
Si Blossom Russo hubiera tenido catorce años en estos tiempos tendría trillones de seguidores en YouTube. Habría miles de personas que seguirían sus bailes en su habitación adolescente a ritmo de hiphop o tecno noventero y que copiarían sus coleteros, licras, mallas de colores y sombreros con flores. Y quizá en algún momento podrían intervenir en los vídeos su amiga, la histérica y un poco bobalicona Six, su hermano guaperas Joey, su otro hermano exalcohólico y exdrogadicto, Tony, o su padre, el pianista de bar que no tiene donde caerse muerto, Nick Russo. Y de ahí, sin cortapisas, al estrellato en internet.
Pero Blossom apareció en nuestras vidas en 1991 (en 1990 en Estados Unidos), una era en la que aún internet o los móviles eran cosa del futuro (que ni siquiera aparecían en las películas de ciencia ficción). Eso sí: también era diferente a todo lo que habíamos visto hasta la fecha. Tenía una cámara (sí, de esas gigantes) y se grababa en su habitación (y eso ya nos parecía lo más). Y tenía catorce años —en el primer episodio— pero era mucho más espabilada que cualquier personaje adolescente que nos habían mostrado por televisión. Blossom, interpretada por Mayim Bialik, con esa nariz ganchuda, ese cuerpo escuálido y ese rostro poco agraciado nos hizo ver que la «normalidad» y la inteligencia también podían tener su espacio en la caja tonta, que con ella se volvía un poco más lista (y nosotros también) Esta sitcom —los capítulos duraban unos veinticinco minutos— reinó durante cinco temporadas y ciento catorce capítulos. Fue creada por Don Reo y la idea tuvo gancho desde el principio. Uno de los alicientes es que no era una familia al uso (la madre de Blossom había abandonado el hogar para ir a triunfar como cantante, lo cual ya era un puntazo) con padres divorciados (otra rareza en la España de principios de los 90), un hijo que había coqueteado con el alcohol y las drogas, y con temas de conversación que giraban en torno al sexo (o qué narices era eso del sexo). Y todo ello sin caer ni una sola vez en el dramón ni en la moralina que tanto se esforzaban por meternos entre ceja y ceja otras series americanas de la época.
Ya desde la cabecera una sabía que esta serie era diferente. La cancioncilla de Dr John, «My Opinionation», que en nuestro país fue traducida, comenzaba con toda una declaración de intenciones —«qué nos traerá el futuro, quién puede adivinar»— sobre una chica que acababa de alcanzar la pubertad y que se iba a enfrentar a una de esas etapas de la vida más cochambrosas: la adolescencia. De hecho, el primer episodio era un buen bofetón a las que habíamos visto, aunque fuera en diferido, el capítulo de Verano azul en el que al personaje de Bea le viene la regla por primera vez. Sí, Blossom también tiene que enfrentarse al «periodo», pero a diferencia de la prota española de los 70, debe ir sola a comprarse tampones y a eso de «ser mujer». Ahora bien, a la chavala americana nadie le dice que no se puede bañar y que tenga cuidado con los chicos. Al contrario: como le dice su amiga Six, «tú tranquila que con esto puedes saltar, bailar y montar en bicicleta. Y acostúmbrate porque vas a vivir con ella los siguientes treinta o cuarenta años de tu vida». Asúmelo, guapa. Y muchas que estábamos entonces en las mismas vimos en aquel discurso algo muchísimo más cercano al que nos había inculcado la tele nacional.
Blossom era una chica normal y modernísima sin saberlo. Y puede que fuera aquello lo que hizo de esta sitcom un éxito espectacular. ¿Dónde antes habíamos visto a un exdrogadicto que nos hiciera reír? Hasta el hermano guapo y medio tonto —Joey Lawrence— se convirtió en carne de Superpop por estos lares. Porque no es que quisiéramos ser como Blossom, es que de alguna manera ya lo éramos (ni altas, ni bajas, ni guapas, ni feas), pero ella nos marcaba algunas líneas como la forma de vestir o la música. ¡Y además se codeaba con otros personajes como el Príncipe de Bel Air, que apareció en algún capítulo (era la otra serie que lo petaba en la NBC, todo un acierto de los guionistas).








