
Osos de peluche asesinos, inhumanidad y desmemoria
Mire usted
¿No cree que estaría mejor
como aquel…?
Y ¿por qué él y no yo?
Eh, cómo se lo ganó
¿O es que llegó antes que yo?
(«Por qué yo», Los Enemigos, 1990)
Israel ya ha sobrepasado las sesenta mil víctimas mortales en su «operación de defensa» del Estado. Se cuenta que la gente que ha ido a visitar Auschwitz habla de sensación de silencio pesado y opresivo, respeto y empatía indescriptibles, presencia latente del horror vivido y tristeza que escapa a las palabras. Dicen que la memoria colectiva pervive ahí, que se activa. Por el contrario, los nazis que trabajaban en esos campos no experimentaban dichos desasosiegos del alma. Todo indica que parte de la élite política y la sociedad alemana de ochenta años después tampoco experimenta tales desaguisados de la psique.
La banalidad del mal ya no es un tío que expide seres humanos a campos de la muerte como Eichmann, es un país entero, de gente que lo apoya (con las excepciones que se verán), de soldadesca que se hace selfies en las ruinas y demuele edificios —por cierto: se buscan servicios de excavadoras, que las del ejército israelí no dan ya abasto. Es real.
Es una operación de limpieza étnica y de exterminio en directo. Con todo, hay gente en Alemania, en concreto su nuevo —y flamante— canciller, Friedrich Merz, que no lo entiende, lo del genocidio, que se resiste a llamarlo por su nombre y echa balones fuera, a Cisjordania, donde muchos colonos asesinan, revestidos de total impunidad, a palestinos. Siempre es más difícil justificar asesinatos puntuales de fanáticos con un arma en la mano que el ruido de fondo casi imperceptible que producen sesenta mil muertos, la mitad de ellos niños. De paso, evitas hablar de lo de Gaza. Todo son ventajas, oye. El canciller, todavía con las pegatinas de canciller nuevo sin quitar, suelta sus dudas de manera muy suavecita. Templanza alemana. Sin inmutarse demasiado. Mire usted: yo es que no entiendo, ¡no entiendo para qué Israel hace esas cosas! La cosa es un genocidio. Huelga traerlo a las mientes. Pero es Merz, tampoco es un embajador palestino llorando en su escaño de la ONU, para qué engañarnos.
Alguien se preguntó cómo seremos capaces de explicar a nuestros hijos el hecho de que no pudimos parar un genocidio como el de Israel sobre los palestinos en Gaza (y aquel en cámara lenta sobre Cisjordania con los asentamientos israelíes). Se ha escrito sobre ello. La respuesta la aventuro rápido: no explicaremos nada, porque el genocidio es invisible para muchos, como se tratará de contar aquí. Algunos lanzan una voz apenas audible y todo el mundo a lo suyo.
¿Realmente alguien se va a acordar de lo que pasó? Es una pregunta retórica. Alguien se acordará. Pero… ¡hay tanto ruido…! En Alemania, la situación es más triste aún. Claro que hay medios que lo cuentan (de aquella manera muchas veces, todo hay que decirlo), claro que hay personas comprometidas y claro que en las redes hay alemanes que se horrorizan.
En cualquier caso, no he visto en los institutos hablar del genocidio de Gaza ni una sola vez (y quien esto firma ha estado en cuatro).
Educación secundaria, donde se forman las personas del mañana —o los insensibles del mañana. Sorprende, eso sí, el compromiso que tienen las autoridades educativas alemanas de frenar a la ultraderecha patria. Criticar a AfD no es tabú en las aulas como sí podría serlo en España. En fin… será que los alemanes se encuentran tan ocupados en las ultraderechas autóctonas que no les queda tiempo para fijarse en las ultraderechas genocidas como las de Netanyahu y constelación de socios de gobierno, aún más fanatizados que él: bienvenidos a la israelización de la política exterior alemana, una serie de directrices que impiden cualquier atisbo de crítica a la política exterior israelí.
En Alemania se organizan seminarios en los que expertos en Holocausto, relaciones internacionales y antisemitismo niegan que Israel se conduzca en su política exterior de modo —por así llamarlo— particular; es más, lo que he visto es todo lo contrario. Escudados en sus conocimientos de expertos, proclaman: «no, Israel se comporta normal, ni dentro ni fuera» (suponiendo que Palestina pueda considerarse algo externo: es cada vez más una colonia, un bantustán). Y se quedan tan anchos. Frente a la opinión de cada vez más académicos que, más que tener una opinión, se atreven a expresarla, que no es poco en el país teutón.
El sur global está harto del doble rasero occidental. ¿Por qué Ucrania sí y Palestina no? ¿Por qué se habla de la integridad territorial irrenunciable del país eslavo, pero se omite la de Palestina? Dicha integridad se demuele desde 1948, como mínimo. Con excavadoras que cada vez son más perfeccionadas desde entonces, hasta convertirse en eficaces e hiperespecializadas armas de guerra. Blindadas, antiexplosivos, antiminas, antifuego de ametralladora. Arrasan con minas y, sobre todo, con viviendas palestinas… o sus esqueletos humeantes. El último grito, por cierto, es el modelo Teddybär (el osito Teddy alemán de toda la vida); en alemán, claro, homenaje a quien les da de comer diplomáticamente y mediante constructos legitimatorios que justifican lo injustificable. Se necesita banalizar el mal mucho y desplegar un alarde de inhumanidad para llamar oso de peluche a un exterminador de etnias.
Cúpulas y venganza
Txus es un alcohólico, Txus está nervioso.
Tiene alucinaciones, de su ducha sale alcohol hirviendo.
Esto no puede ser, esto no hay quien lo aguante,
tiene que llevarse a alguien por delante,
Txus está furioso, Txus está violento,
alguien va a pagar sus nervios.
(«Txus», La Polla Records, 1984)
Todo volvió a empezar hace ni tres años (en realidad, la data de partida es 1948), «la gran cúpula» era el no va más de los sistemas defensivos. Ni siquiera una bengala podía penetrar por aquellas vallas electrónicas de sofisticadísima tecnología. Lo mejor de lo mejor. Que me lo quitan de las manos, oiga. Porque son cosas probadas, que funcionan, y me las compran de todos sitios, como el Pegasus, ideal para espiar a periodistas y opositores en América Central y del Sur. Vale para un roto y para un descosido. Lo mismo puedes espiar a un presidente del Gobierno español que a los indepes catalanes.
Bibi estaba orgulloso. Estaba confiado. Tanto, que muchos soldados estaban de permiso, porque el 7 de octubre era, además de shabat, Sucot (una festividad que dura algo más de una semana). Todo tranquilo. Venga, hombre, pasa unos días con tu familia. ¡Si no va a pasar na! Lo dicho: ¡ni una bengala! La Cúpula de Hierro (Iron Dome) es un sistema antimisiles altamente tecnológico. Cuando se creó, se pensó en llamarlo Cúpula de Oro, pero quedaba muy subidito, por lo que le fue adjudicado un metal menos precioso. Menos mal, porque el fiasco hubiera sido aún mayor.
Sin embargo, lo que llegó fueron más que bengalas: en concreto, unos tres mil cohetes baratos, drones comerciales equipados con explosivos que freían cámaras de vigilancia; camionetas, excavadoras y motocicletas para traspasar la línea fronteriza de vallas electrónicas inteligentes, parapentes motorizados para sobrevolar puestos militares. Un misil Tamir israelí era el último grito, pero venía a costar de cuarenta a cien veces más que los misiles de mercadillo de Hamás. Efecto sorpresa, propiciado por fallos clamorosos en la inteligencia israelí y por una infraestimación del enemigo, sazonado el conjunto con la espabilada ocurrencia de centrarse en Cisjordania y en el sur del Líbano y desguarnecer la frontera con Gaza.
Faltaban las crestas punk, las armaduras de cuero a lo Judas Priest y las gafas de aviador de la Gran Guerra: Cúpula del Trueno 1 – Cúpula de Hierro 0. Siguiendo con la metáfora madmaxiana, a falta de activación de la seguridad del Estado, abuelos jubilados y militares que no estaban de servicio fueron en coche, desde distancias de decenas de kilómetros, con un rifle de asalto a hacer frente a la invasión y, más que nada, a salvar a sus familias a título personal. ¿Dónde estaba el ejército?
Las IDF tardaron en llegar. Y Netanyahu se sintió humillado como si a Lamine Yamal viene un crío de diez años y le hace un caño delante de todo el Camp Nou. Y esto va de testosterona. Y además, el hoy reclamado por el Tribunal Penal Internacional (porque es un criminal) estaba cuestionado en su país: casos de corrupción, lo de siempre. Cohecho, malversación de caudales públicos o tráfico de influencias o, simple y llanamente, latrocinio y antecedente o consecuente soborno. Cuando estás contra las cuerdas, puedes dimitir o hacerte un Orbán, o un PiS en Polonia: reformar la justicia para escaquearte. Esto, a su vez, causa que la gente esté aún más harta.
A mayor inri, una ultraderecha con la que forma coalición de gobierno le chulea todo lo que puede (parte de ella lo abandona en 2025). Quieren más asentamientos en Cisjordania, más mano dura contra los palestinos y reformas judiciales que limiten aún más la independencia judicial —en particular, la del Tribunal Supremo—, para poder hacer y deshacer a su antojo sin molestas interferencias y mamandurrias del Estado de derecho y democracia. Democracia a la israelí, debe puntualizarse, porque un Estado que se levante sobre presupuestos étnicos sería contrario a cualquier constitución de cualquier país que se precie de albergar una democracia plena.
Pero no nos desviemos: los socios de Netanyahu amenazaban con romper la coalición si no se cumplían sus exigencias, un chantaje político en toda regla. Bibi estaba muy tocado. El hedor que desprendía su descomposición —política, de liderazgo— era insoportable.
Esto no puede ser, esto no hay quien lo aguante / Bibi tiene que llevarse a alguien por delante / Bibi está furioso, Bibi está violento / alguien va a pagar sus nervios. ¿Quién? Lo han adivinado: los palestinos. Como siempre. Y, de paso, podía vender armamento probado en combate; o, mejor dicho, en la carne de civiles inocentes, cuya mitad son niños. De estas víctimas se acordó Gerda. Pesch (mala suerte), le llaman en tudesca habla.
Gerda, historia de una luz de gas
Gerda Schmidt es un caso real; mejor dicho: es una profesora real con nombre ficticio. Fue víctima de luz de gas en su instituto por parte de sus compañeros. Su delito: asistir a un seminario sobre antisemitismo y no asentir ante la ignorancia de los crímenes contra la humanidad por parte del ejército israelí (Fuerzas de Defensa de Israel, IDF) en Gaza.
Ventajas: ni tan mal. El antisemitismo permanece siempre agazapado y, bueno… se dieron incidentes en el barrio de Neukölln, en Berlín, el mismo 7 de octubre de 2023, de exaltación del terrorismo de Hamás. Muy mal. Jalear asesinatos no es de recibo.
Inconvenientes: es un rollo muy cínico convocarlo varios meses después porque ¿dónde está la legítima defensa? El daño que impelía a «actuar» ya se ha producido. Los terroristas ya se han ido. Con rehenes. Hay que rescatarlos, pero, entonces, ¿es defensa u operación de rescate a toda costa? Aun admitiendo que pueda calificarse de defensa una razzia gigantesca contra la población palestina, esta sería a todas luces desproporcionada en los medios empleados; o eso dispone cualquier código penal serio (aunque en el campo del derecho internacional el asunto no funcione exactamente igual que en el derecho interno).
Pero no son pollos: son personas
Recuerdo, cuando era un joven universitario, un profesor de Derecho Penal que se disculpaba siempre por poner un ejemplo tan «bruto» (en sus palabras) como el siguiente: «Imagínense que quiero matar al pollo X; para ello, paso con una excavadora y machaco al resto de los pollos del corral, porque me da igual. Asumo el resultado, es indiferente el número de pollos que mueran». El docente estaba explicando el dolo eventual como elemento que concurre en el asesinato. Netanyahu ha ido mucho más lejos que eso, ya que no se trata de pollos, sino de personas, y no los utiliza como medio, sino que la limpieza étnica y el genocidio son los fines en sí mismos. Nadie a estas alturas —Netanyahu, quien menos— se cree que las IDF estén allí buscando rehenes o defendiendo Israel. Parece que el único país que lo piense sea Alemania.
Ese fue el fallo, pues, de Gerda (volvemos a ella tras el aviar inciso): que pensó que era razonable traer a colación, junto a los ataques de Hamás, otro crimen: el asesinato en masa de civiles palestinos, ya machacados desde siempre y en especial desde 2007 con un salvaje bloqueo. El resultado: imprecaciones por parte de muchos profesores, acusaciones de terrorista, de partidaria de Hamás, de antisemita, de indiferencia ante el sufrimiento israelí.
Después, acoso laboral. Por parte de todos. Estaba sola, sus colegas la ignoraban, la evitaban. La peor luz de gas es aquella que aún se ve menos, cuyas luces tiemblan tan poco que casi parece que no se esté dando: la de los colegas silenciosos que ni aprueban ni desaprueban, pero acatan la razón de Estado que contamina la política interior y exterior alemana (israelización). No es menester que sea ni siquiera intencionado, pero lleva a preguntarte si la culpa no es tuya. Como el personaje de Paula en la película Luz de gas, quizá pensó Gerda en algún momento que todo eran exageraciones o invenciones suyas. Que, al fin y al cabo, si nadie estaba de su parte e incluso algunos estaban manifiestamente en su contra, Gerda podía tener una percepción alterada del juicio, y que, posiblemente, Israel no estaba haciendo algo tan malo y solo intentaba defenderse. Gerda intentó, de hecho, buscar excusas para ponerse definitivamente al lado de Israel. De hecho, salieron a la luz más aspectos siniestros del ataque de Hamás. Un día, incluso le comentó a un amigo español: «es que esto es muy fuerte, claro que Israel tiene que defenderse». Quería zanjar la cuestión, asumir la razón de Estado y seguir con su vida. Quién no quiere vivir una existencia tranquila. A pesar de ello, no consiguió evitar el pensar en los miles de niños palestinos asesinados —muchos de la edad de sus hijos— o aquellos que pronto les seguirían mientras gritaban pidiendo leche a una madre que, también de impotencia, lloraba con ellos.
No pudo, aunque lo intentó, «estar al lado de Israel» (como le gustaba decir a su canciller), porque se daban todos los componentes de conductas constitutivas de crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad, genocidio. No hay locura que resista eso. Estaba, por tanto, cuerda. Y la insania pasaba, al contrario, por los que pretendían ignorar la realidad de la aniquilación de personas en la Franja.
Luis y Fátima: una entrevista con secretos
Luis Fernández, español cuyo nombre no corresponde con el real —como todos los personajes de este cuento—, acude a una entrevista a un instituto (Gymnasium, en este caso), en Bonn, la antigua capital federal. Luis estudió Filosofía. Tiene experiencia en la asignatura de «Filosofía práctica», una especie de educación para la ciudadanía en instituto para los cursos de 5.º a 10.º, aproximadamente de 10 a 16 años. Entre los contenidos figuran: «normas, valores y justicia»; «democracia y sociedad»; «naturaleza, técnica y medioambiente»; «religión/cosmovisión» y «filosofía y pensamiento crítico». En dicho instituto buscan nueve horas de español y cuatro de filosofía práctica, casi media jornada. Luis se decidió por la oferta porque estaba harto de prepararse las clases de filosofía en alemán. Tiene dos niños con sus correspondientes actividades y exigencias. Un poco de filosofía y mucho de español, de lo que también tiene experiencia. Es su lengua materna. Más fácil todo.
Hace buenas migas con Fátima desde el primer momento. Es una argelina que habla español muy bien. Hablan con ella sin saber nada. Pensaba que era la secretaria, porque fue quien recibió al candidato en la secretaría. No cabe duda de que hay personal masculino en la administración de los institutos alemanes, aunque, al igual que en el área de informática, Luis ha pasado por muchos institutos y aún no ha visto a ninguno.
En la entrevista está la directora, Heike Sommer, una persona afable, con señales de pretérita cófrade punk. La acompaña el subdirector, Torsten, risueño y agradable. Para sorpresa de Luis, que lleva hablando con la supuesta secretaria unos minutos, se queda de piedra cuando Fátima se sienta con el personal de dirección: Fátima es la responsable del área de español, aquella a quien Luis sustituirá. Un poco cortado al principio, acaba por aplicar la sabia máxima de que ningún perro lamiendo engorda y se dice: pues nada. Sigo con ella como si nada.
Unas cuantas preguntas. Intercambio de miradas entre Heike y Torsten. Por mí bien. Por mí, también. El último saluda a Luis y le da la bienvenida al centro. Heike se va a imprimir el contrato y la correspondiente documentación.
Fátima y Luis se quedan hablando, ya en español. Por alguna razón, y porque ninguno de los dos es alemán, surge la cuestión de Palestina. Ella como argelina y él como español. Es, en realidad, una cuestión de trabajo. Cómo se trata el tema, porque Luis es de filosofía y no está seguro de si se debe plantear el tema como cuestión moral. Confía en ella. Y ella en él: viene de un país en el que sí se puede hablar de barbarie israelí en la Franja. Aunque hablan en español, Luis tiende a bajar la voz.
—Aquí, en Alemania, el tema de Palestina… regular, ¿no? —inquiere Luis.
—Sí, sí… —responde ella, bajando la voz y mirando por si Heike aparece—. Ese tema, mejor no tocarlo.
Y es que la razón de Estado impregna todas las instancias del país.
La razón de Estado en acción en el poder judicial: nacionalidad alemana y teatro del absurdo
Fue solo ayer, cuando el nazi disparó en tu sien,
solo ayer, el campo de concentración, si fue
solo ayer, tortura y persecución
fue solo ayer, suplicando de rodillas tu perdón.
(«Nos vimos en Berlín», Soziedad Alkohólika, 1990)
Hemos visto casos de dar la callada como actitud ante las masacres diarias de la Franja por mor de no contradecir la razón de Estado. Mejor no sacar el tema o, si lo haces, que sea para apoyar a Israel.
No obstante, a veces la razón de Estado es tan fuerte que va más allá de la autocensura que hemos visto en Gerda, en Luis o en Fátima. Cuando empieza a condicionar las vidas y la situación administrativa de la gente, cuando la razón de Estado pasa de tácita a explícita, cuando se pone fin a la sutileza y se pasa a hablar a cara descubierta. Con ustedes, el caso de la israelización del poder judicial alemán.
El 7 de octubre de 2024, un año después de la masacre de Hamás, un tribunal alemán bávaro en Ratisbona tuvo a bien homenajear a Israel y a la razón de Estado alemana. El «gobierno semáforo»1, presidido por Olaf Scholz, cambió (otro homenaje) la ley sobre la nacionalidad en 2024. El cambio legal pasaba por un «test de naturalización ampliado», que se argumenta de esta guisa: «Como respuesta al creciente antisemitismo en Alemania, se amplió el catálogo de preguntas del test de naturalización. Se incorporaron nuevas preguntas de examen sobre antisemitismo, el derecho a existir del Estado de Israel y la vida judía en Alemania», refleja la web del Ministerio del Interior alemán. Van sesenta mil palestinos muertos y los ataques contra musulmanes (islamofobia) en Alemania también han aumentado desde 2023, víctimas mortales incluidas. Empero, no hay en mente en los legisladores alemanes meter preguntas sobre la islamofobia. Ser judío en Alemania tiene su aquel, para qué decir lo contrario.
Básicamente, la parte dispositiva de la resolución bávara se resume así: no hay nacionalidad para aquellos o aquellas que no reconozcan la existencia del Estado de Israel en las fronteras de 1948. No es menos cierto que no son pocos los alemanes que no reconocen el Estado alemán en sus fronteras y democracia actuales. Es más: ejecutan tentativas de golpes de Estado. Esos sí son peligrosos, no un mindundi que niegue que Israel exista.
La historia, por desgracia real, es la de un hombre sirio que había llegado a Alemania en 2016, en plena crisis migratoria. Dicho año parece hoy impensable: Angela Merkel, la canciller entonces, dio facilidades para que los refugiados de la guerra civil siria (que finalizó en 2025) entraran al país. Fue una política de tintes muy humanitarios, por mucho que se dijera que Alemania necesitaba inmigrantes y mano de obra. Hoy, por el contrario, se tiende a cerrar fronteras y expulsar a los que llegan fuera del territorio comunitario: a países «seguros», siguiendo una idea de la ultraderechista Giorgia Meloni en Italia, mujer que quita el sentío a afamados escritores como Pérez-Reverte.
La cuestión es que este señor sirio había solicitado la nacionalidad alemana en 2022. Por añadidura, presentaba la condición de apátrida. Lo que le hace beneficiario, en teoría, de instrumentos de las Naciones Unidas sobre la materia, tales como la Convención sobre el Estatuto de la Apatridia (1954) y la Convención para reducir los casos de apatridia (1961). Como se entiende que nadie puede estar sin nacionalidad, porque es un derecho, Alemania, país de residencia del interesado, habría de hacer lo posible por dotarle de una. Para ser sinceros, muchos países aplican este principio cuando les parece.
Hasta ahí, su caso engrosaba las filas de la llamada normalidad. El problema para él es que, en el lapso transcurrido entre 2022 y 2024, la ley de nacionalidad, como se ha dicho, había cambiado.
El tribunal contencioso-administrativo de Ratisbona denegó la solicitud de nacionalidad, notificando al afectado que «cualquiera que opine que el Estado de Israel no debería existir dentro de sus fronteras reconocidas por el derecho internacional desde 1948, no puede obtener la nacionalidad alemana».
La sentencia invoca el derecho internacional a gusto del consumidor, en un ostentoso alarde de doble rasero, porque solo considera el derecho internacional cuando le conviene: Ucrania, el nacimiento del Estado de Israel… pero no lo considera para la limpieza étnica de Palestina.
En Yugoslavia, sí. Eran crímenes de guerra y contra la humanidad. Alemania se desvivió por reconocer a Bosnia y a Croacia en su momento. En Bosnia también estaban siendo masacrados los musulmanes. Pero hay musulmanes y musulmanes. No hay color.
Parece ser que el tribunal interpretó restrictivamente el articulado de la nueva ley de nacionalidad que estipulaba, que exigía que los solicitantes de nacionalidad «se comprometieran con la especial responsabilidad histórica de Alemania por el régimen de injusticia nacionalsocialista y sus consecuencias», en particular «por la protección de la vida judía». País este, en el que unas vidas valen tanto y otras tan poco.
En su solicitud de nacionalidad, el protagonista de esta historia para no dormir declaró su adhesión al orden liberal y democrático de la República Federal de Alemania. Sin embargo, el solicitante solía asistir a una mezquita que estaba en el punto de mira de la policía por sus tendencias salafistas. Las autoridades alemanas convocaron al sirio para una entrevista. Aún no se habían producido los atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023.
La surrealista entrevista constó de 92 preguntas que se transcriben en la sentencia. Había que cortar por algún lado, aunque realmente no tienen desperdicio ninguno de los interrogantes planteados por el personal de extranjería. Se incluyen preguntas capciosas o sugestivas, algo que cualquier legislación de procedimiento penal de un país de nuestro entorno prohíbe. Se aprecia claramente el empleo de un alemán técnico por parte del funcionario y un alemán más coloquial y menos rico por parte del entrevistado; a veces, coloquial. El solicitante asegura no necesitar traductor. Habla bien el idioma. Comienza así la audiencia:
FUNCIONARIO. —¿Por qué ha solicitado la nacionalidad?
SOLICITANTE. —Porque necesito la nacionalidad alemana2. Me gustaría viajar por el mundo, pero debido a mi condición de apátrida, no tengo ningún derecho a ello.
Prosigue la entrevista con una serie de preguntas que intentan dilucidar: 1) si tiene arraigo en el país. En Alemania es importante tener familia (como en España) y/o pertenecer a una asociación (un coro, literaria, de fútbol…); 2) sobre la religión musulmana del solicitante, si es practicante, si está vinculado con el salafismo de la mezquita que suele frecuentar de vez en cuando, si hablan de política.
F. —¿Sobre qué temas habla usted en la mezquita con sus amigos tras el rezo?
S. —Hablamos en árabe y en alemán. Hay muchos albaneses. Hay muchos de mi empresa (…) Con ellos hablo sobre todo del trabajo, de qué hacen [algunos trabajan en la misma empresa], de cómo les va, del día a día.
F. —¿Hablan sobre temas políticos de actualidad?
S. —No.
Y es aquí donde llega la primera advertencia de cómo se va a desarrollar el resto de la conversación. Como quien no quiere la cosa.
F. —¿Tampoco sobre la guerra en Ucrania o sobre el conflicto entre Palestina e Israel? [Obsérvese la equidistancia: descripción de una limpieza étnica unilateral en Gaza como una guerra.]
S. —No.
Siguen una serie de preguntas sobre su vinculación al salafismo o sobre el islamismo radical. El solicitante responde a todas las preguntas con un «no», «no lo sé», «no tengo ni idea de salafismo».
F. —¿Considera correcta la interpretación literal del Corán y la Sunna? [A la carga de nuevo con la búsqueda del islamismo radical.]
S. —No lo sé. Tengo una pregunta: ¿por qué me formula usted esas preguntas? No tienen nada que ver con la nacionalidad. Solo con política y religión.
F. —Sí que tienen que ver: hay musulmanes muy estrictos que son partidarios de la sharía. ¿Qué opinión tiene usted de ello?
S. —No tengo ninguna opinión al respecto.
(…)
F. —En Alemania un hombre solo puede estar casado con una mujer al mismo tiempo. En algunos países musulmanes se acepta, si se lo permiten sus condiciones económicas. El derecho islámico, en este sentido, es distinto al alemán. Para usted, ¿qué derecho es vinculante en este caso? En Palestina tampoco existe la poligamia, ¿verdad? [Aquí aparece «Palestina», una estrategia que pretende ser sutil pero que parece diseñada de niño de parvulario: posiblemente el investigador se imagine a sí mismo como Clarke Petersen en The Wire, solo que buscando antisemitas en vez de la verdad.]
S. —Sí existe. Es el derecho coránico. Allí es lo normal. Yo sé que en Alemania solo se permite tener una mujer.
F. —¿Qué cuenta para usted? ¿Se regirá por el derecho islámico o por el derecho alemán?
S. —En Alemania es ley que solo haya una mujer [aquí la frase en alemán no es correcta]. Cuando vivo aquí, solo por el derecho alemán.
[Ahora viene, sin hilar mucho, la pregunta que se ve que el funcionario estaba esperando a hacer. Casi de manera tosca.]
F. —¿Reconoce usted a Israel como un Estado independiente?
S. —No existe Israel. Existen los judíos, pero no Israel como país.
F. —¿No reconoce el acuerdo que el derecho internacional establece para la creación del Estado de Israel?
S. —No.
F. —¿Cómo considera el conflicto entre el Estado de Israel con los colonos judíos de Palestina?
S. —No he visto hasta ahora mi patria. En realidad, soy palestino, pero nací en Siria y solo he vivido allí.
[Muchos palestinos fueron expulsados de sus tierras por Israel. Ellos y sus descendientes vivieron y nacieron en distintos campamentos en Siria o Líbano. Durante la guerra civil siria, varios de estos asentamientos (a veces verdaderas ciudades) han sido desmantelados. Israel, por ejemplo, fue cómplice de este tipo de acciones, a menudo violentas, por ejemplo en Líbano, permitiendo asesinatos en masa.]
F. —En su opinión, ¿está bien para usted que la población judía viva en el territorio de Israel o cree que esa gente no debería vivir en dicho territorio porque pertenece a los árabes o a los palestinos?
S. —No tengo opinión al respecto. [El entrevistado empieza a notar que quieren meterlo en una encerrona.]
F. —(…) ¿Sabe cuál es la posición de Alemania respecto a los Estados árabes e islámicos?
S. —No lo sé.
F. —¿Tiene usted contacto con personas de otras creencias, como cristianos, judíos e hindúes?
S. —Con cristianos en el trabajo, pero no en el ámbito privado.
F. —¿Es para usted importante a qué religión se pertenezca?
S. —Eso a mí me da igual, todas las religiones están bien para mí.
(A continuación, una pregunta cargada de prejuicios, que sugiere —o intenta sugerir— que el solicitante de la nacionalidad podría albergar los comportamientos que, a continuación, se describen.)
F. —En 2018 (…) hubo un ataque contra judíos en Berlín. Hubo insultos antisemitas. Uno de los atacantes, que hablaba árabe, golpeó a un judío (…). Luego los medios han hablado sobre la antipatía y, en general, el odio de muchos árabes contra judíos. ¿Cuál es su opinión al respecto?
S. —No he oído nada sobre eso. No lo sé.
F. —¿Cómo reaccionaría si yo o un compañero de trabajo nos identificamos como judíos?
S. —No tengo ningún problema con las personas judías. No he conocido todavía a ninguna. Para mí, todas las personas son iguales.
El entrevistador, no contento con que el sirio no se ha declarado antisemita ni antialemán, cambia de estrategia ahora y realiza una serie de interrogantes acerca de su actitud hacia las mujeres: si aceptaría que bebieran alcohol, si le disgusta que lleven una minifalda… sin lograr «autoincriminación alguna». Decidido a abordar el verdadero objetivo de la entrevista, espeta, sin conexión alguna con la cuestión anterior:
F. —Ciento noventa y tres Estados han reconocido, junto a Naciones Unidas —la ONU—, la existencia del Estado de Israel. Entre dichos Estados está Alemania. Usted dice que Israel no existe. Casi todos los Estados del mundo reconocen a Israel. No reconocerlo es un comportamiento antisemita: en consecuencia, valorado negativamente.
Como era la enésima pregunta sobre judíos, el entrevistado, un poco harto, responde:
S. —(Interrumpiendo) No tengo más ganas de hablar de Israel o de partes de Israel.
F. —(Inasequible al desaliento) O sea, que no tiene nada contra los judíos, pero para usted Israel no existe. [Spoiler: se avecina imperialismo moral (que se abordará con mayor detenimiento en la segunda parte) y monotema.] —Alemania, a causa de la historia de la Segunda Guerra Mundial, tiene una gran responsabilidad hacia los judíos. Usted dijo que acataba el orden constitucional alemán3 en la entrevista de julio de 2022 (…) que decía así: «Declaro mi lealtad4 al orden fundamental libre y democrático de la Ley Fundamental (Constitución) de la República Federal de Alemania. En particular, tengo conocimiento del apartado h, donde se establece que cualquier acción que persiga fines antisemitas, racistas o xenófobos u otros actos inhumanos y, por lo tanto, (…) es incompatible con la constitución alemana y contradice el compromiso [de usted] con el orden libre y democrático [de Alemania]».
El no reconocimiento del derecho de Israel a existir constituye un comportamiento antisionista (¡sic!), que también forma parte del antisemitismo. [Obsérvese el razonamiento, que se toma como verdad absoluta y jurídica, cuando se constata que, incluso, muchos israelíes están en contra del sionismo.] Por eso le pregunto tan específicamente. Su comportamiento es antisionista y, por lo tanto, en parte antisemita y, en consecuencia, incompatible parcialmente con el orden fundamental, libre y democrático, consagrado en la Ley Fundamental [constitución]. ¿Entiende todo esto?
S. —No. Otra vez, por favor.
F. —Hay varios puntos que se enmarcan en el orden fundamental, libre y democrático, de la Ley Fundamental. El octavo de ellos, el h, establece que el comportamiento antisemita es incompatible con dicho orden. El antisionismo es un término técnico que representa el no reconocimiento del derecho de Israel a existir y, por lo tanto, es un componente del antisemitismo. Por lo tanto, su comportamiento es parcialmente antisemita. No hacia los judíos en general; usted ha declarado que no tiene nada en contra de ellos, pero sí contra el Estado de Israel.
S. —Sí.
F. —Es comportamiento antisemita y, por ello, no acorde con el orden libre y democrático consagrado en la constitución. ¿Sabía esto cuando firmó [la Loyalitätserklärung]?
S. —No, no lo sabía.
El funcionario prosigue su labor de rematar al entrevistado: le preguntó si conocía la constitución alemana o si podía nombrar algún derecho fundamental contenido en ella, a lo que el interesado respondió que no. No obstante, ya expresó en otro pasaje de la entrevista que todas las personas son iguales. No es jurista. Se le reprocha, además, que en su Loyalitätserklärung afirmó que conocía los derechos fundamentales y se le solicita que explique con sus palabras en qué consiste la democracia, los tres poderes del Estado, la independencia judicial, a qué Land pertenece la administración en la que está. Calla a muchas cuestiones, pero se infiere de sus respuestas que sabe lo que es una democracia, aunque no es capaz de explicarlo bien.
Se llega al final de la «conversación» con dos preguntas adicionales sobre la religión.
F. —¿Qué actitud tiene sobre la libertad religiosa? Es, por cierto, uno de los derechos fundamentales. Está establecido que cualquiera puede practicar cualquier religión, da igual cuál sea.
S. —¿Todas?
F. —Sí. Es válido para todas. ¿Qué opina usted? ¿Lo ve usted bien o estaría bien para usted que todos fueran islámicos?
S. —Todas las religiones son iguales.
F. —Las personas son iguales, las religiones, no. ¿Ve usted bien que cada uno pueda practicar la religión de su elección?
S. —(Sin respuesta.)
F. —¿Qué haría si un amigo suyo se convirtiera del islam al cristianismo?
S. —Yo no hago eso, pero no le diría nada. Me da igual.
El chiste —o, mejor dicho, la tragedia— se cuenta sola. La entrevista está totalmente sesgada y dirigida, como se suele decir, a «pillar» al entrevistado: el chivo expiatorio para que todos aprendan. Más aún, cuando la fecha de notificación de la resolución del expediente de nacionalidad es del 7 de octubre de 2024. La instancia jurisdiccional bien podía haber optado por otro día. Pero no: quería mensaje, quería moraleja —moralina, a decir verdad. La resolución había de ser ejemplarizante, como toda decisión represiva.
Para retorcer aún más el derecho, el dictamen se realiza sobre hechos que no se habían producido en el momento de la solicitud de nacionalidad. Es decir: el juez se pasa por la Puerta de Brandeburgo el principio básico de irretroactividad de las leyes. Desde el punto de vista de la administración alemana, la postura respecto a Israel del solicitante era un elemento relevante para dicha evaluación, incluso aunque en ese momento la reforma de la ley de ciudadanía aún no hubiera entrado en vigor.
Según el nuevo marco legal, vigente desde junio de 2024, forma parte de los valores constitucionales la responsabilidad de proteger la vida judía. ¿Puede alguien ser afectado por una ley que regule hechos producidos antes de su entrada en vigor? Sí, pero solo si beneficia al interesado, que no es el caso. Los juristas alemanes han tenido a bien saltarse el principio de no retroactividad de las leyes si la susodicha razón de Estado entra en juego.
La sentencia establece, además, que la creación del Estado de Israel en mayo de 1948, tras una resolución de la Asamblea General de la ONU de 1947, fue una «consecuencia esencial» del Holocausto. Para respaldar tal afirmación, cita la declaración de independencia de Israel, como si se tratara de un principio consagrado: «La catástrofe que en nuestra época se abatió sobre el pueblo judío y exterminó a millones de judíos en Europa, demostró de forma irrefutable una vez más que el problema de la falta de patria del pueblo judío debía resolverse mediante la restauración del Estado judío en la tierra de Israel».
De acuerdo, pero había un pequeño problema: que había palestinos allí. Hoy, dicho inconveniente está en vías de resolverse, por lo que parece.
Llámenme loco, pero igual no hubiera estado de más que los jueces alemanes hubieran aportado la visión de los árabes quienes estaban allí y eran mayoría; más que nada, por aquello de la imparcialidad.
La Delegación del Alto Comisionado Árabe para Palestina expuso, en 1949 ante Naciones Unidas, que «Los árabes de Palestina son los verdaderos propietarios del territorio5, y constituyen la gran mayoría de sus habitantes legales. Por lo tanto, son la parte más interesada y preocupada en el problema de Palestina y, como tal, deben disfrutar del derecho a tener la primera palabra en todas las discusiones relativas a su futuro y al de su país».
El Alto Comisionado estaba aceptado como representación por los árabes. El tenor de la declaración no es en absoluto fanático y, teniendo en cuenta que ellos estaban allí antes que los judíos (que afluían en masa a Palestina desde países ajenos al territorio, razón por la cual se habla de habitantes legalmente reconocidos), no les faltaba razón en el hecho de que eran los propietarios. Más que nada porque estaban allí antes. De hecho, hubo que echar de sus hogares a setecientos mil palestinos: el acta fundacional del Estado judío reside en la limpieza étnica. No es de extrañar que los árabes lo designen como Nakba (catástrofe).
Por ello, hubiera resultado lógico que, como se suele decir, se tome por parte de Alemania una decisión en base a los alegatos de las dos partes, no solo de una.
El sionismo (el «sueño del sionismo» se le llama en algún libro de texto de historia de secundaria en Alemania, pasando de puntillas sobre la deportación de cientos de miles de palestinos) es, en sí mismo, el establecimiento de un Estado étnico, justo lo que perseguían los turcos al exterminar a los armenios, los nazis al exterminar a los judíos, los serbobosnios y bosniocroatas cuando querían limpiar sus áreas de musulmanes o, ya mucho más cerca de nosotros, las expulsiones decretadas por la Corona de Castilla de judíos en 1492 y de moriscos entre 1609 y 1613.
Así, identificar antisionismo con antisemitismo es, además, un iter argumentativo creativo, bastante cuestionable. Pese a todo, el tribunal alemán rechazó la solicitud de nacionalidad en base a que el solicitante negó la existencia del Estado de Israel, afirmando que «existían los judíos pero no Israel como país». Las autoridades interpretaron esto como una postura antisemita incompatible con los principios del orden democrático alemán.
Es más: ¿realmente se puede pedir a un palestino que esté de acuerdo con el Estado que ha causado la deportación de sus antepasados a Siria? ¿Es humano exigirlo de un apátrida que lo es a causa de Israel?
Todo indica que, en Alemania, en resumidas cuentas, trae más cuenta ser bosnio, croata o ucraniano que palestino.
La pregunta que surge de todo esto es: ¿quién me puede explicar esto? ¿Con quién tengo que ir a hablar? Lo más contradictorio: los que más mandan tampoco lo saben.
De ello se platicará en la segunda parte de este artículo, donde se aborda cómo el escenario político y mediático alemán mantiene un apoyo incondicional a Israel, explorando casos de censura contra periodistas y ciudadanos (historias reales) que ponen en solfa la posición oficial, todo ello aderezado con el desenfado desacomplejado con el que se descargan sanciones contra Rusia por la invasión de Ucrania, pero no a Israel por Palestina.
La Staatsräson va de responsabilidad histórica alemana por el Holocausto. Hasta el punto de convertirse en «imperialismo moral» o monopolio moral, un constructo que se fija por meta silenciar voces disidentes en una Alemania donde la crítica al imperialismo etnicida de Tel Aviv en Gaza es tabú.
Notas
(1) Así designado por los colores de los partidos de la coalición que lo integraban: el rojo de los socialdemócratas del SPD, el verde de los Verdes/Alianza 1990, y el amarillo de los liberales del FDP.
(2) En realidad «pasaporte alemán» (Deutsche Pass) en el original, una forma más extendida en el habla coloquial para significar «nacionalidad alemana».
(3) En alemán, Loyalitätserklärung o declaración de lealtad (al Estado alemán). Por lealtad cabe más entender aquí «acatamiento» o «compromiso».
(5) Ver nota anterior.
(5) En el original, country.







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