con los muertos, mejor no decir nada, la verdad.
Me ha decepcionado. Un blanqueo de la figura más bien turbia por su relación con menores.
No aporta nada. Aunque la actuación del que encarna al padre es notable.
Obviamente, el sobrino de Michael colabora en este intento de maquillaje del mito/ personaje.
Prescindible.
Hay un antes y después del fenómeno Beatles. Su influencia ha sido enorme y ha llegado a artistas de otros géneros, como el dominicano Juan Luis Guerra, entre otros. Hay versiones en jazz y clásica. Se inaugura un museo, se rueda un biopic.
Respecto a su comentario sobre el asesinato del genial Lennon, es vergonzoso, cruel y fascista.
«…congéneres de su raza…» concepto con tintes racistas. El hecho de que a usted no le gustara no es criterio para descalificarl0. Además, no olvide que las razas no existen.
Michael, más grande que la vida 💛
El artículo habla de filosofía. Del mundo del Arte y de la infancia. A raíz del film biografico de Michael Jackson. Queda claro que a Antonia no le gusta la filosofía.
No creo que haya palabrería. Tiene un enfoque claro y poco analizado de la vida de MJ. No son necesarias las comparaciones con otros artistas, pues no plantea nada en esa escala. Me parece importante ir a la filosofía para hacer estos análisis y salir de la cuestión farandulera. Por eso felicito el artículo.