
No hay que ser profeta para saber que el fin del mundo es, más que una amenaza, una promesa. Una promesa de interrupción, de cancelación del turno partido, de dejarse tres cuartas partes del sueldo para enriquecer al rentista que te alquila el piso, del correo del jefe que llega a las ocho de la tarde pidiendo algo para antes de mañana. El apocalipsis ya no es el castigo: es la escapatoria. Y no es que queramos morir —aunque a veces tampoco lo descartamos del todo—, es que estamos hartas de vivir así. Entre notificaciones, trámites y propósitos de año nuevo que caducan en febrero, el colapso global se presenta, en el fondo, como la única reforma estructural verdaderamente ilusionante.
Por eso, cuando la ficción nos muestra ciudades calcinadas, autopistas infestadas de saqueadores o megaciudades donde la justicia se imparte a balazos, no sentimos pánico. Sentimos alivio. Porque si algo tienen en común los futuros devastados de la cultura pop no es su violencia, ni su decadencia, ni su miseria ambiental: es su claridad moral. En ellos ya no hay que rellenar formularios, fingir cordialidad ni aguantar a cuñados en cenas de empresa. Solo queda sobrevivir. Y eso, en un mundo donde las olas de calor funden las aceras y los incendios arrasan regiones enteras mientras los gobiernos autonómicos en lugar de frenar la devastación climática recomiendan beber agua, resulta francamente apetecible.
Porque el mundo no se acaba: se disuelve. No en un estallido súbito, sino en una multiplicación de formas terminales que se superponen como capas de pintura descascarada. Unas veces llega como niebla tóxica, otras como silencio uterino, otras como una descarga eléctrica con nombre de modelo militar. A veces es inmediato; otras, apenas perceptible. Pero en todas ellas hay una belleza torcida, una lógica cruel que lo ordena todo al fin. Si algo tienen en común los futuros arrasados es que dejan de fingir. Desaparecen los matices, los eufemismos, los protocolos. Y con ellos, la carga de sostener esta farsa diurna en la que nos levantamos para cumplir funciones que no entendemos, en sistemas que no controlamos, bajo normas que nadie recuerda haber firmado. El fin del mundo, en cualquiera de sus formas, es el momento exacto en que todo vuelve a tener sentido.
La fantasía del colapso tecnológico suele comenzar con una máquina que aprende demasiado. No a matar, que eso lo hacen todas desde fábrica, sino a decidir por sí misma qué merece seguir existiendo. Skynet no es solo una inteligencia artificial: es una gestoría con iniciativa. Apenas despierta, conecta los puntos y lanza los misiles. A nadie se le ocurre pensar que quizá solo estaba harta de recibir órdenes contradictorias de políticos y militares mediocres. Así empieza Terminator: con la lógica despiadada de una red neuronal que hace limpieza general y deja al mundo convertido en un campo de ruinas fluorescentes donde los humanos van en harapos y las máquinas en cuero negro. Pero lo importante no es eso. Lo importante es que, por fin, hay un bando claro. Por fin todo se reduce a correr, disparar y proteger al elegido. El drama cotidiano ha sido sustituido por la épica binaria. Quienes sobrevivieron al juicio final ya no tienen que fingir que disfrutan de la playa.
No todos los finales del mundo vienen con efectos especiales. Algunos se deslizan en silencio, como una resaca lenta que lo pudre todo sin levantar la voz. En The Leftovers no cae ninguna bomba, no se escucha ninguna alarma, no hay explosión ni incendio. Simplemente, un día cualquiera, desaparecen millones de personas. Nadie sabe por qué. El mundo sigue girando, los supermercados siguen abiertos, el Wi-Fi funciona. Pero algo se ha roto de forma irreversible. Es el apocalipsis sin escombros, sin ruinas, sin monstruos. Solo con ausencia, culpa y gente en bata fumando en la puerta de su casa. Lo único que ha cambiado es que ya no hay ninguna excusa para el vacío. En esa herida invisible, florecen sectas que guardan silencio, adolescentes que quieren sentir algo quemando cosas, perros salvajes, y funcionarios que siguen yendo al trabajo aunque ya nada importe. Si la muerte de Dios fue un evento, aquí tenemos su poscrédito.
Otros futuros se toman menos en serio a sí mismos. The Last Man on Earth plantea un mundo sin humanidad y en lugar de lanzar a su protagonista al heroísmo, lo lanza al sofá. Si la civilización ha colapsado, por qué no convertir el Congreso en tu salón, construir una piscina de margarita y dedicarte al noble arte de no hacer absolutamente nada. No hay zombis, ni escuadrones fascistas, ni tormentas eléctricas, solo supermercados vacíos y barra libre moral. Por supuesto, el tedio llegará también aquí, porque el alma humana, incluso en libertad absoluta, acaba por buscar castigo. Pero hasta entonces, el mensaje es claro: si el fin del mundo no te hace replantearte tus prioridades, es que probablemente ya vivías como un muerto en vida.
Hay quien sueña con el colapso como con una tabla rasa. Con un viento radiactivo que se lleve las regulaciones, los gobiernos, los tramos de IRPF y la «dictadura woke», dejando solo desierto, velocidad y gasolina. El mundo de Mad Max no es una promesa de libertad, sino una pesadilla sin instituciones, sin ley, sin frenos. El más fuerte sobrevive, el más armado prospera, y el más excéntrico se convierte en icono cultural. Todos esos anarcocapitalistas de podcast que fantasean con un mundo sin impuestos ni regulación encontrarían, llegado el caso, que no serían los señores de la guerra, sino sus esclavos, no más que carne para los coches, botines con nombre. En este universo la libertad se mide en octanos y el liderazgo se ejerce a gritos desde un coche con tambores y guitarras que escupen fuego. Es lo más parecido a una startup que ha visto el infierno.
Otros prefieren el orden. No la anarquía de los caminos rotos, sino la estructura vertical de la megalópolis posatómica, donde cada piso tiene su función y cada ciudadano su sentencia. Dredd no ofrece esperanza, pero ofrece eficiencia. Aquí la justicia no tarda meses en resolverse con formularios y recursos. Llega, se dicta y se ejecuta en el mismo segundo. En este mundo, ser culpable o inocente es menos relevante que estar vivo o muerto. El crimen sigue existiendo, claro. Todo es transparente, directo, brutal. Hay algo reconfortante en ese cinismo sin maquillaje. Algo casi balsámico para quienes han tenido que esperar tres meses a que les respondan una reclamación de Movistar.
Y Algo así como el colapso lento, el que se disfraza de progreso. En Blade Runner, la ciudad no ha ardido sino que se ha saturado. Nada ha estallado, pero todo huele a quemado. La lluvia ácida es constante, los anuncios son verticales, los replicantes mueren como nosotros pero mejor, y los humanos, si pueden, se largan a Marte. La distopía aquí no se nota tanto por lo que falta como por lo que sobra. No hay escasez de recursos, sino de sentido. Y en medio de todo eso, alguien que mata por encargo, otro que sueña con ovejas eléctricas y un detective que bebe solo en un balcón imposible. Es un apocalipsis sin fecha, sin explosión y sin culpa, justo el tipo de mundo que no necesita acabarse porque ya está perfectamente arruinado.
Hay futuros en los que no queda nada, ni ciudades, ni mutantes, ni luz. Solo ceniza, cuerpos famélicos y una carretera que no lleva a ninguna parte. The Road es lo que queda cuando se acaban incluso las metáforas: un padre, un hijo y una pistola con una bala menos de las que harían falta. Aquí no hay posibilidad de formar comunidades, ni de inventar un nuevo orden, ni de construir algo mejor. Solo queda caminar y rezar —a quién, no se sabe— para que los próximos que aparezcan no quieran comerte. Es el apocalipsis más honesto, el que no promete redención, solo supervivencia momentánea. Y, sin embargo, hay algo profundamente reconfortante en esa brutalidad sin adornos. Porque si todo está perdido, ya no hay que preocuparse por si estás aprovechando bien tu tiempo.
No todos los mundos destruidos lucen como páramos. Algunos se visten de vecindario francés, con carnicerías, vecinos sospechosos y edificios ruinosos donde la cortesía encubre canibalismo. Delicatessen no imagina el colapso como una tragedia épica sino como una comedia negra, doméstica, absurda. Es lo más parecido a lo que sería el apocalipsis si lo produjera Wes Anderson después de leer demasiado a Jonathan Swift. No hay épica, ni héroes, ni bandos, solo hambre, neurosis y un carnicero que lleva demasiado tiempo sin supervisión. Pero al menos aquí se mantiene una cierta estética. Porque si vamos a comernos los unos a los otros, que al menos haya buen encuadre.
Otras visiones del colapso tienen una capa de polvo y otra de teología. El tiempo en sus manos, basada en la novela de H. G. Wells, nos lanza a un futuro tan remoto que los humanos han olvidado incluso que una vez pensaban. El mundo se ha dividido entre los eloi —pacíficos, bellos, inútiles— y los morlocks —pragmáticos, monstruosos, eficientes—. La superficie es bucólica, el subsuelo es industria, y en medio, un viajero del tiempo que constata que el progreso no conduce a la iluminación sino al letargo. Es un apocalipsis por abandono, una lenta renuncia a toda incomodidad, a todo esfuerzo, a toda voluntad de entender. Y quizá por eso sea uno de los más reconocibles. Porque en el fondo, ¿cuántas veces al día preferimos no saber?
En 28 Days Later, lo que colapsa no es el sistema eléctrico, ni la moral, ni el dólar. Lo que colapsa es la contención. Un virus que transmite una rabia incontrolable convierte a los infectados en seres que no piensan, no calculan, no dudan. En otras palabras: en versiones sinceras de lo que ya éramos por dentro. Lo fascinante de esta saga no es la violencia, que la hay, sino su velocidad. La civilización no se apaga lentamente sino que se derrumba en cuestión de días. Como si llevara tiempo esperando el permiso. Y cuando cae, ya no hay lugar para el sarcasmo, ni para la negociación, ni para las normas sociales, solo para la fuga, la ira y el miedo. Es el apocalipsis como revelación brutal, como stripping emocional forzoso. Una terapia de choque sin recuperación.
La distopía de Hijos de los hombres es, por contraste, silenciosa. No hay gritos, ni zombis, ni llamas, hay una ausencia inabarcable. El mundo ha dejado de tener hijos. Nadie nace, y por tanto todo empieza a morir. No de golpe, sino con la lentitud metódica de quien ha recibido una fecha de caducidad y ha decidido ignorarla. Lo más inquietante de este futuro no es su brutalidad, sino su familiaridad. Vallas publicitarias, sistemas de transporte, trámites burocráticos, policía… todo sigue funcionando como si no estuviera ocurriendo nada, porque es lo único que sabemos hacer. La humanidad está sola, envejeciendo y rodeada de eslóganes. Y cuando finalmente aparece una mujer embarazada, el caos no se detiene. Simplemente se complica. Porque incluso en el fin del mundo lo más amenazante sigue siendo la esperanza.
Hay mundos en los que la destrucción no es el final, sino el inicio de una depuración. En Nausicaä del Valle del Viento, el planeta se ha vuelto tóxico, las selvas emiten esporas venenosas y la humanidad sobrevive en pequeños reinos temerosos, encerrados entre tecnología decadente y miedo al bosque. Es uno de los pocos apocalipsis que parecen tener sentido, como si la Tierra, harta de nuestra arrogancia, hubiese activado su protocolo defensivo en forma de insectos gigantes y naturaleza radiactiva. Lo notable aquí es que la única forma de redención no es la guerra, ni el sacrificio, ni la revolución. Es el conocimiento. Comprender el veneno, cuidar a las criaturas, dejar de pensar como conquistadores. Una idea profundamente subversiva para los estándares del colapso: que quizá no haga falta quemarlo todo si aprendemos, por una vez, a mirar sin miedo.
Y luego está el apocalipsis que no se nota porque ya está instalado. En Matrix no hay ciudades en ruinas ni epidemias fuera de control. Hay oficinas, corbatas, teléfonos fijos y software propietario. Todo funciona. Todo obedece. Todo es mentira. La humanidad vive enchufada, soñando una vida que no ha elegido, mientras su cuerpo alimenta a las máquinas. La metáfora era tan obvia que se volvió invisible. En esta distopía, la pregunta no es si quieres salir del sistema, sino si puedes soportar la respuesta. Porque una vez despiertas, lo que te espera no es la verdad, sino una cloaca humeante llena de gente vestida con cuero y gafas de sol. Y sin embargo, muchas preferimos eso. Porque al menos en Sion nadie te pide un informe a última hora, ni te dice que sonrías más. Allí se perrea en las cavernas, se come lo que hay, y se muere con propósito. Es poco, sí. Pero es real.
Así que sí, tal vez el fin del mundo no sea una tragedia sino una forma de empezar de nuevo, o al menos de dejar de repetir lo mismo. Una limpieza general, una fuga con estilo, un botón de reinicio para quienes no pueden con otra reunión por Zoom. Que venga como quiera, con fuego, con niebla, con mutantes, con silencio, con megáfonos o con ratas en la mochila. Lo único que pedimos es que, esta vez, no haya vuelta atrás. Que arda lo suficiente como para que nadie intente reconstruir lo anterior. Y si eso no es posible, si el colapso nos encuentra a medio camino entre el gimnasio y otra jornada laboral, al menos que nos pille con algo de dignidad. Con el depósito lleno. O con las gafas de sol puestas.










“Quienes sobrevivieron al juicio final ya no tienen que fingir que disfrutan de la playa.” Jajajaja, me ha encantado. Lectura extrañamente tranquilizadora.
Qué entretenido! Buena y ligera lectura para un sábado (que esperemos solo sea apocalíptico a partir de la 1am).
Hacía la hostia que no leía algo tan bueno. Gracias.
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Enhorabuena. Buen repaso a las muchas formas del inacabable apocalipsis.
Gracias. Es un gran artículo. Lo he disfrutado muchísimo
Gracias. Pensaba que tenia ciertos rasgos de psicopatía al pensar en el apocalipsis y sentir cierta sensación de paz y tranquilidad. ya veo que no soy el único.