
No presumo de ello tanto como me gustaría, pero yo, como tantos otros, soy un gran escupidor. Tenemos buen alcance, una consistencia considerable y una puntería robinhoodesca. Todo el mundo tiene un don, a nosotros nos ha tocado el de escupir.
Por el motivo que sea, nuestras dotes flemáticas no han gozado nunca de una gran acogida entre nuestros círculos sociales más sofisticados. Está aquella escena de Titanic en la que Rose le pide a Jack que le enseñe a escupir al mar desde la borda, que siempre nos pareció de lo más romanticona. Pero ni qué decir que ninguna de nuestras novias jamás mostró el menor interés por el dulce arte del perdigón, y entiendo que nadie quiera ver a un tío tirando babas desde la proa durante veinte minutos. Habría sido otra peli.
Rechazo y afirmación
Empezamos a escupir, como tantas otras cosas, cuando vimos a nuestros hermanos mayores hacerlo. Juraría que durante los años 90 era todavía una forma bastante aceptada de ganarse el respeto entre la chiquillada. O al menos eso creíamos. Uno escupía para hacerse el duro, pero también para darse un aire despreocupado o incluso para celebrar un gol1.
Durante años, escupir fue uno de los pilares de esa hipermasculinidad estoica que había encontrado su máximo exponente en el wéstern. Cada vez que Clint Eastwood disparaba un tacho a la arena, con esa expresión alimonada marca de la casa, se contorneaban los límites del héroe. «Por aquí sí que no paso. ¡Puaj!» era un poco el mensaje. Todo lo que quedaba fuera de esa área delineada por la saliva era ajeno y despreciado. En palabras de Julia Kristeva, «Lo abyecto me confronta con aquello que debo rechazar para ser» (Pouvoirs de l’horreur, 1980)2.
El escupitajo es algo íntimamente nuestro, proviene de nuestros interiores, y sin embargo degrada al otro en cuanto lo toca. En la mayoría de países escupir a otro constituye un delito de gravedad variable, según el tamaño de la ofensa. Y sí, no discutiremos que es una guarrada, pero, pero… ¿no tiene el gapo, también, algo de beso? Un antibeso, si se quiere. ¿Es mucho aventurarse creer que hay en ese lengüetazo una suerte de caricia entrañable? ¿Un desbordamiento erótico? De repente la rudeza se nos presenta ahora bajo una luz nueva, un compartir de babillas como quien enjuaga un orificio durante los preliminares… Pero me estoy adelantando.
Política de los fluidos
Para un niño de extrarradio que todavía no conocía la maldad ni los preliminares, escupir seguía siendo una forma válida de reivindicarse. Un «aquí estoy yo» pintado en los parterres, en las paredes, en los bordillos (porque en efecto uno estaba en muchos sitios). Como las complejas lides animales, escupir se convertía en nuestro duelo ritual, reminiscente a cuando dos machos cabríos se encuentran en un paso estrecho y solo puede avanzar uno. Así, el grado de habilidad podía determinar las jerarquías. Un gran escupidor sería alguien destacado en la cuadrilla, un tipo con el que más valía la pena no meterse. Por el contrario —y en esto estarán de acuerdo incluso los menos avezados en estas suertes— nada más panoli que un lapo mal tirado. El gatillazo labial. Esa bola de saliva traicionera que se lanza del labio como salta el suicida de la cornisa pero, ¡ah!, ¡con cuerda y arnés!, para acabar descendiendo en rappel por nuestra pegajosa barbilla. Tengo la total convicción de que no existe gesto más patético en todo el vasto catálogo mundial, y si alguien nos ha visto de esta guisa probablemente ya nunca podrá borrarlo de su memoria. Hay lugares de los que ya no se sale. Todo esto sin ahondar en la variante en la que manchamos nuestra propia solapa… En fin, no sigo por aquí porque creo que todos podemos sentir el malestar, y no quiero que nos hagamos más daño del que ya nos estamos haciendo.
Con el tiempo, el gapo podía llegar a ser un marcador ya no de jerarquía, sino de clase. Una forma de separar a los niños bien de los niños mal. De esto se da uno cuenta cuando ya es mayorcito, claro. Cuando, de hecho, ya no tiene edad para ir lanzando gargajos por ahí como si fuera una alpaca. En este caso puede ser una opción interesante —para mí al menos lo fue— reivindicar el escupitajo casi como gesto político, igual que Felipe González hizo con la chaqueta de pana. Hace algunos años, los derroteros corporativos me llevaron a frecuentar la zona alta de Barcelona, y confieso que durante un tiempo sentía un regocijo especial cada vez que dejaba llover mis working-class esputos sobre las aceras desacostumbradas de Sarrià. ¿Se trataba, quizá, de una forma de aliviar los complejos, la persistente sensación de desencaje?
Aquí la expulsión de saliva vendría a ser una defensa de lo sucio, lo bajo y lo marginal, pero también de lo auténtico, de lo que está oprimido y lucha por salir al exterior3. Si las clases humildes son repulsivas, su purificación pasará por expulsar (¡por exorcizar!) lo abyecto que llevan dentro. Hacia el final de la peli, mientras el barco se hunde, Rose se zafa de su estirado marido precisamente plantándole un espumoso de tercera clase en la cara. Tan reivindicativa, ella.
Erótica del gapo
Hasta ahora, lo salival ha sido presentado desde la óptica de la abyección (abicere: lanzar lejos, rechazar), pero ¿pueden dos afectos aparentemente antagónicos —el deseo y el desprecio— estar unidos por un mismo hilo? ¿Se puede desear lo que se desprecia? ¿Y despreciar lo que se desea? Lo he lanzado en plan retórico, pero vamos… Sí, ¿no?
Y es que nadie quiere saber nada de babas hasta que entra en el cuarto y apaga las luces. Ahí sí, en el dominio de lo privado, resulta que la saliva vuelve a ser bienvenida en sus más diversas aplicaciones. Incluso, como en el caso que hoy nos ocupa, proyectada, lanzada con energía y precisión hacia una diana más o menos móvil. Por lo general, en estos escenarios se especula poco. Quienes gustan de escupir lo suelen hacer de cerca, sin asumir muchos riesgos. (Una vez más, nuestras dotes y nuestra puntería vuelven a ser poco apreciadas…). Libre de prejuicios y de ropa, el gapo deviene al fin su estado potencial, ese ideal de beso-en-proyección que antes comentábamos. Se admite ahora como carantoña arrojadiza, como flechazo de Cupido entre los matorrales4.
En francés, «escupir» y «eyacular» pueden traducirse con el mismo verbo, cracher. Y llegados a este punto se me hace muy difícil no acordarme de aquella amiga parisina que, in media fellatio, le quiso dar al compañero instrucciones para dirigir su inminente afluencia, con tan mala suerte que, por la barrera idiomática, le acabó saliendo un «Escúpeme en la cara». Como si llevara toda una vida esperando que se lo pidieran, el tipo cumplió la orden de inmediato. Se agachó y, para sorpresa de mi amiga, que no entendía muy bien qué estaba pasando, le plantó un lapo en toda la jeta. Me consta que ella aguantó el tipo con humor y entereza, si bien los párpados tuvo que mantenerlos cerrados ya hasta el final.
Noemí Rebull (@lamandanga)
Notas
(1) Mención aparte merece aquí el papel insoslayable de nuestros referentes futbolísticos. Siempre ingenuos y delicados esos primeros planos de los jugadores en los que, sin venir a cuento, lanzan tremenda bola de nieve al pasto, dejando a la realización sin saber qué botón pinchar para quitarnos esa imagen de nuestras pantallas (¡de nuestras caras!) a las familias que tan felizmente estábamos cenando en nuestros comedores. Ni Andrés Iniesta se libra de habernos hecho pasar por un momento así.
(2) Si bien no he encontrado mucha literatura dedicada al salivazo, autores como Kristeva, Sartre o Bataille sí se han interesado por lo informe y la abyección, y su rol en la definición del sujeto.
(3) No creo que sea casual que, en la cultura urbana estadounidense, al acto de rapear se lo conozca como spittin’. De ahí que artistas nacionales como Mucho Muchacho importasen en su día al castellano expresiones como «escupir barras» para referirse al recitado de los versos.
(4) En su obra El erotismo (1957), Georges Bataille define la experiencia erótica como un cuestionamiento de los límites del yo. Si la vida humana se caracteriza por su discontinuidad, la promesa del Eros es la restitución de la continuidad perdida con los demás cuerpos. Algunos soñadores podremos ver en la saliva una forma de sustancia aglomerante, etérea, que nos hermana y nos trasciende. Para muestra, pensemos en aquel gesto ya olvidado (pero altamente erótico, me permito añadir) de escupirse en la mano antes de cerrar un trato.







Completamente de acueldo con usted señol Castlo. ¡Vivan España y China! Mile, me iba a il y dejal mi bazal chino y ahola me quedo, pol mis santos cohones!
La saliva es el lubricante del diablo, decía un amigo.