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Julia Santibáñez: «Soy un poco kamikaze, me gusta meterme de cabeza en los retos»

Hace meses coincidí en Guadalajara con el autor de esta entrevista. Nos abrazamos con amistad de años. Celebramos que su cuerpo estaba fortalecido, ante la enfermedad que lo acechaba. Hoy nos falta Antonio Rivero Taravillo y no puedo digerir la tristeza de ser la última entrevistada del poeta descomunal, el traductor notable, el amigo amplio.

Gracias por tanto, querido Antonio. Que tu poesía nos acompañe en el estrago de tu ausencia.

Julia Santibáñez

Julia Santibáñez para Jot Down

Es una tarde ajetreada en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Todo el mundo viene y va de una actividad a otra (hay más de veinte simultáneas) y la escritora Julia Santibáñez (Ciudad de México, 1967) no es excepción. Hemos acordado vernos para la entrevista al término de una de las presentaciones en las que participa como titular de la Dirección de Literatura y Fomento a la Lectura de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), que exhibe un intenso y variado programa en la FIL. La cita es en el stand de Andalucía Cultura, donde está representada Jot Down. Santibáñez llega con varias personas de su equipo que la ayudan en este frenesí de mesas redondas y lanzamientos editoriales. Viene cargada de libros y algo acelerada por cubrir en poco tiempo una larga distancia en medio de la muchedumbre que en las últimas horas del día llena los amplios pabellones de este centro expositor de la capital de Jalisco (y de la literatura en lengua española en su conjunto durante más de una semana). Se sienta, se relaja, hablamos o más bien platicamos, como se dice en México.

Usted es muchas personas y facetas a un tiempo, pero empecemos por el principio, su vocación de escritora. ¿Cómo surge y qué recuerda usted de sus inicios?

En casa no se leía mucho, pero había una buena biblioteca, razonablemente buena, por no exagerar. Y ahí descubrí yo los libros. Fui una niña bastante solitaria, como que no me era fácil llevarme con otros niños. Era tímida, entonces encontré en los libros una suerte de compañía, amistad, escape, disfrute, y luego empecé a escribir, como les sucede a muchos. Leyendo, pues, empecé a querer comunicar las cosas que se me ocurrían, o los cuentos que yo quería leer, luego pequeños poemas que también descubrí, la poesía, en una antología muy general (no recuerdo el título), pero empecé a aprender poemas.

Después supe de Amado Nervo, de Gabriela Mistral, de José Asunción Silva, en fin.

Así fueron mis inicios, como un juego de niña y, sobre todo, muy alentada por mi padre, a quien le entusiasmaba mucho ver a esta niña de ocho o nueve años memorizando poemas y recitándolos, sin tener idea de lo que decía. «Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida, / porque nunca me diste ni esperanza fallida, / ni trabajos injustos ni pena inmerecida» [recita versos de Nervo]. Entonces a mi papá le caía de variedad, como decimos en México, le caía simpática esta niña recitando todas estas cosas incomprensibles. Así empecé.

Y particularmente la poesía, ¿no? ¿Fue el núcleo de su vocación literaria?

Sí, sí, muy pronto me atrapó. Escribí algunos cuentitos, seguramente pésimos, qué bueno que no se conservan, pero sí, muy pronto los poemas fueron lo que más me llamó la atención. Me atraía mucho la musicalidad, la cadencia, estoy hablando de poesía rimada, de poesía con métrica. Por supuesto no tenía idea de qué era eso, pero sí funcionaba como recurso mnemotécnico, me ayudaba a aprendérmelo. Y luego en la escuela, esto creo que no lo he contado, tenía una materia que se llamaba Memory Work. Yo estaba en una escuela bicultural. Entonces para que aprendiéramos fluidamente el inglés, la pronunciación, la estructura, memorizábamos poemas. Yo me aprendía todos los obligatorios y aún más de los que nos dejaban, y también me aprendía, como ya he dicho, poemas en español. Entonces, creo que el recurso mnemotécnico de la métrica y la rima fueron cruciales para que me inclinara por la poesía como mi género favorito, porque siempre he leído muchísima narrativa, después ensayo, crónica, lo que sea. Sin embargo, de niña y de adolescente fue sin duda alguna la poesía lo que predominó en mi interés, en mi muy incipiente escritura y en mi vocación: nunca he dejado de escribir poemas. Me veía haciéndolo el resto de mi vida, como ha sucedido.

¿Entonces fue decisiva esta inclinación hacia el estudio de Letras en la UNAM, y luego los estudios de edición en Stanford?

Sí, lo fue, la poesía siempre en el centro. Yo digo que si algo soy es poeta. He tenido muchos sombreros (editora, gestora cultural, periodista cultural), pero creo que me voy a morir haciendo poesía. No la escribo para publicar, no es el objetivo primero; si se publica, qué bueno, pero si no se publica también. Y sí, entro a estudiar Letras Hispánicas a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, después hago un posgrado en Literatura Comparada ahí mismo y empiezo a trabajar en la industria editorial. Años después me voy a hacer un posgrado en edición digital a Stanford. Fue muy enriquecedor, ya más hacia la línea profesional, hacia el trabajo. 

Y en cuanto al periodismo cultural, ha hecho muchísimas cosas, ha tenido un proyecto que era Palabras a Flor de Piel. ¿Puede explicar de qué se trataba?

Sí, fue un blog que tuve cuando los blogs estaban en auge, que mantengo porque ahí subo una columna que tengo cada 15 días en el periódico La Razón de México. Ahí la publico simplemente para que quede una constancia digital de algo, pero, bueno, Palabras a Flor de Piel empezó siendo un blog que yo alimentaba todos los días y llegué a tener muchísimos seguidores. Sobre todo, compartía textos pequeños, casi siempre reflexiones, poemas míos o que estaba leyendo, un verso que me encontré, algo que estoy trabajando, pensando, o sea casi siempre vinculado por supuesto con literatura, pero luego también música, viajes, algo de cómic. 

Me inventé los miércoles de poesía. Mucha gente acudía al blog para leerlos. Yo subía siempre poemas breves, y de ahí se desprendió la generación de contenido para algunas plataformas digitales a las que les interesaba, digamos, mi manera de acercarme a la cultura, y entonces me empezaron a contratar para, por ejemplo, una página del canal Univisión. Yo hacía contenidos para ellos y para otras empresas, como una editorial y una productora de mezcal, en fin, varias firmas que empezaron a contratarme. Entonces Palabras a Flor de Piel ya no era solamente un blog sino un pequeño despacho de generación de contenidos. Pero luego los blogs empezaron a decaer, yo me ocupé cada vez más en cuestiones de periodismo cultural y gestión cultural de fijo, y entonces fui dejando cada vez más de alimentarlo. Ahí está todavía, si buscan palabrasaflordepiel.com, ahí sigue, no he bajado lo que subí en su momento. No sé qué cantidad de entradas tiene, pero muchísimas, y ahora solamente lo actualizo con esta columna de La Razón

Usted ha sido la editora, directora o coordinadora, como quiera llamarlo, del suplemento de cultura de ese periódico, La Razón. ¿Cómo valoraría esa etapa? Y una pregunta adicional, ¿siguen teniendo importancia los suplementos? ¿Tienen un valor prescriptor?

Sí, fui editora del suplemento por seis años o siete años, y luego tomé la dirección. Falleció el fundador, Roberto Diego Ortega, y entonces me nombraron a mí directora. Me quedé dirigiendo el suplemento un tiempo más hasta que me vine a trabajar a la UNAM, entonces lo dejé. En cuanto a la segunda pregunta, sí, creo que tienen una gran importancia. Están decayendo porque está decayendo la publicación impresa periódica en general, las revistas y los suplementos, pero estoy hablando del contexto cultural. Cada vez van más a la baja, los tirajes disminuyen, las páginas se reducen, hay menos presupuesto. Sin embargo, creo que tienen una gran importancia porque son espacio de encuentro de voces frescas, de voces nuevas, que no necesariamente publican libros, pero están ahí, fogueándose. 

Se permite, o al menos es lo ideal que suceda, el diálogo entre voces discordantes, una postura a favor o una postura en contra, que de pronto se encuentran en un suplemento, en una revista. Se abordan temas de coyuntura, pero también temas de largo aliento. Me parece que son fundamentales, pero quizá es una batalla ya de antemano perdida, porque es difícil competir con la inmediatez de las redes sociales y a la gente parece interesarle cada vez menos el largo aliento, la reflexión más distendida: se busca algo mucho más inmediato, el resumen y ya está. Ojalá no desaparezcan porque me parece que cumplen una función muy importante.

De esa etapa de llevar el suplemento, ¿qué sería lo más gratificante y qué menos?

Lo más gratificante fue que me dieron una libertad absoluta. Cuando Roberto Diego Ortega me invita a ser editora del suplemento, este iba a cumplir tres años,

y yo antes que preguntarle sueldo, condiciones, nada, lo que le dije es: ¿cuánta libertad editorial hay? Porque si me van a dar instrucciones de lo que tenemos que publicar o no, este es mi primo y mira qué lindo escribe… no la publiques porque me cae mal… entonces no me interesa. Ni siquiera hablemos de sueldo, lo primero que me importa es eso. Y me dijo que había completa de libertad editorial. Señaló que en tres años jamás le habían dictado qué hacer o qué no hacer, y entonces dije, ok, ahora sí hablamos de las condiciones. Cuando me quedé dirigiendo pues retomé el tema con el director editorial del periódico y con el director general, y les dije esto: «Yo llegué al control de La Razón por esa libertad editorial, así que si algo va a cambiar, prefiero saberlo de una vez porque entonces busquen a otra persona». Eso fue muy gratificante: los ocho años que estuve en el suplemento tuve absoluta libertad editorial, así que cualquier acierto o cualquier desgracia o cualquier tropiezo son atribuibles a mí y, en su momento, a Roberto Diego Ortega. 

Ni él ni yo, cada uno en su gestión, privilegiamos un grupo, no nos cerramos a otros, estas cosas de filias y fobias, de grupúsculos, por decirlo de alguna manera, como si fueran partidos políticos dentro de la cultura. No los privilegiamos nunca. Entonces publicaba en la misma edición a este que se mata con el otro, y perfectamente. Creo que hicimos una aportación cuando menos interesante.

¿Y lo más difícil? 

Teníamos un presupuesto bastante escaso, como suele pasar, y luego con la pandemia nos lo disminuyeron de manera muy importante, cuarenta por ciento, y con ese dinero teníamos que hacer el mismo número de páginas, porque lo negociamos así. Dijimos, ok, bájennos el presupuesto pero no nos quiten páginas. Entonces con los mismos cinco o diez pesos teníamos que hacer idéntica cantidad de contenido. Eso significó bajar los pagos a colaboradores, conseguir contenidos gratuitos. 

Fue complicado porque de pronto nos sentíamos mal, decíamos no queremos contribuir a la pauperización del oficio de la cultura, pero al mismo tiempo es la realidad. Nuestros sueldos bajaron 40% igualmente. Decíamos no es contigo, no es personal, es que es así o no podemos. Eso fue complicado, pero al mismo tiempo fue también emocionante saber que podía hacerse, y que el gremio cultural que ya teníamos bastante consolidado en torno al suplemento lo aceptaba, porque entendía que no era una explotación. Yo les decía si quieres te enseño mi recibo de pago, mi recibo de pago bajó 40%. Entonces, bueno, al final se convirtió en algo solidario.

Usted es autora de un libro muy interesante que tuvo una secuela, que es El lado B de la cultura, una mirada fresca a lo que está entre bambalinas y no se conoce habitualmente. ¿Qué nos puede decir de esa experiencia, de aquel libro y sus contenidos?

Bueno, este libro primero y después su secuela, que no tenía idea de que iba a venir, nacieron de un interés personal por esta mirada no solemne, por esta mirada mal portada, irreverente si se quiere, hacia las figuras icónicas de la cultura de México en el siglo XX, porque estaba muy harta del «gran poeta, el extraordinario narrador, la escritora tal y cual». Además, noventa por ciento de hombres siempre. Se hablaba de cultura del siglo XX y eran hombres los que primaban. Entonces dije no, me parece que hay que mirar de otra manera para acercar a los jóvenes y a todo tipo de públicos que sienten que aquellas figuras de bronce no tienen nada que ver con ellos, porque parece que no iban al banco ni al baño ni tenían problemas cotidianos. Quise bajar a nivel de calle para hacer la presentación de estos personajes y de estas historias verídicas. 

Hice muchísima investigación, es un trabajo bastante arduo de periodismo cultural, de buscar información real, fehaciente. Nada está inventado, tengo todo absolutamente sustentado, de entrada porque así lo quise, pero además porque la editorial, Random House, me lo exigió: «No queremos una demanda, ¿tú tienes todo sustentado?» Y dije: «Tengo todo absolutamente soportado en fuentes escritas, ninguna fuente oral». No me permití fuentes orales que pudieran fomentar el «no, es que yo no dije eso, modificaron mi voz». Dije, no: libros de buenas editoriales, consolidadas, o de suplementos culturales o de sitios de internet como Zona Paz. O sea, nadie va a cuestionar si lo que dice Zona Paz es correcto o no, es real o no. Se puede cuestionar el punto de vista, pero el hecho no. 

Así nació, de manera la verdad muy divertida. Me reí enormemente escribiéndolo, eran carcajadas de mi parte, y además escribía de madrugada porque trabajaba todo el día en el suplemento, y luego empecé a coordinar la Cátedra Carlos Fuentes de la UNAM. Empezaba a escribir El lado B de la cultura a las 11 o 12 de la noche y, claro, eran las 2 de la mañana y estaba atacada de risa, estaba loca porque me estaba imaginando, qué se yo, una historia de Tin Tan, y cómo la iba a plasmar para que fuera divertida. Entonces así nació, le fue extraordinariamente bien al volumen 1, nadie se imaginó que iba a vender lo que vendió. 

Entonces me dijeron en Random House que querían un volumen 2, y yo ya estaba muy complicada de tiempos (además había tenido dos muertes muy sensibles). Dije no sé si puedo, pero lo voy a intentar, y empecé. Estaba en el proceso del libro cuando muere mi hermana (fueron mi hermano, mi madre y, dos años después, mi hermana), y con ello se acabó mi familia nuclear. Dije no puedo, no puedo entregar en la fecha acordada, perdónenme, estoy viviendo un duelo triple, imposible. Y entonces se me ocurrió qué opinaría mi hermana si estuviera viva. Me diría, tú qué eres, ¿escritora, no? Un plomero no dice que no, ay no, no, es que perdón, espérenme, hoy no puedo arreglar la fuga de agua. Y pensé: pues nada, soy escritora y este libro va a salir como un homenaje a mis muertos. 

Terminé en el plazo exacto que habíamos acordado, entregué y, claro, yo estaba muy dudosa, decía no sé si lo que entregué es una porquería, si no sirve para nada, no sé, porque trabajé bajo tales condiciones adversas, pero bueno, parece que salió bien, y fue, es, un proyecto al que le tengo muchísimo cariño. Pero además la gente lo recibe muy bien y me da gusto que cantidad de jóvenes se han acercado para decirme yo no tenía idea de esto, mi abuelo me hablaba de Tin Tan, o yo he visto películas, o yo he leído Pedro Páramo, ahora que está la película, y entonces leí la novela, pero yo no sabía que les pasaban estas cosas a los creadores. En fin, ha sido un descubrimiento atrevido, pero que celebro enormemente porque la gente ha aprendido y se ha divertido leyéndolo, por lo que me dicen.

¿Alguna anécdota sabrosa para que se puedan divertir, aunque sea en resumen, los lectores de Jot Down?

Bueno, ya que esto se va a publicar en España, espero que no me vengan a perseguir. Por ejemplo, Juan Rulfo tenía un problema de alcoholismo, y no estoy diciendo nada que no se sepa, porque todas son cosas de la vida personal que tienen que ver con la escritura, aunque no me centro en los libros, sino en los personajes.

Entonces, Clara Aparicio, la esposa de Juan Rulfo, pues lo mantenía encerrado en el departamento en un periodo, y eliminó cualquier botella de alcohol, para mantenerlo sobrio. Y de pronto, en la tarde, el tipo estaba borracho, y Clara decía: «¿Pero cómo es posible, si no ha salido de la casa y en la casa no hay alcohol?». Y entonces descubrió que por el baño, por la ventana del baño, Pedro Coronel, que vivía arriba, le bajaba botellas con un cordón, que Rulfo se tomaba ahí mismo. Me parece que es una anécdota divertida, también triste porque, en fin, las adicciones no son la mejor parte de la vida, pero me parece que presenta al personaje.

Y justo era lo que yo quería yo hacer: hablar de que un individuo tan inconmensurable como Juan Rulfo también tenía problemas en la vida cotidiana. Mi intención no es restar ni un gramo, ni un centímetro de grandeza a mis personajes, sino todo lo contrario. Viviendo con problemas como todos los tenemos, crearon estas obras. ¿Cómo puede ser? Qué maravilla Inés Arredondo, cuidando tres hijos en Montevideo sin tener nadie que la asista, nadie que la ayude, y Tomás Segovia se iba con novias y no sé qué. Y esta mujer escribió ese cuento, «Estío». ¿Cómo es posible que esto sucediera? Son gente enorme, aunque tan seres humanos como nosotros.

Otra de sus labores es la traducción. ¿Qué nos puede decir de ella, qué ha traducido y qué aporta la traducción a un poeta?

Uy, usted lo sabe muy bien, porque es un enorme traductor. No he traducido mucho recientemente, tengo ese dolor, tengo esa espina hincada aquí en el costado, porque un poco he dejado de lado esta faceta en los últimos años. Lo último que traduje, y lo hice con enorme gusto, fueron poemas de Linda Pastan, la escritora norteamericana que ya falleció, pero que yo todavía alcancé con vida y le pude preguntar varias cosas por correo electrónico y me contestó con una gentileza enorme. Eso es lo último, pero debe tener cinco años, cuando menos, seis años, no sé.

Me gusta muchísimo la traducción. Como digo, el inglés es casi un segundo idioma materno. Mis ancestros, tengo ancestros cercanos, por un lado británicos y por el otro lado estadounidenses. Es una lengua que me gusta mucho, el inglés; aunque hablo francés, nunca he traducido del francés, siempre del inglés, pero sí que tengo relegada esa disciplina, no olvidada. Ahora, justo hace un mes, una amiga escritora me pidió la traducción de unos ocho, no, doce versos para incluirlos en un libro, y me dijo pero no urge, me lo puedes entregar en un mes. Esa misma noche ya estaba bocetando la traducción, feliz porque es algo que me emociona mucho: tapada de trabajo, vuelta loca, de madrugada, pero muy feliz traduciendo. 

¿Qué aporta a un poeta? En realidad, la traducción es una recreación; es, como decía Umberto Eco, decir casi lo mismo, en su libro sobre traducción, que se titula así, Decir casi lo mismo. Eso es traducir. ¿Qué aporta? Una gran riqueza sonora, de cuestionamiento de tu propio trabajo. Al estar analizando con lupa lo que quiso decir ese poeta, entonces también me pregunto: ¿y qué estoy yo queriendo decir aquí? ¿Estoy siendo fina, precisa, estoy cortando con cuchillo hasta el hueso, o me estoy quedando en la mera superficie? Me gusta mucho esa reflexión y esa hondura que implica la traducción. Espero volver a ella cuando tenga un poco de tiempo.

Sobre su poesía han escrito muy elogiosamente Raúl Zurita, Gioconda Belli, o Piedad Bonnett, entre otros, pero ¿cómo definiría usted su propia poesía?

Ah, qué pregunta más difícil, creo que es un gran enigma, y espero no caer en un lugar común. Voy a citar a Leonard Cohen. Alguna vez le preguntaron de dónde vienen las grandes canciones, y él dijo, no sé, porque si supiera regresaría todos los días ahí, no tengo idea, y por eso sale una gran canción cada martes y San Juan. Un poco así es mi poesía, hay poemas que no acaban de cuajar nunca, de los que debo tener, no exagero, 18 o 20 versiones y no cuaja el bendito y de pronto alguno (que son los menos), de una sentada casi está listo. Yo soy lenta, pero no sabría definir mi poesía, por eso digo que es un enigma, no sé de dónde viene. 

Siempre tengo una obsesión, cargo en la bolsa una libreta pequeña, donde voy apuntando alguna sonoridad, un tema, alguna palabra que me llama la atención, y de pronto se incorpora a un poema. O estoy siempre trabajando poemas en la libreta, y luego llego a tratar de vaciarlos, a ver qué sucede ahí. Es como una suerte de alquimia, que no sé cuál es su proceso, quisiera desentrañarlo. En mi libro más reciente, Pulso ad_herido, hay un poema en el que digo que escribir poesía –me voy a parafrasear muy mal, perdón– es como si con mis ropas de ciudad me encargan cuidar unos animales en una suerte de parcela en el campo. No tengo idea de cómo hacerlo, y me desempeño lo mejor que puedo, pero me dan pereza las reses, me dan pereza los corderos, por mansos. Yo quiero una bestia que tenga fuerza propia, y una madrugada sin saber de dónde veo nacer un potro que está temblando de vida. 

Algo así es escribir poesía. No conozco nada en este mundo que sea más satisfactorio, más emocionante para mí, más retador, y más profundamente placentero. Es como decir, no tengo idea de dónde viene, pero gracias porque pude escribir esto que me deja satisfecha.

El lector advierte en su poesía un constante juego con el lenguaje y con las palabras, incluso en algunos títulos, por ejemplo, Pulso ad_herido o Rabia de vida / Rabia debida, paronomasias, juegos con la sonoridad. Pero también emplea, junto al verso libre y el poema más sin forma, el rigor métrico, por ejemplo, en la colección Sonetos y son quince. Es curiosa esa aplicación al rigor y por otra parte concederse libertades.

Me gusta hacerlo, igual que El lado B de la cultura, aunque sea otro registro, otro género, otra cosa. Soy alguien que se aburre muy fácilmente y no lo digo como una virtud, todo lo contrario, me aburro de mí misma; entonces busco algo que me desafíe, que me saque de ser la hormiga que sigue el camino. Yo soy la hormiga que va por allá y se pierde y se rompe una pata y sigue, pero siempre está explorando otra cosa. 

Entonces sí, me interesa el rigor, me gusta el rigor, soy alguien que viene de la academia y me fascina la academia, pero al mismo tiempo tengo esta rebeldía en la sangre, no sé, tal vez explicada por mi raíz: tengo como ya dije ancestros sajones y mi padre era médico militar, entonces ahí está una cierta visión del mundo muy rigurosa, muy impoluta. Y, en contraposición, el otro costado de mi vida es Tehuantepec, Oaxaca: lo salvaje, lo indómito, lo más audaz, lo brutal incluso, la vida en todas sus expresiones, los colores, las frutas, la vegetación del Istmo, que es una locura. Creo que de ahí me vienen estos dos ejes que se enriquecen uno al otro. Eso quiero pensar, a lo mejor es mi manera de justificarme en este mundo, pero así lo quiero entender, me gusta de pronto romper y que digan pero cómo, cómo, cómo hizo ese título Eros una vez. Pues así, no sé. Me divierte.

Pasemos a otra de las facetas, que es la de la gestión cultural. Desde este año usted ocupa la titularidad de la Dirección de Literatura y Fomento a la Lectura de la UNAM, la principal universidad no ya de Latinoamérica sino del idioma entero, incluida España. Menuda responsabilidad, ¿no?

Uf, enorme, enorme responsabilidad, tremenda gratitud cuando fui invitada por la doctora Rosa Beltrán, quien es la coordinadora de Difusión Cultural de la UNAM,

es decir, la cabeza de toda la cultura en la UNAM, música, danza, teatro, artes visuales, la Revista de la Universidad de México, publicaciones, unas quince direcciones. Yo pensé: cómo puedo decir que no. Junta dos comezones de mi vida que me satisfacen enormemente, como cuando tiene uno un piquete y le dicen no te rasques porque te va a doler, pero el placer es tal que uno se sigue rascando. 

Las dos comezones más importantes de mi existencia son la literatura y la UNAM. Para mí entrar a la UNAM fue absolutamente decisivo a nivel personal, a nivel… es una historia larga que no contaré, pero fue muy decisivo para hacerme y rehacerme tras la muerte de mi padre. Pero asumir la Dirección de Literatura era aterrador. Cuando acepté dije, ¿qué estoy haciendo? A lo mejor es mi suicidio intelectual, cultural, porque venía yo escribiendo, haciendo muy bien el suplemento y caminaba, tenía reconocimiento de la comunidad, pero a lo mejor aquí me estampo de frente con un muro, y sin embargo no lo puedo dejar de intentar. Me encantan los retos, también es cierto. Soy un poco kamikaze, me gusta meterme de cabeza en los retos, pero sobre todo acepté por un sentido de amor profundo por los dos ejes, la UNAM y la literatura, así que asumí el cargo en febrero de este año 2024. 

Estoy muy feliz, absolutamente feliz, muy agradecida. No exagero si digo que todos los días cuando voy llegando a Literatura UNAM digo: pero, ¿es verdad que yo estoy aquí, es verdad que me toca a mí dirigir este barco? Aunque no se me ha quitado el miedo. O sea el miedo a estar conduciendo un trasatlántico, no es un velerito, es un… no dije Titanic, qué bueno, pero en fin, es un trasatlántico enorme. Comprende once programas, imagínate. Estoy sobre todo muy entusiasmada de comunicar lo que más me gusta de la vida, que es la literatura, y de eso se trata esta Dirección. Publicamos algunos libros, pero nuestra misión más bien es difundir la literatura, acercarla a la gente, que las personas vean que les habla a ellos, a lo más interior, que es una manera de vivir otras vidas, que sana, que cura, que permite dialogar, que permite crear una comunidad. En fin, la literatura es lo que más me emociona en la vida, no hay una cosa que me entusiasme más, y hacerla en la UNAM… La emoción es absoluta. El miedo también.

Participaba hace poco en redes sociales que van a empezar a publicar una nueva colección…

Sí, la doctora Rosa Beltrán había empezado, ella fue directora de Literatura durante ocho años, y entonces ella lanzó tres colecciones: Solo Cuento, El Ensayo y Crónica,

que de hecho ahorita mismo vengo de presentar la nueva compilación de Crónica, y ayer presentamos la de El Ensayo. Son antologías que pretenden reunir lo más significativo de ese género en español; no son traducciones, sino todo escrito en español, en toda la geografía hispanoamericana. Y entonces ofrecerlas a un precio muy accesible, 150 pesos, aquí en la FIL, al público, primero que nada a la comunidad de la UNAM, porque somos de la UNAM y nos debemos a ella, pero también somos la universidad de la nación, entonces también al público en general.

Esas tres colecciones que lanzó la doctora Beltrán se habían ido a la Dirección de Publicaciones, y regresan ahora a Literatura con mi gestión, lo cual es emocionantísimo para mí. Cuando le pregunto a la doctora Beltrán por qué esos tres géneros, crónica, ensayo y cuento, me dice: porque son los que las editoriales grandes no quieren publicar, porque no se venden mucho, porque tal y tal. Y le dije, ojo, ahí falta la poesía. Me dice, sí, sí, tienes razón. Rosa fue mi maestra en el postgrado, la quiero muchísimo, la admiro en tantas facetas, estoy profundamente agradecida por un millón de cosas, y por esto también. Y me dijo, ok, sí, haz la compilación de poesía. Entonces, se completan los cuatro géneros, que creo que además era muy necesario, no porque yo escriba poesía. Yo no voy a estar ahí, porque sería un conflicto de interés, no voy a aparecer en las antologías, ni las voy a compilar yo, ni nada, pero sí me parece que era como la cuarta pata de la mesa; hacía falta.

Vamos a lanzar el año que entra el primer volumen de Poesía. Este año ya sacamos el cuarto de Ensayo, el sexto de Crónica; en 2025 vamos a publicar Solo Cuento (el volumen 11) y el primero de Poesía. Después, en 2026, va a salir Crónica y Ensayo, luego Poesía y Cuento, y así sucesivamente, cada dos años. Me parece que es virtuosísimo, porque es ofrecer lo mejor que se está publicando en esos géneros que no están muy presentes en las editoriales. Nosotros ofrecemos los libros coleccionables a muy buen precio para que puedas tener un vistazo de lo mejor que se está haciendo en esos géneros. Entonces me siento muy feliz de que se haya aceptado la propuesta de añadir Poesía. Pregúntame como poeta cómo nos tratan las editoriales, digo, las grandes editoriales… 

México tiene desde hace semanas una presidenta mujer, la jefa de gobierno de la Ciudad de México es mujer, estamos en la FIL Guadalajara, que es dirigida por una mujer. Las mujeres están realmente en un ascenso enorme actualmente en este país que es tradicionalmente tan machista. ¿Cómo se está viviendo este cambio?

Por un lado, con cierta esperanza de que las niñas puedan ver que se rompen los techos de cristal, pero por otro lado con una gran falta de sintonía, porque la violencia de género no se detiene, va en aumento con todos estos avances, con todo esto que acabas de plantear. Todos los días mueren en México entre diez y once mujeres asesinadas en crímenes de género, en la mayor parte de los casos por sus parejas, por sus padres; niñas violadas, por sus papás, por sus hermanos, por sus tíos, por sus abuelos.

Algo no está cuadrando ahí, y me parece que tiene que ver con una cuestión del machismo, del patriarcado, defendiéndose con uñas y dientes, como lo señala Rita Segato, a quien por cierto va a traer la Dirección de Literatura pasado mañana aquí a la FIL. El patriarcado es la primera organización humana de toda la historia, se organizó la sociedad humana a partir de esa visión de supremacía masculina. En todas las tradiciones, prácticamente, en el mundo, puede haber alguna excepción, pero en términos generales hay un relato mítico donde la mujer es dominada, desde la Biblia hasta el Talmud, o la que quieras. Y eso es muy difícil de desmontar, porque lleva tantos siglos permeando nuestras cabezas, nuestra vida cotidiana, la educación de los niños y las niñas, el Estado por supuesto, la Iglesia no se diga. No es fácil quitarlo, no es fácil vencer esas inercias que convienen a quienes están arriba.

Entonces, sí, las mujeres estamos consiguiendo cosas que no se habían visto antes,

pero tampoco nos dejemos llevar por el facilismo de decir, ah, ya, todo está bien, ya perfecto, no hay más que luchar. Tamara Tenenbaum, la escritora argentina, dice, a ver, dejemos de repetir, porque de pronto se hicieron camisetas de The future is female, el futuro es femenino. Señala: es peligroso porque podemos pensar que ya llegamos, y hemos llegado algunas de nosotras a cierta equidad, pero la inmensa mayoría está sufriéndola muy fuerte. Mujeres de pueblos originarios, mujeres en condiciones de mucha desigualdad, económica, social, mujeres que trabajan el triple, porque no solo tienen un trabajo que no está tan bien pagado como el de sus colegas hombres, pero además llegan a casa a hacer otra labor de cuidado de los niños, los enfermos, los viejos, los minusválidos, las personas que tienen discapacidad.

No nos dejemos llevar por el facilismo. Qué bien que están pasando estas cosas. No las desecho, pero tampoco quiero caer en una trivialización de decir, ya, podemos irnos felices, bebamos y brindemos. No, hay muchísimo trabajo que hacer, y la UNAM tiene conciencia de eso. Uno de los ejes principales del rector Lomelí para la Universidad es justamente la paridad, eliminar la violencia de género, vencer estas inercias para que sea real, no un discurso, sino algo que se vive en las calles y que viven todas las mujeres, no unas pocas.

En mi comentario anterior se me olvidó, pero lo tenía en mente, que desde hace cinco o seis días hay una nueva rectora que va a entrar en la Universidad de Guadalajara, por primera vez en la historia. Volviendo a la presidenta de México, en tiempos del anterior presidente López Obrador hubo un desencuentro con España a raíz de una carta enviada al Rey. Y se mantiene más o menos en la misma posición desde que tomó posesión la actual presidenta. Hay una tirantez oficial en la cúspide, por decirlo así. ¿Eso se traduce en las relaciones normales, culturales, entre los pueblos, o es una cosa aparte?

Me parece que es una cosa completamente aparte, creo que es así. A nivel pueblo llano, digamos, hay un gran cariño por España, hay mucha admiración, por ejemplo, por la literatura española, creo que sigue siendo un referente. Quizá en los últimos años la literatura latinoamericana ha tenido un empuje mayor y han surgido nombres, sobre todo escritoras, mucho más potentes, pero creo que España sigue siendo un modelo del mundo editorial, del mundo de las letras.

Y sobre todo a nivel cotidiano, a la gente le encanta, nos encanta España. Muchos escritores latinoamericanos se han ido a vivir allá por afinidad, por interés, porque encuentran un espacio que no tienen en sus países de origen. Creo que la tirantez no está diseminada. Me parece que en términos generales hay un gran cariño. No se quita, digamos, la parte de la conquista, pero hombre, si tuviéramos que ir pidiendo perdón por lo que ha sucedido hace quinientos años, sería algo absurdo. No es a nivel de gente, a nivel de cultura, creo que ese desencuentro no ha permeado. Y también me parece que esa carta fue desafortunada. 

Voy solamente a dar un dato de lo que creo que sigue pasando todavía en este momento, un espejo de lo que pasó en el 39, cuando recibimos a los exiliados españoles, con un enorme cariño, y en general se les dio un trato de igual a igual. A pesar de que estamos hablando de hace muchos años, creo que se reconoce desde el mundo cultural la enorme, la invaluable aportación de maestros, escritores, cineastas, publicistas, escritoras, escritores, en fin, todo el mundo de la cultura que vino a enriquecer descomunalmente –y lo sabes tú, porque vas a hablar de Cernuda mañana o pasado– la UNAM, pero también el Colegio de México, y CASUL UNAM (la Casa Universitaria del Libro), que es parte del Centro Asturiano, en fin, creo que es más bien eso, gratitud, un enorme cariño y una identificación en muchos sentidos.

El actual gobierno, al menos en los presupuestos para el año que viene,

y esto ya en parte venía arrastrándose desde López Obrador, ha reducido el presupuesto de cultura. Desde fuera se ve como bastante desalentador,

porque realmente México tiene grandes virtudes y una de ellas es una importante élite cultural. La palabra élite quizás no sea la más amable, pero sí, tiene una cara cultural, un tejido cultural importantísimo, y la reducción en cultura sería dar un paso atrás. ¿Cómo se ve desde el mundo cultural esto?

Con preocupación. México ha tenido liderazgo cultural desde el siglo XX, que es un poco lo que hablo en El lado B de la cultura, por muchas razones. Pero, efectivamente, pareciera no ser uno de los intereses principales de este gobierno. Esto genera una gran desazón, es como si fuera prescindible.

Estamos en un país que se está partiendo de desigualdad, de violencia, de narco, de pobreza, en fin, migración, los problemas que queramos. Y pareciera que la cultura no es algo que va a ayudar a resolverlo, cuando nosotros creemos que sí puede contribuir. Pero al mismo tiempo tampoco no nos vamos a quedar con los brazos cruzados, al contrario, seguiremos haciendo lo que nos corresponde, lo que creemos, para continuar aportando a este país que amamos entrañablemente. Estoy hablando por mí, pero creo que se comparte el sentimiento en el gremio.

México es un país increíble, que tiene una riqueza cultural descomunal, no solamente en las áreas de alta cultura, sino también la que producen los estratos medios y de los pueblos originarios, que ahora tienen cada vez más visibilidad y, en fin, todo tipo de expresiones. Entonces se ve con preocupación el bajo interés, pero yo no he escuchado a nadie decir, bueno, entonces ya no nos dedicamos a la música, el teatro o la literatura, vámonos a hacer un negocio, una startup, en Palo Alto. Todo el mundo dice, bueno, veremos cómo lo hacemos. Nunca hemos tenido presupuestos muy boyantes, eso es cierto, vivimos en crisis permanente en la cultura, así que seguiremos trabajando lo mejor posible porque creemos desde lo más profundo que eso es lo que puede sacar a México de este trago tan amargo que estamos viviendo, con el narcotráfico infiltrado en tantos lugares.

Hablando del narcotráfico, a España no llega toda la información que se produce aquí, pero realmente hay una guerra abierta, por ejemplo, en Sinaloa, que es una cosa horrible, quinientos veinte muertos desde septiembre. ¿Qué esperanza hay para todo esto?

No tengo la respuesta, sobre todo porque yo no veo que se estén tomando realmente acciones. El gobernador de Sinaloa dice, no, no, no es para tanto, no exageren, no, todo está bien y tal… Está muy descompuesta la situación en Sinaloa y en muchos otros estados, en Chiapas, en Guerrero, en Michoacán, en fin. Entonces, ¿cómo se ve? Se ve muy mal, yo no tengo idea de cómo vamos a salir de esto, porque además están muy enquistadas la corrupción, la impunidad. Son las que sostienen el narcotráfico. O sea, si este tejido que lo soporta no existiera, pues el narcotráfico desaparecería. Si realmente se tomaran medidas para que no se pudiera lavar el dinero, entonces ya no habría negocio. 

Me preocupa mucho mi país, me preocupa mucho la situación en la que estamos y sobre todo que no veo con claridad hacia dónde se está dirigiendo una salida. Eso me tiene triste. Lo único que puedo hacer es trabajar desde mi cancha, que es la cultura, y tratar de acercar soluciones a través del arte.

Para pasar a algo más agradable y finalizar, ¿qué autor o autora de México, que a lo mejor en España no está distribuido, no se conoce, merecería la pena conocer? Y díganos una obra o dos que usted recomiende como una embajada del México más creativo

Qué buena pregunta, qué difícil, porque me vienen diferentes nombres a la mente. 

Déjame ver a quién te puedo recomendar, así como a ojos cerrados. Alma Delia Murillo, más allá de que es una cercana amiga mía, es realmente una escritora espléndida, a la que eligió Alfaguara dentro de su Mapa de las Lenguas, eso habla de la calidad de su escritura. Su libro más reciente se llama La cabeza de mi padre, y es una prosa muy minuciosa y enérgica, una narrativa sobre lo que nos pasa desde Pedro Páramo hasta hoy: estar buscando al padre (no es mi caso particular, pero sí, en general en México somos familia sin padre, aunque esté a veces ahí). Alma Delia es una mexicana que hay que leer en España. Aprovechen porque la tienen en Alfaguara, así que ya está publicada allá, y es realmente espléndida, tiene una voz fresca, hace un trabajo sobre las palabras muy fino, con una sensibilidad, muy, muy a flor de piel. En México, Alma Delia la rompe muy bien (quiero decir que tiene un éxito descomunal). Creo que en España lo va a tener también. La recomiendo mucho.

Julia Santibáñez para Jot Down

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