Ciencias

Humanos, poco humanos

Estatua ecuestre de Marco Aurelio en la plaza del Campidoglio. (DP) humanos
Estatua ecuestre de Marco Aurelio en la plaza del Campidoglio. (DP)

A menudo se asocia el raciocinio, la voluntad, la decisión, la moral o la mismísima inteligencia a los lóbulos frontales del cerebro, posicionados justo encima de los ojos, en la parte más anterior de la bóveda craneal. Cuando hablamos de alguien sagaz, o de un acto de iluminación, los dedos van, automáticamente, a indicar la frente. La evidencia es sobre todo funcional: lesiones en aquellas regiones de la corteza cerebral se relacionan con defectos y carencias en aquellas mismas habilidades mentales, tan cruciales para nuestro desarrollo como personas y como sociedad. Desde luego, la neurobiología confirma que los lóbulos frontales de los humanos están más conectados y activos que los de los otros primates, e incluso puede que haya áreas especializadas que tengamos solo nosotros. Como consecuencia, los lóbulos frontales han acaparado un porcentaje más que relevante de la neurobiología de los últimos dos siglos, a veces con excesos reduccionistas que han desviado la atención de la naturaleza más global y sistémica del funcionamiento cerebral.

Curiosamente, es muy común encontrar (tanto en contextos divulgativos como científicos) artículos, libros o conferencias donde se afirma que esta gloriosa expansión de la corteza frontal se puede reconocer perfectamente a lo largo de nuestra historia evolutiva, cuando, sin embargo, no existen evidencias ni pruebas en este sentido, y nunca han existido. Muchos rasgos de nuestros lóbulos frontales (proporciones, asimetrías, surcos cerebrales, etc.) son iguales o muy parecidos en homínidos fósiles y simios antropomorfos, y muchos otros se deben a haber desarrollado un cerebro globalmente más grande y generalmente más complejo. Incluso la frente plana de simios y homínidos prehistóricos resultó ser cosa de los huesos de la cara y de las órbitas, y no un rasgo asociado a la forma o al volumen de la región anterior del cerebro. En fin, todavía no tenemos claro si nuestros lóbulos frontales, supuesto templo de la razón y de la sensatez, son realmente algo evolutivamente nuevo o si su complejidad se debe más bien a un aumento generalizado de toda la arquitectura cerebral.

Pero entonces, si no existen evidencias evolutivas de los cambios macroscópicos de nuestros lóbulos frontales, ¿por qué se insiste de forma tan contundente en lo contrario? La respuesta es sencilla: porque demasiadas veces el saber humano, más que reflejar conocimiento, se sustenta en esperanzas y expectativas. Y una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad.

Se dice que la historia la cuentan los vencedores, pero en realidad la cuenta quien tiene voz o, más bien, medios de comunicación, como el lenguaje o la escritura. La historia la cuentan los humanos. Solo y siempre los humanos. ¡Y ya sabemos cómo van las cosas cuando todos los periódicos o los canales televisivos son de un mismo dueño! En fin, todo lo que hacemos, decimos, pensamos o planeamos es, por su propia definición, antropocéntrico, en el sentido de que pone al ser humano en el centro de la atención, de la prioridad y, sobre todo, del punto de vista.

Este sesgo es normal e inevitable, un límite implícito del conocimiento, lo cual no quita que habría que tomar cierta distancia a la hora de creerse las conclusiones a las que llegamos con este proceso abiertamente amañado. Claro está que, entre las innumerables descripciones que el primate humano hace del mundo, está también su propia descripción, su mismo autorretrato. Y en los selfis, hoy en día lo sabemos muy bien, las caras a menudo no aparecen como son en la realidad, sino que muestran inevitablemente una sonrisa tonta, un ceño fruncido, una pose caricaturesca, una expresión innatural y declaradamente falsa. A veces esta comedia es un mensaje para los demás, a veces es el intento de creerse lo que no somos. En ambos casos, es la presentación de un personaje, de un protagonista; una máscara para esconder lo que hay o, aún más frecuentemente, lo que no hay en cada uno de nosotros. Esto vale tanto para el autorretrato individual como para el colectivo, ya sea una foto de familia, la clase de un cole, los gremios profesionales, los patriotismos y nacionalismos de todos los colores o, por qué no, el orgullo filogenético.

La antropología se define como «la historia natural del género humano» y, siendo una historia contada por el mismo género humano, sufre los efectos de innumerables conflictos de interés. En esta definición, el término género es taxonómico y se refiere a una determinada categoría de la nomenclatura zoológica: el género Homo. Técnicamente, entonces, en la palabra humano cabemos nosotros, pero también las especies ya extintas del mismo género, como un neandertal o un Homo erectus. Aun así, los mismos paleoantropólogos muchas veces olvidan las categorías de la biología y, en un arrebato de egotismo evolutivo, emplean esta palabra solo para referirse a nuestra especie, Homo sapiens, excluyendo impropiamente a nuestros primos y abuelos extintos. Nada nuevo: a lo largo de sus trescientos años de historia, la taxonomía ha sido más cuestión de política y sociedad que de ciencia. En el siglo XVIII, Linneo, icono histórico del sector, evitaba entrar en los detalles de la clasificación humana para no tocar los nervios descubiertos de la Iglesia, manteniendo además una actitud profundamente conservadora, paleta y racista sobre los temas de la diversidad humana. Por un juego del destino, su cuerpo acabó posteriormente elegido como prototipo de «humano», a la hora de tener que escoger a alguien para que nos representase en los catálogos oficiales de la diversidad biológica. En cuanto los taxónomos empezaron a nombrar y catalogar animales y plantas, la interpretación de la diversidad racial empezó a desatar conflictos sociales, conflictos más bien éticos, morales, económicos y políticos, donde cada bando pretendía defender su posición en nombre de una u otra evidencia científica. Un error bastante torpe, primero por confundir diversidad biológica con igualdad humana, segundo por apoyarse en algo —la ciencia— que cambia constantemente, y tercero por considerar ético decidir defender o no a alguien solo si pertenece a tu mismo grupo. La pantomima sigue en pie aún a día de hoy, a una escala todavía más amplia, que abarca ya las otras especies de primates y que representa un caso evidente de la clásica dicotomía de los excesos de nuestra mente emocional: pasar del extremo de perseguir las diferencias al extremo de negarlas.

Todo ello, siempre barriendo para casa. En la escala de la naturaleza que sigue contaminando nuestra forma de interpretar la diversidad, el ser humano tiene que acabar en la cumbre. Y por ello llevamos siglos cantando las increíbles virtudes de esta criatura sapiente, a pesar de que las evidencias no parecen apoyar esta tan optimista interpretación que seguimos repitiéndonos como un mantra. Fardamos constantemente de nuestra inteligencia, a pesar de que todavía no tenemos claro qué quiere decir esta palabra y, sobre todo, de que no parece ser un don consolidado en nuestro linaje. Por supuesto, somos capaces de proezas analíticas comparados con vacas y medusas, no cabe duda alguna. Pero luego, si hurgamos en el tejido de nuestra especie, tenemos que reconocer que esta inteligencia es una habilidad por lo menos patentemente limitada, y muy variable. De hecho, cuando una persona es demasiado inteligente, a menudo sospechamos de ella y la tachamos —paradójicamente— de «poco humana». La lógica y la racionalidad vienen en el mismo paquete, y el sentido común (no es ningún misterio) es el menos común de los sentidos. Todas ellas, características que se asocian ostentosamente a nuestra especie, a pesar de resultar muy inconstantes (por no decir infrecuentes) en sus representantes. Y, en cuanto a la bondad, poco hay que decir que ya no se haya dicho en un debate infinito que confronta a los que ven al ser humano como un lobo feroz contra los que lo ven como un ángel que, aunque caído, sigue manteniendo unas alas que siempre pueden volver a volar. Cuando recordamos que somos el producto de la evolución, no podemos obviar que para la selección natural el reproductor genéticamente más exitoso es el que colabora con los suyos y mata a los demás, ama a sus parecidos y odia a los diferentes. La situación actual, donde unas cuantas potencias económicas del planeta están en manos de criminales paletos, corruptos y agresivos, no parece avalar la hipótesis de una bondad implícita. Tampoco esta es una excepción a lo largo de la historia de la humanidad, y es importante no olvidar que, a pesar de que un pequeño porcentaje de humanos ha vivido bien en nuestras etapas más recientes, lo que define mejor a nuestra especie son los cientos de miles de años de matanzas, agresiones, dominaciones, abusos y una larguísima serie de sufrimientos infligidos a humanos por humanos.

Las cosas como son: la estupidez, la insensatez, la irracionalidad y la maldad son rasgos endémicos que han condicionado en gran parte nuestro modelo de vida, nuestro nicho ecológico y nuestra historia natural. Individuos que se alejan de estos vicios naturales hay muchos, tal vez muchísimos, pero son eso: individuos que en la dinámica colectiva desaparecen o se diluyen en sociedades forjadas por emociones (y prioridades) paleolíticas. Nos repetimos continuamente que el ser humano es inteligente, racional, lógico y bueno, pero luego es muy difícil reconocer estas cualidades en la vivencia común de nuestra especie, así como en un considerable porcentaje de sus miembros. Provocativamente, un zoólogo podría decir que esas cualidades no se pueden considerar buenos caracteres taxonómicos, porque como máximo se encuentran en un número indeterminado (y quizá sospechosamente bajo) de sujetos. De hecho, por lo visto no se encontraban ni siquiera en el mismísimo Linneo, prototipo oficial de nuestro linaje, cuya biografía sugiere, más bien, una persona ávida, reactiva, competitiva e incluso tramposa y embustera. Esta paradoja se encuentra bien ejemplificada en el estoicismo, que por un lado exaltaba la razón como la verdadera naturaleza de los humanos y al mismo tiempo se dedicaba a proponer cómo vivir la vida en un mundo desequilibrado donde casi ningún humano es razonable. La misma contradicción de siempre: parece que el ser humano no luce los rasgos con los que se define a sí mismo.

Pero, entonces, ¿dónde está el error? ¿Es que los humanos no cumplimos con el adjetivo que nos cataloga, o es el término humano el que quiere decir algo distinto de lo que suele indicar en su uso más frecuente? ¿Falla la realidad o la expectativa? Si el término humano es una esperanza o una utopía más que una cualidad de nuestra especie, ¿deberíamos tender a ella o aceptar nuestra naturaleza de seres «muy poco humanos», dotados de una inteligencia limitada, una escasa racionalidad, una lógica inestable, una ética discutible, una voluntad muy floja y una bondad cuanto menos incierta? Es probable que el individuo tenga, en cierta medida, un grado de elección a la hora de posicionarse más hacia un extremo u otro de nuestro rango de potencialidades. Pero la especie, en teoría, no lo tiene: solo puede seguir el curso marcado por las reglas reproductivas de la selección natural. Así que probablemente habrá que mezclar estrategias, reconociendo una incómoda realidad: los humanos, haberlos, haylos, pero puede que al final no sean muchos, diluidos entre una marabunta de grandes simios que, demasiado a menudo, de humano tienen bien poco, y a veces más bien nada.

Y entonces viene la siguiente y definitiva pregunta: ¿qué hacer con esta situación? Los estoicos, al respecto, tenían la respuesta muy clara. Marco Aurelio aconsejaba que, al despertarse, uno se recordara a sí mismo que ese día se toparía con un indiscreto, un ingrato, un insolente, un embustero, un envidioso y un egoísta. Así son los humanos, aunque defendamos que sus rasgos típicos son la inteligencia, la lógica y el amor. Según el consejo del emperador, al recordarse todas las mañanas qué le deparará, seguramente, el día, uno no lo cargará de expectativas inútiles que le provocarían una constante decepción, y estará listo para tratar con sus (insufribles) congéneres. Porque si la razón, según los estoicos, es la primera naturaleza del ser humano, la segunda es la sociabilidad, y hay que cumplir con ella. Al fin y al cabo, todos hacemos lo mejor que podemos, y las carencias no deberían suscitar la ira, sino la compasión. Lo que daña a la colmena daña a la abeja, repetía también Marco Aurelio, así que lo que verdaderamente importa es, como recordaba Richard Buckminster Fuller, que somos todos tripulantes de la nave espacial Tierra. Lo menos que podemos hacer es colaborar y, a ser posible, incluso tratar de disfrutarlo.

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2 comentarios

  1. Carlos González-Teijon

    Excelente artículo. Ojalá hubiese muchos más como este.
    Surgen las preguntas, ¿Podemos, ya, comenzar a estudiar, con palabras científicas y no con palabrería, que es la sabiduría, la bondad, el ser o no, humano?. ¿podemos, y debemos, comenzar a explicar científicamente la convivencia humana, y olvidarnos del lenguaje mítico y mágico del pasado?.
    Me encantaría que se profundizase más en estos debates.

  2. Decir que los humanos no somos constantemente racionales no implica que la racionalidad no sea un rasgo distintivo de los humanos. Es un non sequitur. Las capacidades no se definen por su ejercicio perfecto o continuo. Igualmente, constatar que mucha gente es irracional no hace automáticamente que la racionalidad sea algo ilusorio. De ahí se puede seguir, por ejemplo, lo que decía Aristóteles: que la racionalidad es costosa, limitada y frágil. No digo que sea la consecuencia correcta, digo que no es la única.

    Parte del texto también caricaturiza una presunta tradición occidental que habría exaltado la racionalidad del ser humano, cuando más bien la tradición occidental, a expensas de ciertos periodos como la Ilustración (parte de ella más bien) ha sido bien consciente de la irracionalidad humana. No es ni una sospecha contemporánea ni un descubrimiento «rompedor» de la biología: de San Agustín a Hume, de Freud a Nietzsche podemos encontrarlo.

    Igualmente se tiende a naturalizar en exceso la violencia o el egoísmo de manera que se simplifica sobremanera la biología evolutiva, que en numerosas ocasiones selecciona caracteres totalmente contrarios. El ser humano es violento sí, pero también profundamente cooperativo a escalas, por ejemplo, imposibles para otros primates. Decir que racionalidad o la bondad no son “buenos caracteres taxonómicos” porque no aparecen uniformemente en todos los individuos no es un buen argumento evolutivo. Ningún rasgo complejo aparece homogéneamente distribuido: la variabilidad no invalida la especificidad de una capacidad.

    Para terminar: si la racionalidad, la ética y la compasión son tan marginales y débiles, ¿desde dónde exactamente formula el autor su crítica moral? El autor parece presuponer normativamente aquello que justamente pone en duda.

    (PD: por cierto para el estoicismo la racionalidad define lo humano precisamente porque casi nunca la realizamos plenamente. Es un telos, no una media estadística)

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