Sociedad

El silencio alemán frente a la limpieza étnica en Gaza: Staatsräson, ceguera persistente y brotes verdes

limpieza étnica
Palestinos lloran a un familiar asesinado por el ejército israelí mientras intentaba llegar a los camiones de ayuda que entraban en el norte de la Franja de Gaza. Foto: Cordon Press.

Los palestinos no se van a ningún lado — no tienen a dónde ir.

Los judíos israelíes tampoco se van a ningún lado — tampoco tienen a dónde ir.

No podemos convertirnos en una familia feliz, porque no lo somos.

Así que tenemos que dividir la casa en dos apartamentos más pequeños y aprender a decir «buenos días» en el pasillo todos los días. Eventualmente, quizá nos visitemos para tomar una taza de café.

(Amos Oz, escritor pacifista israelí)

En Alemania, quitando algunas (honrosas) excepciones que luego se abordarán, nadie parece enterarse de nada. La clase política, la primera. Y en eso todos están unidos por el cinismo, desde los conservadores de la CDU-CSU, que coquetean a veces con la ultraderecha, hasta los socialdemócratas del SPD, que incluso cambian la ley de nacionalidad. Un ejemplo de cómo afecta dicha normativa al día a día de las personas es el caso que analizamos en el artículo anterior: un hombre que nació en Siria, apátrida a causa de que los israelíes expulsaron a sus descendientes de su país en una de las incontables limpiezas étnicas perpetradas. La justicia denegó su solicitud de nacionalidad alemana por no reconocer a Israel, el país que se lo quitó todo. El precedente no deja de ser peligroso, y tiende a ir a peor. Algo es seguro: los abogados aconsejarán a sus clientes solicitantes de naturalización no mentar ruina; es decir, nada de hablar mal de Israel.

―Señor al-Khatib, por favor. No haga tonterías. Para que no le pongan problemas para obtener la nacionalidad, debe acatar el orden constitucional alemán. Un orden democrático y libre, pero no puede hablar mal de Israel porque, si lo hace, está vendido.
―Pero… ese orden democrático, ¿no incluye libertad de expresión? No entiendo. ¿Alemania es una democracia pluralista, pero yo no puedo decir lo que quiero sobre un país que me ha echado del mío contra el derecho internacional?
―Bueno, señor al-Khatib, eso es ―creo― un buen resumen y conclusión de lo que le he dicho, pero… sí. Por favor, no se meta con Israel, no frecuente mezquita donde haya gente que le pueda ocasionar problemas. Nada de antisemitismo.
―Pero, abogado, decir que Israel cometió limpieza étnica varias veces desde 1948 y que lo de ahora es un genocidio… eso no es antisemitismo. Yo no tengo nada contra los judíos, pero Israel… me parece a mí… que… y además hay gente en Israel que… no está de acuerdo. Y creo que en Alemania también.
―Ya, sí, pero son alemanes. Calladito más bonito ―interrumpe, cansado, el jurista―. Cuando sea alemán, haga lo que le dé la gana, pero, ahora, chitón.
―Pero hay islamofobia, y está aumentando. Yo tuve que salir corriendo el otro día en Berlín. El año pasado, sin ir más lejos, 644 ataques contra musulmanes… Y luego los Reichsbürger esos, que no reconocen Alemania y quieren el imperio otra vez y media Polonia, e intentaron hasta un golpe de Estado.
―Señor al-Khatib, por favor… Vamos a lo que vamos. Si le interesa el tema, pida una beca, estudie periodismo, yo qué sé… pero cuando sea alemán. Por favor, no se meta con Israel.

Razón de Estado. La élite política se abona al encaje de bolillos para hacer como si no supiera lo que todos saben: que en Gaza se está perpetrando un genocidio. Con todo, se da una especie de farsa a tenor de la cual todos siguen haciendo como si no se enteraran. Ya más de uno les ha indicado que esos falsos sastres que simulan tomar con esmero unos tejidos que no existen y que fingen que los trabajan y cosen están actuando:

Herr Bundeskanzler, si usted me lo permite, y sin el menor ánimo de ofender: usted está desnudo.
―Eso es porque es usted antisemita, y solo los que no lo son y siguen la Staatsräson son capaces de verlo.
―Si usted lo dice… yo le he avisado.

Porque clase política y gran parte de la ciudadanía tienen que seguir viendo el traje de los cancilleres y de su clase política. Y si no lo ves, ¡ay de ti! Es que eres antisemita. Trae más cuenta aparentar que lo ves.

Israelización y razón de Estado en muchos medios alemanes: Lena es llamada a capítulo

Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor.

(Desmond Tutu, arzobispo surafricano)

La cobertura del llamado «conflicto Israel-Gaza» está dejando mucho que desear en los medios alemanes, tendentes en exceso a tomar como fuente las comunicaciones del ejército israelí o del gobierno en Tel Aviv. El historial es largo y hay observadores que alertan de la trayectoria desinformadora de ambos. ¿Hasta qué punto conviene dar por válida la información de un gobierno que alberga a un ministro que considera moralmente ético matar de hambre a dos millones de gazatíes? Y esa gente tiene dinero, hasta el punto de organizar una campaña para influir en los miembros del Congreso estadounidense.

Con todo, en Alemania ya son varias las voces críticas a la cobertura sesgada del conflicto: muchos periodistas denuncian desequilibrios y «doble rasero» (Doppelstandard) en el tratamiento del conflicto Israel-Gaza en los medios alemanes. Hay varios ejemplos sangrantes: en primer lugar, se otorga más credibilidad a las fuentes israelíes que a las palestinas o internacionales, como se ha adelantado. En más de una ocasión, se han difundido panfletos rayanos en el fascismo y la burda propaganda (ejemplo: Netanyahu se considera salvador de los palestinos porque, en su opinión, los está librando de Hamás). En segundo lugar, se ha instalado un clima tóxico de presión interna y falta de debate profesional: se señalan represalias dentro de las redacciones contra periodistas que intentan ofrecer visiones más matizadas o dar voz a fuentes palestinas. Los medios a menudo fallan al gestionar el asunto con profesionalidad, recurriendo a emociones, censura o miedo al antisemitismo. Este último constituye un componente fundamental de la razón de Estado, si no el más importante. A la primera de cambio puede cualquier periodista ser acusado de ello: solo por explicar que los gazatíes también sufren. Esto ha llevado a preguntarse a un periodista si, para los medios alemanes, tienen más valor las vidas ucranianas que las palestinas. El Holodomor (muerte por hambruna) de aquel país, un horror de los años treinta, se sigue recordando hoy día; la muerte por inanición de la población civil de Gaza en 2025 parece que brilla menos.

Razón no le falta al crítico aludido, a la luz de noticias como las de uno de los decanos del periodismo alemán, Die Welt. En el boletín para suscriptores, el equidistante título «El doble horror de Gaza» abre el envío; se incide más, como viene siendo habitual, en el sufrimiento de los rehenes israelíes que en el de los palestinos. Al pasar al artículo, titulado con otro equidistante, «La deshumanización debe parar», la autora Dunja Ramadan, arabista, experta en islam y judaísmo, parece que sigue directrices. Por una parte, no se corta en hablar de la situación de los palestinos; por otra, se aprecian pasajes en los que pueden adivinarse lineamientos de la redacción en la dirección de no dejar de hablar de los padecimientos israelíes. Pese a que describe con bastante libertad las imágenes de «niños demacrados, padres desesperados, campos de refugiados desbordados, hospitales destruidos» o niños que pelean con los gatos por los restos de comida (aunque en la imagen que acompaña al texto dichos niños, como se ha comentado, no se vean tan así).

Sin embargo, ahora viene la parte inalterable del «formulario»: 1) se condena a ambos lados por la deshumanización y el uso del sufrimiento civil como herramienta política; 2) si bien no se relativizan los crímenes, se insiste en que «ambos» bandos actúan de manera inmoral; y 3) se propone como única solución el fin inmediato del «conflicto» y el reconocimiento del Estado palestino sin Hamás ni ocupación israelí. Es decir, la posición alemana, que ignora que, aunque la ONU en bloque decretara el reconocimiento hoy mismo, sería totalmente impracticable. Alemania, desde luego, no está entre los partidarios del reconocimiento. Proclama la solución de los dos Estados (Zweistaatenlösung, supuesta doctrina de la UE), pero solo reconoce uno: el israelí.

Nada indica que Dunja sea proclive a Israel: es valiente a la hora de describir el genocidio, aunque añade lo de «los dos», «ambos» y demás retahíla supuestamente objetiva. ¿Se trata de una táctica para sortear la censura, que consiste en contar la verdad a la que se añade la receta de la razón de Estado?

Así, el lenguaje utilizado al informar de la situación de los rehenes se caracteriza por portar una gran carga emocional y estar dotado de mayor profusión de detalles. Esto es manipulación. Se comenta un vídeo de Hamás en el que aparece un joven israelí obligado a cavar «su propia tumba», con énfasis en su hambre, sufrimiento y deshumanización. Palabras como Entsetzen (horror) aparecen reiteradamente. No obstante, el tono es mucho menos emotivo con los palestinos: se mencionan imágenes de hambre y destrucción en Gaza, pero de manera más breve, sin pormenores y con menor carga emocional. No hay nombres propios ni descripciones visuales específicas de víctimas palestinas. A continuación, se da voz al gobierno israelí al reflejar las palabras de Netanyahu, que cita que el destino de los rehenes debe estar «en el centro de la agenda global», sin un llamado similar respecto a la crisis humanitaria en Gaza. Por último, me remito al mismo titular, de por sí un ejemplo de periodismo tendencioso, al equiparar la situación de israelíes con la de los palestinos. Putin hubiera hablado de «democracia soberana»; es decir: Rusia tiene una democracia, los occidentales también. Todas se equivocan, todas tienen sus fallos. Equidistancia, en suma: artefacto empleado, normalmente, para favorecer a una de las partes.

Más de una publicación en el país germano (de cara a proteger la identidad de la periodista, optaré por no citarla) expone esta situación. Se analiza un caso concreto: el de una redactora especializada en Oriente Próximo, con conocimientos de árabe, con amigos y fuentes tanto israelíes como palestinas. Lena es su nombre ficticio. Prefiere no dar el auténtico, algo perfectamente entendible a la luz del cuento que pretendo hacerles: otro caso idéntico al de Gerda, la profesora censurada por idéntica razón. Lena fue apartada temporalmente de la cobertura informativa sobre Gaza. La razón: denuncias de sus compañeros. Como en las «bocas de león» en la Venecia de los dogos (un sistema de buzones donde se podía denunciar a los ciudadanos y que a veces fungía como instrumento de venganza), los colegas de Lena la acusaron de falta de distancia y de «humanizar» a Hamás, echándole en cara su falta de humanidad y su insensibilidad con respecto a sus víctimas. Falta de distancia; o sea: debe practicarse la equidistancia. Ya estamos todos.

No obstante, el párrafo objeto de las iras de los periodistas de la razón de Estado expresaba una condena clara a los crímenes de Hamás, a la que llama organización terrorista autora de «crímenes de guerra terribles». Entonces, ¿cuál fue su delito? Tan fácil como significativo: analizar por qué razón, pese a lo dicho, muchos palestinos no se distancian de Hamás. Lena concluyó que el respaldo a la organización hay que inscribirlo en un contexto de inseguridad política, situación social convulsa y una situación económica adversa; en resumidas cuentas: lo que viene siendo periodismo desde que el mundo es mundo. El director la llamó a su despacho y le dijo que había pasado una línea y que, de momento, la apartaba de la cobertura del «conflicto», a la profesional mejor preparada de la redacción. Porque vale más no meterse con Israel que contar la verdad, poner las cosas en su justo contexto o no atender a fuentes del mismo bando. Y eso que no lo llamó genocidio ni limpieza étnica. Esto es finlandización pura y dura o israelización periodística. Con compañeros así, quién necesita enemigos.

Claro está que, tras estos episodios, se instala entre los periodistas —y profesoras como Gerda— una opresiva atmósfera de autocensura en Alemania. Reporteros sin Fronteras y otras voces documentan un clima de miedo, donde los periodistas evitan el monotema por temor a ser acusados de antisemitismo, perder el trabajo o sufrir campañas en redes sociales.

Otro periodista denuncia la grave situación humanitaria en Gaza, donde niños esperan con bidones en busca de agua potable y muchos mueren por desnutrición. Se menciona la destrucción de hospitales, escuelas y viviendas, y cómo miles de menores quedan huérfanos o sin refugio. A pesar del sufrimiento evidente de la población infantil, el artículo critica que gran parte de los medios alemanes permanezcan en silencio o minimicen estos hechos.

Otro de los hachazos —¿indeseados?— a la labor periodística es la instalación en el país de racismo estructural y eurocentrismo, siendo así que algunos profesionales (es un decir) de la información acaban adoptando estereotipos antiárabes, invisibilizando las voces palestinas y con un enfoque eurocéntrico que considera que los conflictos en la región son inherentes y no históricos ni solucionables: muy balcánico todo. Como en Yugoslavia, pero sin sanciones a los perpetradores de la limpieza étnica.

Por consiguiente, la calidad y credibilidad informativa se ve mermada en cuestiones clave como el manejo desigual de fuentes. Esto es así hasta el punto de que muchos profesionales se plantean dejar la profesión: justo como algunos profesores de secundaria. Algunas voces sugieren volver a los principios profesionales, evaluando todas las fuentes con rigor, fomentando el debate y aceptando diversas perspectivas: una redacción plural y transparente mejoraría la cobertura de Gaza. Quizá es mucho pedir, viendo el percal.

Las opiniones y comentarios al artículo son, como suele suceder, lo más jugoso. Aunque muchos agradecen a una periodista, Hanna Müller (nombre ficticio), sacar a la palestra la situación de los medios alemanes —con un artículo, en mi opinión, muy valiente, precisamente por tratarse de una periodista alemana—, muchos señalan que algunas organizaciones muestran sesgo pro-Hamás por su visión anticolonialista, y que los medios alemanes apenas cubren las protestas internas contra Hamás en Gaza, porque no encajan en la narrativa que culpa solo a Israel. Así están las cosas.

Además, se insiste en que el periodismo debe separar claramente periodistas, actores y afectados para evitar conflictos de interés. Es decir, silenciar los sufrimientos de los gazatíes, no sea que nos impresionen las imágenes de niños en el chasis: así no hay quien se informe.

Aprenda alemán vulgar mientras lee las «críticas»

«Oiga, que lo del 7 de octubre estuvo chungo, pero igual sesenta mil muertos (diecisiete mil de ellos niños), y la gente huyendo de un lado para otro, muriendo de inanición mientras el ejército israelí los bombardea y ametralla, tampoco es quizá la respuesta óptima». Es un comentario habitual. Las réplicas de los acólitos de la razón de Estado —que más o menos resumí en el párrafo anterior—, sin embargo, no se caracterizaron, precisamente, por ser constructivas. De este modo, se pone en solfa la objetividad «emocional» de aquellos que se aventuran a contar lo que está pasando en Gaza, desplegando una batería de insultos, ideales para quienes desconocemos registros menos —llamémoslo así— exquisitos. Con ustedes: curso de alemán zafio.

Iniciamos este interesante curso, en aras de la pedagogía, con un término internacional, ¡«Bullshit!», para referirse al contenido de la noticia, aunque también se aprecia el término alemán —más educado, eso sí— de «tonterías» (Blödsinn). La periodista recibe, además, parabienes como «persona sin entendimiento», inventora de víctimas [palestinas] para relativizar los hechos, profundamente deshonesta, «sofista barata», «intolerable antisemita», autora de contenidos vacíos y frases hechas, «flagrante mentirosa».

Al contactar con la periodista —a la que agradezco su disposición por acceder a hablar conmigo—, no se atreve a afirmar que exista autocensura en los periodistas. Todo lo más, que la situación está cambiando y que cada vez más se atreven a hablar. No me cuenta el marco de la equidistancia de bandos. No me conoce bien. No sabe por dónde puedo salir, si voy a ponerlo en conocimiento de alguien. Lo entiendo.

Este es el nivel.

Un Bundeskanzler que no entiende

Hilfe, ich hab’ den graden Weg verlor’n
Ich weiß nicht mehr, wo es lang geht und worauf es mir ankommt
[Ayuda, he perdido el camino recto.
Ya no sé hacia dónde ir ni qué es lo que me importa]

Hilfe, Die Toten Hosen (Opium fürs Volk, 1996)

Donde descansa esta situación es en la obsolescencia sobrevenida de la razón de Estado alemana. Y es que no hay color: no es lo mismo la Kniefall de Willy Brandt en Varsovia en 1970 que justificar y apoyar diplomáticamente uno de los genocidios que pasarán a la historia en 2025. Quiero pensar que la sociedad alemana, los medios y su élite política, siquiera para salvar la cara, acaben no muy tarde llamando a las cosas por el nombre que las define: un genocidio. Si B’Tselem, ONG israelí, lo ha hecho ya, no tiene sentido que Alemania siga sin hacerlo. Si muchos de los descendientes de los asesinados por los nazis están llamando exterminio a lo de Gaza, los descendientes de los perpetradores habrían de hacer lo propio.

Un buen día de mayo, el recién estrenado Bundeskanzler Friedrich Merz se levantó confuso. Había cosas que no entendía y así lo manifestó en la televisión estatal WDR: «Lo que está haciendo ahora el ejército israelí en la Franja de Gaza, francamente ya no entiendo con qué objetivo. Afectar de esa manera a la población civil, como ha sido cada vez más el caso en los últimos días, ya no puede justificarse como una lucha contra el terrorismo de Hamás», expresa el Bundeskanzler Friedrich Merz en mayo de 2025. El hombre está pidiendo a gritos que algún médico le dé pequeños toquecitos de martillo en la rodilla. Por eso de hacerse mirar los reflejos.

Sus palabras: «Ich verstehe nicht mehr»: ya no lo entiendo. Ese «ya» implica, por supuesto, que antes ¿sí lo entendía?; antes, entonces, más de medio centenar de miles de muertos después, casi la mitad de ellos niños. Friedrich Merz despertó y, para su pesar, Israel seguía allí, y los gazatíes —cada vez menos—, porque morían como chinches por bombas, desnutrición e inanición en ese gueto a gran escala en el que se ha convertido Gaza. Porque bloquear el acceso de la ayuda humanitaria es un arma de guerra, según Guterres, de Naciones Unidas. No solo la ONU: el informe «Bajo amenaza», de la prestigiosa revista The Lancet, analiza casos de hambre como arma de guerra en Ucrania, Sudán y Palestina, siendo este último el ejemplo más palmario.

Cada vez se solapan más las imágenes del gueto de Varsovia durante la ocupación nazi de Polonia y las escenas de niños de pecho gazatíes que lloran de hambre porque no hay leche. También hay víctimas infantiles por inanición. Las otras, las adultas, hace tiempo que dejaron de contarse: ya nos hemos acostumbrado. Esto tiene poco que entender.

El canciller federal se mostraba, del mismo modo, preocupado por el derecho internacional. Aunque ¡cuidado! No hablaba de la limpieza étnica de Gaza o el uso del hambre como arma de guerra: se refería al derecho internacional humanitario. Hay que ver, que no dejáis pasar los camiones para paliar la crisis humanitaria que vosotros mismos habéis producido. Pero lo demás está bien. Y es que «cuando se traspasan los límites y se viola realmente el derecho internacional humanitario, Alemania también debe pronunciarse al respecto, y el canciller alemán también debe hacerlo». Advertía que «el Gobierno israelí no debe hacer nada que, en algún momento, sus mejores amigos ya no estén dispuestos a aceptar».

Risa floja.

Luego, sigue su perorata de hombre muy contrariado, diciendo que no le gustaría que el «conflicto» escalase más. No me viene a las mientes a qué alude Merz con «escalar más»: solo queda la bomba atómica.

El anterior canciller, el socialdemócrata Olaf Scholz, tampoco es que comprendiera una barbaridad. Ciego con su posicionamiento con Israel y contra el genocidio, es el apóstol de que Alemania solo tiene una posición, y de que la misma es «al lado de Israel». El excanciller padecía de una miopía tan interesada como preocupante. Un año después, en octubre de 2024, reiteró que Alemania confirma su solidaridad con Israel. Con todo, y no satisfecho, llama la atención el hecho de cómo, en sede parlamentaria, CDU y SPD competían en algo que va más allá de entender o de mirar hacia otro lado o de indiferencia cómplice: la exhibición de complicidad activa.

Así, durante 2024, Friedrich Merz —a toda pastilla en las encuestas hacia la cancillería— se indignaba y acusaba al entonces Bundeskanzler Scholz de pausar el envío de armas a Israel. Comienza la competición para dilucidar quién colabora más en la limpieza étnica y/o la masacre de civiles en Palestina. Aquí, el diálogo —nada dramatizado— que tuvo lugar el 7 de octubre de 2024. Se cumplía un año de los ataques de Hamás y otro de la implementación del genocidio. Era una efeméride muy sentida y, claro, los políticos querían dejar claro su compromiso con Israel y la razón de Estado:

MERZ. —Desde hace semanas y meses, el gobierno federal niega las autorizaciones de exportación, por ejemplo, de munición, ¿e incluso para la entrega de piezas de repuesto para tanques a Israel (…)?. Se trata de suministros y equipamiento que Israel necesita de manera urgente para su derecho a defenderse.
Aplausos

Para el político conservador, que tenía prisa por permitir a Israel seguir su plan de depuración étnica, Scholz estaba obstaculizando el suministro de armas a Tel Aviv porque, vamos a ver: si las empresas ya han presentado la documentación necesaria para la exportación, ¿por qué el gobierno no daba la autorización definitiva?

—¿Qué es eso, si no una negativa de facto a conceder autorizaciones de exportación? —acusó.

Olaf Scholz debió sentirse herido en el orgullo y pudo pensar: «Perdona, pero yo colaboro con Israel más que tú», si bien su respuesta fue la siguiente:

SCHOLZ. —Ya hemos entregado armas y seguiremos haciéndolo (…). Hemos tomado decisiones en el gobierno que también garantizan que próximamente habrá más entregas. Entonces, verán que la acusación es infundada.

Dicha sesión del Bundestag dio para más, para aquellos que hubieran osado pensar que la capacidad de sonrojo había llegado al límite. Así, la ministra de Asuntos Exteriores, Annalena Baerbock (Los Verdes) —la política que abogaba por una política de valores, preocupada por los nulos avances en los derechos fundamentales en Xinjiang o Hong Kong— también quiso aportar para la historia su granito de arena a la limpieza étnica en Palestina. Comenzó su discurso con las siguientes palabras:

BAERBOCK. —1200 vidas, sueños, deseos: a 1200 personas se les arrebató todo esto. Fueron asesinadas a sangre fría, maltratadas, perseguidas, violadas. Más de 250 personas —mujeres, hombres, niños— fueron secuestradas. Alrededor de 100 de ellas siguen siendo retenidas por Hamás en los oscuros túneles y sótanos de Gaza.

Y ahora, otra manifestación de compromiso con la seguridad de Israel:

—La seguridad de Israel es razón de Estado para Alemania; no lo decimos a la ligera. Para nosotros, eso es a la vez un principio y una obligación.

A continuación, más loas a Israel. El panegírico de Frau Baerbock subraya que el ataque del 7 de octubre fue una ruptura histórica para Israel y el mundo. A la vez, aboga, en un despliegue de cinismo palmario, por el respeto al derecho internacional humanitario y por distinguir entre civiles y terroristas. Destaca que la paz solo será posible si también los palestinos pueden vivir en seguridad y dignidad. Es la única mención a la situación de los palestinos, junto a otra alusión a la situación en Cisjordania.

—Lo digo con toda claridad: no debemos permitir que Cisjordania se convierta en una segunda Gaza.

Lo de la primera Gaza, si eso, lo dejamos.

La Außenministerin afeó a la CDU que acusara al gobierno de obstaculizar el envío de armas a Israel; que se trata de cuestiones confidenciales cuyo procedimiento no puede airearse. Para que quedara constancia de que el gobierno sí estaba enviando armas a Israel, expuso lo siguiente:

—Existe una demanda ante el Tribunal Internacional de Justicia. Allí, la República Federal de Alemania dejó claro que entregamos armas en apoyo a Israel. Por eso su afirmación aquí es falsa. Del mismo modo, hemos dejado claro que, obviamente, también se aplica el derecho internacional humanitario.

También tuvo palabras para la formación de extrema derecha AfD, a quien acusó de instrumentalizar y pervertir la posición de una familia de rehenes israelíes que, al parecer, fue capaz de entender tanto el sufrimiento israelí como el palestino. Les tilda de cínicos por compadecerse de los palestinos mientras se oponen a la inmigración y a la política migratoria de Angela Merkel.

Hay que dejar claro a los lectores que dichas intervenciones no se inscriben en el marco de un escándalo destapado por los medios con audios emitidos de forma privada y encriptada, sino que fue pronunciado en sede parlamentaria, a la vista de todos, y que quedó plasmado para la posteridad.

El resumen es desalentador: un diputado conservador que acusa a un ministro socialdemócrata no de permitir la masacre en Gaza, sino de no enviar más armas para colaborar en ella; y una ministra de Exteriores verde, antigua asidua en protestas contra la guerra y las nucleares, quien, de igual modo, certifica que sí han enviado armas, y que tal aspecto quedó registrado en la contestación a la demanda presentada por Nicaragua contra Alemania por faltar al derecho internacional humanitario. No se esconde: se graba, se registra, se publica. A cara descubierta. Para añadir tintes surrealistas al asunto, podemos mencionar que una ministra verde acusa a una formación xenófoba como AfD de defender a los palestinos.

En cuanto a la demanda de Nicaragua ante el Tribunal Internacional de Justicia de la ONU, acusando a Alemania de facilitar violaciones del derecho internacional humanitario por apoyar militarmente a Israel en Gaza, Alemania rechazó tales acusaciones, argumentando que carecen de fundamento tanto en hechos como en derecho, y que se basan en una evaluación del comportamiento de Israel, que no es parte del proceso judicial. Nicaragua solicitó medidas provisionales —apoyando a Sudáfrica— para que Alemania detuviera la ayuda militar a Israel y restaurara la financiación a la agencia de ayuda de la ONU en Gaza. Esa fue la razón esgrimida por Annalena Baerbock. Que, si por ella fuera, seguiría enviando armas. Insisto en que no son audios secretos, por aquello del conflicto cognitivo que pueda causar esta historia a los lectores, más que nada.

Por cierto: desde mayo de 2025, Frau Baerbock ha cambiado de trabajo, siendo designada por Naciones Unidas, incomprensiblemente, como presidenta de la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde podrá ejercer con denuedo su posición proisraelí. Al frente de Exteriores, le sucede como Außenminister Johann Wadephul, del CDU, que destaca declaraciones tan jugosas como «Israel debe cambiar de rumbo», que el fin inmediato de la guerra en Gaza debe llegar (aunque no firma la declaración al respecto que otros países sí han hecho) y, por supuesto, que Hamás es chungo y «ejerce un juego desafiante».

Por añadidura, Wadephul señaló que veía ciertos avances en la ayuda de emergencia en Gaza, aunque los consideraba insuficientes (tiene buena vista), y afirmó que se estaba trabajando para lograr un alto el fuego que permitiera restablecer el acceso completo a la ayuda humanitaria. Se puede declamar más o menos claro, pero decir menos, no.

Un trabajo sucio y un tono que no es de recibo

«Das ist die Drecksarbeit, die Israel macht für uns alle»
[Ese es el trabajo sucio que Israel hace por todos nosotros]

(Friedrich Merz, canciller alemán, sobre el ataque israelí a Irán)

Lento, desde luego, tampoco estuvo Herr Bundeskanzler Merz cuando Israel ataca a Irán, un acto que viola el derecho internacional se mire por donde se mire: «Ese es el trabajo sucio que Israel hace por todos nosotros», soltó, extraoficialmente, en la cumbre del G-7 celebrada en junio de 2025. No contento (podía haberse quedado ahí y minimizar los daños), manifestó su «máximo respeto» hacia Israel por su actuación contra el régimen de Teherán y se muestra agradecido. Pues nada: gracias, Israel, por fomentar la paz en la región.

Los socialdemócratas alemanes del SPD, por su parte, mostraron su indignación con la verborragia de Merz… a su manera: Adis Ahmetović, joven diputado del SPD, criticó las palabras del canciller, porque «el objetivo principal en esta situación tan delicada debería ser la desescalada» (qué manía la de los políticos alemanes con lo de la desescalada). Además —subrayó—, «el tono del canciller federal no contribuía demasiado en este sentido». Ya sabemos de la tibieza de la posición del SPD en este asunto: no se está criticando el salvajismo de Tel-Aviv, sino el tono de las palabras del canciller Merz. Los niños mueren de hambre, pero lo importante es «desescalar». Y el tono… que los buenos modales siempre han existido. Al menos, Merz habló claro al exteriorizarlo. Eso hay que reconocérselo.

Ahmetović, por su parte, es portador, además de cierto síndrome de Estocolmo, de un apellido que denota bosniomusulmanidad por los cuatro costados. Que hable de desescalar y de tono, pero que siga evitando la condena a Israel es un ejercicio de ignorancia —desinteresadísima— del propio pasado que clama al cielo. Alemán de Hannover, el diputado es hijo de padres bosniomusulmanes, huidos de otra masacre, la de Bosnia, en 1992. Con un apellido de raíces claramente musulmanas (con ingredientes patronímicos que vienen a significar «hijo de Ahmed») asombra su corrección política, a la luz del hecho de que fue la misma Alemania quien primero reconoció a Bosnia-Herzegovina, ignorando al resto de la entonces Comunidad Económica Europea (CEE) y poniendo en entredicho su actuación.

Si Estados Unidos, Alemania y la mencionada CEE hubieran actuado de la misma forma que hoy con respecto a Israel, es muy posible que Ahmetović no estaría hoy en el mundo, porque fue menester desplegar sanciones comunitarias en las que la CEE/UE era pionera… además de ataques aéreos para reforzarlas para que los serbobosnios (también los bosniocroatas que colaboraban con ellos, por ejemplo, Mate Boban) cejaran en su empeño de limpiar étnicamente Bosnia de musulmanes con apellidos similares a los del joven parlamentario. Correcto: no querían desescalar, querían destruir las zonas protegidas de Naciones Unidas. Como Israel hoy, con la fundamental diferencia de que en Palestina no hay zona segura a la que nadie pueda ir, ni ataques aéreos que las protejan. Desescalar es para perdedores. Lo que valió para la antigua Yugoslavia y vale hoy para Ucrania, no funge para Gaza. La Yugoslavia de Slobodan Milošević quería borrar a unos musulmanes de Bosnia; Israel, a los de Gaza. Hay dos soluciones: o que Adis se calle o que se ponga a otro que tenga un apellido menos musulmán. Más que nada, para no dar tanto el cante.

Subepílogo: El Gobierno holandés dimitió en bloque en 2002. Razón: no haber cumplido el objetivo de sus cascos azules allí desplegados, que consistía en proteger el enclave «seguro» decretado por la ONU. Piensen mal: ningún gobierno europeo dimitirá por la pasividad ante el genocidio de Gaza; Alemania, aún menos.

De reflejos va el asunto, de darse cuenta de lo que está pasando en Gaza: tampoco estuvo lento el canciller Merz a la hora de aplicar el martillo. Pero, ojo: no hablamos del martillito del neurólogo, sino de otro más contundente: el Martillo de la Noche, esa operación de ataque estadounidense a Irán que complementa a la israelí y que tiene nombre de película de zombis de serie C a las dos de la mañana. El genocidio no lo entendió, pero sí esto. En lugar de —lo típico— declarar cualquier bobería huera de contenido del pelo «hay que arreglar las disputas de forma pacífica», que nadie se cree, pero te hace quedar bien, conmina, por el contrario, a Irán a sentarse a negociar, a la par que respalda el ataque estadounidense.

La confusión total del canciller: los puentes de Merz

Y al final, de tan pocas entendederas, se hizo un lío. No entendía, pero pedía armas para Israel. Pobrecillos, ni para piezas de repuesto de Panzer tienen. Y es que no hay derecho, no lo hay, no lo hay.

Pero Merz sigue enviando armas a Israel, pese a que unos doscientos Prominente (personas famosas, artistas, de todos los ámbitos de la vida alemana) le han remitido una carta abierta en la que se da fe de «niños demacrados hasta quedar en los huesos, con los ojos vacíos y las muñecas delgadas. Bebés demasiado débiles por el hambre como para llorar. Ancianos, personas débiles y enfermas que no reciben los cuidados adecuados (…) que mueren en Gaza. Día tras día.
Niños como los nuestros. Niños como los suyos, que no forman parte de esta guerra, pero que soportan todo su peso. Más de 17000 ya han sido asesinados. Cientos de miles están heridos, traumatizados, desplazados, hambrientos».

Blanco y en botella. Demandan que se haga algo más que criticar con la boca chica a Israel: que se detengan inmediatamente todas las exportaciones de armas alemanas, que se proceda a la suspensión del acuerdo de asociación entre la UE e Israel y que se exija con firmeza un alto el fuego inmediato y el acceso sin trabas de la ayuda humanitaria.

Merz, conmovido para la galería, organizó un puente aéreo humanitario (Luftbrücke) con suministros para los gazatíes. Quizá los envíe junto a las armas, por aquello de ahorrar en el porte.

Israel —proclama Merz en un alarde de palabras hueras de contenido— debe, por añadidura, mejorar de forma inmediata, completa y duradera la situación humanitaria en Gaza (para Tagesschau, el telediario alemán, eso es una crítica: se conforman con poco, desde luego), y que Hamás debe liberar a los rehenes (algunos son alemanes) y que no haya expulsiones ni anexiones en Cisjordania.

Pero no condena el genocidio israelí ni se plantea reconocer a Palestina, aunque sí se habla de la «solución de los dos Estados», si es que queda tierra sobre la que materializarlo para entonces.

Sí que habla de reconstrucción (debería decir levantar un país de cero) y de hablar con Netanyahu, que le hace mucho caso, por lo que se ve.

Medidas adicionales o sanciones, ni están ni se las esperan.

Una ayuda para facilitar el entendimiento

Tal parece que aquí nadie se entera de nada o no quiere enterarse. Difícil tesitura: si siguen sin entender, pueden seguir apoyando el genocidio y —vayamos a— cosas peores se han hecho en Alemania: ya la supuesta desnazificación dibuja puntos negros (negro-SS) en muchos casos. Había que cerrar el pasado, pasar página. En especial, si eres nazi, claro.

En Alemania Occidental muchos juicios fracasaron por trabas legales y por la reintegración de antiguos nazis en la justicia. La reforma del Código Penal en 1968 posibilitó que muchos delitos y asesinatos perpetrados por el nazismo prescribieran. Se le llamó «amnistía encubierta», y frenó durante décadas la rendición de cuentas. Hasta 2011, cuando un señor muy anciano de 90 años, el nazi ucraniano-alemán John Demjanjuk, fue sacado de su Alterheim (residencia de mayores) para ser condenado a cinco años de prisión y ser devuelto a su hogar porque su salud no daba para más. De hecho, falleció al año siguiente.

De ahí que, volviendo a la posición cómplice o encubridora del gobierno alemán, mejor no saber que encontrar, no vaya a ser que, si sabías que era un genocidio, acabes en La Haya, y no de turismo.

Quizá no sería mala idea traer a colación lo forjado en el portal de internet del Bundestag (parlamento alemán), que dictamina que «el concepto de los derechos humanos es el gran logro civilizatorio de la historia de la humanidad», que «los derechos humanos son inalienables y tienen validez universal —independientemente del género, la religión, el color de piel o las convicciones políticas», y que, por añadidura, es cometido de la Comisión de Derechos Humanos y Ayuda Humanitaria del Bundestag alemán «seguir promoviendo en el futuro la alta importancia de los derechos humanos en todo el mundo».

Vamos a ver, que nos liamos. Igual es que la policía exterior va por otro lado: si miramos en la página del Auswärtiges Amt, ministerio de Asuntos Exteriores germano (por aquello de desempatar), igual hasta se saca algo en claro. Tampoco es mala idea. Vamos a ello:

Pinchamos en «política exterior y europea» y nos sale un texto titulado «Derecho internacional público [DIP, Völkerrecht]» y «Derecho internacional». El primero rige las relaciones entre Estados soberanos, organizaciones internacionales y otros que no viene a cuento citar aquí. Sí que nos interesa que el DIP es el derecho emanado de la Carta de las Naciones Unidas, los Convenios de Ginebra y otros instrumentos, ninguno de los cuales cumple Israel, por cierto, en Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria y —por lo que parece— allí donde se le antoje meter el Estado judío sus IFF.

Derecho internacional es algo más amplio y engloba también al DIP. Alemania se conjura, de este modo, a «reforzar y desarrollar el derecho internacional», afirmándose que «el orden internacional basado en normas constituye un pilar fundamental de la política exterior alemana» y que, por lo tanto, el país «se compromete en todo el mundo a fortalecer y seguir desarrollando el derecho internacional y sus instituciones».

También se habla del derecho internacional humanitario que, reza la web, «regula los principios y normas para las partes en conflictos armados y constituye una parte esencial del Derecho Internacional Público».

No podía, pues, faltar la sección correspondiente al monotema: la razón de Estado, la «responsabilidad histórica». Se ilustra la entrada con una Stolpersteine1. Dentro de esta sección pueden leerse entradas correspondientes a indemnizaciones por las injusticias cometidas durante el nacionalsocialismo. Para el gobierno federal es una prioridad central preservar la memoria de las víctimas de la violencia y la guerra, así como promover la paz.

A tenor de lo que Alemania pregona en sus medios oficiales, es normal que Merz no entienda. Es todo tan confuso…

La Unión Europea tampoco parece tenerlo claro del todo

El 18 de julio de 2025, la UE anuncia en su portal oficial el decimoctavo paquete de medidas contra Rusia (también contra Bielorrusia). Ilustrativo resulta el hecho de designar la «operación militar especial» (que decía aquel) de «guerra de agresión de Rusia contra Ucrania». Es correcto, pues es justo eso: una guerra de agresión.

El propósito de las sanciones es —apunta el comunicado— «debilitar la economía rusa, su aparato militar y redes de evasión». También se sanciona a Bielorrusia por su apoyo a Rusia. De igual modo (no se pretende ser exhaustivo), las nuevas medidas inciden en campos como la energía, el sector bancario (bloqueo de transacciones comerciales, por ejemplo), la industria militar (una de ellas, medidas punitivas contra proveedores de insumos militares, como China y Turquía).

En cuanto a las medidas relativas a «responsabilidad y derechos humanos», cabe mencionar las «sanciones a personas implicadas en la deportación y adoctrinamiento de niños ucranianos» y las «sanciones contra propagandistas y saqueadores culturales en territorios ocupados»4.

Llama poderosamente la atención el porqué de la adopción de las medidas: debilitar la capacidad de Rusia para librar la guerra, dejando claro el mensaje siguiente: «Europa no va a cejar en su apoyo a Ucrania», motivo por el cual la UE «seguirá aumentando la presión hasta que Rusia ponga fin a su guerra».

Se finaliza la exposición con una declaración de carácter político: «la UE reitera su apoyo total a la integridad territorial de Ucrania y a una paz justa y duradera basada en la Carta de la ONU y el Derecho internacional. Se rechaza cualquier acuerdo sobre Ucrania sin contar con Ucrania».

Ahora, llega la pregunta tonta: lo que se pretende implementar sobre la Federación Rusa, ¿por qué no se aplica en Gaza, cuando Putin es un aprendiz al lado de Netanyahu? Se habla de territorios ocupados, de integridad territorial, de presionar para detener la maquinaria de guerra, de la invocación a una paz justa y duradera basada en la Carta de la ONU y el Derecho internacional. Se rechaza cualquier acuerdo sobre Ucrania sin contar con Ucrania. Sería, pues, de justicia eliminar las palabras «Rusia» y «Ucrania» y cambiarlas por «Israel» y «Palestina».

No entiende la UE, definitivamente.

Josep y Kaja y Ucrania y Gaza: una cuestión de coherencia

Nosotros, los europeos, debemos intensificar nuestra acción en favor de la paz entre Israel y Palestina. No solo porque es nuestro interés, sino porque es nuestro deber moral y político. Una parte importante del futuro papel de la Unión Europea en el mundo, y en particular el futuro de nuestras relaciones con muchos países del «Sur Global», dependerá de nuestro compromiso para ayudar a resolver este conflicto.

(Josep Borrell)

Vaya por adelantado el aviso de que estas personas, con sus correspondientes nombres, sí son reales; es más: les da igual que se hable de ellos. Y es que se trata de Josep Borrell, que fue Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad (Mr. PESC, para los amigos), y de la estonia Kaja Kallas, su sucesora al frente del organismo.

En noviembre de 2023, cuando ya era palmario el objetivo de limpieza étnica por parte de Israel, Borrell escribió para la revista Le Grand Continent un artículo cuyo título es revelador: «Lo que defiende la Unión en Gaza y en el conflicto israelí-palestino». Un artículo del que se hizo eco el portal oficial de internet del servicio diplomático de la UE.

El entonces Mr. PESC pasó por la habitual muletilla de la «condena clara a Hamás por los atentados del 7 de octubre». Faltaría más. Pero no se quedó ahí. En dicho escrito, Borrell apuntaba una serie de ideas que no deberían dejar indiferente a nadie (aunque se ha usado el condicional «debería» porque sí que dejan): el rechazo de la violencia desproporcionada de Israel y la llamada a respetar el derecho internacional humanitario, la crítica al doble rasero entre Ucrania y Palestina, urgiendo a ejercitar la coherencia en la defensa del derecho internacional. La autoridad moral de Europa —sostiene el Alto Representante— depende de esa coherencia en los principios: un aviso para aquellos navegantes que deseen entender.

Borrell pasa a describir, a continuación, la situación en Gaza como una tragedia humanitaria que ya había provocado miles de muertes, la mitad de ellas de niños, y que, en consecuencia, cortar suministros básicos a civiles era inaceptable.

También se acuerda de la política de Israel, mencionando expresamente que la colonización de Cisjordania ha aumentado impunemente y que dificultaba la «solución de dos Estados», y define el «conflicto» —y aquí tira de equidistancia, aunque quizá a causa del lenguaje de alto diplomático— como el resultado de un fracaso político y moral colectivo, aseverando que la violencia extrema en ambos lados ha debilitado las fuerzas moderadas.

Las propuestas del representante de exteriores comunitario se estructuran en tres noes y tres síes, a saber:

  1. No al desplazamiento forzoso del pueblo palestino. Ello es impracticable, y eso que no había salido a la luz la propuesta israelí del gueto del gueto: la ciudad «humanitaria» de Rafah, sobre cuyas ruinas se quiere meter a más de seiscientos mil palestinos, sin libertad de movimientos.

  2. No a la reocupación o amputación de Gaza por Israel.

  3. No a desligar Gaza del resto del conflicto palestino.

En el apartado de los síes, se dice lo que no se está llevando a cabo de ningún modo:

  1. Sí a una autoridad palestina provisional en Gaza, respaldada por la ONU.

  2. Sí a una mayor implicación de los países árabes, con garantías.

  3. Sí a una mayor implicación de la UE en la paz y en la región.

Para Borrell, que no olvidemos que representaba a la UE, la meta final a la que aspira la organización pasaba por una paz basada en un Estado palestino soberano y garantizar la seguridad de Israel y Palestina. Designio que, en teoría, defienden tanto la UE como Berlín (Zweistaatenlösung). Borrell propone una conferencia internacional para lograrlo (ya se implementó durante la guerra de Yugoslavia y se acabó superando el formato por otros más operativos).

Sin embargo, Kaja Kallas, actual Alta Representante, volvió a la tibieza equidistante. La mujer es joven (47 años), del Partido Reformista Estonio, de tendencia liberal-conservadora, como la CDU de Ursula von der Leyen. Siempre es mejor agradar a la jefa. Es cierto que Borrell es un hombre mayor. No tiene que demostrar nada a nadie y ya se sabe… «estoy en una edad que…». Kallas, como se ha dicho, es joven, tiene que llegar lejos. Y para tal menester, mejor arrimarte al árbol del mainstream europeo que más sombra arroja. Borrell puede parecer más joven, rebelde y justo en sus planteamientos, puede conectar con las preocupaciones de muchos jóvenes alemanes y estonios. Todo lo que se quiera, pero, claro… así cualquiera. Y lo dicho. Es un señor mayor. Se ha vuelto blando.

En la web del Servicio Diplomático de la UE, que dirige Kallas, hay distintas prioridades: «estamos con Ucrania», «Balcanes occidentales», «Moldavia», la «cumbre UE-China», Srebrenica… La UE abunda en llamadas a la paz y a la desescalada, a la situación humanitaria, pero nada de condenas, perseverando en el dudoso ejercicio de no asentar nada de provecho.

Palestino no parece constituir un hito central. Sí aparece, en 2025, un «Informe técnico sobre el acuerdo alcanzado por la UE e Israel para mejorar la situación humanitaria en la Franja de Gaza». «Decisivo» instrumento, a tenor del valor que da Israel a los compromisos que le afecten en lo que a la Franja atañe. El informe solo pueden obtenerlo periodistas acreditados y no está a disposición del público.

Este informe, como todos, llega siempre tarde y a remolque de la situación; cuando las atrocidades israelíes convierten en aún más difícil el propósito de seguir mirando hacia otro lado, se moja un poco más y manifiesta su apoyo a Palestina, a la par que condena la situación en la Franja. Ya.

En otra sección, «Diálogo político de alto nivel entre la UE y Palestina: Declaraciones de la Alta Representante Kaja Kallas», se trasluce una versión descafeinada de lo dicho por Borrell. Se expresa solidaridad con el pueblo palestino ante la devastación y pérdida de vidas en Gaza, pero sin mencionar directamente a Israel como responsable. Asimismo, se condena el bloqueo total de la ayuda humanitaria por parte de Israel y se exige su restablecimiento. Se vuelve a incidir en la obsoleta solución de los dos Estados.

Sí que se habla de la violencia de los colonos en Cisjordania y de posibles sanciones a los mismos (si bien no existe consenso entre todos los Estados). Alemania, por vez primera, parece que está de acuerdo en sancionar a los colonos. Maniobra distractiva, quizá, para no entrar en lo importante: dejar de estar «al lado de Israel» y condenar el genocidio. Condenar colonos radicales, fanáticos, delincuentes indubitados no presenta el mayor problema, pero otro asunto muy distinto es condenar la «ofensiva» israelí en la Franja.

En un eterno retorno, la UE asegura que se compromete además a destinar fondos comunitarios para Palestina en los capítulos de infraestructuras, ayuda humanitaria y apoyo a refugiados. Es decir: se centra en las consecuencias, no en el ahora. Del mismo modo actúan Francia y el Reino Unido: en septiembre, si no hay alto el fuego, se avisa con reconocer a Palestina. Letra pequeña, molesta: tienes un mes de tiempo para quemar documentos y pruebas del genocidio y empezar a actuar de forma que no nos comprometas más. Los sesenta mil muertos de ahora… ya pasó.

Es el bucle de siempre: Israel arrasa, Europa reconstruye, Israel lo vuelve a destrozar. Como en el famoso videojuego Wreck-It Ralph (Ralph el demoledor), en el que el personaje Ralph lo destruye todo. Félix, el arreglador, que tiene un martillo mágico con el que va arreglando todo lo que Ralph destruye, sería la UE. Solo que esto es real y van más de cincuenta mil muertos.

Se vuelve a incidir, de nuevo, en la matraca de los dos Estados y —ojo a la equidistancia— donde ambas partes sean tratadas con mayor equidad. Ambas partes. Aquí hay dos partes que no se tratan bien entre ellas. Hay que llevarse bien.

La situación —es de dominio público— no hizo sino deteriorarse más y más en Gaza, con un Netanyahu dispuesto a seguir hasta el final con el viejo sueño de anexionar definitivamente Gaza. Algo que ya ha dejado de pertenecer al campo onírico para pasar al de la vigilia, como se ha visto arriba, con el proyecto de anexión de parte de Gaza. La Alemania nazi tenía una «solución final para la cuestión judía» (Endlösung der Judenfrage), e Israel parece que ha encontrado el momento para la solución final de la cuestión palestina.

Como en Yugoslavia con los sucesivos intentos de frenar la limpieza étnica, los acuerdos y los compromisos firmados por Israel carecen de total valor. Pero, a diferencia también de Yugoslavia, Alemania y la UE no van a reconocer a Palestina, pese a que en la Unión Europea ya hay diez países que lo han hecho: Polonia, República Checa, Bulgaria, Eslovaquia, Rumanía y Hungría, aunque con ciertos matices2. De hecho, Hungría es el más ferviente proisraelí de la UE, hasta el punto de que se negó a arrestar a Netanyahu cuando visitó Hungría en 2025, siendo el país magiar parte del Estatuto de Roma (que rige el Tribunal Penal Internacional). Además, Chipre, España, Irlanda y Suecia. El único país de importancia relativa es España. Francia anuncia que lo hará (aunque organizaciones sionistas le acusen, cínicamente, de no favorecer la paz con tal decisión), y el Reino Unido y Francia se lo están pensando (eso sí, con una condicionalidad difícil de entender). Netanyahu, por su parte, condena la actitud francesa por entender que el reconocimiento en las condiciones actuales implica la aniquilación de Israel: de nuevo, cada loco con su tema.

El 10 de julio, constatando la inactividad comunitaria que deja morir de hambre a los gazatíes, Kaja Kallas lanza la enésima declaración inservible: «Israel y la UE han acordado medidas para mejorar la ayuda humanitaria en Gaza» —comenta, asegurando que los víveres deben llegar directamente a la población sin desvíos a Hamás—. De nuevo reparación de infraestructuras, de nuevo petición de alto el fuego inmediato, liberación de rehenes, etc.

La web del Servicio Exterior Europeo no suele tener entre sus prioridades a Gaza. No hay más que echar un vistazo a los titulares de su web. A título particular, más de cuarenta eurodiputados adscritos a varias formaciones exigen sanciones para Gaza y países, también a título particular, como Holanda han implementado prohibiciones de viaje para varios ministros.

Cuando los estudiantes serbios, en su histórica y continuada ola de protestas desde noviembre de 2024, realizaron un tour ciclístico y a pie hacia Bruselas, allí no estuvieron figuras prominentes europeas para recibirles. Solo algunos diputados, entre los que se cuentan Gordan Bosanac e Irena Joveva. Los derechos fundamentales solo sirven, pues, para llevar a cabo proclamas vacías. ¿Dónde quedaron las incontables «posiciones comunes» de la guerra de Yugoslavia?

Lo de siempre: mándenme algo nuevo, por favor.

Gerda (y II): brilla el sol… y el imperialismo moral

Bombardeé Beirut hoy…
Bombardeé Beirut todos los días
Con solo apretar el gatillo
podemos enviar a desconocidos directo al infierno
claro, matamos a algunos inocentes en el camino

Beirut, Zeev Teene, cantante israelí (Room, 2007), versión de «I Bombed Korea» (Cake, 1994)

Tornamos a Gerda Schmidt: han pasado las semanas. Se han calmado las aguas. Está más tranquila y ya no cree que la vayan a echar. Poco a poco, los apoyos van llegando. Pero siempre de manera clandestina, cuando no hay nadie delante. En un baño, en un encuentro tan casual como forzado, en una guardia de recreo, como si fuera una película de espías. Y le dicen: «Oye, que estoy contigo y te apoyo», pero mejor lo mantenemos en secreto —no se verbaliza, pero sí lo afirma con la mirada. Otra: «Gerda, no estás sola. Hay muchos que piensan como tú». Esto es la Alemania del siglo XXI.

Un día, lleva a su hija a la guardería. El director, Jens, lleva una kufiya. Él es el jefe. No tiene presiones. Pero es valiente. Hay muchos alemanes, muchos que en las redes no están de acuerdo con la «razón de Estado». Claro que los hay, aunque flota en el aire un miedo a ir contra la orden no escrita de que no es conveniente hablar mal de Israel aunque esté consumando crímenes contra la humanidad.

Frau Schmidt se siente menos mal y con más ganas de lucha. Lucha, entiéndase, no contra el sistema —es invencible—, pero sí contra la autocensura. Con estos mimbres, es altamente reivindicativo ir a otro seminario que, le han dicho, está organizado por un profesor que tiene una visión, digamos, más «desapasionada» del contencioso (entiéndase: no mostrar absoluta adhesión a Israel). Esta vez se llama «El conflicto de Oriente Próximo». Ya es algo. Ya no es una charla sobre antisemitismo.

Y Gerda se dice: «La culpa no era mía. La loca no era yo. Voy a ir a ese seminario». Desconfía, porque todo versa en torno al monotema. Lo que se encuentra le sorprende gratamente: presentación de hechos objetivos. Un tío muy bueno. No se lo esperaba Gerda. Ahora sí es consciente: su actitud en el primer seminario no era la de una enajenada clamando contra la verdad. Se siente mejor. Los compañeros asienten a la presentación de los hechos: simplemente, de un modo altamente positivista, los actos de Israel en la Franja (no se usa la palabra «genocidio», tampoco nos vengamos arriba).

Entre avergonzada e incómoda, porque a nadie le gusta que le cuestionen su verdad, casi todos los profesores prestan atención. Acaso, aunque muchos no reparen en ello, puede ser catártico y liberador. El ponente habla de Hamás, sí, pero también de los palestinos. Desde 1948, desde 2023. Es, a la luz de la situación, un acto quasi revolucionario.

Más tarde, en una conversación con un amigo (no se atreve aún a contarlo a compañeros de profesión y lo hace en un parque infantil, sin más testigos y con el ruido de fondo de la chiquillería), Gerda relata que el ponente presentó los hechos con una objetividad exquisita. Equidistante en cierta medida, sí, pero suficiente, porque, aunque no se vaya a decir «Israel está cometiendo genocidio en Gaza», ya se habla de que algo no está bien, aunque no se llegue a nombrar: hay veces en que la presentación de elementos constitutivos de crímenes ya basta… Ya no es esconderse en la indiferencia cómplice de la Staatsräson.

Con todo, y después del episodio del primer seminario, algo ha cambiado: Gerda sale de este asunto perra vieja y escaldada. Por lo que pueda venir, por si acaso, evitará en adelante meterse en fregados dialécticos si la Staatsräson anda por medio. Ella y no solo ella: los y las que le apoyan y han visto lo que puede ocurrir. Gerda salió, por así decirlo, triunfante, pero a costa de algunos de los meses más terribles de su vida. Nunca más el Holocausto, sí; y nunca más criticar el imperialismo moral alemán cuando se habla de la Shoah.

«Imperialismo moral»3, término profusamente utilizado entre los analistas de la razón de Estado alemana. Estriba en la aplicación —imposición, mejor dicho— de un código moral cargado de autojustificación histórica sin admitir ambigüedades o errores presentes, una especie de «moralismo dogmático» en el que Alemania se atribuye en exclusiva la moralidad política en la cuestión del Holocausto. «Nosotros asesinamos millones de judíos, ¿quién va a saber de eso más que nosotros?, ¿quién mejor que Alemania para alzar el pendón moral?»

Así, el recuerdo del Holocausto se habría convertido en un instrumento que bloquea críticas legítimas al presente, incluyendo derechos humanos y políticas hacia Palestina. Es, en resumidas cuentas, un doble rasero de manual, en virtud del cual se apoya militar y diplomáticamente a Tel Aviv mientras que, por otra parte, se autointitula como guardián de los valores democráticos y derechos universales.

Consecuencias: contradicción absoluta, pues, mientras se mira hacia otro lado ante el asesinato de niños en Gaza, se arresta en territorio nacional a infantes de trece años por manifestarse por Palestina.

El imperialismo moral está también vinculado al término «antisemitismo», que en la neolengua del negacionismo etnicida es un escudo protector que evita cualquier atisbo de crítica hacia Israel. Lo aplica Trump en Estados Unidos. Y lo aplica Putin en Rusia. Su antisemitismo son los agentes extranjeros, los pederastas de Orbán. Los vendidos a Occidente de Vučić. Da igual cómo dé en llamarse. Carta blanca.

Se podría haber designado como «zumo de pera» y hubiera seguido dando igual, porque lo importante pasa más por el contenido que por la vacía vaina del continente. A un alemán le paraliza que le llamen nazi o antisemita. Nadie quiere serlo.

El imperialismo moral está también vinculado al término «antisemitismo», que en la neolengua del negacionismo etnicida es un escudo protector que evita cualquier atisbo de crítica hacia Israel. Lo aplica Trump en Estados Unidos. Y lo aplica Putin en Rusia. Su antisemitismo son los agentes extranjeros, los pederastas de Orbán, los vendidos a Occidente de Vučić. Da igual cómo dé en llamarse. Carta blanca. Se podría haber designado como «zumo de pera» y hubiera seguido dando igual, porque lo importante pasa más por el contenido que por la vacía vaina del continente. A un alemán le paraliza que le llamen nazi o antisemita. Nadie quiere serlo.

Y no es Alemania la única que practica el imperialismo moral de la responsabilidad por el Holocausto. Israel no le va a la zaga: barra libre para llamar antisemita y/o terrorista hamasiano a toda persona o país que no secunde sus planes de limpieza étnica en la Franja.

Con todo, no todos en Alemania son así. No es menos cierto que se cuentan por valientes aquellos dispuestos a abandonar su zona de confort. Así, en el citado Die Welt, también hay periodistas que firman: «La guerra de Israel contra Gaza es una guerra de hambre con ayuda alemana» o que, en relación con las protestas contra la actuación de Israel en Gaza, afirman: «Matar de hambre a los niños es un crimen de guerra».

En Israel, por ejemplo, ya hay sectores que han decidido dar un paso al frente. Así, B’Tselem, o Centro Israelí de Información para los Derechos Humanos en los Territorios Ocupados, siempre activo en esa causa, publica un demoledor informe con un título que deja poco espacio a la corrección política: «Nuestro genocidio», en caracteres tan grandes que amenazan con salirse de la pantalla. Comienza con la admonición: «El régimen israelí de ocupación y apartheid está inextricablemente vinculado con el atropello a los derechos humanos. B’Tselem luchará por el fin de dicho régimen como la única vía para lograr un futuro en el que se aseguren los derechos humanos, la democracia, la libertad y la igualdad para todas las personas, palestinas o israelíes, que vivan entre el río Jordán y el mar Mediterráneo».

Rotativos israelíes como Haaretz, un clásico en la crítica contra el apartheid y la ocupación, advierten del peligro de que los planes de anexionar Gaza están más cerca que nunca de materializarse. Fania Oz, historiadora y escritora, hija del pacifista y también escritor Amos Oz, sirvió en el ejército como su padre (quien participó en la Guerra de los Seis Días). Nada como eso para saber qué se cuece allí. Fania exhorta a los soldados jóvenes a rechazar su llamamiento a filas. O el historiador israelí Tom Segev, quien asegura avergonzarse de lo que está sucediendo en Gaza.

Del mismo modo, personas sin responsabilidades políticas o académicas se manifiestan, por ejemplo, cortando una carretera en Tel Aviv: no quieren que se mate de hambre, que se asesinen niños en su nombre, que se celebre la muerte. Se despliegan pancartas con la leyenda «todo niño es inocente», exhibiendo fotos de niños en grave estado de desnutrición. Califican a su gobierno de «fascista» que está llevando a los niños a la muerte. Exhortan a la población a despertar. Son cuatro gatos, nada masivo, pero ello convierte su protesta en algo aún más valioso.

Otro ejemplo, abandonando el pozo gravitacional germano-israelí, pasa por la Universidad de Edimburgo, que cuestiona la definición de antisemitismo que establece la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA), por lo general aceptada por casi todas las universidades británicas. Sin embargo, la alta institución educativa escocesa está considerando «salirse» de tal directiva. Así, está analizando si debe retirar la definición de antisemitismo de la IHRA y dejar de invertir en empresas tecnológicas vinculadas a la ocupación israelí.

La decisión, abrazada también por académicos de nacionalidad israelí que trabajan allí, llegó tras la publicación de un informe sobre la vinculación de la universidad con el colonialismo en Palestina a través de la figura de Arthur Balfour, ex primer ministro británico y antiguo canciller (Chancellor, una especie de rector honorífico que no tiene funciones directivas) de la universidad, autor de la Declaración Balfour de 1917. Los autores del informe, académicos implicados en campañas de protesta, proponen crear un Centro de Estudios Palestinos y ofrecer becas para estudiantes de dicha procedencia.

Se critica que la adopción de la definición IHRA fue algo que se llevó a cabo con escaso consenso y que tiene como resultado limitar la crítica legítima a Israel. El informe no empleó medias tintas y acusó a Israel de apartheid y limpieza étnica. Balfour era un xenófobo e hipócrita redomado: mientras buscaba un hogar para los judíos, apoyó la Aliens Act británica de 1905, que pasaba por restringir la inmigración de judíos al Reino Unido.

En Bélgica, cruzando el canal, dos soldados israelíes fueron arrestados en julio por la policía federal belga, tras ser identificados en un festival y denunciados por organizaciones de derechos humanos. Uno de ellos se creyó tan impune que publicó vídeos de su unidad destruyendo con explosivos viviendas e infraestructuras.

Sin embargo, el veterano Jürgen no es llamado a capítulo

Amigos como treguas,
olvida lo que sabes,
ahora somos animales.

(«Me sobra carnaval», Los Enemigos. Gas, 1996)

La razón de Estado alemana produce extraños y criminales compañeros de cama. Muchos aliados, o quizá estemos ante oportunistas o trepas ávidos de congraciarse con quien maneja el cotarro, ávidos de arder en la pira histórica de la complicidad con el genocidio. El que a buen árbol se arrima, ya se sabe: los acólitos de la Staatsräson que manejan el tinglado, transversal a opciones ideológicas. La élite. Saben que están posando, saben que los miran. Que sea con ojos oblicuos, no lo tienen tan claro.

y mira desde aquí,
se parecen a ti.
Dime, ¿desde allí
todos también
se parecen a mí?

Nos dejamos a Gerda, como se ha dicho, más tranquila ahora, con el último seminario. Con todo, hay otro docente, Jürgen Klein, que espera pacientemente a que arrecie la narración imparcial para decir que «los musulmanes son los que más muertes por cuchilladas han causado». Siempre hay alguien dispuesto a aguar la fiesta. No obstante, quien está solo, ahora, es él. Nadie le defiende. Nadie dice nada… ni le contradice. No es poco: no lo jalean. Jürgen ha pasado de llevar, investido por la razón de Estado, la iniciativa, a cuñado incómodo de cena de Nochebuena que se empeña en hablar de política y que, además —ahora sí lo saben— es un ignorante y un desinformador.

—Yo solo digo una cosa: 7 de octubre —musitó, aunque de manera más inaudible que en noviembre, cuando se llevó a cabo el seminario que trajo chaqueta contra Gerda.

A decir verdad, todos están un poco hartos de la tensión. Ni siquiera Herr Antisemitismus, así llamado por organizar el primer seminario, principal azote de Gerda y el máximo apóstol de la cofradía del 7 de octubre, dice esta boca es mía.

Sin embargo, Jürgen, inasequible a la objetividad, aunque en el segundo seminario hizo mutis, tiene cartas bajo la manga. Y está dispuesto a jugarlas. Ha decidido actuar él mismo en las aulas: el pabellón de la razón de Estado no caerá. Yo lo sostendré hasta la última bala. El último seminario no ha seguido la narrativa que a él le hubiera gustado. Se ha dicho pocas veces «7 de octubre». Para Jürgen, no hay más.

Llega una mañana de enero de 2024. Declama en clase, ante la mirada muy cansada de los alumnos y alumnas.

—Niños. Hoy vamos a hablar de antisemitismo.

Como es muy profesional, elabora una lista de cosas buenas y cosas malas de israelíes y palestinos. Los israelíes dan comida, dinero, trabajo (miles dependen de ello para sobrevivir), sanidad, a los gazatíes. Acceso a electricidad, agua potable, hospitales modernos, universidades. Y estabilidad: no hay más que ver el resto de los países árabes (no menciona que dicha inestabilidad la han traído los israelíes, pero Jürgen no es perfecto: tiene ese pequeño defecto). Hasta vivir en ciudades mixtas pueden los árabes. Una bicoca.

Todo muy aséptico.

Después viene el turno de la lista de los palestinos. Y entonces, cae como un chaparrón tropical estival, el discurso sionista más radical e intolerante: Jürgen eructa en el aula las frases típicas de la línea argumentativa del gobierno ultraderechista de Tel-Aviv. El menú comienza con los entrantes, a elección: «los palestinos educan a sus hijos para odiar y matar», «ya desde pequeños se les inculca el antisemitismo y el deseo de matar judíos», «no reconocen a Israel» y «los medios árabes son antisemitas». Sigue, especialidad de la casa, el primer plato: «los palestinos crían a sus hijos para ser mártires». Jürgen es fiel a aquella máxima de «bombardea y ya separará Dios a malos y buenos en el cielo». Pero son malos, de todos modos.

Ante una sorprendida y asustada audiencia, entre la que hay más de un tercio de alumnado musulmán, Jürgen explica que los palestinos matan niños israelíes, y platica sobre los atentados suicidas de 2000: hecho que es cierto (ONG como Human Rights Watch lo documentan). Aunque Jürgen lo generaliza: todos los palestinos desean eso.

A lo que se viene a referir Herr Klein es a lo siguiente, aunque no lo dice. Segundo plato: «¿dónde estaba la empatía palestina cuando ellos, los musulmanes, mataron a niños israelíes?». En platos de postre: en Gaza no hay civiles. Todos son terroristas, todos son susceptibles de convertirse en antorchas humanas. Los civiles, tanto que se habla de ellos, votaron a Hamás. Ellos se lo buscaron.

Muchos niños, en particular los musulmanes, salieron llorando de la sesión. Y al docente, que ha faltado a su ética profesional, no le sucede absolutamente nada. Se discutió en la dirección del centro, se pensó en algún tipo de sanción. Gerda, en su momento, temió que la echaran. Jürgen no ha sentido tal sensación nunca. Se debate qué hacer con él. La dirección le advierte, sin estridencias. Todo muy tranquilo. El escenario de enfrentarse a las autoridades por echar o sancionar a alguien por blandir la Staatsräson ―defender la posición de Israel― simplemente no se contempla. Jürgen seguirá en su puesto.

Todo el menú expuesto entra dentro del propósito de deshumanizar a los palestinos, del mismo modo que llevaban a cabo los nazis con los judíos, gitanos, homosexuales, Untermenschen (subhumanos) eslavos u opositores políticos. Gente indeseable. Si matas a un no humano, no duele tanto. El racismo antiárabe, en cualquier caso, es un clásico en Israel, y no solo entre los árabes no israelíes: ser árabe y ciudadano israelí no te libra de las invectivas racistas.

Huelga decir que estas narrativas, como se mencionó, no representan la diversidad del pensamiento sionista ni a todos los israelíes: desde el expresidente Ehud Olmert a los jóvenes que queman públicamente sus cartillas militares en protesta por el genocidio. También están (muy bíblico todo) los que tiran la piedra y esconden la mano, como los ultraortodoxos (o jaredíes), exentos del servicio militar, pero con gran presión de la mayoría de los israelíes a que pringuen en la guerra como todo el mundo. Que así cualquiera es intransigente y estricto.

Pese a lo dicho, no conviene echar las campanas al vuelo (los judíos no es que las usen mucho, debe de ser por eso): casi dos tercios de los israelíes consideran que no hay inocentes en Gaza (arroja una encuesta de la Universidad de Jerusalén). Ni que decir tiene que cada palo político tiene su vela. Así, de entre los que respaldan al gobierno, el porcentaje llega al 87 % y, entre los votantes de izquierda, un 30 %, cifra esta última que puede parecer pequeña, pero que, si miramos bien, es uno de cada tres israelíes. Significativo.

La joven Clara sí es llamada a capítulo

Clara Hoffmann será el cierre de este artículo. Es una Azubi5 que trabaja en una biblioteca universitaria en Bonn. Lleva, además de nombre ficticio (aunque es muy alemán eso de no poner nombres de pila alemanes), una pegatina en su botellita de agua, algo contra el genocidio. Como la kufiya de Jens, el director de la Kita de la hija de Gerda.

En Alemania los jóvenes suelen ser más antifascistas, más comprometidos e identificados políticamente con lo que suele designarse como «causas justas», al contrario de lo que sucede en España. Esto no quiere decir que en Alemania no exista —y vaya en aumento— la juventud «extremista de derecha» (como lo designan allí), aunque sí es cierto que la escena antifascista es más potente que en el país ibérico.

Quien esto firma ha presenciado en un instituto cómo una mayoría considerable de los alumnos, en lugar de estar mirando sinsustancias o mensajes de odio o desinformación ultraderechista, estaban preocupados: analizaban las causas del ascenso de AfD en las elecciones al Bundestag de febrero de 2025. AfD fue la segunda fuerza política en toda Alemania merced a su predominio absoluto en los nuevos estados alemanes6, donde arrasó. Allí todos los Länder amanecieron teñidos de azul aefdé… excepto Berlín, donde los jóvenes se movilizaron —puerta por puerta, incluso— para revertir el derrotismo. Consiguieron que en casi todos los barrios de la capital el azul no fuera predominante.

Recuerdo que, en el instituto mencionado, daba clases de Politik, una especie de educación cívica donde se aprendía la estructura política de Alemania y se ponía en guardia al alumnado sobre los peligros de la ultraderecha (aquí se hace y se cuenta siempre con apoyo para tal cometido) o se analiza la Unión Europea sin que, por supuesto, se toque lo de Gaza (todo no se puede tener en esta vida).

No obstante, a los estudiantes les es indiferente, porque platican —y mucho— del asunto. Por dicha razón consideré que no había mejor clase de Politik que dejarles a ellos analizar y hablar los buenos resultados aefdistas: las pantallas de sus portátiles no mostraban las últimas hazañas tiktokeeras, sino, mayoritariamente, mapas del escrutinio, estadísticas políticas, diversos análisis electorales. Pelos de colores, y estética entre punk, jevimetal o grunge con ingredientes de gótico (vanguata, en lengua boomer), algunos de ellos; otros, sin invocar tiempos pretéritos, optaban por prendas Zeitgeist. Todos o casi todos, preocupados por la política: ¿no son adorables? —pensé—. ¿En qué momento tantos jóvenes españoles se hicieron de ultraderecha? ¿Qué hicimos mal? La pregunta es retórica: con toda probabilidad, muchas cosas.

Clara, por edad, era una de estas estudiantes. Estudiaba una formación profesional dual de bibliotecaria, una modalidad que combina estudio y asistencia a clases con trabajo remunerado. No obstante, Clara no era igual a Jens (el de la Kita). No es menos cierto que compartían la no indiferencia ante el genocidio implementado en Gaza: Clara con su pegatina y Jens con su kufiya. Hasta ahí, las similitudes.

Sin embargo, como hemos dicho, Jens es jefe; no tiene a nadie por encima o, si lo tiene, no se inmiscuye en sus cosas. Pero Clara sí que la tiene. Y un buen día, mientras está en el ordenador ocupada con cosas de bibliotecaria, aparece la jefa. Que si puedes venir a mi despacho. Tengo que comentarte una cosa. Es una mujer educada, agradable, a punto de entrar en los cuarenta.

—Vale —contesta Clara—. Pero espera un momento, que no puedo dejar esto. Lo termino y voy.

Kein Stress —responde la jefa, restando importancia—. Termina lo que estés haciendo.

Media hora más tarde, la Azubi hace su entrada en el despacho.

Desde fuera —es una oficina acristalada, de aspecto moderno, luminosa— pueden apreciarse los cambios de expresión en el rostro de Clara. De la sonrisa inicial (inocente, diáfana: no hay de qué preocuparse) a los ojos muy abiertos y la incredulidad. Incluso manoteo, que su superior intenta calmar.

Clara sale contrariada de la reunión. Toma la botella de agua y la introduce en su mochilita. Ha recibido órdenes expresas sobre la inconveniencia de exhibir la pegatina a favor de Palestina en su botella: así de fino hila la Staaträson en Alemania. No, se dice. No la voy a guardar: abre la cremallera de su mochila, extrae el envase y lo lanza, con fuerza, a la papelera. Al menos, que lo vea alguien.

Se dice que Cervantes burlaba la censura del Santo Oficio o de la Inquisición tirando de sátira y que quizá ello coadyuvó a agudizar su ingenio y maestría en los dobles sentidos y en la ironía. Otra publicación satírica, La Codorniz, usaba, de igual modo, el ingenio para sortear la censura franquista. Es posible que la aludida periodista Dunja Ramadan, de quien hablábamos arriba, no nos diga nunca, nunca cuál es su estrategia, temerosa de arder en la pira de la inquisición de la razón de Estado alemana. Cuenta las verdades y añade pasajes acordes con la doctrina oficial e invisible de la Staaträson, para que el también invisible e inexistente censor no se percate de la trampa. Más de un profesional de la información en el país germano puede estar en estos momentos afilando su pluma: hay ocasiones en que el periodismo debe conducir la carga de la verdad por carreteras secundarias, por aquello de los controles.


Notas

(1) Significa «escollo» u «obstáculo» pero, literalmente «piedra» (o placa) «que hace tropezar», y no conviene traducirlos. Se trata de unos rectangulitos de metal dorado, omnipresentes en el pavimento urbano de todas las ciudades alemanas. Conmemoran, allí donde se encuentren, una persona judía que durante el Holocausto fue detenida más o menos por allí, con su nombre, fecha de deportación, el campo a donde fue deportada y la data en que fue asesinada.  Se suele hacer lo posible por no pisarlas. También las hay fuera de Alemania, incluso en España.

(2) En muchos países del este europeo, derivado el reconocimiento de su condición de países pertenecientes al bloque del este antes de la caída de la URSS, con pesar de la Hungría de Orbán, principal netanyahuista.

(3) Sigo aquí a Frank Fehlberg en el esclarecedor artículo Verblendung (ceguera) en el que se interroga si Alemania está ayudando en la perpetración de un genocidio.

(4) B’Tselem, en su página web,  asegura «luchar por un futuro en el que los derechos humanos, la libertad y la igualdad estén garantizados para todas las personas, tanto palestinas como judías, que viven entre el río Jordán y el mar Mediterráneo. Ese futuro solo será posible cuando termine la ocupación israelí y el régimen de apartheid»

B’Tselem (en hebreo, literalmente: a imagen de), es el nombre elegido para la organización por el difunto miembro del Knéset (parlamento israelí) Yossi Sarid. Se trata de una alusión a Génesis 1:27:

«Y Dios creó al ser humano a su imagen. A imagen de Dios lo creó».  Para el Centro se expresaría, así, 

«el mandato moral universal y judío de respetar y defender los derechos humanos de todas las personas».

(5) Estudiante en prácticas. En Alemania normalmente reciben un salario.

(6) Neue Länder; es decir; los de la antigua RDA. No tienen nada de nuevos. La misma forma de denominarlos en Alemania Occidental ya indica, como mínimo, cierta condescendencia hacia ellos: son nuevos porque «llegaron» tras la reunificación.

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