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Librerías con encanto: La Batisfera

La Batisfera para Jot Down

Ubicada en la calle Reina 167, se encuentra La Batisfera. No el ingenio sumergible creado por dos estadounidenses en 1930, sino la librería internacional que apuesta, día tras día, a vivir —y sobrevivir— en un barrio precioso pero asediado por la especulación inmobiliaria, la turistificación habitacional y la gentrificación urbana.

Si te cruzas caminando con un vecino histórico de los Poblados Marítimos (Poblats Marítims), zona donde se encuentra la librería, lo más probable es que te diga que no estáis dentro de Valencia, que, aunque en los mapas oficiales del ayuntamiento marquen lo contrario, ese distrito número 11 no pertenece a la ciudad.

Si nos remitimos a la historia, la constitución de Valencia como ciudad y el origen de estas barriadas marineras (Grao, Cabañal-Cañamelar, Malvarrosa, Beteró y Nazaret) no fueron dos procesos armónicos y homogéneos; más bien, esta relación identitaria ha sido de una histórica tensión y heterogeneidad.

No es necesario hacer antropología social ni construir una encuesta que valide este sentimiento. Con tan solo pasar una hora cerca de las Torres de Serrano y otra hora cerca de la playa de la Malvarrosa, se puede entender la diferencia arquitectónica y sustancial que hace a los vecinos de estos poblados sentirse como se sentiría un lituano dentro de la Unión Soviética o un puertorriqueño eligiendo un presidente en Estados Unidos.

El caso particular del Cabanyal, poblado marítimo donde está emplazada La Batisfera, tiene una relación única con la problemática narrada. Si se analiza la evolución demográfica de las últimas cuatro décadas, se puede ver una caída de la población de más de treinta años que va desde 1991 hasta 2022. Desde ahí, aparece un rebote de crecimiento exponencial que se mantiene hasta el día de hoy.

Una de las explicaciones de este doble proceso (la caída y el rebote) tiene que ver con el proyecto urbanístico que había impulsado Rita Barberá cuando era alcaldesa de Valencia. Desde 1998, Barberá quiso perforar el Cabanyal prolongando la avenida de Blasco Ibáñez hasta el mar y así conectar, de una vez y para siempre, el centro de Valencia con la zona marítima. A ese proyecto, que provocaba la demolición de cientos de casas y el traslado de miles de familias, lo replicó un proceso de resistencia y fortalecimiento de la identidad del Cabanyal que perdura hasta el día de hoy.

En 2020, el periódico The Guardian situó al Cabanyal en el puesto número tres de los diez barrios más cool de Europa. Esa nota tuvo efecto desde el punto de vista turístico y habitacional. Desde ese año en adelante, una gran masa de población ha llegado a instalarse en la zona. A día de hoy, uno puede ver en un trayecto de diez cuadras: casas ocupadas, edificios vacíos, lugareños, guiris, bares hipsters, calles abandonadas y los resorts más lujosos frente a la playa.

En este territorio de tensión conversamos junto a Corey Eastwood, Santiago Lemoine y Florencia Prone sobre el valor de fundar, gestionar y sostener una librería en un lugar tan problemático como hermoso.

¿Cómo fue que decidieron dedicarse a la venta de libros?

S. L.: Fue el primer currículum que me aceptaron. Cuando terminé la secundaria fui a la librería a la que había ido toda mi infancia, La Boutique del Libro en San Isidro, el barrio en el que vivía en Buenos Aires. La suerte era que al dueño ya lo conocía de un concurso literario y porque mi papá había sido profesor de sus hijas. Si bien el currículum que dejé solo decía que había terminado la secundaria, había buena onda y me contrataron ahí.

F. P.: Yo vengo de un recorrido diferente, en un comienzo, ajeno a los libros. Estudié Terapia Ocupacional y me dediqué un tiempo a eso. Siempre me gustó leer, eso estaba ahí dando vueltas. La idea se acentuó un poco más cuando me fui a vivir de Rosario a Buenos Aires y empecé un taller de escritura. Ahí sentí que quería dedicarme a algo referido a los libros, pero hasta que no lo hacés no sabés muy bien cómo funciona. En un momento, cuando vine a Valencia, empecé a tener un proyecto propio de una librería virtual y después Santi y Corey me llamaron para ver si quería empezar a trabajar acá, así que La Batisfera es como mi escuela de formación.

C. E.: Fui a la Universidad de Nueva York. En frente de la biblioteca había un grupo de hombres, vendedores ambulantes callejeros que vendían libros en mesas. Yo era cliente de ellos. Cuando terminé mis estudios empecé a trabajar con esos hombres, que todo el mundo pensaba que eran homeless (sin techo). Empecé en 2003. Después de eso pasé nueve años vendiendo libros en la calle. Soy librero desde hace veintidós años. En 2009 abrí la primera librería en Williamsburg, Brooklyn. Después abrí seis más en Nueva York.

La Batisfera para Jot Down

¿Este proyecto de las librerías internacionales cómo nace?

C. E.: Empecé en Grecia. Estuve trabajando en una librería en Santorini llamada Atlantis Books, pasé seis inviernos allí, no había muchos clientes. Entonces, con dos amigos de Nueva York tuvimos la oportunidad de comprar una tienda en Madrid en 2014, lo hicimos y ahí fue que conocí a Santiago.

¿Cómo fue el encuentro entre ustedes?

S. L.: Después de irme de Buenos Aires terminé trabajando en una librería en París. Dos de mis colegas ahí terminaron en la librería de Madrid. Dos veranos fui a Madrid a reemplazarlos y en uno de esos viajes conocí a Corey. También conocí al chico de Grecia y terminé trabajando allá. En 2017, en Madrid, nació la idea de hacer algo juntos y de mudarse a España.

¿En este momento cuántas librerías de tu autoría hay funcionando?

C. E.: De momento solo tres en Nueva York y las dos de aquí en Valencia.
[Referencia a Todos contentos y yo también, librería del centro de Valencia.]

¿Cómo es la vida de alguien que se dedica a vender libros?

F. P.: Con el tiempo una va aprendiendo a escuchar lo que busca cada persona. A partir de ahí, con esa escucha, ir buscando un libro que sea para esa persona. A lo mejor no solo es lo que te está pidiendo, sino que también le puede gustar otra cosa, que se salga un poco de lo que vino a buscar, recomendar y hacer ese juego. También es darle mucha atención al espacio en sí: ordenamos mucho, estamos pendientes de los detalles. Tal vez está esa idea de que quienes atendemos una librería nos la pasamos leyendo mientras estamos acá, y eso no sucede, aunque esa era mi idea en un comienzo.

¿Se dan cuenta rápido cuando alguien entra y no va a comprar?

S. L.: El que entra a mirar no te habla tanto. Creo que los tres somos del estilo que dejamos a la gente hacer su propio recorrido dentro de la librería. No somos de la escuela del «Hola, ¿qué tal?, ¿qué estás buscando?», somos más de la escuela «Si necesitás algo, avisame». Un poco más suelto y relajado.

¿Y en la calle es lo mismo?

C. E.: En la calle la que hablaba era la mesa. Nosotros estábamos ahí atrás fumando, lo que menos nos importaban eran los clientes. Ese era el estilo en Nueva York.

S. L.: Está bueno también que hablen las estanterías. Es un lugar donde todo está bastante cuidado y no jugamos mucho con el servicio de novedades o los grupos editoriales. Más allá de lo que podamos recomendar nosotros, la propuesta ya está en los libros que tenemos. Acá los libros pueden hablar solos, eso es un lujo que nos podemos dar.

¿Cómo se piensa un catálogo de una librería? ¿Cuánta presión hay entre lo que se vende y lo que uno quiere vender?

F. P.: Esta se la dejo a los chicos.

S. L.: Lo ideal es que se venda lo que uno quiere vender. A la hora de armar catálogo no lo sé. En la librería en la que trabajaba en Buenos Aires la escuela era que tenía que haber algo para todo el mundo. Es algo muy de los noventa o principios de los dos mil. Está bueno porque no excluía a nadie. Pero acá eso es imposible porque necesitás un local enorme o acceso ilimitado al fondo de las editoriales. Acá la idea es tener solamente cosas buenas, o al menos lo que a nosotros nos gusta. Eso te lo va dando la experiencia. Tenemos muchos años trabajando en esto. Aunque uno no lee todo lo que tiene en la librería, uno empieza a reconocer y a saber diferenciar gracias a lo recorrido. Lo distinto es que nosotros también compramos libros de segunda mano a gente que entra por la puerta. Eso no es como mirar un catálogo.

F. P.: A la librería llegan libros de autores o autoras que nos gustan o que nos gustaría leer. En relación con los libros de segunda mano, a mí me pasó que antes de empezar a trabajar acá no les prestaba atención, siempre iba a librerías donde había libros nuevos, siempre iba hacia ese estilo de libros y, entrando acá, me pasó que me empecé a enamorar de los libros de segunda mano y también a aprender a hacer la selección y a saber elegirlos. Es un proceso que me resulta difícil, pero que voy aprendiendo. Los libros de segunda mano es donde está más puesto mi interés.

C. E.: Yo prefiero libros de segunda mano, siempre. Cuando vine aquí tenía muchos años de los libros en inglés, pero todo lo que es en castellano tuve que aprender de cero. Eso fue muy divertido para mí. Los libros en inglés, los clásicos, después de veinte años (Faulkner, Hemingway, Fitzgerald), ya los había vendido miles de veces. Los libros de escritores españoles y latinoamericanos son más nuevos para mí. Son los que me interesan más.

Te reinventaste como librero cambiando de idioma.

S. L.: Fue divertido cuando empezamos a realizar las primeras compras para acá porque era todo el tiempo llamar al otro para ver qué elegir. Cuando yo miraba la sección de autores anglos le pedía consejos a Corey y cuando Corey veía la sección de autores hispanoamericanos me pedía consejos a mí. Fue un aprendizaje en vivo muy divertido.

¿Qué porcentajes de libros hay en inglés o en español/valenciano? ¿Cuántos son de primera o de segunda mano?

S. L.: Nuevos siempre hay pilas, entonces hay más ejemplares, pero en variedad de títulos hay más de segunda mano. Setenta y cinco por ciento de títulos en segunda mano y veinticinco por ciento de títulos nuevos. En idiomas, la mitad estará en castellano/valenciano y la otra mitad entre inglés, francés, italiano, portugués y alemán. Más o menos esa es la proporción.

¿Qué es lo que más se está vendiendo últimamente?

F. P.: Sale lo que recomendamos. Nuestra librería no es representativa de las grandes modas a nivel nacional. Las primas de Aurora Venturini, Nada de Carmen Laforet, lo nuevo de Irene Solà y Mariana Enríquez.

S. L.: Creo que hay una movida literaria en España, que venía un poco retrasada, donde se empezó a mirar de vuelta para América Latina, que quizás no lo hacía desde el boom literario de los sesenta.

¿Por qué La Batisfera? ¿Y por qué el Cabanyal?

C. E.: En 2017 decidimos que queríamos abrir una librería en España o Portugal. Así que viajamos por esos dos países buscando un sitio para montarla. Todos nuestros amigos madrileños nos decían que no vayamos a Valencia, que la gente acá no leía. Entonces, en un principio fuimos a Barcelona, las Islas Baleares, Andalucía. Tenemos un amigo en Oporto que tenía un espacio y durante unos meses pensamos que íbamos a ir para allá. Pero me di cuenta de que allí hace frío y llueve todo el año. Encima que casi no hablaba español, tampoco sabía portugués y tampoco conocíamos mucho la literatura de Portugal. Este proyecto surgió en un momento donde estábamos en un punto en el que pensábamos que no íbamos a hacer nada.

S. L.: En un momento nos cansamos. Corey se fue y yo decidí venir a Valencia a pasar un día. Tomé el tren desde Madrid. Había leído un poco sobre los barrios y las zonas. El Cabanyal ya me parecía interesante. Era un barrio distinto que tenía otra onda. Estuve toda la tarde caminando. Entonces le hablé a Corey y le dije que para mí era acá. Y el otro elemento que se sumó fue que, a través de una amiga de Madrid, nos pusieron en contacto con los dueños de la cafetería de la Batisfera, que está conectada a la librería. Esta amiga nos puso en contacto, ellos ya tenían un bar librería en Ruzafa. Yo no los encontré ese día en el Ubik (bar librería de Ruzafa), pero al mes pudimos concretar una reunión. Ahí ellos nos cuentan que estaba la posibilidad de abrir un lugar parecido en el Cabanyal y ahí fue que lo decidimos.

La Batisfera para Jot Down

¿Cuándo abrieron?

C. E.: Octubre de 2018.

¿Qué había antes acá?

S. L.: Hay muchas historias distintas. Un vecino dijo una vez que había un bar. Después, otro dijo que había un consultorio odontológico. Después parece que hubo okupas. Antes de que llegáramos, este lugar tenía diez habitaciones sin ventanas, era una especie de hotelucho con un garaje en la parte del fondo. Mucha gente nos daba el discurso de que era un lugar peligroso, que la gente solamente venía a comprar drogas, que acá no leía nadie. Pero vos venías y había otra cosa.

¿Fue una gran apuesta abrir una librería acá?

C. E.: Comparado con lo que es ahora, sí. Había un restaurante, algunos bares y un poco más.

¿Tienen una clientela fija? ¿O hay más gente que viene del turismo?

F. P.: Es un poco de todo. Tenés gente que pasa todas las semanas para ver qué llegó, charlar un poco e irse. Viene gente a hacer pedidos. Después está la gente que pasa caminando, ve la librería, entra y queda sorprendida. Entre semana es más gente de acá; fines de semana, vacaciones y feriados, más gente del centro de Valencia o de afuera.

C. E.: Hemos notado que muchos de nuestros mejores clientes se están mudando del barrio. Los precios han subido. Desde que llegamos a hoy pasaron ocho años y es una locura.

Además de libros dan talleres, hacen exposiciones, arman jornadas para la comunidad en el lugar, ¿qué público es el que llega?

F. P.: Creo que no hay un público puntual al que apuntar, más que nada vamos pensando propuesta y, a partir de ahí, se van sumando o no distintas personas.

S. L.: Ni bien abrimos armamos algunas presentaciones de libros y era difícil. Es un barrio que para el grueso de la gente que vive en el centro de Valencia le queda lejos, entonces más allá de la calidad del evento, del autor o autora que venga, no es fácil que la gente de allá se mueva para acá. Recuerdo que al comienzo hicimos una presentación con una autora valenciana, además de ser una ídola y superrespetada en su ámbito, éramos cuatro personas. No sé si hay un público natural. También, al ser una ciudad no tan grande, si se superponen más de una actividad el mismo día, el público que le interesa la literatura es limitado.

F. P.: Cuando preguntaste por el público pensé en el club de lectura que hacemos mes a mes, que es muy diverso. Hay personas de todas las edades y con intereses muy distintos. Eso es lo interesante de ese grupo. Sobre todo porque hay mucha predisposición para leer lo que se propone. Al principio propuse tres títulos yo, después la elección del título pasó a ser por votación. La mayoría de la gente que viene lee y se interesa por la novedad, también están quienes usan el espacio de excusa para leer. La idea es que la gente llegue con el libro leído, pero a veces se llega o queda la mitad y no pasa nada. Después dimos un taller de encuadernación y estamos pensando en talleres para más adelante.

¿Cuál es la relación de los vecinos históricos con los nuevos locales comerciales? ¿Cuál es la relación de la librería con el barrio?

C. E.: En Brooklyn hemos visto este proceso de gentrificación. Varios lugares donde teníamos librerías han cambiado noventa grados. Se han transformado en sitios completamente diferentes. Creo que es lo que está pasando aquí. Cuando nos mudamos aquí en 2018 era otro lugar. En los últimos años abrieron miles de Airbnb en este barrio. En esta calle, si te fijás, también están. Hay edificios enrejados, pisos muy pequeños. Y esto no solo es malo para la arquitectura de Valencia, para la gente que vive acá, sino para los turistas también.

S. L.: El problema es que son procesos irreversibles. Aunque pongan leyes para proteger la cantidad de Airbnb por edificios, una vez que ya está hecha la obra ya nadie quiere mudarse a un lugar de treinta y cinco metros cuadrados. Ese lugar queda destinado a ser eso. Además de que, aunque sea para venir de vacaciones, la experiencia turística termina siendo penosa. La contradicción viene de que la industria turística y gastronómica es una parte importante del PIB de España. Mucha gente vive de eso. Hay que inventarse otras respuestas que no sean solo la queja hacia la situación, proponer algo distinto. Creo que eso es lo que es difícil. Este local tiene un cierto grado de complicidad o responsabilidad con ese proceso de gentrificación, eso es evidente, pero tampoco me voy a cortar las venas. Al fin de cuentas es una librería. Entonces tratamos de ser accesibles a todo tipo de público. Más allá de que tengamos libros en otros idiomas, están a precios accesibles y mucha gente local los consume. No es solo para los turistas. Tenemos libros a un euro, a tres euros, a cinco euros. También es verdad que los libros que compran los turistas nos ayudan a pagar el alquiler.

¿Cómo ven el barrio de acá a un futuro? ¿Qué les gustaría que cambie y qué les gustaría que perdure?

S. L.: El tema de los apartamentos turísticos tiene que tener un control real porque hay un montón de leyes al respecto que plantean regulaciones, pero no suceden. Vivo acá a tres cuadras y todos los días veo un sin parar de este tipo de propiedades. Cada obra que veo es obra que se convierte en un lugar turístico, ya sea un quinto piso, una finca entera, un bajo. Hay controles en la ley pero que no son aplicados de ninguna forma. Eso tiene que tener un límite, sí o sí. Lo vimos durante la pandemia, que fue hace bastante y no estaba tan exacerbado el tema del piso turístico, pero de repente había partes del barrio que parecían un pueblo fantasma, edificios enteros cerrados cinco meses, donde evidentemente no vive nadie. No está bien vivir en un lugar donde gran parte de las propiedades pueden estar vacías una gran parte del tiempo. No le ofrece nada al tejido social. Por ese lado tiene que cambiar algo.

F. P.: A mí no me gustaría que se pierdan los vecinos que viven acá desde hace mucho tiempo, la dinámica que se vive en la calle, algo único que es muy de barrio. Eso es algo que no se tiene que perder. Hay personas que tienen que dejar sus pisos porque no pueden pagarlos o básicamente los van a usar los dueños para otros fines. Desde que vivo en Valencia, el Cabanyal es un punto de encuentro con amigas y creo que lo atractivo es la gente que vive acá, esa cuestión de sentirse como en casa.

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Es un barrio que tiene una gran historia de resistencia, se llevó puesta a una alcaldesa.

S. L.: Lo que pasa es que lo de ahora es más fuerte que una sola persona. La fuerza del mercado es irrefrenable. Lo que hay que proteger, sí o sí, es el Mercado del Cabanyal. Es el centro del barrio y el ejemplo perfecto de lo que puede ir mal. Muchos mercados que ves en Europa en general son un parque de atracciones, es un lugar para consumir, como el de San Miguel en Madrid. Tiene sus cosas buenas y malas: entrás a comer el cono de jamón y queso, el jugo de naranja y te vas. El Mercado del Cabanyal es ejemplar, hay una variedad de productos superinteresante, la misma gente que trabaja ahí tiene relación con la gente de la huerta, saben quién cosecha tal y tal cosa. Me parece mucho más interesante eso a que vendan imanes.

C. E.: Puedo decirte que hace cinco años este lugar era otra cosa. No soy muy optimista por lo que pueda llegar a pasar. Fueron pocos años y el cambio fue brutal.

¿Qué obras y/o autores recomiendan para entender la actualidad de este barrio y lo que pasa en esta zona en general?

S. L.: La gran obra sobre el Cabanyal está pendiente. Tenemos un amigo de la librería que la debería escribir él. No sé si tiene el deseo o la fuerza de hacerlo. Es un autor y periodista valenciano que se llama Abelardo Muñoz. Es cliente del primer día, siempre nos apoyó, hizo todo lo posible para acompañar al proyecto. Él documentó mucho lo que son los bajos fondos de Valencia de finales de los noventa y principios de los dos mil, y se mudó a los bloques portuarios de acá cerca hace más de diez años. Siempre como un amante de los lugares más complicados. Creo que él sería la persona para escribir la novela del Cabanyal, conoce los personajes, las formas, el trapicheo.

C. E.: Después está el libro El tranvía a la Malvarrosa, de Manuel Vicent. Él es de Castellón y habla sobre su infancia en toda Valencia, principios de los sesenta, está muy bueno.

F. P.: Benvingut al Cabanyal, de una editorial que se llama Media Vaca. Hicieron este libro cuando quisieron tirar abajo el barrio, como una especie de memoria oral del Cabanyal donde entrevistaron a vecinos y vecinas. Son todas viñetas o textos muy cortos de personajes, momentos, cosas del lugar, con ilustraciones.

C. E.: Arcén, de Borja Navarro, no es sobre el Cabanyal, pero tiene la textura del barrio. Es una serie de cuentos cortos sobre el arcén de la carretera entre aquí y Sueca. Gente al margen y periferia. Tiene un poco la sensibilidad del lugar.

S. L.: Después la editorial Drassana tiene libros sobre distintos lugares de Valencia y crónicas sobre los Poblados Marítimos.

A pesar de ciertas cuestiones que tienen que ver con el turismo y los alquileres temporarios, hay más movimiento económico en esta zona que hace veinte años.

S. L.: Una economía en blanco que se mueve más. Yo creo que antes había más economía en negro y es más plata todavía. Esto lo digo entre comillas. Las variables demográficas son extrañas porque a mucha gente la trasladaron sin control ni registro alguno. No soy especialista en sociología, pero hubo procesos muy raros donde movían gente, pusieron muchas limitaciones para la construcción para que la gente también se vaya o se tenga que ir. Movidas muy oscuras y complicadas. Me fui un mes de viaje a Argentina, volví y abrieron diez restaurantes nuevos, que no sé si hacen falta. Está bien que exista una oferta gastronómica, pero lo que hacen falta son otro tipo de establecimientos.

¿Qué establecimientos le faltan al barrio?

F. P.: Una bicicletería, solo hay alquileres de bicicletas.

S. L.: Ahora hay lockers para valijas y lavanderías automatizadas. En esos lugares casi no emplean gente. En esta zona faltan papelerías, cerrajerías, ferreterías. Hay otros negocios además del bar.

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2 Comentarios

  1. És a dir, tres expats regentant una llibreria a un barri tensionat de València un cop ja han fet l’expat arreu, què pot sortir malament?. Em jugo un dit a que no parlen ni mot de valencià. Que barats que som.

  2. Hermosa libreria, iré cuando vaya de visita a Valencia.

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