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Querelles des femmes: brujas, cuerpos de mujer y hogueras en el siglo XXI

brujas, cuerpos de mujer y hogueras en el siglo XXI
Taissa Farmiga, Gabourey Sidibe, Jamie Brewer y Jessica Lange en American Horror Story, 2011. Fotografía: FX Network / Brad Falchuk Teley-Vision / Ryan Murphy Productions / 20th Century Fox Television.

¿Cómo dar cuenta del hecho de que durante más de dos siglos, en distintos países europeos, cientos y cientos de mujeres fueron juzgadas, torturadas, quemadas vivas o colgadas, acusadas de haber vendido su cuerpo y alma al Demonio y, por medios mágicos, asesinado a veintenas de niños, succionado su sangre, fabricado pociones con su carne, causando la muerte de sus vecinos destruyendo su ganado y cultivos, levantando tormentas y realizando una cantidad mayor de abominaciones?

(Calibán y la bruja, Silvia Federici)

Feminicidios. La caza de brujas, la matanza de mujeres que tuvo su apogeo en Europa y América entre los siglos XIV y XVI, es uno de los más atroces feminicidios registrados en la historia de la humanidad. En su libro Calibán y la bruja, Silvia Federici explora las causas y analiza los distintos factores políticos, sociales, económicos, legales y religiosos que llevaron a juzgar a miles de mujeres, acusadas de brujería y finalmente condenadas a morir en la hoguera. Más de tres siglos de persecución y cifras que oscilan entre las sesenta mil y los cinco millones de mujeres quemadas vivas deberían ser garantía suficiente de la trascendencia y la repercusión de este suceso en la historia. En cambio, nada más lejos de la realidad: solo fueron los movimientos feministas de los años 70 los que reivindicaron su visibilidad y señalaron su escasa presencia en los manuales de Historia o en los tratados filosóficos y sociológicos escritos hasta el momento. 

Pero las brujas se han hecho un hueco en la memoria colectiva. Una traslación irónica del concepto ha llevado a considerar la brujería casi como una anécdota curiosa y algo macabra que deriva del folklore popular ocultista. Así, con el paso del tiempo, ha quedado en el imaginario un arquetipo femenino más ficticio que real, legitimando su condición de femme fatale y eludiendo a la vez su verdadera naturaleza: la de la violencia históricamente ejercida contra las mujeres por el mero hecho de serlo. Las brujas han existido siempre dentro de la pintura, de la literatura, del cine… Han encontrado la forma de ver la luz como seres legendarios, fantásticos, en oposición a su condición de mujeres de baja clase social cuyo destino fue la tortura y la muerte acompañada del escarmiento público.

Es inútil preguntarse cuán fiables resultan las representaciones de las brujas que el cine o la literatura han aportado a este vacío dentro de la historia oficial. La ficción ha construido un arquetipo a través del tiempo basado en prejuicios, estereotipos y una visión de la realidad más que sesgada. La ficción codifica lo real y perpetúa una imagen. Es su capacidad para visibilizar las cosas y sacarlas a la luz lo que hace de un arte como el cine un poderoso instrumento para combatir el silencio y reflexionar sobre cuestiones que motivaron una persecución aún hoy no extinguida.

Quemadas en la plaza pública

En 1928, Carl Theodor Dreyer filmó La pasión de Juana de Arco, una recreación del juicio al que fue sometida la doncella de Orleans y que terminó con su ejecución en la hoguera. Prescindiendo de las hazañas, Dreyer se centra en los últimos días de la joven heroína y en el extenuante interrogatorio al que es sometida. Los primeros planos son el elemento fundamental de una puesta en escena que busca capturar la veracidad de la mirada de Jeanne (María Falconetti), condensar su dolor, traspasar la pantalla y apelar a la emotividad del espectador, haciéndole testigo de su sufrimiento. La cercanía de la cámara y la extraña angulación de los planos favorecen el clima de angustia y ahogamiento al que se somete a la joven: una cercanía que tal solo se rompe en el tramo final de la cinta, con la ejecución. Dreyer tiene que abrir el plano (aunque no demasiado) para poder registrar con detalle lo que sucede en la escena: Jeanne es conducida a un lugar público (una plaza) atestado de gente; allí es atada a un poste sobre una hoguera que enseguida empieza a arder. La cámara irá alternando entre el rostro de Jeanne (y también parte del cuerpo, un plano medio que concede algo de respiro), las imágenes del público que asiste a la ejecución y otras dedicadas a una bandada de pájaros que vuela por el cielo.

Antes de que se produzcan las revueltas y el levantamiento popular, el humo provocado por el fuego ya encendido empieza a matizar la escena, apareciendo en un primer plano, por delante del rostro de Jeanne. Lo más interesante de este último tramo del film es el contraplano que muestra al pueblo: en un espacio fílmico antes ocupado por jueces y clérigos que interrogaban a la heroína, quienes ahora observan el asesinato son, en su gran mayoría, mujeres. Y no es casual: las condenas por brujería se ejecutaban públicamente, una advertencia que favorecía la campaña de terror que se instaló en la vida cotidiana de la gente. Las llamas van apareciendo y, finalmente, el cuerpo de Jeanne es tan solo una sombra detrás del fuego, una cabeza inclinada sin vida, un horror del que son testigo las mujeres que terminarán sublevándose contra los jueces y verdugos. Al componer esa audiencia fundamentalmente femenina, Dreyer enfatiza la necesidad de hacer visibles las atrocidades perpetradas contra el cuerpo de las mujeres, en un alegato que dirige especialmente a las propias mujeres. Quizá se trate de una manera empática de leer la historia, de imaginar y suponer que ante aquella hoguera, el horror y el miedo eran más atronadores entre las que podrían sufrir la misma suerte.

La Juana de Arco de Dreyer es quizá el referente cinematográfico de mujer quemada en la hoguera que más ha trascendido en el medio fílmico. Su cuerpo calcinado tras las llamas es el símbolo de la mujer que, acusada falsamente, es asesinada por los hombres. Es una imagen que tendrá su eco dentro del audiovisual, aunque de maneras muy diversas. En 1999, la serie de televisión Buffy Cazavampiros (Joss Whedon, 1997-2003), que ya un año antes había introducido la brujería como uno de los elementos esenciales de la trama, dedicó el  episodio «Pan de jengibre» a la caza de brujas. Al final del capítulo, tres jóvenes son condenadas a la hoguera por su relación con la brujería improvisando una gran pira hecha de libros en el ayuntamiento de la ciudad. Con el cambio de siglo cambian los espacios, pero no la naturaleza del crimen: la multitud enajenada y las mujeres inocentes quemadas en un espacio público. Los libros como material combustible son la metáfora perfecta de una Historia ignorada, del conocimiento inservible, de la razón incinerada. 

Otras ficciones televisivas han abordado la quema de brujas también desde el terreno de lo irreal, alejándose del hecho histórico pero encontrando su espacio en otras mitologías, a priori, ajenas a lo místico. En el séptimo capítulo de La Bruja Escarlata y Visión, se desvelaba que la villana interpretada por Kathryn Hahn era en realidad Agatha Harkness, una bruja originaria de Salem. La magia, que ya había hecho su aparición en el universo cinematográfico de Marvel de la mano de otros personajes (Doctor Strange, Iron Fist…), entroncaba ahora con el folklore popular a través del arquetipo de la bruja. Tras la revelación, el octavo capítulo del show, titulado «En episodios anteriores…», comienza con un flashback que muestra el juicio al que fue sometido Agatha en Salem en 1693. Un grupo de mujeres con antorchas rodea una estructura que hace las veces de pira funeraria. Agatha es maniatada alrededor de la columna ubicada en el centro, condenada por traicionar a su aquelarre. La bruja es, en esta ocasión, quemada por otras brujas. Pero el relato de Agatha Harkness es, en realidad, una rara avis dentro de las historias de brujas y hechiceras. Ya sea en sus raíces históricas o en sus representaciones literarias o artísticas, la sororidad es uno de los pilares en los que se apoyan estas leyendas. Las brujas no son representadas como mujeres solitarias: las brujas forman aquelarres.

En 1968 se creó en Nueva York el Women’s International Terrorist Conspiracy from Hell (WITCH), que agrupaba distintas organizaciones feministas que se alineaban con otras causas de izquierdas, y que fue clave en el movimiento de liberación de las mujeres en los Estados Unidos. El WITCH adoptó el culto a la brujería como símbolo de liberación y autonomía, afirmando que cualquier mujer debía considerarse una bruja si luchaba por una misma, si osaba ser valiente, inteligente, inconformista… se trataba de una apropiación del arquetipo y una subversión que hacía énfasis en esa dimensión comunitaria de la brujería.

El film de Pablo Agüero Akelarre (2020), sitúa en el centro del relato la relación de un grupo de jóvenes doncellas detenidas por sus supuestas relaciones con el diablo. La película comienza, estéticamente, de una forma muy similar a como termina: con la luz de las hogueras que iluminan a los verdugos y testigos de tal atrocidad. Dos hombres contemplan la escena: se puede distinguir a varias mujeres ardiendo entre las llamas. Ellos justifican su acción, mientras ellas ni si quiera forman parte del plano: apenas se las distingue al fondo, en las hogueras. Estos primeros minutos funcionan como introducción para una narración que les concede a ellas todo el protagonismo. El núcleo del relato es el tiempo que comparten en la celda: sus conversaciones, sus miedos y esperanzas, la búsqueda de estrategias para sobrevivir más tiempo… Agüero da una importancia crucial a la luz: una iluminación cálida muestra el espacio que comparten las doncellas; una luz más intensa y ardiente baña el lugar en el que se producen los interrogatorios y las torturas. Así, al modular la intensidad lumínica se delata el aspecto emocional que se respira en cada una de las estancias, ya sea la amistad de las cautivas o la lujuria de los captores. La película termina alrededor del fuego, simulando un sabbat, un aquelarre. Esta vez la llama no se prende para quemar a las jóvenes: son ellas las que encienden esa hoguera aliadas de un fuego que no las quema. Son los hombres quienes están siendo devorados por sus propios incendios internos.

Fuego, camina conmigo

La práctica de quemar vivas a las brujas no solo supuso un genocidio: también impuso un clima de sumisión y siglos de aceptación de que la perversión y la oscuridad formaban parte natural de la condición femenina. Es por eso que, igual que hicieron las feministas de finales del siglo pasado, hoy han surgido voces dentro del audiovisual para quienes la relación con el Maligno ha sido una forma de rebelarse contra siglos de abusos y maltrato. En el plano simbólico, acercarse al fuego, quemar la naturaleza mortal y trascender lo humano (y lo misógino) era una manera de representar la pureza, la salvación, si no del cuerpo, al menos del espíritu.

Ejemplos hay a patadas. En El retorno de las brujas 2 (2022), la secuela del clásico infantil dirigido por Kenny Ortega en 1993, Anne Fletcher mostraba la incursión en la brujería de las hermanas Sanderson durante su infancia. Un flashback inicial revela cómo Winifred Sanderson, la más malvada de las brujas de Salem, es despreciada por el resto de aldeanos en lo que podría calificarse de pretecnológico bullying rural. Una bruja ayuda a la niña, y le otorga el don de la magia. El primer hechizo realizado por Winifred estará motivado por la venganza y será, cómo no, una hoguera, quemando la casa de quienes la han humillado. En The Love Witch (Anna Biller, 2016), el fuego forma parte de los rituales de amor perdido que la joven bruja protagonista lleva a cabo. En la trilogía La calle del terror (Leigh Janiak, 2021), una vela encendida durante más de tres siglos mantiene vivo el espíritu de la bruja Sarah Fier, que sigue anclada al lugar donde fue ejecutada. En Cuando fuimos brujas (Nietzchka Keene, 1990), mirar a través de las llamas de una hoguera permite tener visiones a la joven Margit (Björk), que acaba de perder a su madre acusada de brujería. 

La relación con el fuego va más allá de lo brujo, de la superchería. Otros personajes femeninos han encontrado en este elemento la forma de mostrar un poder elevado y superior, ya sea desde lo corpóreo, como la Daenerys de Juego de tronos, que sobrevive a una noche en la hoguera sin sufrir ninguna quemadura; o desde lo espiritual, como la protagonista de Saint Maud (Rose Glass, 2019), que se quema a lo bonzo para alcanzar la inmortalidad.

Querelles des femmes

Cabe preguntarse si este tipo de apropiaciones, en la sociedad o en la ficción, en realidad suponen un beneficio a la hora de subvertir ciertos modelos de representación. ¿Hay una ética detrás de estas maniobras? ¿Con ellas se rebate o se legitima lo que en el pasado sirvió para condenar a tantas mujeres a la hoguera? ¿Es posible una relectura de la brujería tan contundente que desestabilice esa imagen de villana tan anclada en el imaginario colectivo? Probablemente combatir contra siglos de representación sea tan ingenuo como inútil. Es ahí cuando la apropiación encuentra su razón de ser. Más interesante es, por tanto, asumir un símbolo que transformarlo, y aquí es Robert Eggers quien ofrece el mejor de los argumentos para ello.

Al final de The Witch (2016), la joven Thomasin (Anya Taylor-Joy) termina uniéndose a un grupo de mujeres que bailan desnudas alrededor de una hoguera. Ella se aproxima al lugar y entre risas empieza a elevarse por encima del fuego. La escena no deja lugar a dudas: ha encontrado un aquelarre y acepta formar parte de él. Para entender el significado de esta última escena es necesario ponerla en contexto: la joven ha sido acusada una y otra vez de haber pecado, de pactar con el diablo. La presencia de fuerzas oscuras en el lugar en que vive con su familia ha ido intoxicando a todos. Lo sobrenatural y lo racional se entremezclan, lo que dará como resultado un exterminio (previa locura colectiva). Thomasin, que ha sido testigo de lo sucedido, padece el machismo y el abuso de su familia, quien la ve responsable del mal que les está acechando. La dinámica que se produce en este hogar representa lo que tantas veces se repitió durante los siglos de la quema de brujas: atribuir la culpa a las mujeres de aquello que provocaba el miedo a lo desconocido. En la historia de Eggers, Thomasin encuentra en el aquelarre la verdadera liberación de una opresión que no ha llegado a su fin con la muerte de su familia. La misoginia, el machismo, los abusos o las humillaciones son algo inherente a una mentalidad que permea la sociedad en la que vive. La única forma de escapar es elevarse a un plano no masculino, no terrenal. ¿Se trata, entonces, de abrazar la maldad? Sería mejor argumentar que una sociedad donde imperan todas estas cuestiones no es, precisamente, la parte buena de la historia. Por tanto, más aquelarres, por favor, y menos hogueras donde quemarnos vivas.

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Un comentario

  1. E.Roberto

    Una nota al margen de este artículo. Dejando de lado momentáneamente la situación socio política de aquellos tiempos, con una iglesia que veia herejías por todos lados además de sospechosos convertidos, los hebreos, los marranos, la cantidad de feminicidios sería poca si nos remitimos a un libro, un manual de instrucciones diría, para identificar a las brujas, escrito por dos “dilectos hijos” de Inocencio VIII, los monjes alemanes Heinrich Kramer y Jacob Sprenger; el libro en cuestión es Malleus Maleficarum, el Martíllo de las brujas, un perturbante libro que demuestra la evidente psicopatologia sexual de sus autores. (Y de toda la iglesia agregaría): Hay un pasaje que deja helado: según estos inquisidores, especialmente Sprenger, en el mismo vocablo, femina, se escondia el motivo de la poca religiosidad de las mujeres: minimun y fede, femina. Pura paranoia, pero un libro perfecto para liberarse de los supuestos indignos de la religión católica, los hebreos, herejes y sobre todo las mujeres. Gracias por la lectura.

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