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Rafa Sánchez: «El mundo del rock me ha hecho ser mejor persona»

Rafa Sánchez para Jot Down

Rafa Sánchez (Madrid, 1961) iba para arquitecto, con la cabeza llena de planos y rotrings, hasta que un aullido lo desvió del camino. Eran principios de los ochenta cuando, junto a Luis Bolín, Mario Martínez e Íñigo Zabala, formó La Unión y grabó «Lobo hombre en París», un himno que aún resuena y se ha convertido en banda sonora de muchas vidas.

Lo que vino después no fue un paseo: catorce números uno, giras de juerga, un coqueteo con la heroína y una Vespa que le partió la tibia pero le salvó la vida. En 2020 dijo adiós al grupo y hoy alterna su faceta de crooner con festivales noventeros, mientras vive tranquilo en Villalba, lejos de los garitos de su juventud. Nos citamos en Alonso Cano 66, a un paso de donde nació aquel lobo que lo cambió todo.

¿Sabes cuál era el número uno de Los 40 Principales hace treinta y cuatro años, en 1991?

Oh, ni idea. ¿Cuál era?

«Ella es un volcán».

¿Sí? ¡Qué bueno! Una canción de La Unión.

¿Qué te sugiere?

Siendo 1991, ya me sugiere estar en una muy buena posición en Warner. Después del «Lobo» intentamos hacer un álbum más oscuro, como fue el caso de El maldito viento, y caímos bastante. Pero es cierto que luego seguimos una trayectoria mucho más ascendente que nos llevó hasta el Tren de largo recorrido en 1992, que fue el disco más vendido de Warner ese mismo año. Eso provoca que la compañía te trate muy bien, a lo que hay que unir que el que fuera nuestro teclista, Íñigo Zabala, abandonó el grupo después del tercer álbum y comenzó a trabajar como A&R de la propia Warner, algo que nos favoreció mucho a la hora de la relación con la compañía. Muchas veces decíamos que él era el miembro de La Unión infiltrado en la Warner.

«Ella es un volcán» estaba dedicada a Cristina Tárrega.

Sí, exactamente. La conocí en un concierto en la Comunidad Valenciana, creo que en Jávea, y hubo un flechazo. Ella iba vestida de Montesinos con una especie de traje de gitana de cuero marrón con un forro rojo y ese cuero llevaba unos agujeros que no se me olvidarán. Era un auténtico cañón. Por aquel entonces ya era muy conocida porque trabajaba en Los 40 Principales de Valencia y, a partir de ahí, comenzamos a vernos. Me movió por todos los garitos de Jávea, Denia, Valencia… y lo pasamos genial. Fue una relación corta que duró unos seis meses, pero muy divertida.

Tú has sido muy ligón. Siempre tuviste pinta de canallita…

Sí, los noventa fueron… En la gira de Tren de largo recorrido tuvimos como noventa conciertos y yo creo que fiché en cada uno.

Precisamente en «Ella es un volcán» hay un momento en que dices: «Mi mami no quiere verme con mujeres como tú». ¿Hasta qué punto está basado en la realidad?

Hombre, a ella le parecía como demasiada mujer para mí y creo que no le gustó demasiado. Pero a la que no le gustó que lo dijera fue a la propia Cristina, ya que para ella era muy importante caer bien a la suegra, aunque eso es algo que casi nunca se da (risas).

A tu madre, ¿quién le gustaba? ¿Tom Jones…?

Sí, Tom Jones y otro cuyo nombre me encanta: Engelbert Humperdinck. Hablamos de dos tiarrones así, con la voz muy masculina, muy cachas y tal.

Tu niñez transcurrió en Lavapiés.

Sí, hasta los once años. Era una vida muy de barrio en la que nos pasábamos el día prácticamente en la calle cuando no estábamos en el colegio. Era un barrio muy popular y que tiene muy poco que ver con lo que es hoy en día, tan interracial. Recuerdo a mi tío Carlos, que tenía una juguetería, y también que debía de haber bastantes trapicheos por allí, pues había dos personas que dormían siempre en un coche vigilando que no pasara nada, ya que cuanto menos entrara allí la policía, mejor para todos. Vivíamos en casa de mis abuelos, en un piso de unos noventa o cien metros, pero hubo un momento en que ya éramos cinco, venía una más de camino, y mis padres compraron una casa en el extrarradio, en la calle Isla de Arosa del barrio de Peñagrande, ya que tenía ciento veinte metros y habitaciones para cada dos. Ahí ya se hizo el cambio.

¿Has vuelto a tu «viejo barrio», como la canción?

De alguna manera sí, porque después de tener mi primer piso propio en Gran Vía, en la calle Valverde, donde pasé mis años más golfos, ya no me apetecía salir tanto, dejaron de interesarme las discotecas y, como previamente me había comprado también una casa en Menorca y me di cuenta de que me gustaba mucho vivir con un jardín, me fui a vivir a Villalba, donde resido ahora.

¿Y qué música se escuchaba en esa casa cuando eras pequeño?

Música bastante buena, la verdad. Tengo dos hermanos gemelos seis años mayores que yo y ellos eran los que traían la música a casa: desde todo lo de los Beatles, que lo tenían en EP, hasta Lou Reed, David Bowie o Led Zeppelin. Además, en casa éramos socios del Círculo de Lectores y, cuando mis padres no cogían libros, nos dejaban elegir álbumes, y ahí llegó alguno que me gustó mucho, como el de Gilbert O’Sullivan. También cogí otro de la nueva trova cubana de Silvio Rodríguez, Mujeres, que es un disco que he oído hasta la saciedad y me ha influido mucho. No es solo que me haya influido, sino que también me hizo entender que se podían hacer buenas letras en castellano. Recuerdo aquel primer tocadiscos que hubo en casa: una maletita que se abría y en un lado estaba el bafle y en el otro donde giraba el disco. Como te comentaba antes, gracias a mis hermanos siempre había música en casa y uno de los mejores momentos del día era la hora de la comida, cuando habíamos vuelto todos del colegio y nos poníamos todos delante del espejo, raqueta en mano, a cantar las canciones en inglés sin entender ni papa. Años más tarde, la carrera de Arquitectura también ha sido muy importante en mi formación musical, porque en aquellos tiempos en los que estudiaba todo se hacía con tinta china, con rotring; te pasabas las noches enteras dibujando y escuchando Radio Nacional, Los 40 Principales y, sobre todo, Onda 2, donde ponían éxitos muy recientes anglosajones, que en esa época eran Joy Division, The Cure, Siouxsie and the Banshees… Grupos que creo que influyeron muchísimo en el primer álbum de La Unión.

Me hablabas de los discos que llegaban a tu casa, pero ¿cuál fue el primero que compraste tú?

Lo recuerdo perfectamente: Reggatta de Blanc.

¡Uf! Police. «Message in a Bottle».

Increíble.

¿Ahora mismo, qué hay en tu lista de Spotify?

Últimamente escucho mucho Radio Harry Styles. También Radio Sam Smith y tecno melódico, sobre todo para hacer gimnasia.

¿Y en castellano?

Muy poca cosa. Realmente, pongo ese tipo de listas y muchas veces oigo canciones que me acaban encantando, pero no sé ni quién las canta. Dejo que Spotify te vaya guiando.

El colegio.

Era muy buen estudiante: hasta octavo de EGB todas mis notas eran notables y sobresalientes y con veintidós años estaba en cuarto de Arquitectura, a curso por año. Es cierto que en BUP tuve un bajoncillo en el colegio en el que estaba; tan solo tenían hasta octavo y con el cambio empecé a gamberrear. Fue en el Liceo Sorolla e incluso me echaron, porque habitualmente iban algunos a corregirse los exámenes. Una vez entré yo para corregirme uno que pensaba que estaba mal y nos echaron a veinticuatro personas. ¡Y eso que no me lo pude llegar a corregir y lo había aprobado! Después de eso nos obligaron a examinarnos de todo el año en un solo día, aprobé y llamaron desde el propio instituto para decir que me readmitían, pero mi padre dijo que no volviera allí y acabé en La Salle.

Cuarto de Arquitectura y con buenas notas. ¿Cómo sería el Rafa Sánchez con el que estaría hablando hoy si no hubiera dejado la carrera para dedicarse a la música?

Sería una persona muy cursi y muy complicada, porque el mundo del rock and roll me ha hecho ser mejor persona. Ya casi no tengo fantasmas en el armario y el hecho de ver tantas situaciones en tantos países diferentes me ha hecho evolucionar. He tenido un aprendizaje de vida que habría sido muy distinto de ser arquitecto, ya que ellos viven en su mundo. Como me decía un amigo: «Los arquitectos no son lo suficientemente machos para ser ingenieros ni lo suficientemente gays para ser decoradores».

Pero te ha servido para dar forma a tu casa de Villalba…

Sí, la he construido yo, aunque tengo que dar las gracias a Fernando Andrés, que fue el director de obra, se enamoró del proyecto y lo hizo muy bien. Es una casa muy del estilo Tadao Ando, un arquitecto japonés que usaba hormigón, cristal y madera para sus proyectos.

Siempre comentas que la Movida la viviste como espectador. ¿Cómo recuerdas esos años?

Fue una época maravillosa, porque no es que hubiera libertad: había libertinaje. Todo era mucho más naíf, más inocente. Nada estaba controlado, podías hacer lo que te diera la gana y con muy poca penalización si te pillaban. Los ochenta para mí fueron el paraíso. Me lo pasé muy bien, demasiado bien. Yo incluso estuve unos años conduciendo sin carné, como Farruquito, y si me paraba la policía, decía que era mi hermano y no pasaba nada. No te digo que debiera ser tan salvaje como lo fue en los primeros ochenta, pero ahora mismo está todo demasiado normalizado. El otro día escuchaba a una abogada y me gustó mucho su pensamiento: con esto de ser políticamente correcto, nosotros mismos ya nos autocensuramos a la hora de emitir una opinión por si ofendemos a alguien. Y esto me parece peligroso. Muy peligroso. Los ochenta, para mí, eran el paraíso. En aquella época solíamos ir a Rock-Ola, la sala Marquee, la Vía Láctea o el Cascanueces. Un poco más tarde, cuando teníamos más pasta, al Archy, un sitio que era total. Recuerdo otro local que Nacha Pop frecuentaba mucho y en el que siempre había unas tortas tremendas entre mods y rockeros: Pentagrama, el Penta. Hubo también uno en la calle Barquillo en el que ponían ska y era muy divertido para ir a bailar, pero de ese ya no recuerdo el nombre.

¿Tu primer contacto con el público?

Los fines de curso en el colegio. Además, siempre me gustó mucho hacer obras de teatro. Fui el geógrafo de El Principito y los alumnos hicimos una producción propia de Jesucristo Superstar, algo que me dejó fascinado. Creo que vi la película doce o trece veces en el cine Palafox. Todo eso me influyó mucho para un disco que hice con Warner, Las botas rojas, una ópera rock en la que nada es hablado, todo cantado.

Y nace La Unión.

Yo iba a entrar como cantante en un grupo del que salía Luis (Bolín) y allí nos conocimos. Hubo un día en el que le vi actuar en el Marquee durante el concurso de la Villa de Madrid, nos saludamos y una noche, tiempo después, volvimos a encontrarnos en el Cascanueces, que era un bar muy de la Movida. Él estaba jugando al pinball, yo le abordé y empezamos a hablar un poco de proyectos. Mi idea era hacer un grupo tipo Kid Creole and the Coconuts, con chicas, y él me comentó que tenía un grupo instrumental y buscaban cantante. Esto fue un sábado; quedamos para el jueves siguiente en casa de Íñigo, en un desván, una especie de guardamuebles que tenía ahí y era donde ellos ensayaban. Lo hacían con una caja de ritmos, la Roland más básica que había, Íñigo (Zabala) con un Minimoog, Mario (Martínez) la guitarra y Luis al bajo. Ellos tenían seis composiciones que a mí me pareció que tenían mucha onda, mucho ritmo y del estilo de lo que yo estaba escuchando por aquel entonces. A mí me resulta muy fácil sacar melodías sobre canciones que ya están hechas aunque no la tengan, comencé a hacerlo y una de ellas tenía unos «auuuu». Casualmente, Luis Bolín y Nacho Cano iban al mismo colegio, uno el más alto de la clase y otro el más bajo (risas). Luis le comentó que teníamos un grupo y Nacho vino un día con Alejo Stivel, porque habían jugado un partido de fútbol con más gente de la música y salió tarareando esos «auuuu» porque todavía no había ni letra. Al día siguiente, fuimos a un estudio que Nacho tenía muy cerca de aquí y ahí grabamos una primera maqueta en spanglish. Recuerdo que el estudio se llamaba Audiofilm, con Luis Fernández Soria como técnico de sonido y Nacho sobre todo a los teclados debido a que Íñigo no era un gran teclista.

Rafa Sánchez para Jot Down

Aquel día que fuisteis al estudio os sorprendió un poco el aspecto de Nacho.

Nacho es muy teatrero y, además de no ser muy alto, iba con un gabán hasta los pies. A esto hay que sumar que tenía los teclados en una súper tarima, le veíamos desde abajo y alucinamos un poco. Sí, es muy peliculero.

¿Y la letra?

Íñigo y yo teníamos mucha química y nos pasábamos muchos libros que molaban en esa época, como los de Milan Kundera. Una vez acabó el verano, hubo un día en que me llamó para pasarme un libro de cuentos de Boris Vian llamado Los perros, el deseo y la muerte, donde dio la casualidad de que estaba la historia del lobo hombre, que para aquella canción en la que estaba el «auuuu» era perfecto. Aparte, era muy naíf, el cuento al revés de un lobo que se convierte en hombre. Además, un lobo muy leído, muy instruido. Fue a partir de ahí de donde hicimos la letra.

Nacho Cano fue importantísimo para vosotros con la producción de los primeros discos.

Fue como el quinto miembro de La Unión.

La primera vez ante el público.

Nuestro primer concierto fue en un antiguo gallinero en Torrelodones que era de un amigo de Mario y donde todos los que fueron eran amigos. Cuando ya firmamos con Warner, hicimos algunos conciertos para coger un poco de experiencia y pasamos por algunas salas en los bajos de Orense. Pero si hablamos del primer concierto auténtico, ya con el nombre de La Unión y presentando cinco temas, fue en la sala El Sol. Resultó espectacular, con Toti, el batería de Alaska y los Pegamoides, que estuvo una temporada con nosotros y fue él quien hizo la presentación.

Con el «Lobo» llega el boom.

Fue una barbaridad. Al principio nosotros empezamos a mover la maqueta por casas independientes como DRO o Tres Cipreses, pero todos nos dijeron que no, que eso no tenía futuro. Fue ahí cuando apareció Nacho, que se encargó de todo, debió hablar con varias compañías y la que mejor deal nos dio fue Warner Music.

¿Es el tema al que tienes más cariño? ¿O todos son como hijos pequeños?

El «Lobo» ha significado todo, pero todas las canciones son como… bueno, no todas: hay algunas que no me gustan directamente, ya sea por la letra o por la onda. Pero de las que suenan en los conciertos, todas me parece que están muy bien.

Dime alguna que no te guste.

«De aquí allá». «El rey del ring» tampoco me gusta mucho.

«De aquí allá», una de las que cantasteis en «La bola de cristal»…

Sí…

Volviendo al «Lobo», un par de años antes de vuestra primera visita a México, Parchís ya la había cantado allí…

Es posible, porque en redes me han preguntado alguna vez si era de Parchís y la habíamos hecho nosotros o al revés. La debieron llevar, porque Parchís en su momento era muy potente, pero es cierto que ha habido versiones infinitas, muchas muy malas. Incluso la que hizo Ana Belén, que yo creo que si hubiera hecho algo parecido al «Piano Man» de Billy Joel hubiera quedado genial, pero esta es como un arreglo rockero que no le pegaba mucho. En Venezuela también se popularizó una de un grupo llamado Témpano y hay una versión de hace unos años de The Mills, un grupo colombiano que es buenísima. La versión del Love Sessions de La Unión creo que también está muy bien y otra que hicimos con Love of Lesbian, que tiene un riff de guitarra y está muy divertida.

¿Cómo se digiere el éxito tan brutal por parte de unos chavales tan jóvenes y en tan poco tiempo?

Se digiere mal. En primer lugar, porque eres primerizo y el fenómeno fan es una auténtica locura. Recuerdo nuestro primer El gran musical, donde tuvieron que sacarme a la calle dos fuertes, agarrado uno de cada brazo, y me caían besos como flechas. Tu ego sube también a una altura muy lejana del de los humanos normales y te vuelves un poco especialito. Sin embargo, en nuestro caso, que el segundo disco no funcionara tan bien fue una cura de humildad que nos vino muy bien. Pienso que gracias a ese El maldito viento hemos permanecido tanto tiempo en el mundo de la música.

Se habló de vosotros como un producto y nunca salisteis en Radio 3. ¿Esta visión pudo influir en que vuestro segundo disco fuera más oscuro, más íntimo, y saliera vuestro ego con la intención de demostrar que sí erais unos artistas?

Es que, además, había una cierta rivalidad según en qué radio salieras. Nosotros no aparecíamos en Radio 3, sino que habíamos salido a través de Los 40 Principales. Entre Jesús Ordovás y uno de nuestros productores, Rafael Abitbol, había ciertas rencillas. Y entre que Rafa Abitbol, por ser honesto, no nos ponía en su programa, y los otros tampoco, porque en Radio Nacional estuvimos prácticamente vetados… Hubo, incluso, quien hizo críticas feas, porque yo admito una mala crítica cuando tiene alguna razón de ser, pero se hacían muchas basándose en cosas súper superfluas y que nunca se centraban en la crítica, dando por hecho que éramos unos pijos. Nos colocaron ya en un escenario que sí influyó para que el segundo álbum fuera oscuro, a fin de intentar demostrar que no éramos un producto de una casa de discos y sí más auténticos que los auténticos.

¿Aguantabas bien esas críticas? Porque imagino que esa etiqueta de «comercial» debe molestar.

Sí, en un principio te molesta. Ya te digo: a esa edad eres muy arrogante, pero críticas malas realmente había pocas una vez que ya empezamos a rodar bien y empezamos a tener un buen directo. De cualquier modo, sí que ha habido críticas duras pero con sentido, por lo que las he admitido perfectamente. Las que no admito son las que se basan en cosas absurdas y que no tienen nada que ver con la música.

Dijeron que al estrenar «Sildavia», Ordovás ponía otra cosa por debajo y decía: «Miren qué mal suena esto».

Sí, ponían otro disco al lado para que sonara desafinado. Yo no lo oí porque ya no estaba siguiendo el programa, pero Luis (Bolín) sí me dijo que la habían presentado fondeada con otra cosa y que sonaba realmente mal.

«Sildavia» es otro himno y para mí está, incluso, por encima del «Lobo».

«Sildavia» en su momento no fue tan fuerte como lo es ahora, en que la gente ha reivindicado más la canción. Los cuatro éramos lectores de Tintín y lo usamos para hablar de ese país imaginario, también basando un poco la letra en el cuadro El jardín de las delicias de El Bosco. Incluso quisimos hacer un vídeo en que una parte se grabara en Almería, mostrando una zona desértica como la realidad dura, y luego Sildavia en el parque de El Capricho, un jardín precioso que tiene un embarcadero con canales, una sala con espejos… Nuestro plan era haber hecho «Sildavia» ahí, pero en esos momentos las casas de discos no creían en los videoclips y dijeron que no ponían dinero.

El que sí se grabó fue el de «Cabaret», en el que incluso aparecieron Imanol Arias y Álvaro de Luna, pero no llegó a ver la luz.

Sí, lo vetamos. Al final, la productora quería meterse en el mundo de la publicidad y el videoclip era como un compendio de anuncios: de coches, de bebidas, de pastillas… y no nos pareció. Yo te digo: la arrogancia de los veintipocos. El vídeo podría haber salido y no estaba mal. Es lo que comentas: salía gente importante y podría haber sido algo exitoso. Además, un videoclip tampoco te va a hundir. Pero no, ahí te reconozco que éramos muy arrogantes y dijimos no.

Rafa Sánchez para Jot Down

Siempre disteis la sensación de ser un grupo muy leído y con unas letras más profundas en comparación con gran parte de lo que se hacía.

Sí, aparte, es una tendencia muy típica española, ¿no? Desde los tiempos de Emilio El Moro, la canción chiste: todavía muchos grupos funcionan de esa manera. Nosotros buscábamos algo muy distinto, pues, además de que se nos daban mal los chistes, no teníamos ningún interés en eso. Queríamos hacer otro tipo de música más basada en la cultura del ocio, el cine y la literatura. En el primer álbum hay tres canciones basadas en bibliografía como «Lobo hombre», «La niebla», que también se centra en otro cuento de Boris Vian: «El amor es ciego», y «Mil siluetas», que da precisamente título al álbum y está basada en «El monte de las ánimas» de Gustavo Adolfo Bécquer. En el siguiente, «La máquina del tiempo» o «Entre flores raras» de los poemas de Baudelaire… Teníamos una onda muy cercana a la literatura y, ya que no éramos grandes escritores, nos apoyábamos en gente que sí lo era. Si te soy sincero, La Unión siempre se desmarcó mucho del sonido de aquí, nuestras influencias eran anglosajonas e intentábamos sonar como la música que nos gustaba. Nosotros habíamos escuchado a gente como Ultravox, aparecieron los primeros sintetizadores que incluso se compraban a nivel casero y todo eso hizo que sonáramos de forma diferente.

Si hablamos de influencias, vosotros bebíais de muchas fuentes: «Maracaibo», «Negrita»…

Sí, todo fue puro eclecticismo a la hora de buscar fuentes. Además, al principio componíamos entre cuatro, luego entre tres… y cada uno aportaba sus gustos a la hora de hacer su instrumento, ya fuera la guitarra, el bajo, la voz… Como te decía, todo fue siempre muy ecléctico y una de las claves que teníamos era no ponerle puertas al campo. Aparte, el hecho de estar tantos años trabajando en la música hace que vayas cambiando de influencias según va modificándose la música del momento. Y eso también nos ha influido mucho.

Llegaron a referirse a ti como el James Dean español. ¿Te propusieron hacer cine en algún momento?

Sí, una serie de detectives, pero yo lo rechacé porque iba a interrumpir mi carrera musical. Tuve una reunión con ellos, pero no me llegaron a presentar ningún guion ni nada porque directamente dije que no, ya que iba a interferir demasiado. Luego la serie no llegó a hacerse.

Después de ese batacazo en el segundo disco, en el tercero —4×4— aparecen canciones como «Dónde estabais en los malos tiempos».

Sí, ahí hablábamos de cómo cuando estás arriba todo el monte es orégano y qué pasa cuando las cosas cambian.

«Ahora es fácil. Todo es fácil. Me basta un susurro para que de mi mano comáis como haría un perro fiel».

Eso nunca me ha gustado. Tanto es así que estuvimos haciendo «Dónde estabais» sin esa estrofa. Me parece un poco prepotente, pero por ser fidedigno a la versión ya ni siquiera me lo planteé, aunque hubo muchos años en que no cantábamos esa estrofa. Lo que sí me ha pasado, viendo las redes sociales, es que, según se ha ido haciendo mayor nuestro público, ha empezado a encontrar, sobre todo en «Vivir al este del Edén», un sentido diferente, visto desde la madurez. Veo muchos comentarios en los que la gente me señala que ve la canción muy distinta por todo lo que le ha pasado.

Mario Martínez comentaba que cuando llegaste con aquella canción al local, alucinó.

Sí, yo siempre proponía las letras y a lo mejor ellos me comentaban «esta frase no me gusta» y se cambiaba, pero el 99,9 % de las letras a partir de la desaparición de Íñigo las he hecho todas yo. Únicamente, Luis hizo una que se llamaba «La última estación» y yo todas las demás.

¿Cómo era el proceso creativo para hacer los temas?

En la primera época, cuando todavía estaba Íñigo, las letras las hacíamos fundamentalmente él y yo. La composición se hacía en ensayo, es decir, se iba tocando y, como teníamos caja de ritmos, si queríamos una balada poníamos un tempo de ochenta; si queríamos algo más rápido, ciento veinte o ciento treinta y tantas, como va el «Lobo». Íbamos tocando, haciendo tomas y, cuando teníamos diez o doce buenas, intentábamos hacer un composite: «esto puede ser el estribillo, esto puede ser el puente, esto la estrofa…». Entonces, una vez ya estaba compuesta, se buscaba la letra, donde normalmente nos centrábamos Íñigo y yo. Después de la salida de Íñigo, ya me dediqué yo directamente a las letras y empezó a ser un poco autobiográfico. No digo que hablara solo de mí, sino de cosas que veía, como en «Promesa rota», donde se habla de qué pasa cuando se rompe una pareja, con quién se van los amigos, cómo te quedas…

Vuestro primer tour manager fue Amador Mohedano. Con treinta años me lo imagino como un juerguista de nivel.

Lo era. Lo pasamos genial con Amador. Fue todo muy loco y recuerdo una anécdota en que, después de tocar en Tenerife, catorce personas perdimos el avión (risas).

El batería que llevabais le dio una pastilla, estuvo en la discoteca hasta las siete de la mañana y, cuando estabais en el aeropuerto, se dio cuenta de que se había olvidado el dinero y los billetes de avión…

Sí, algo le dieron… (risas). Estuvimos un par de años con él y más tarde también con el hermano de Rocío Dúrcal, Arturo de las Heras, que también era muy divertido, durante otros tres años. Después ya pasamos con Rosa Lagarrigue y ahí empezó a crecer todo.

¿Cuántas canciones has hecho en tu carrera?

Más o menos unas ciento ochenta.

Me resulta curioso que no son letras ni estilos repetitivos, sino que cada una tiene su propia vida.

En las composiciones de La Unión, éramos como un crisol y, aunque todos teníamos unas influencias bastante afines, no eran las mismas. El hecho de juntar eso y mezclarlo es lo que hace que pueda ser diferente. O al menos eso quiero pensar. Después, en mi época en solitario, también: yo no sé tocar ningún instrumento, pero ahora trabajo con Fermín Villaescusa o lo he estado haciendo con David Casamayor, y ellos me aportan cosas, yo otras y valoramos si vamos por aquí, vamos por allá y la propia canción te va llevando.

El hecho de que en un principio hubiera cuatro y luego otros tres, ¿no provocaba fricciones a la hora de que alguno quisiera imponer sus deseos?

Las hay. Y eso es muy perjudicial debido a que cuando una canción cada miembro del grupo la ve de una manera, al final son todo concesiones: ni para ti ni para mí, pero te quedas en una tierra de nadie que no tiene rollo. De hecho, hay canciones que se han quedado en el tintero.

En 1989, «Más y más» se convierte en la canción de la Vuelta Ciclista a España. ¿Hasta qué punto influyó en vuestra carrera?

Influyó muchísimo… y para bien. Además, conseguir que «Más y más» fuera la sintonía de la Vuelta Ciclista fue uno de los pelotazos que dio Íñigo Zabala en la compañía, puesto que lograrlo te pone muy arriba, como sucedió con Melendi, que tras ponerlo en la Vuelta fue otro mundo.

¿Cómo fue esa salida de Íñigo del grupo para convertirse en A&R de Warner?

De Íñigo cabe decir que es vasco y muy cabezota. Él pensó que La Unión no iba a ser para largo, se casó, puso un restaurante de comida vasca enfrente del Congreso y lo quería hacer todo: iba a comprar, a hacer caja a última hora… y acabó hecho polvo, flaco y hasta arriba de trabajo. Entonces, Saúl Tagarro, que era director general de Warner aquí en España, le ofreció el puesto y yo creo que él vio la salvación, porque es muy melómano, tiene una colección de discos inmensa y adora la música.

Rafa Sánchez para Jot Down

Años más tarde, él se marcha a trabajar fuera de España con Warner y os avisó casi sin tiempo.

Nos avisó un mes antes y fue un… nos cabreamos mucho, porque además fue con el disco Fluye, que fue fatal. Nos dejó muy tirados y ahí hubo un pequeño cabreo, pero guardo una buena relación con él.

¿Su salida fuera de España influyó en vuestra relación con la cúpula de Warner?

Sí, porque siempre nos vendían que éramos el buque insignia de Warner, pero era lo mismo que el florero que había en la entrada. Además, ya habían comenzado los CD, se creó la piratería y empezaron a venderse muy pocos discos legalmente porque se hacían muchos piratas. Hubo una época de crisis hasta el punto de tener un viaje a América y que nos dijeran el último día que, si queríamos, nos pagaban el viaje, pero iba a ser de placer, sin acompañamiento de la discográfica ni ningún programa de promoción ni nada. De cualquier modo, todo esto no fue solo por la desaparición de Íñigo, sino por el momento: el hecho de que con un CD estabas dando un máster digital que se puede copiar hasta la saciedad dio pie a la piratería, lo cual provocó que empezaran a bajar las ventas. ¿Y cuál fue la reacción de las casas de discos? En vez de luchar contra la piratería, lo que hicieron fue quitarle derechos a los artistas a nivel de royalties y presupuestos para grabación.

Cantas «Manos vacías» con Miguel Bosé en el disco Los chicos no lloran, pero él señalaba que nunca entendió por qué La Unión no decidió grabarla.

Esa canción no es de La Unión, sino de Luis con otro chico. En La Unión solo se cantaban canciones compuestas por La Unión. Se hizo por principios, porque no queríamos que sucediera lo mismo que había pasado en otros grupos cuando uno es el que compone, que siempre había una guerra para ver quién metía más canciones, como pasó, por ejemplo, entre los hermanos Cano. Siempre quisimos evitar esa guerra desde el principio y, para no caer en eso, no se grababan canciones que no estuvieran compuestas por todos.

Pero tú la cantaste con Miguel.

Sí, porque yo grabé la maqueta de Luis y Miguel, al escucharla, quiso que yo cantara los coros con él y era fundamentalmente eso más que un dueto. Yo acepté encantado.

¿No la has sentido como tuya?

No, pero creo que es una buena canción. Por ejemplo, nunca se ha tocado en un concierto de La Unión.

Pero aquel dueto fue increíble.

Sí, un bombazo.

Miguel Bosé.

Es alguien muy especial, un tío con un magnetismo increíble. Ha sido de las pocas personas ante las cuales me he encontrado fingiendo, intentando ser como muy simpático, muy gracioso y muy ocurrente. Miguel es una persona espléndida y le tengo mucho cariño. Ahora le están yendo muy bien en los conciertos que está dando, por lo cual me alegro infinito.

Personalmente veo cosas en común entre La Unión y Miguel Bosé. Con David Bowie como nexo…

Sí, creo que justo en la época en que se grabó «Manos vacías» él estaba tendiendo un poco a ese tipo de sonido diferente a «Super, Superman». Vi hace poco la serie que le habían hecho y se observaba que al principio la compañía le obligaba a hacer canciones de ciertos compositores y luego ya fue cuando él pudo decir «no», decidir qué quería hacer, y ahí creo que tendió a un sonido más cercano al de La Unión.

Estuviste a punto de formar parte del club de los 27 y te salvó un accidente con la Vespa.

En la época del segundo álbum, que no iban las cosas tan bien como con el primero, empecé a coquetear con la heroína. Realmente, coqueteas dos meses, pero al tercero ya te das cuenta de que estás enganchado y no puedes pasar sin ello. En ese momento ya quieres dejarlo porque no te gusta depender de nada, pero no puedes. Me comí ochenta monos aquí, en Almería, donde mi familia tiene un cortijo… Otro me lo pasé en Venezuela, otro en México y hasta en Nueva York, pero siempre volvía a recaer. Y al final, sí, fue un accidente de moto en el que me rompí la tibia el que me ayudó. Después del golpe me mantuvieron tres meses inmovilizado y con un tratamiento psiquiátrico, Tranxilium, pastillas para dormir y ansiolíticos. Tuve que volver a casa de mis padres para que me cuidaran.

¡Vaya locura!

De hecho, me quité el tratamiento psiquiátrico incluso pasando de mi psiquiatra, que me hizo una jugada muy fea y dijo en el hospital donde me habían operado la pierna que había vuelto a la heroína cuando era mentira. Estuve sin dormir una semana, pero salí como un «fraticelli», haciendo una comparación con El nombre de la rosa, que estaba leyendo por aquel entonces. Salí, y a diferencia de muchos yonquis que no tienen nada que hacer, yo lo hice teniendo la gira del Tren de largo recorrido, que fue la bomba.

¿Consideras que esa gira es el momento álgido del grupo?

Sí, fue el momento álgido, independientemente de que tiempo más tarde conseguimos hacer un número uno con «Vuelve el amor», algo muy complicado para un grupo con nuestra veteranía ya en los dos mil.

Ese concierto está muy influido por el tour que había hecho Prince e incluso unís las canciones.

Prince siempre influyó muchísimo en nosotros, sobre todo a la hora de plantear arreglos para el directo, como moverlos, unir las canciones… A mí, ver un grupo y que entre canción y canción haya un espacio y el cantante diga «ahora va tal canción» no me gustaba… Yo hablaba siempre sobre la música, era como una especie de discoteca sin parones de música.

Para la producción de ese disco en directo contáis con Peter Walsh en los estudios que tenía Peter Gabriel.

Sí, estuvimos en los Real World Studios que tiene en Bath y son muy bonitos, con un molino de agua… Desayunábamos habitualmente con Peter Gabriel y, a modo de anécdota, te diré que pidió un jersey de los que llevaba. Era de Armand Basi, tenía unas llamas y hubo un día en que me dijo que le encantaba y se lo di: «Todo tuyo».

«Si te deja tu novia, te jodes», «te voy a dar lo tuyo y lo del inglés»… Todas esas frases, speeches, etcétera, ¿eran estudiados o simple improvisación?

Normalmente, antes de empezar el tour me preparo una serie de speeches, aunque eso no quita que también dé pie a la improvisación por cosas que estás viendo y te sugieren algo. Normalmente llevo un guion. Además, cuando hay una improvisación buena, normalmente acaba quedándose, pero hay que llevarlo todo atado y bien atado.

Han pasado casi treinta y cinco años de aquel Tren de largo recorrido. ¿Lo miras con nostalgia o simplemente como una etapa?

Ni lo miro (risas). En esos temas soy muy yogui y para mí el único momento que existe es el ahora y, cuando esté en el geriátrico, ya contaré mis batallitas. No echo de menos ninguna época. Hay cosas que están bien en su momento, pero también otras que están mal.

¿Eres un tío feliz?

Dentro de lo que cabe, sí. Mucho. Sobre todo porque estoy muy en paz conmigo mismo y me tengo muy asumido, sé cuáles son mis errores, mis aciertos y voy muy suave por la vida. Evito mucho los conflictos, me ponen muy nervioso y por eso voy de una manera muy suave.

Rafa Sánchez para Jot Down

En 1994 creaste «Las botas rojas», que iba a ser una ópera rock y no vio la luz. ¿Cómo surgió la idea?

Ese fue un momento en que también peligró un poco La Unión, sobre todo por parte de Luis y Mario, que vieron que yo podía irme por otro lado. Pero cuando estás en un grupo debes tener cierta coherencia y una ópera rock, dependiendo del personaje, puedes hacer un tipo de música u otra: cuando es el protagonista es rock and roll, cuando es el demonio es vodevil o cuando es otro, pues distinto. Eso te permite tocar muchos palos musicales y con Antonio Cortés funcionamos muy bien, hicimos algo bueno y luego retomamos y de dieciséis canciones pasamos a veintiuna y es algo que me queda en el tintero. Creo que quiero acabar haciéndola y se puede hacer.

Entonces, ¿todavía no está descartado que cobre vida?

No. Además, tengo ideas de cómo hacerlo factible, pero todavía no he dado con la persona idónea.

Psycofunkster au lait, Hiperespacio, Love Sessions con remixes… Habéis picoteado en muchos estilos. Da la sensación de que os impusisteis el no quedaros quietos, probar siempre cosas nuevas. ¿Hasta qué punto esto ha sido importante para estar publicando durante tanto tiempo?

Es importante, pero lo pagas un poco con los fans, porque de repente les gusta un disco, quieren que el siguiente sea una continuación del anterior y, de repente, es una cosa muy diferente. Sin embargo, yo creo que para una carrera artística el hecho de estancarse, intentar hacer lo mismo todo el rato porque te ha ido bien, al final se acaba notando, porque creo que te acabas aburriendo. Si lo único que te importa es vender discos haces como Georgie Dann, que repetía la misma fórmula cada verano. Sin embargo, si eso no es lo que te mueve, el hecho de evolucionar es muy importante.

En «Negrita», del disco Hiperespacio, colabora Alejandro Sanz tocando la guitarra. ¿Cómo surge?

Había una cercanía con Alejandro, pues, además de ser de la misma compañía, también nos unía cierta amistad, por lo que le dijimos que si le apetecía. Sin embargo, fuimos muy tontos, porque ni siquiera, salvo una grabación cutre que se hizo en el momento, se le veía en un vídeo. Podríamos haber hecho algo, ¿no? Podríamos haber vendido más la imagen de Alejandro, que estaba muy arriba en aquel momento. No como ahora, pero… Íbamos muy frikis y creo que muy poca gente sabe que el solo de «Negrita» es de Alejandro Sanz, igual que el de «Ande yo caliente».

También me sorprende que hacéis una canción para el videojuego Hollywood Monster: «Enigmas». Es un sonido muy vuestro.

Nos enseñaron el videojuego, comentaron un poco de qué iba e hicimos la canción. Muchas veces es más sencillo hacer una canción cuando te dicen de qué tiene que ir y así ya vas a tiro hecho. Fueron ellos los que se acercaron a nosotros y fue muy bien.

Las giras fuera de España. Fueron muy famosas aquellas en México, donde todavía se acuerdan mucho de La Unión.

Cambiar España por otros países es muy gratificante para tu manera de ser, tu concepción del mundo y que ya no te ahogues en un vaso de agua. Te olvidas de algunas tonterías, pues, además, en España somos muy envidiosos y casi preferimos que al compañero le vaya mal. De repente, llegas a otro país, te desprejuicias a nivel tanto personal como profesional a la hora de hacer música, de alegrarte de si a alguien le va bien y pienso que fue un soplo de aire fresco. Nos íbamos dos meses a estar de gira por allí y era todo muy loco, muy divertido. Al final, vas a las grandes capitales como Guadalajara, Ciudad de México o Monterrey, pero la gente que se te acerca no te lleva a los sitios de turistas, sino a lugares auténticos y fiestas privadas. Lo he dicho muchas veces: en Europa, aunque haya grandes fortunas, el lujo no existe, vas a un hotel de cuatro o cinco estrellas y es una porquería. Sin embargo, si vas a un hotel de cinco estrellas en México, tu habitación mide doscientos y pico metros cuadrados y el servicio es casi servilismo. Eso solo lo he visto en Asia o en Latinoamérica, donde, además, la gente te trata con muchísimo respeto: te llaman «maestro», no como aquí, donde lo que prima es la envidia, como te decía antes. Allí, aunque ya estés en las últimas, te siguen respetando y tratándote muy bien.

Me llama la atención que no te gustan mucho las portadas de vuestros discos…

Son las peores del mundo. Sobre todo la de Tren de largo recorrido, que fue cuando salió el primer Mac, cogimos un efecto y no sé muy bien ni por qué fue. Normalmente nos ofrecieron unas portadas que nos parecían un horror y nosotros conseguíamos hacerlas peor.

Tu hermano, que estudió Bellas Artes, hizo una portada para Mil siluetas, pero no hubo consenso y no fue elegida.

Sí, era muy chula, pero a Luis no le gustó y creo que a Íñigo tampoco mucho. La primera portada del maxi de «Lobo hombre» la hizo mi hermano y la segunda era para «Sildavia», donde aparecíamos, basada en una foto de Yuste, subiendo una escalera pero con un poco de magia; había una escalera, una serpiente enrollada en el pasamanos… pero al final la hizo Rafa Abitbol y a mí lo que me parece es un envase de café, fea con un amarillo de clínica. Después de eso, a mi hermano ya no le volví a pedir ningún favor. Pero la peor de todas es cuando llamamos a un gran fotógrafo para hacer Tentación, donde nosotros queríamos a una niña pequeña, pobre, delante de una tienda de dulces mirando pasteles. Sin embargo, él nos sacó a una niña con un abrigo de peluche: una pija peinadísima del barrio de Salamanca que podría comerse todos los dulces que quisiera para desayunar. Le dijimos que no y del set de fotos se eligieron dos. Psycofunkster sí que estaba bien, así basada en las portadas de Santana, pero poco más, porque el resto me parecen todas bastante…

¿Mejorables?

Por decir algo (risas).

En 2010 anuncias que eres homosexual en Shangay «sin darle mayor importancia», según declaraste.

Lo hice por algo anecdótico: una amiga en común con Olvido (Alaska, ndr), Oiana, que ahora se ha cambiado de sexo y se llama Oian, me comentó que gente como yo tendría que hacerse visible para ayudar a otras personas y me pareció muy lógico hacerlo. Todo mi círculo ya lo sabía, la compañía también, porque incluso algún novio había venido en viajes, y mi familia también lo sabía, pero me pareció bien hacerlo. En ese momento, me propusieron hacer una entrevista en Shangay y pensé que era la oportunidad para dar visibilidad a este tema.

Y cuando decides poner punto y final a la historia del grupo, ¿por qué lo haces?

Cuando estaba Mario, yo hacía un poco de efecto bisagra debido a que Luis y él se llevaban bastante mal, sobre todo en los últimos tiempos: si había una buena idea que partía de Mario, yo la apoyaba y si había alguna buena de Luis, hacía lo mismo. Sin embargo, cuando al final nos quedamos Luis y yo fue como dos cabestros diciendo «o tú o yo». Creo que él en un momento pensó que era La Unión y yo no estaba de acuerdo, por lo que dije: «Hasta aquí». Él se enfadó muchísimo, pensaba que nunca iba a dar ese paso y, durante el confinamiento, hice un comunicado porque pensaba que era el momento idóneo, sabía que no íbamos a poder hacer conciertos en mucho tiempo y era la situación ideal para que cada uno se replanteara su vida. Y así fue.

Eso sucedió en 2020, pero tú personalmente ¿cuándo notas que se empieza a fragmentar?

Fue con «Vuelve el amor» en el disco El mar de la fertilidad, donde hubo algunas cosas internas y ahí es cuando tendría que haber dejado La Unión. De hecho, acabamos con Warner y no renovamos, aunque después volvimos a hacer un par de discos con ellos de forma puntual. Ahí creo que fue el momento, pero claro, seguíamos haciendo actuaciones, iba bien, estuve meses sin hablar con Luis y con muy mal ambiente. Aunque luego acabó funcionando la máquina, se quedó todo en el olvido e hicimos el Big Bang, pero ya no había…

¿Cómo puede ser que no os hablaseis pero no se notara ni en conciertos ni en entrevistas?

Llámalo profesionalidad y que el público no tiene por qué pagar tus malos rollos. Además, al ser tres, todo era muy democrático, ya que no había empate. Sin embargo, cuando Mario ya dejó la banda por su enfermedad y nos quedamos solo dos, se complicó.

Llevabais mucho tiempo sin sacar nuevas canciones. Era como una pareja sin sexo.

Una en diez años: «Tiempo». Éramos como una pareja que se odia. En los dos últimos años, en la furgoneta había una electricidad que no te imaginas. Ni nos hablábamos.

Rafa Sánchez para Jot Down

Vuestras canciones estaban firmadas por todos, pero me has comentado que el 99,9 % de las letras fueron tuyas. ¿No te sabe mal que Luis esté ahora cantando muchas de ellas en solitario?

No, porque el hecho de que haya sido así ha permitido que hayamos sido de los grupos más longevos del panorama. Yo no tengo ego, prefiero que el grupo en sí se lleve los méritos que irme poniendo medallitas de que soy yo. Nunca se ha explicado claramente cómo era la composición y eso ha funcionado muy bien porque el enemigo ha quedado siempre fuera de la banda. Es decir: la banda ha luchado contra las cosas que venían de fuera y no me arrepiento de nada.

Ahora, en tu carrera en solitario sigues apostando por muchos de los temas que cantabas en La Unión. ¿Te siguen emocionando?

Sí, mucho.

¿Qué convierte una canción en un himno para la gente?

¡La pregunta del millón! Es muy complicado saber qué tiene un tema para convertirlo en especial, pues, por ejemplo, el «Lobo» no es una canción típica y con el estribillo claro, sino que es la onda que te da y la atmósfera que transmite. Si me preguntas, realmente no sabría decirte.

Actualmente, por un lado estás en un papel de crooner total haciendo conciertos en teatros con Biografía y, por otro, estos espectáculos junto a muchos grupos de la época como Love The 90’s. ¿Dónde estás más cómodo?

Con los dos. Sobre todo, porque son para espacios muy diferentes. El concierto con banda es para rock and roll, espacios grandes y que la gente baile. Sin embargo, Biografía es para teatro, donde la gente está pendiente, callada y, si acaso, alguna vez canta algo, pero muy poca cosa, algo que me gusta. Además, muchos de los conciertos multitudinarios o son gratuitos o son con más bandas, no tienes la responsabilidad de llenar un local, pero en Biografía todo el que está ahí ha pagado religiosamente su entrada porque ha querido venir a verme: entonces veo que es un público muy fiel y muy fan.

Dices que la gente está callada, pero yo estuve en Rialto viendo Biografía y al final la gente estaba como loca cantando los temas.

¡Claro! Hay un momento en que metemos un bombo a cuatro y la gente ya se viene arriba, pero, si te das cuenta, durante todo el espectáculo la gente está tranquila e incluso aplauden en mitad de la canción porque les ha llegado y les ha tocado la fibra.

¿Y cuál es el siguiente desafío de Rafa Sánchez?

No lo sé. Ahora estoy un poco down a la hora de hacer canciones nuevas porque tampoco tiene mucho sentido gastarte el dinero en la producción, luego no te lo ponen ni en radio ni en televisión y ves que al final no tiene casi repercusión. Entonces, ahora mismo prefiero seguir con los conciertos, aunque recientemente he hecho una canción con Fermín Villaescusa que es una propuesta de una coral de Valencia, que querían que hiciera un tema sobre la DANA; se la mandé y ahora están haciendo los arreglos corales y a lo mejor sale próximamente. También tengo otra que se llama «Soy reliquia» en la que quiero plantear cómo ve alguien de mi edad la forma en la que ha evolucionado la sociedad en la que estamos y cómo los valores de antes han quedado convertidos en eso, reliquias.

Si te encontraras a ese Rafa imberbe a punto de meterse al estudio para grabar la maqueta de «Lobo hombre», ¿qué le dirías?

No le diría nada. Para mí, algo fundamental en esta carrera es vivir el día a día y aprovechar lo que te ofrece la vida.

Rafa Sánchez para Jot Down

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2 comentarios

  1. Gracias Rafa por ser tu, sincero y muy claro en el momento de explicar las vivencias de La Unión y de Rafa Sanchez. Sin duda un referente para la musica nacional, y aunque Lobo Hombre se ha llevado siempre todos los meritos de vuestro impulso, creo que Sildavia es una cancion que marca una pauta a seguir en el panorama español, imprecindible para quienes vivimos la epoca y seguimos teniendo de cabecera aquella musica nacional y de fuera. De Nuevo gracias a La Union.

  2. Vaya peazo artículo! Yo crecí con «La Unión», que recuerdos!

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