Música

La misa techno de Rosalía: de plegaria a meme por la gracia de la Virgen del engagement

Fotograma de Berghain, 2025

La María Magdalena de TikTok regresa con una liturgia estudiada para el algoritmo donde se cruzan Björk y Blancanieves en una rave mística supervisada por Jung y vestida por Gucci. En su fascinante performance lírica, la artista aparece como si hubiese hecho su Erasmus en el Apocalipsis: una tabla de planchar, un electrocardiógrafo y bambis hemorrágicos. Todo milimétricamente colocado por alguien que sabe que su audiencia escucha reggaetón en Spotify mientras completa los mandalas que le sugiere su influencer espiritual. Hay que reconocerle a Rosalía que, con Berghain, ha vuelto a lograr lo imposible: convertir una pista de techno en una sesión de psicoanálisis colectivo. Conociendo la profundidad de pensamiento de la religión de los reels donde la iluminación se mide en likes, ha conseguido que una empanada kitsch parezca una tesis doctoral sobre el sufrimiento del alma moderna. Lo suyo no es música, es semiótica con peluca, una experiencia mística premium que se vende por streaming y se confiesa en comentarios.

La canción es, en apariencia, una plegaria posmoderna por un corazón roto. Pero bajo esa melaza orquestal y esos coros divinos que parecen salir de un monasterio late un drama freudiano en alta definición. Berghain, recordemos, es el útero oscuro donde la individualidad se disuelve entre humo, sudor y beats de 140 BPM. Que Rosalía haya elegido ese nombre para su single inaugural de Lux no es casualidad. Es un manifiesto en el que la luz que promete el título del disco solo puede nacer de las tinieblas, o del after. «Seine Angst ist meine Angst», recita Rosalía con la solemnidad de una dominatriz centroeuropea: su miedo es mi miedo, su ira es mi ira, su amor es mi amor, su sangre es mi sangre. Casi una boda simbólica, solo que sin cura y con una orquesta haciendo los coros. Es la fusión total, el sujeto disuelto en el deseo ajeno, la utopía del inconsciente convertido en puré de neuronas. Y por si algún incauto creyó que hablábamos de amor romántico, llega el estribillo inglés «I’ll fuck you till you love me» para recordarnos que la redención viene con orgasmo incluido.

Lo brillante —y, digámoslo, irritantemente brillante— es cómo Rosalía condensa en tres idiomas y tres minutos una clase entera del Seminario XI de Jacques Lacan. La pulsión y el deseo, la división del sujeto, la imposibilidad del amor pleno; todo está ahí, con autotune y violines. Los lacanianos promulgan que “amar es dar lo que no se tiene a quien no lo es”. Rosalía lo traduce al lenguaje de TikTok: “te follaré hasta que me ames”. Es el mismo concepto, solo que con menos metáfora y más cardio. El videoclip, por supuesto, es una tesis visual en sí mismo. Todo empieza en un apartamento berlinés que parece decorado con muebles de Ikea por un seminarista con trauma barroco. Una Virgen que observa desde la cómoda como si fuera su community manager celestial, una manzana mordida (el pecado original con iluminación de Instagram), un relicario en forma de corazón que no funciona. Rosalía lo lleva al joyero, quien sentencia con indiferencia profesional: “no tiene arreglo”. Es el diagnóstico perfecto para el alma contemporánea: ni el psicoanálisis ni la joyería pueden reparar el corazón de una Motomami.

Más adelante, la vemos recostada, con un electrocardiograma al lado y la luz roja de un Sagrado Corazón iluminando la habitación. Es un milagro que no aparezca un cameo de San Agustín con un sintetizador. Björk canta desde lo alto del cielo nórdico, Yves Tumor murmura en el infierno, y Rosalía hace de médium entre ambos, implorando “intervention divine” mientras el beat late como una arritmia. Es el retorno de lo reprimido con producción de Rick Owens. Cuando la cámara muestra La dama del armiño, la ironía alcanza niveles museísticos. Rosalía, ese prodigio de la apropiación cultural, nos coloca ante otro icono robado del canon: la joven Cecilia Gallerani, amante ilegítima de Ludovico Sforza, retratada por Leonardo como si el deseo prohibido tuviera pedigrí. La cantante no se limita a mirarla: la cita, la actualiza, la subvierte. Cecilia posaba para su mecenas; Rosalía posa para el algoritmo. Ambas sabían exactamente qué hacían.

Luego llega la metamorfosis Blancanieves meets Berghain: la habitación se convierte en bosque, ella lleva moño rojo y un pájaro cantor (literalmente, un pájaro con la voz de Björk) le canta al oído. Los animales del bosque la rodean, pero lejos de ser tierno, el venado llora sangre. Es un Disney dirigido por Lars von Trier. Desde la psicogeografía jodorowskiana, esta escena es el descenso al bosque interior, el territorio del trauma. Rosalía no huye: se adentra en él con la seguridad de quien sabe que el inconsciente es el único club al que vale la pena entrar sin lista. Hay que admitir que la artista se ha doctorado en simbología posmoderna. Lo sagrado convive con lo carnal, lo pop con lo místico, el alemán con el andaluz. Es como si Santa Teresa hubiese leído a Deleuze y hubiese decidido ponerse uñas de gel. El espacio cambia del apartamento al consultorio, del bosque al club, de la carne a la divinidad. Cada lugar es una estación del alma. Incluso el famoso Berghain —ese templo de la carne— aparece transfigurado en catedral interior. Donde antes se perdía la gente, ahora se encuentra el símbolo. Que Rosalía, catalana criada en Sant Esteve Sesrovires, haya conseguido convertir el club más inaccesible del mundo en metáfora de redención mística es, sencillamente, un acto de ingeniería simbólica digno del Vaticano.

Y sin embargo, entre tanto símbolo, lo que conmueve no es la teología ni la estética, sino la comicidad involuntaria del exceso. La artista se debate entre la Magdalena penitente y la DJ resucitada; entre el Sagrado Corazón y el BPM infernal. En la última escena la motomami se transforma en paloma, la más literal de las metáforas posibles. Una parte de nosotros se ríe; la otra llora de admiración. Rosalía consigue lo que ningún filósofo ha logrado desde Platón, hacer que el alma y el cuerpo de toda la generación Funko baile al mismo tiempo. En esta ocasión la paloma no es símbolo de pureza, sino del deseo sublimado que logra escapar de la red significante. Es el “objeto a” volando fuera del campo del lenguaje. Rosalía, que empezó siendo objeto de deseo global, aquí se eleva como sujeto del deseo: canta, se funde, desaparece, resucita. Y todo en una sola toma. Los devotos del psicoanálisis deberían tomar nota: no hay mejor ejemplo contemporáneo de la función del goce que este videoclip.

También hay humor, involuntario y programático. Rosalía se toma tan en serio su ironía que acaba resultando sincera. Cuando entona “Solo soy un terrón de azúcar”, uno no sabe si reír o llamar a su terapeuta. Esa dulzura que se funde con el calor es la metáfora perfecta del amor contemporáneo: brillante, instantáneo, autodestructivo. El amor, en su versión 2025, no necesita durar, solo viralizar. El gran mérito de Rosalía —más allá de su talento desmesurado para convertir una catequesis en videoclip— es que se ha atrevido a llevar el psicoanálisis a Spotify. Mientras otros artistas exploran “lo urbano”, ella explora “lo simbólico”. No hay sexo sin mística, ni beat sin inconsciente. En su universo, el goce es autoparodia redentora.

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13 Comentarios

  1. Generic Flipper

    Que le ha quedado un anuncio de colonia bastante apañao. Y acabamos antes.

  2. Oye, ¿otra vez tenemos que publicar algo sobre esta pedorra? ¡Joder, cómo envidio a los que hacían esto cuando Los Beatles! Mira, vamos a dárselo al Hipólito que cuando acabas de leerlo, no estás muy seguro de si adora al personaje o se ha cagado en sus muertos. Así salvamos algo la cara frente a un cada vez más reducido sector de nuestros lectores, al tiempo que cumplimos con nuestros compromisos empresariales”.

  3. Lacan — chupito

  4. «uno no sabe si reír o llamar a su terapeuta»
    Mejor llama a un terapeuta.

  5. Oscar Gonzalez Velasco

    La canción está muy bien y al menos es refrescante en el mundo musical tan repetitivo de hoy en día. Incluso arriesgado sí. Rosalía tiene una voz maravillosa.
    Dicho esto, no entiendo esta obsesión por intentar intelectualizarlo todo. Especialmente los productos de consumo.
    «Los lacanianos promulgan que “amar es dar lo que no se tiene a quien no lo es”. Rosalía lo traduce al lenguaje de TikTok: “te follaré hasta que me ames”.» Una conexión mediante un salto con triple mortal.
    Recuerdo cuando lo intentaron con las películas de Marvel, menuda lata con que si eran la sustitución del panteón griego. Después de ver cualquier peli de la saga te dabas cuenta de que tenían la profundidad de un pozo cavado con una pala.

  6. Kezabe Nadie

    Solo el tiempo es el mejor juez de artistas y de obras.
    A Charles Aznavour le dijeron de todo: que un tipo tan feo no podía cantar canciones de amor. Que «era un lisiado en el escenario», etc. De Leonard Cohen, que sus discos deberían incluir hojas de afeitar para cortarse las venas o que era una vieja bruja depresiva.
    Por eso, las hipolitadas me dejan más bien frío. Pasatiempo, del que a veces me siento culpable.

  7. E.Roberto

    Admiremos a Don Hipólito a escondidas, porque si se entera nos despelleja. Él está en un substracto elevado desde donde mira a los simples mortales con un ojo daltónico y el otro no convexo sino plano, acuciado por una acidez intestinal debido a su manjar preferido: Diccionario con salsa de ajo y ají picante. A mi me gustó, Don Hipo, especialmente por esa orquesta llena de sonoras humanidades. Y además, tiene ella una voz excelsa. Y si le gustó a mi hija quien me lo pasó, está todo dicho. Siempre un placer LEERLO.

  8. julitinchen

    esperando al Doppelgänger a ver….

  9. A mí el artículo me ha encantado, así que GRACIAS.
    Después de verlo pensaba que estaba sólo hasta que leí esta maravilla

  10. David Marín Jiménez

    A mí el videoclip me gustó. Y luego me fui a merendar.
    También opino que si se analiza con la suficiente concentración y durante el tiempo suficiente una lata de berberechos, acabas preguntándote «¿por qué el ser y no la nada?». Y lo mismo, hasta te respondes.

  11. elreylagarto

    Don Hipólito: su obsesión con Lacan es comparable a la del grupo PRISAlía con la susodicha.

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