
En el país donde la salud cotiza en bolsa y la enfermedad se tasa en dólares, alguien se levantó una mañana y decidió que la salvación pasaba por un eslogan. «Make American Health Again». No suena mal. Una promesa de volver a poner la vida —la propia, la de los tuyos— en el centro. Un latido, al fin, por encima del billete. Y sin embargo hay algo que chirría, como una bisagra oxidada, en esa mezcla de fervor patriótico y cruzada higienista, un olor a fe de más y reflexión de menos. MAHA. Cuatro letras que suenan a conjuro. Un conjuro que te invita a curarte solo, a desconfiar de quien te receta, a mirar con recelo a los de bata blanca porque, ay, puede que también ellos estén en el ajo.
Este país, que convirtió el hospital en un negocio y el triaje en peaje, ahora se pellizca ante su propia pesadilla. Millones de ciudadanos atrapados en ansiolíticos, terapias eternas y facturas imposibles, anhelan la refundación de la salud como un derecho que revista un poco más de decencia. De ahí la consigna MAHA, tan pulida como un talismán recién tallado, tan brillante al primer golpe de vista que apenas deja adivinar las imperfecciones cuando te atreves a tocarla. Porque sí, la salud vuelve a ser la joya de la corona. Pero no es solo un cuerpo sin fiebre lo que se proclama, sino una forma de estar pulcro, de mostrarse fuerte, de no depender de nadie. La épica del DIY (Do It Yourself) aplicada a la salud, la mística de la autosuficiencia, como si la enfermedad fuera culpa de un corazón débil y no parte de la condición humana.
Y en esa refundación aparece la nueva panacea: el psicodélico, convertido en el nuevo cáliz sagrado. El Wall Street Journal lo cuenta con la frialdad del que maneja cifras: casi todos en el movimiento MAHA ven con buenos ojos los hongos, la psilocibina, el 5-MeO-DMT, ese veneno de sapo tan exótico que hace soñar a los brokers y a los coaches de salud y que le costó un disgusto al actor porno Nacho Vidal. El magufo del secretario de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos, Robert F. Kennedy Jr. habla con entusiasmo de estas sustancias, y Casey Means, la influencer del bienestar y defensora de la medicina funcional bendecida por Trump, ha calificado la experiencia con la psilocibina como «una de las más significativas de la vida». La retórica es seductora. Un viaje, un reset, una epifanía donde la mente rota se recompone, como si fueras un router al que basta reiniciar para que puedas volver a conectarte a Internet.
Las inversiones olfatean el negocio y se relamen. Atai Life Sciences, con su socio Beckley Psytech, presentó hace nada los resultados de BPL-003, un espray nasal de mebufotenina que promete terapia psicodélica exprés sin necesidad de seis horas de colocón. Dos horitas, y de vuelta al mundo. Los ensayos dicen que la depresión se desploma, que el malestar cede, que la sonrisa se vuelve posible. Y las acciones de Atai subieron, claro. Porque el dolor —ajeno— siempre es una oportunidad de mercado. Pero hay algo que me remueve, algo que no termina de encajar en esta ceremonia de fe. Tal vez sea la manera en que la salud mental se nos ofrece de pronto como un producto de boutique, empaquetado en atomizadores de última generación, validado por la FDA, certificado por el sello del gran capital. Todo tan rápido, tan milagroso, tan limpio. ¿No hay trampa? ¿No hay un precio, como siempre? Me acuerdo de la voz de las mujeres que han pasado por la farmacología psiquiátrica durante años, a las que se les vendió primero los barbitúricos, luego el Prozac como la gran liberación, y luego el ansiolítico, y luego la pastilla para compensar el ansiolítico, y luego otra pastilla para compensar la anterior. Ahora las empujan al psicodélico con idéntico fervor. Nueva droga, misma promesa. Casi que una desea volver al masaje pélvico de la época victoriana.
Mientras tanto, Europa se asoma a esta fiebre con un gesto más prudente. Países como Países Bajos y Suiza tantean las trufas de psilocibina en entornos regulados, Alemania explora atajos para que la ketamina se convierta en un tratamiento hospitalario para la depresión resistente, el Reino Unido se anima a financiar estudios serios, aunque mantiene la legislación firme, y Portugal sigue confiando en la descriminalización. Hay menos prisa, menos épica, y un punto más de sospecha saludable: la Agencia Europea del Medicamento se ha propuesto no abrir la puerta a la especulación salvaje, y prefiere vigilar que el nuevo oro de la mente no caiga en las manos de los de siempre. En España, la historia no es tan distinta, aunque avance con otro compás. La única molécula psicodélica que ha logrado sentarse con naturalidad en la mesa clínica es la ketamina, la vieja conocida reconvertida en esketamina —Spravato—, autorizada como medicamento para la depresión resistente y dispensada con mimo en clínicas privadas y hospitales que saben que no se juega con el alma de la gente.
Más allá de la ketamina, la psilocibina, la ibogaína, el 5-MeO-DMT y la MDMA empiezan a asomar la cabeza en ensayos clínicos con la cautela de quien pisa un terreno minado, estudiando su efecto en traumas, adicciones y desesperanzas que no rinden cuentas ante el Prozac. Estos estudios se desarrollan en hospitales como el Parc Sanitari Sant Joan de Déu y en centros privados, siempre bajo la mirada estricta de la ley, porque fuera de ese marco la sustancia sigue siendo ilegal. La comunidad científica española, sin embargo, abre los ojos y se pregunta si no habrá ahí un futuro más amable para la psiquiatría, entre congresos, artículos y acuerdos internacionales. Quizá, si Europa termina de dar el paso y los datos son tan buenos como prometen, la psilocibina reciba luz verde en España hacia 2025 o 2026, y la panacea que todo el mundo busca deje de ser solo un anhelo para convertirse —al menos un poco— en realidad.
El modelo americano, sin embargo, no sabe esperar. Y la comunidad MAHA, hecha de hombres y mujeres hartos de seguros médicos que no cubren nada, se lanza con un hambre feroz a cualquier promesa de curación. No es difícil entenderlo: viven con facturas asfixiantes, con la incertidumbre de que una apendicitis pueda hundirles la vida entera. En esa tierra baldía, el hongo y la molécula mágica se convierten en el último mesías. O el penúltimo. Me pregunto, en voz bajita, qué pasará si dentro de cinco años descubrimos que tampoco el psicodélico es la panacea. Si no hace milagros, si no repara los traumas de la infancia, si no endereza los duelos, si no paga la deuda emocional que llevamos tatuada en la espalda. ¿Les diremos entonces que vuelvan a esperar al siguiente producto salvador? Porque la cultura norteamericana es especialista en estas sagas de redención, en vender un remedio nuevo cuando el anterior fracasa, y en convertir la miseria humana en oportunidad de negocio.
Y, sin embargo, hay algo auténtico que late en el fondo de MAHA. Esa sed de dignidad, ese clamor por no sentirse pieza de recambio en un engranaje que antepone el beneficio a la persona. Allí y aquí tenemos conciencia de que el cuerpo merece cuidados basados en conocimiento, de que la mente necesita un respiro verdadero y no solo un parche, de que la salud no puede subastarse al mejor postor. Quizá por eso miro con empatía y cautela a quienes desean recuperar la sanidad como bien común, aunque a veces se envuelvan en banderas pseudocientíficas. Hay un pulso femenino que se adivina en todo esto, aunque pocos lo nombren: el de las mujeres que han sostenido el cuidado colectivo durante siglos, remendando cuerpos y ánimos, sosteniendo hogares, acompañando en partos y duelos, y que ahora contemplan la fiebre del biohacking con un equilibrio entre la curiosidad y la defensa de la sensatez. Hemos escuchado demasiadas promesas de pócimas milagrosas como para no exigir, al menos, rigor.
No me cabe duda de que la investigación psicodélica abre puertas inmensas, y de que muchas personas hallarán alivio en estas moléculas. Precisamente por respeto a ese potencial, inquieta la prisa, el optimismo excesivo, la tentación de saltarse etapas científicas en nombre del mercado. Quizá sea mi forma de protegerme, pero cada vez que se promete una felicidad inmediata me brota la necesidad de pedir datos, ensayos sólidos, garantías. Europa, con todos sus matices, conserva todavía voces que reclaman prudencia y sostienen la medicina pública como dique frente al abuso comercial. Aunque también aquí se nota la impaciencia de quienes no aguantan más. La depresión se extiende como un incendio y nadie quiere quedarse esperando. Si el psicodélico demuestra eficacia, muchos se lanzarán con la misma fe con que antes confiaron en el rezo o en las urnas. Y ojalá funcione. Pero no basta el deseo, hace falta evidencia.
MAHA cabalga esa fractura, la de un país decidido a levantarse, a romper la sumisión al sistema, a recobrar su fuerza. Y los psicodélicos llegan como un caballo de Troya fascinante: antiguos, naturales, misteriosos, pero transformados en moléculas de laboratorio con un número de registro y potencial de mercado. La paradoja me conmueve y me duele al mismo tiempo. Me gustaría pensar que existe una salida digna, donde la ciencia y la humanidad se den la mano, donde estas sustancias sirvan para repensar la psiquiatría, para priorizar la escucha, el acompañamiento, el tiempo. Porque sanarse no debería ser un viaje exprés, sino un trayecto pausado, lleno de cuidado. Cuesta aceptar que la mente humana pueda repararse solo con un aerosol.
Así, con esta mezcla de ternura y exigencia de pruebas, contemplo a MAHA como quien observa a alguien que quiere sanar con lo primero que encuentra, con buena voluntad pero sin toda la información. Ojalá sepamos aprender de su valor, y también de sus tropiezos. Ojalá no olvidemos que la salud, la real, la que la ciencia construye con paciencia, sigue naciendo en el cuidado compartido, en la comunidad, en la mano que acompaña cuando la vida se desordena. Aunque el lema prometa milagros. Aunque el sapo prometa luz.







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Las curas milagrosas son el opio del pueblo (o algo parecido)