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Entre la Tierra y el Metaverso: una ética en tecnosociedad para después del ser humano

entre la tierra y el metaverso tecnosociedad
Un grabado de Marcantonio Raimondi ca. 1520. Imagen: Getty.

Este artículo es un adelanto de nuestra nueva revista Humanismo Digital, ya disponible en nuestra tienda online.

A veces tengo la impresión de que pensar la tecnología se ha convertido en un asunto superfluo. La inteligencia artificial (IA) se ha posicionado en el centro de toda reflexión tecnológica, donde las críticas y halagos sobre su uso nos sumergen en un entramado de reflexiones de las que quizás no estemos siendo conscientes, ni tampoco de lo que necesitamos en realidad. Por tanto, la reflexión sobre la técnica con la que pretendo iniciar es la siguiente: ¿qué es realmente lo que necesita el ser humano en la tecnosociedad actual?

I. Identidad humana en la era tecnológica

Elevando la mirada más allá de las necesidades biológicas básicas, una primera necesidad puede ser la de hallarnos en medio de un mundo «desfronterizado». Es decir, ¿qué es hoy un ser humano? ¿Cuál es la noción que en el momento presente tenemos sobre nosotros mismos? A simple vista, estas cuestiones pueden resultar simplistas. Sin embargo, a nada que tengamos en cuenta una visión del mundo biocéntrica, donde el valor vida se interpreta más allá de la especie humana, una reflexión sobre ello nos obliga a resituarnos.

Si al tratar de dar una primera tentativa de respuesta se nos ocurre acudir a la noción de persona, el asunto se complica aún más, ya que en el mundo en que vivimos persona ya no solo parece significar persona humana, sino que persona está pasando a ser cualquier entidad cuyo valor inherente le es propio. En este sentido, es preciso hacer una aclaración, ya que no es lo mismo ser persona natural que tener personalidad jurídica, aunque, a efectos prácticos, quizás no exista diferencia. ¿Una persona natural dispone de la misma dignidad que una persona jurídica? Es decir, ¿el mar Menor de Murcia tiene la misma consideración moral que un animal humano o no humano? Dependiendo de si queremos responder a esta pregunta desde una posición biocéntrica o antropocéntrica, la respuesta irá en direcciones contrarias.

A lo sumo, con independencia de cuál sea nuestra respuesta, las consideraciones morales más allá de la especie humana nos sitúan en un mundo en el que, queramos o no, ya no es el mismo. Por otra parte, si reflexionamos sobre lo humano a la luz de la tecnología, el asunto tampoco es de fácil respuesta, ya que el debate sobre si lo tecnológico es parte consustancial a lo humano es otra cuestión que también nos obliga a resituarnos.

II. Homo technologicus y necesidad existencial

De este modo, si la dotación de persona se encuentra más allá de la especie humana, y si dicha especie ya no es en esencia puramente humana, sino que somos Homo technologicus, esa necesidad de hallarnos en el mundo deja de ser una mera reflexión superflua para convertirse en una necesidad existencial. Esto es debido a que lo primero en el orden de la necesidad debería, cuanto menos, ser la reflexión sobre nosotros mismos, teniendo en cuenta además el papel predominante que la IA está tomando en nuestro desarrollo cognitivo.

Podemos tratar de realizar una reflexión un tanto alternativa sobre lo ya señalado acudiendo al mundo del coleccionismo. Un objeto de colección con cierto valor es un objeto cuya esencia, siendo material o virtual, es única o en cantidades limitadas. En un objeto físico es quizás más evidente, ya que no dudaríamos de la autenticidad de una obra de Edvard Munch expuesta en la Galería Nacional de Oslo en términos materiales, pues el mero hecho de estar situada en una galería de arte nos garantiza su procedencia (o al menos así debería de ser). Sin embargo, en lo que respecta a una obra digital, aunque la existencia de los NFT (Non-Fungible Token) parece cada vez más aceptada por la comunidad de coleccionistas, hay algo en lo intangible que, de forma irracional, nos empuja a dudar.

III. Virtualidad, contingencia y frontera

Esa duda de lo aespacial tiene que ver con la volatilidad de lo inmaterial. Ya fuimos conscientes con el gran apagón nacional sufrido en España en abril de 2025, donde, en cuestión de segundos, parecía desaparecer un mundo virtual que ya creíamos propio. Del metaverso a la radio en un mismo día, aunque, lastimosamente, con la misma rapidez con que volvimos al siglo XX, al día siguiente regresamos al XXI. Y en ese camino de ida y vuelta, el peso de la cotidianeidad nos impide acudir a la pregunta con la que comenzábamos: ¿qué necesitamos en realidad?

Lo necesario se contrapone a lo contingente, pero cuando las fronteras se diluyen, la contingencia deviene en necesidad. Esa «desfronterización» a la que aludíamos no solo se da en un medio digital, sino que, con la salida del ser humano del planeta Tierra, la misma idea de frontera queda totalmente desdibujada. Es ahí donde la necesidad quizás torna en virtud, ya que, en ese ejercicio de resituarnos, podemos tratar de hacerlo desde una dimensión en la que no somos lo único importante. Y cuando logramos situarnos en un entramado en el que solo somos parte, es decir, cuando ya nos hemos hallado en el mundo, solo entonces podemos tratar de plantear la segunda cuestión relevante: ¿hacia dónde queremos ir?

IV. Hacia Marte o hacia el decrecimiento

Una primera respuesta que me gustaría proponer es si queremos ir, por ejemplo, a la Luna, o quizás a Marte. La carrera espacial impulsada por el sector privado es una realidad presente y una apuesta futura. En este sentido, tras los avances significativos llevados a cabo en los últimos años, la pregunta ya no tiene que ver con si llegaremos a Marte, sino con cuándo lo haremos. 2040 suele ser una fecha recurrente, cosa que nos obliga a reflexionar sobre ello, no cuando los primeros terrestres pisen el planeta rojo, sino de forma preventiva, es decir, mucho antes de que suceda cualquier hecho, o por lo menos esa debería ser la labor del filósofo.

De este modo, situados como una pieza más del sistema y habiendo «desfronterizado» nuestras limitaciones corporales (mundo digital) y terrestres (planeta Tierra), se vislumbra un horizonte en el que convergen nuevas formas de entender la vida y de relacionarnos. En cambio, si la respuesta de hacia dónde queremos ir la planteamos de forma un tanto más humilde, quizás dirigirnos hacia un decrecimiento sea la opción que mejor nos concilie con la premisa irresoluble de: «vivimos como si los recursos fueran ilimitados en un mundo con recursos limitados». Reconciliar ambas posturas es un reto presente que desde la bioética del espacio se pretende llevar a cabo.

V. Desextinción y algoritmos de valor vital

Por otra parte, como ya se ha señalado, la inteligencia artificial no solo está ocupando un lugar central en nuestra forma de relacionarnos y estar en el mundo, sino que, además, está siendo la herramienta decisoria de la vida. No me refiero a la vida en cuanto tal, sino que la IA se está utilizando como herramienta encargada de seleccionar qué tipo de vida tiene más valor en el orden de la desextinción. De este modo, de forma contextual podemos decir que, en lo que respecta a la extinción de una especie, representa una pérdida de características y recursos únicos que tienen un valor intrínseco, no únicamente en términos de especie, sino también ecológicos. Cada especie ocupa un lugar en el hábitat en el que convive, donde tiene una función propia y una relación ecológica con otras especies y elementos abióticos que es muy precisa y compleja.

Así, cuando se extingue una especie, no solo desaparecen los individuos en términos biológicos, sino también milenios de evolución y adaptación junto a sus genes y toda la información que estos contienen.

Por consiguiente, en el marco de la crisis ambiental, la desextinción, aunque problemática en su término, puede ser una forma de restituir los efectos provocados por la presión antrópica e invertir las actuales tendencias de extinción. Un ejemplo de ello es la investigación publicada en la revista Nature Plants, realizada por un grupo internacional de treinta y dis instituciones, entre las que se encuentra el Real Jardín Botánico-CSIC, representado por el conservador Leopoldo Medina en conjunto con el profesor Thomas Abeli. En este estudio, donde se han investigado un total de trescientas sesenta especies vegetales consideradas extintas en todo el mundo, se plantea la posibilidad de devolver a la vida a aquellas plantas extintas cuyas semillas se conserven en colecciones de historia natural, especialmente en herbarios.

A lo sumo, lo más relevante para el asunto del valor de la vida es la forma en la que se ha seleccionado qué plantas deben ser desextinguidas y cuál es el orden de prioridad, cuya traducción en términos éticos es: ¿qué plantas son moralmente más valiosas en función de riesgo/beneficio? Para este proceso, además de la intervención de los directores y conservadores de herbarios, se ha desarrollado un algoritmo que permite calcular la DEXSCO, que representa «la mejor puntuación de desextinción» respecto a las especies estudiadas, y de este modo, seleccionar las semillas de forma más rigurosa «y así priorizar qué especies son las mejores candidatas para su resurrección».

¿Cuáles fueron los criterios de puntuación (valoración)? La resistencia de las semillas al almacenamiento (utilidad), la edad de los especímenes (normatividad) y la singularidad evolutiva de la especie (virtud). Así, el desarrollo de un modelo algorítmico cuya función sea la de seleccionar qué vida en potencia debe ser valorada para su reintroducción en el mundo, si bien parece estar basado en aspectos éticos (o al menos cada criterio tiene correlación con un modelo ético), al mismo tiempo, no deja de ser problemático que la elección provenga de un ente no vivo, que es la inteligencia artificial. Es decir, en último término, es la IA la encargada de otorgar valor a la vida.

VI. Vida planetaria y creación cósmica

Por otro lado, el asunto es aún más complejo cuando hablamos de vida en términos planetarios y cosmológicos, ya que entran en juego no solo las especies, sino también los ecosistemas, los elementos abióticos, los cuerpos celestes, el espacio y todo lo que, en definitiva, forma un sistema. De este modo, yendo un paso más allá con la pregunta del comienzo, podríamos reelaborarla del siguiente modo: ¿qué tiene más valor, la vida individual o la vida del planeta Tierra en su conjunto? Seguramente, la respuesta con mayor consenso sea la del planeta Tierra en su conjunto. Sin embargo, en términos cósmicos, el asunto del valor vida torna en otro distinto, que es el de creación.

El cosmos es creativo, crea conexiones y relaciones nuevas, donde aumenta la novedad de los universos y se produce la evolución cósmica. Pero, dada la cosmovisión biocéntrica a la que nos acogemos, lo más apropiado sería decir que el planeta Tierra contiene vida, y el cosmos crea condiciones a través de los universos y los planetas para que se dé la vida. Esa forma de creación es, al igual que James Lovelock refiere con Gaia, un tipo de autoorganización inconsciente.

Pero el asunto que realmente hace cuestionar el valor vida tal y como la conocemos es la posibilidad de existencia de otras formas de vida extraterrestre. Si somos tan excepcionales como para que la vida solo se haya dado en el planeta Tierra, o si somos un producto más de la evolución del cosmos, supone una reflexión profunda sobre cuál es nuestro lugar en el cosmos, qué valor tiene la vida en la Tierra ante otras formas de vida más complejas que nosotros, o qué supone para la existencia humana en términos filosóficos y religiosos un posible contacto con vida extraterrestre.

VII. Conclusión: la vida en el espacio de la existencia

De este modo, volvemos nuevamente al punto de partida, a la pregunta de: ¿qué somos nosotros en realidad? O como ya lo planteaba de forma magistral el filósofo francés Blaise Pascal:

¿Qué es el hombre en la naturaleza? Una nada respecto al infinito, un todo respecto a la nada, un punto medio entre la nada y el todo. Infinitamente alejado de comprender los extremos, el fin de las cosas y sus principios están para él irrevocablemente ocultos en un secreto impenetrable, igualmente incapaz de ver la nada de que ha salido y el infinito en el que está inmerso.

Así, pensar la técnica no representa una cuestión superflua, sino que debe ser el punto previo a toda acción. Lo importante en el orden de la necesidad es la pregunta por nosotros mismos, que, lejos de hallarnos en el centro, nos sitúa como parte de un sistema mayor. Una vez reubicados a la luz de la tecnosociedad actual, dirigir la mirada hacia el dónde queremos ir nos abre un horizonte aespacial y «desfronterizado» que nos empuja a no acomodarnos. El valor vida trasciende no solo la especie sino el espacio, y solo cuando somos conscientes de la inmensidad impenetrable del cosmos, podemos volver nuevamente al punto de partida. En definitiva, la vida que nace y muere en el espacio de la existencia.

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2 comentarios

  1. Pingback: La ética tecnológica y los desafíos del ser humano en la era digital y espacial - Hemeroteca KillBait

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