Arte y Letras Filosofía

La tiranía de la cultura de la explicación

Ilustración de Pablo Amargo. cultura de la explicación
Ilustración de Pablo Amargo.

Resulta muy incómodo no entender algo hoy, en un mundo complejo como siempre lo ha sido y atravesado por una intolerancia creciente a esa zona intermedia, fértil y a la vez inquietante donde las cosas todavía no se dejan domesticar por una explicación clara, inmediata y compartible, y permanecen ahí, opacas, resistiéndose a ser reducidas a esquema, hilo o mapa conceptual. Es una forma nerviosa y contemporánea de ansiedad, la sospecha de que si no entendemos algo en el acto y no somos capaces de explicarlo —o al menos de repetir la explicación correcta— nos estamos quedando fuera de algo más importante que el conocimiento mismo, fuera de la conversación, fuera del grupo, fuera del consenso tácito que decide quién está dentro y quién observa desde la periferia. Lo del FOMO, pero en ser listo o lista.

Por eso todo viene ahora acompañado de instrucciones y advertencias y contextos previos y glosarios emocionales y manuales de uso y PREVIOUSLY que prometen garantizarnos que no nos perderemos, que no habrá zonas oscuras ni silencios incómodos, que alguien ha pasado antes por ahí y ha dejado las migas de pan bien visibles. La explicación se ha convertido así en un gesto de cortesía obligatoria y una suerte de prótesis cultural orientada a neutralizar el riesgo de no saber qué pensar, de no saber qué sentir, de no saber, en definitiva, qué cojones hacer con aquello que no encaja de inmediato en el marco interpretativo disponible. Y creo que por eso mismo, porque no produce seguridad ni estatus ni capital simbólico reutilizable, el misterio ha empezado a parecernos sospechoso.

La consecuencia natural de esta alergia a estar fuerísima no ya solo de las tendencias sino del significado más mínimo y cretino ha sido la manualización progresiva del mundo, su conversión en un conjunto de movidas utilizables siempre que alguien haya tenido la decencia previa de explicarnos cómo. El arte, la política, las relaciones personales, el propio cuerpo y hasta las emociones han de venir ahora acompañados de un imprescindible manual de instrucciones que nos indica qué mirar, cómo interpretarlo, en qué momento indignarnos y cuándo sentirnos reconfortadas, como si la experiencia directa se hubiera vuelto un electrodoméstico caprichoso, propenso a estropearse si no se maneja siguiendo las indicaciones del fabricante cultural de turno. Antes de mirar un cuadro, leemos el texto de la pared. Antes de ver una película, consumimos su FINAL EXPLICADO (titulares de YouTube aquí). Antes de escuchar una canción, recibimos el relato que nos dice por qué es importante escucharla y qué debemos encontrar en ella para no quedar como gilipollas sensibles pero desorientados.

Esta manualización que se nos presenta casi siempre como un gesto de generosidad pedagógica funciona en realidad como una tecnología de control blando, porque fija el marco dentro del cual el pensamiento resulta aceptable, reconocible y sobre todo tranquilizador. Nada debe sorprender en exceso, nada debe quedar sin resolver, nada puede resistirse demasiado tiempo a ser traducido en claves comprensibles. El mundo deja de ser un espacio de fricción para convertirse en un catálogo de objetos correctamente etiquetados, donde la experiencia se mide por lo rápido que somos capaces de decir que la hemos entendido. En ese proceso que para más inri nos venden como una conquista de la claridad, se va colando una infantilización a gotitas pero constante. Nos dejamos privar del derecho a perdernos, a no saber organizar en una narrativa clara y a habitar durante un rato esa incomodidad improductiva, ajena a la opinión inmediata y al relato compartible, que ha sido siempre una de las formas más elementales y menos rentables de pensar o sentir de verdad. Porque en este punto la explicación funciona como herramienta cultural, virtud ética, prueba de buena conducta intelectual y por pura extensión de decencia personal. Explicar se ha convertido en una obligación, y omitir esa explicación —o resolverla de forma insuficiente, o desviarse del modo considerado correcto— te sitúa en una zona incómoda donde empiezan a acumularse las sospechas: elitismo, oscurantismo, irresponsabilidad, falta de empatía, incluso mala fe. La claridad ha sido elevada a valor supremo y no es otra cosa que un chantaje blando capaz de marcar como moralmente defectuoso todo aquello que se resiste a ser traducido sin fricción a un lenguaje accesible, inmediato y a ser posible amable. En este clima, la explicación deja de ser una invitación y el didactismo se vuelve obligatorio, una suerte de seguro de responsabilidad civil cultural que hay que contratar antes de decir nada por si alguien se siente perdido, confundido o, Crom nos salve, excluido. La prioridad pasa a ser la demostración pública de que uno ha hecho el esfuerzo de volverlo todo comprensible eliminando cualquier resto de ambigüedad potencialmente conflictiva y ha rebajado el pensamiento hasta un punto en el que quede a salvo de acusaciones de arrogancia o de incomodidad deliberada. La cultura de la explicación aplana el campo del sentido pacificándolo y haciéndolo transitable para todes siempre que todes acepten circular por el mismo carril.

Aquí es donde la figura del explicador adquiere un estatuto peculiar de poder blando porque administra los marcos, decide qué necesita contexto, qué puede darse por sabido y qué debe ser desmenuzado hasta la extenuación. En nombre de la claridad, se erige así una forma muy eficiente de vigilancia cultural que no necesita levantar la voz porque basta con repetir una y otra vez que todo sería más fácil si nos explicáramos mejor. El resultado lógico de este desmenuzamiento permanente de la narrativa es el descrédito progresivo del misterio, entendido como una experiencia real de límite, opacidad y de resistencia al sentido inmediato mucho más que como un residuo romántico o una pose estética. El misterio y los finales sin resolución hoy nos resultan intolerables porque introducen una grieta en el sistema de circulación de significados. El misterio se resiste a la explicación completa y no produce consenso ni permite una toma de posición rápida y reconocible, y por eso todo producto cultural debe venir acompañado de contexto, de claves interpretativas, de advertencias previas que neutralicen el desconcierto antes incluso de que tenga tiempo de aparecer. Y luego alguien te lo explicará todavía más en un artículo o un vídeo o un reel. El misterio ha dejado de ser un refugio liminal y se ha convertido en un problema que hay que resolver cuanto antes, una anomalía que conviene cerrar con una explicación tranquilizadora antes de que genere ansiedad, malestar o, peor aún, desacuerdo. La cultura contemporánea recela del misterio por su carácter improductivo, su resistencia a convertirse fácilmente en contenido reutilizable y su escasa utilidad para alimentar el circuito de opiniones rápidas o prestarse a ser empaquetado como experiencia comprensible en pocas líneas. Lo paradójico es que esta obsesión por despejar cualquier sombra acaba empobreciendo justo aquello que dice proteger. Cuando todo se explica y se vuelve transparente la experiencia adelgaza hasta convertirse en una secuencia de significados previsibles y el mundo pierde esa capacidad de interpelarnos de formas que no controlamos del todo. Por eso el misterio se ha vuelto un «no, gracias, esto no va a funcionar» para una cultura que ha hecho de la explicación una forma de soberanía y una manera de afirmar que siempre habrá alguien capaz de decirnos qué significa y cómo debemos situarnos frente a ello.

Este impulso por entenderlo todo suele ir por otra parte acompañado de una sospechosa aversión a la demora. No hay tiempo para dudar o permanecer en una pregunta sin respuesta clara. La explicación llega siempre a tiempo para evitar ese vacío improductivo donde el pensamiento podría empezar a moverse por caminos no previstos, menos cómodos y por tanto menos compartibles. Preferimos aferrarnos a la ilusión de una claridad suficiente antes que aceptar una comprensión parcial, incompleta o quizá imposible, aunque esa claridad sea superficial y esté construida a base de fórmulas repetidas. El conocimiento se confunde con la familiaridad y la comprensión con la capacidad de repetir un relato ya disponible. Saber algo pasa a significar reconocerlo, haberlo visto antes, poder explicarlo con palabras ajenas sin demasiado esfuerzo. Lo que queda fuera de ese circuito se percibe como el exceso innecesario de  un problema mal formulado. Y justo es en ese exceso donde suele empezar algo parecido al pensamiento. En una época que ha convertido la explicación de sus productos culturales en reflejo automático para que no nos sintamos tontos, un gesto mínimo —quedarse sin palabras, no entender del todo ni querer hacerlo— puede que sea una forma discreta de inteligencia o acaso ya me esté explicando demasiado.

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4 comentarios

  1. Quizá uno de los síntomas más agotadores de esta época es que ya no basta con pensar, crear o decir algo: además hay que acompañarlo de una explicación preventiva, pedagógica y moral para evitar que alguien se sienta incómodo o no haga el esfuerzo mínimo de interpretar. La cultura de la explicación permanente no ha hecho a la sociedad más profunda, sino más impaciente. Hemos confundido claridad con simplificación y accesibilidad con infantilización. Hay ideas, obras y silencios que merecen tiempo, duda e incluso cierta oscuridad. No todo tiene que venir traducido, masticado y etiquetado emocionalmente para existir.

  2. Leandro Antolí

    Jo, pues entonces para entender este escrito, que no entiendo, no creo que no por falta de estar preparado para ello, si no por ser un escrito laberíntico, con ganas de retorcer los conceptos para demostrar lo sapientisimos que es el articulista.
    Entonces, digo, ¿ que hago con este articula que rechaza todo en lo que el mismo articulo cae, una, dos, ….infinitas veces.
    Pues vaya.

  3. Dentro de esta línea la siguiente vuelta de tuerca es la cultura de la explicación simple. Procesos complejos como la economía de un país o fenómenos como la inmigración son explicados de manera infantil y resueltos con cuatro ideas, normalmente bajo el amparo de una ideología. No hay múltiples caras, claroscuros o la aceptación de que es muy complicado encontrar una solución.

  4. Qué tema tan necesario y oportuno el que se plantea en este artículo en estos momentos, cuando parece que si no etiquetamos algo, ese algo no existe. La sobreexplicación mancha las películas, series y libros de hoy en día y los hace tediosos porque coartan la libertad de imaginación del espectador o lector, a quien se empeñan en dar todo mascado. Dónde queda el pensamiento si antes de que podamos empezar a ruimiar una idea, un concepto, ese algo que se nos escapa de nuestro entendimiento, ya nos han dado la explicación fácil. Resulta tan estúpido como intentar resolver un crucigrama con las soluciones al lado.

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