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Liliane Dahlmann: «Algunos de los herederos de Isabel no quieren que se siga digitalizando los legajos del archivo porque consideran que hay una pérdida patrimonial»

Liliane Dahlmann para Jot Down

Liliane Dahlmann (Kaiserlautern, 1956) es la presidenta de la Fundación Casa de Medina Sidonia. Historiadora especializada en la Ilustración, ha centrado buena parte de su labor investigadora en el siglo XVIII español y en el legado archivístico de una de las casas nobiliarias más influyentes de Europa. Afincada en Sanlúcar de Barrameda desde 1982, llegó inicialmente para colaborar en la catalogación del archivo junto a la XXI duquesa de Medina Sidonia, Luisa Isabel Álvarez de Toledo, y nunca se fue. Desde entonces, ha desarrollado una intensa labor de conservación, investigación y divulgación del fondo documental, participando en proyectos sobre historia naval, pedagogía ilustrada o el vínculo entre patrimonio y territorio. Es autora de estudios sobre el Coto de Doñana, las primeras salinas de Sanlúcar y la almadraba de los Guzmán, y editora del Testamento político de España, un discurso filosófico del XIV duque de Medina Sidonia que anticipa ideas que, según ella misma defiende, conectan con la tradición crítica de pensadores como Nietzsche o Heidegger. Dahlmann ha compaginado su trabajo como gestora con una mirada historiográfica propia, interesada en los márgenes del relato oficial, en la microhistoria, en las redes de saber ilustrado y en el lugar de la mujer en el relato archivístico y nacional.

Nos reunimos con ella en una noble estancia del palacio sanluqueño de los Guzmán, para hablar de la Fundación, del archivo y sus riesgos presentes y futuros, de la XXI duquesa de Medina Sidonia, Luisa Isabel Álvarez de Toledo, y de la Ilustración española y algunos de sus protagonistas más relevantes y sangrantemente desconocidos. Con ella paseamos por el archivo, y nos muestra cartas y legajos manuscritos del XIV duque, Pedro de Alcántara Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, entre anotaciones al margen y sellos de época, evocando a quienes considera las tres figuras más fascinantes de la estirpe: el VII, el XIV y la XXI. Entre anaqueles, pliegos y memorias encuadernadas, Liliane despliega la historia de una España alternativa: la de quienes pensaron distinto, cuestionaron al poder desde dentro y dejaron constancia de ello. Una historia que se resiste a desaparecer, aunque aún no esté digitalizada. Aunque aún no se haya contado.

¿Cómo llega una chica de Kaiserslautern a Sanlúcar de Barrameda?

Yo llegué a España en el año… creo que fue en el 60, 61, siendo muy niña. Mi madre trabajaba para el consulado alemán en Tarragona y nos vinimos. Y a Sanlúcar vine en el año 82. Ya conocía a Isabel (duquesa de Medina Sidonia) y me propuso ayudarle en la última catalogación que le quedaba del archivo. Vine para dos meses y, bueno… aquí ya llevo cuarenta y tres años, ahora ejerciendo como presidenta de la Fundación Casa de Medina Sidonia.

¿Qué es la Fundación, a qué se dedica?

La Fundación se creó para conservar el patrimonio, tanto artístico como documental, de la Casa Medina Sidonia. No olvidemos que Isabel se encontró ese palacio medio derruido. El archivo, de hecho, estaba en Madrid, los documentos estaban en un guardamuebles en cajas, y en muy mal estado. Entonces ella, para evitar una dispersión del patrimonio como en el pasado, decidió crear la Fundación con el objetivo de salvaguardar lo que quedaba de la Casa Medina Sidonia. Y eso es, precisamente, lo que hace hoy en día la Fundación: custodiar y mantener este legado.

Y lo más visible de la Fundación sería el archivo histórico.

Exacto. El archivo histórico es, digamos, la parte central y más importante de la Fundación.

¿Y cómo se gestiona ese archivo? Estamos hablando de un archivo privado en principio pero gestionado por una Fundación en la que varios patronos son administraciones públicas.

Por supuesto. La Fundación está integrada por el Ministerio de Cultura, la Junta de Andalucía, la Diputación de Cádiz, el Ayuntamiento y también por el duque de Medina Sidonia, que es patrono vitalicio, y otro patrono que es un antiguo profesor de la Universidad de Sevilla. En total somos siete miembros que velamos por el cumplimiento de los fines fundacionales. El archivo ya está catalogado. Mi deseo ahora es que se digitalice, que entre de lleno en los siglos XXI y XXII, gracias a las tecnologías que tenemos hoy en día. Atendemos a muchos investigadores que nos visitan, desde Japón, Estados Unidos, Francia… vienen de todos lados a investigar.

¿Estamos hablando del archivo histórico privado más importante de Europa?

Sí, por supuesto. Es cierto que España tiene muy buenos archivos. Está, por ejemplo, el archivo de la Casa de Alba, que también es muy valioso, o el de la Casa de Medinaceli. Muchos de los archivos de la nobleza se han integrado en el Archivo General de la Nobleza, en Toledo. Pero nosotros todavía conservamos el archivo originario de la Casa Medina Sidonia, que además está integrado por otros archivos: como el de Villafranca, el de Montalto-Requesens y el del Marquesado de los Vélez.

Liliane Dahlmann para Jot Down

Has mencionado el tema de la digitalización. Preocupa mucho el futuro del archivo, tanto en el entorno de Sanlúcar como en los círculos académicos vinculados al archivo, especialmente a raíz de los pleitos entre los herederos. Si no me equivoco, parte del freno a esa digitalización proviene precisamente de esos litigios.

Evidentemente. Tengo toda la correspondencia de Isabel que ya en vida quiso digitalizar el archivo, pero tras su fallecimiento no se pudo llevar a cabo. En un momento dado los miembros del patronato decidimos impulsar la digitalización. Pero la administración es muy lenta. Tan lenta que hasta el año 2017 o 2018 no se firmó el convenio para comenzar. Así han pasado diez años, perdidos, en los que se podría haber hecho mucho. ¿Y qué ocurre en 2018? Pues que se dicta una sentencia firme —que nosotros no recurrimos— que adscribe parte de los bienes a los demás herederos, entre los cuales me encuentro como viuda de Isabel. Y claro, algunos de esos herederos no quieren que se siga digitalizando porque consideran que hay una pérdida patrimonial que socava sus derechos hereditarios. Es algo totalmente absurdo, pero es lo que hay. Sí que se logró digitalizar una parte: 550 legajos, un uno por ciento o poco más del total. La Junta de Andalucía incluye todos los años en sus presupuestos unos 150.000 euros para seguir digitalizando. Pero nos encontramos con ese obstáculo, porque ahora mismo esto es un proindiviso. Es verdad que la Fundación gestiona y mantiene el patrimonio, pero hay más herederos. Y eso exige su anuencia. Así que, lamentablemente, ese es el problema de que no podamos seguir digitalizando la documentación, y con ello ponerla al servicio de la ciudadanía. De ahí la importancia de que estos bienes pasen a dominio público. Y en eso estamos trabajando: con las administraciones y con los herederos. Algunos quieren que se les pague su parte. Ahora mismo tienen el tercio, por ejemplo, de cada mueble, pero ese tercio no se puede separar ni vender. Nosotros ganamos el pleito en el sentido de que nada puede salir de aquí, que es un patrimonio indivisible. Ellos ganaron, entre comillas, la parte económica, pero tampoco… porque la Fundación no puede pagar. Así que tienen que ser las administraciones públicas las que asuman ese coste. Solo así el archivo podría pasar a dominio público, que es su destino natural.

Se trata de un archivo muy importante. Aquí está la historia de este país, de Europa, del Mediterráneo y del norte de África y de Portugal. Creo que ya es hora de que las administraciones públicas se mojen y le den al archivo el destino que merece.

Eso además aseguraría la viabilidad y el futuro tanto de la Fundación como del legado.

Exactamente. Una cosa no está reñida con la otra. Lo cierto es que, en manos públicas, el archivo se digitalizaría y se pondría a disposición del mundo. La administración sabría qué hacer con él, tiene recursos para mejorar todo.

¿Cómo se financia la Fundación?

Hay una parte que se financia gracias a nuestra pequeña hospedería-cafetería, y otra parte procede de las administraciones públicas. Sin esa ayuda, sería imposible sostenernos. Debo resaltar que la Diputación de Cádiz es, hoy por hoy, la que más apoyo nos ofrece, junto con el Ministerio de Cultura y la Junta de Andalucía. El Ayuntamiento da una pequeña ayuda, dentro de sus posibilidades, pero sería insuficiente para seguir manteniendo este patrimonio tal y como está.

Aunque hablamos de la Fundación, en el fondo todo gira en torno al trabajo y al tesón de la vigésima primera duquesa de Medina Sidonia, Luisa Isabel Álvarez de Toledo. ¿Podrías hablarnos un poco de esta figura ya histórica y lo que supuso para el archivo, para Sanlúcar de Barrameda y para este espacio?

Isabel está en una nebulosa histórica que aún no se ha terminado de explorar del todo. Fue una mujer muy importante desde el punto de vista de la lucha por los derechos civiles, una de las primeras en alzarse contra el régimen de Franco. El otro día, en televisión, dijeron que Ana María Matute fue la primera mujer en divorciarse en España. No fue así. Fue Isabel, ella fue la primera mujer en conseguir el divorcio en este país. Era una adelantada en muchísimos aspectos. Desde muy joven tuvo conciencia de que los documentos que heredó tras la muerte de su padre debían tener un destino que fuese más allá del patrimonio privativo. Comprendió que esa documentación debía servir a la historia. Que debía estar al alcance de investigadores, de personas que quisieran comprender su identidad, reconocerse como individuos dentro de una sociedad, en este caso, la española. Ella no veía el documento como una simple propiedad patrimonial. Veía que el documento construía una narrativa. Y esa narrativa es la historia de este país. Cuando ella hace los índices, que es algo muy interesante, ya en ese momento rompe con la tradición archivística clásica. Antes, los archiveros eran figuras asépticas. Solo recogían los grandes hechos de la historia: los reyes, los nobles… El discurso del poder. Isabel, en cambio, ya entonces se fijaba en los marginados, en los enfermos, en la mujer, en los huérfanos. Isabel cuando cataloga ya se fija en los invisibles. Y eso es algo que hoy en día apenas está empezando a hacerse en la archivística moderna o incluso en la narrativa historiográfica actual. Los índices de Isabel merecerían, solo ellos, una tesis doctoral. Por cómo están concebidos, por la mentalidad con la que fueron elaborados. Porque el archivero no es una figura pasiva. Fija y marca los criterios a la hora de la catalogación. Y desde muy joven Isabel quiso que ese archivo estuviera aquí, en Sanlúcar. Compró la mitad de esta casa a sus tíos, la otra mitad la heredó. Con apenas veinte o veintidós años ya soñaba con crear una entidad que protegiera estos bienes. Y eso también es muy revelador.

En cierto sentido, preveía lo que podía haber acabado ocurriendo. Si no me equivoco, le impactó mucho la demolición del palacio del duque en Sevilla, hoy un Corte Inglés.

Sí, sí. Se indignó profundamente igual que cuando tiraron el castillo de Conil. Incluso llegó a ser imputada porque la acusaron de haber mentido. Tuvo que presentar planos para demostrar que tenía razón. Desde siempre fue muy consciente de que el patrimonio, tanto arquitectónico como documental, forma parte del ser de este país.

Liliane Dahlmann para Jot Down

Se podría decir que fue una de las primeras patrimonialistas de España.

Sí, absolutamente. Y basta leer las cartas que escribió nada más volver del exilio. Su obsesión era que el palacio con todo lo que contiene fuese declarado monumento BIC (Bien de Interés Cultural). Escribió al ministro de turno, que por entonces era Ricardo de la Cierva, y le dio sus motivos. Uno de ellos era que, como sus antepasados habían perdido tantos bienes por la venta masiva de patrimonio, ella quería que al menos lo que quedaba entrase en una figura jurídica de protección. Y lo consiguió en 1978, cuando se declaró el palacio Bien de Interés Cultural. Fue de las primeras en pedirlo.

Y luego vendría el paso de la Fundación.

Ese fue el segundo paso. Isabel intentó crear la Fundación a partir del año 1979, mucho antes de que yo llegara. Pero hacía falta encontrar el encaje jurídico para llevar a cabo el proyecto. Pero están los avatares políticos y administrativos. A veces no casaban con la ideología ni con la visión que tenía Isabel. Por eso hubo tantos problemas hasta que, en 1990, logramos crear la Fundación Casa Medina Sidonia con el apoyo de la Universidad Complutense.

Muy vinculada a esa visión patrimonialista estaba también su labor como historiadora.

Cierto, Isabel tiene una obra historiográfica muy sólida. Pero, al no formar parte de ninguna institución académica, siempre tuvo dificultades para publicar sus obras. Además, la historia que hacía no era cómoda. Era crítica. No era una historia oficial. En los años sesenta, por ejemplo, aún se glorificaba a los Reyes Católicos como si fueran figuras incuestionables. Isabel trató de contar otra historia. Una historia con una visión crítica de algunos hechos. Felipe II, el gran monarca, el gran gobernante. Sí, cierto. Evidentemente lo fue… pero Isabel también veía las sombras. Y eso no estaba bien visto. O no se quería ver. La línea historiográfica que se marcaba en su momento desde la Academia era muy oficialista, muy de discurso de Estado. Y ahora, curiosamente, estamos viendo cómo ese enfoque oficialista se vuelve a recuperar. Hoy se blanquea mucho más la historia, se simplifica. Por eso Isabel tuvo muchas dificultades a la hora de publicar. Es verdad que la Universidad de Cádiz le publicó el libro Alonso Pérez de Guzmán, que es un retrato impresionante de la época y de esta casa hasta en el mínimo detalle. También en eso fue pionera. Isabel se fijaba en cosas que nadie atendía entonces: cómo educaron a don Alonso, cuál era el menú durante una cacería con Felipe IV, en Historia de una conjura… Detalles que hoy se consideran fundamentales en la microhistoria, pero que en su momento eran vistos como irrelevantes. La mirada de Isabel fue muy novedosa desde el punto de vista historiográfico, muy descriptiva y muy pegada a lo concreto. Y esa obra, Alonso Pérez de Guzmán, sirvió de base a muchos investigadores posteriores para abrir nuevas líneas de trabajo.

Como ocurrió también con sus investigaciones sobre el predescubrimiento de América.

Ella sostenía —y aportaba documentación para ello— que América no fue descubierta por Colón, sino que ya antes hubo contactos, incluso relaciones comerciales, con el continente. Árabes, marineros de Huelva… Isabel investigó esos vínculos. Por ejemplo, sostenía que el tomate ya había llegado antes de lo que se suele contar. O que ciertos tipos de añil, como la menegueta, ya estaban recogidos en los aranceles españoles sesenta años antes de las expediciones atlánticas. Es un trabajo muy complejo. Se basaba en el estudio de mapas antiguos, topónimos, en reinterpretaciones geográficas que contrastaban con las versiones oficiales. Ella conectaba topónimos situados tradicionalmente en África o Guinea con zonas de Venezuela o Canarias. La lógica era clara: ¿qué significa realmente «descubrir»? A veces «descubrir» es sinónimo de «poseer», de apropiación. Isabel rechazaba esa idea. Defendía que ya existía un intercambio comercial silencioso. Que las propias corrientes marinas llevaban a América. Que incluso los fenicios pudieron llegar. El otro día me escribieron desde Estados Unidos, desde la comunidad musulmana, interesándose por los trabajos de Isabel. Porque ellos también han encontrado evidencias de presencia musulmana en Colombia mucho antes de la llegada oficial de Colón.

Tenía un enfoque siempre muy crítico con la historia oficial. Y eso le valió el rechazo de los medios académicos más oficialistas. Muchas veces fue silenciada. Cuando publicó África versus América, lo que pedía era algo tan sencillo como un debate. Quería que los historiadores que no estuvieran de acuerdo presentaran sus pruebas, contrastaran datos. Nadie quiso hacerlo. Y aun así, hay mucha gente que está trabajando en esa línea. Yo he hablado con historiadores de primer nivel y todos reconocen en privado que hay base para esas teorías. Pero no lo dicen públicamente. Temen arruinar su carrera, su reputación. Así que es un tema incómodo, y nadie quiere tocarlo. Pero hay trabajos en este sentido que están saliendo. Tengo aquí algunas investigaciones muy interesantes que me han hecho llegar. Tesis sobre el predescubrimiento, sobre la llegada temprana de europeos y africanos al continente americano.

Es un tema que sigue siendo difícil de abordar, incluso hoy.

Sí. Además África versus América es un libro muy exigente. Isabel se apoyaba en fuentes muy especializadas, y para entender algunos aspectos es necesario saber mucha historia para poder seguirle el ritmo. Yo siempre le decía: «¿Por qué no haces algo más accesible, más divulgativo?». Pero ella me respondía: «No. Tiene que ser así, muy riguroso. Porque si lo novelamos o lo hacemos más sencillo, nadie me va a creer». Desde mi punto de vista, fue un error. Yo creo que habría tenido que escribir una versión más cercana al gran público. Quizás hoy lo habría hecho. Con las redes sociales, con las plataformas actuales… seguramente habría aprovechado esta tecnología para llegar al público no especializado. Isabel era una comunicadora nata. Tenía una precisión y claridad para explicar lo que quería transmitir, y eso hacía que conectase muy bien con la gente. Si hubiera estado en esta época, estoy segura de que habría usado las redes sociales.

¿Crees que hay paralelismos entre lo que ella hizo y figuras como Carlo Cipolla?

Sí. También el libro El queso y los gusanos, de Carlo Ginzburg, rompió los moldes de la historiografía. Luego vino Cipolla y Quién rompió las rejas de Monte Lupo, con otro enfoque también muy divulgativo. Giovanni Levi, que estuvo aquí, en el archivo, fue uno de mis profesores cuando hice el doctorado. Son libros que, sin dejar de ser rigurosos, ponen el foco en los detalles, en lo cotidiano. Y ahora hay muchos investigadores que están haciendo trabajos muy interesantes, que están reescribiendo la historia desde abajo, desde el detalle. Están dándole la vuelta a la narrativa dominante. Podemos decir que, a partir de la Escuela de los Annales, la manera de hacer historia toma un nuevo rumbo. En el archivo observo que los investigadores se centran cada vez más en hacer una historia que repiensa el papel del individuo en la sociedad que le tocó vivir.

Y tú también eres historiadora.

Fundamentalmente yo siempre me he centrado en el siglo XVIII, la Ilustración. Me interesa muchísimo el cambio de mentalidad, el cambio de paradigma, tanto desde el punto de vista social como filosófico, que se da durante el periodo ilustrado. Además, aquí —en este archivo— hay un fondo que es una maravilla, que desmonta muchas ideas prefijadas sobre esa época. Esa imagen idealizada de Carlos III como el rey ilustrado, por ejemplo… pues resulta que los verdaderos ilustrados, muchas veces, eran otros. Y eso este archivo lo demuestra muy bien. Por ejemplo, el XIV duque de Medina Sidonia fue otro adelantado dentro de su familia. Él, junto con el padre Burriel y otros ilustrados, participó en la fijación de las primeras normas de paleografía. Llegó a catalogar una parte del archivo junto con su secretario Francisco de Salanova porque creían que esa documentación no solo servía para administrar el territorio, sino que debía servir para hacer historia. Es muy interesante la correspondencia que mantiene el duque con otros ilustrados como fray Martín Sarmiento o el propio Burriel. Se trata de un material que, además de tratar sobre la propia casa de Medina Sidonia, replantea por completo la concepción del documento y del conocimiento. Y al mismo tiempo nos permite conocer cómo era la sociedad de aquel entonces. Lo que sentían, sus deseos, anhelos, vanidades… Son cartas entre nobles, ilustrados, gente de los pueblos del Estado. Una auténtica radiografía del siglo XVIII.

Pero también has trabajado otros temas.

He hecho investigaciones sobre el Coto de Doñana, sobre las primeras salinas de Sanlúcar, y una de mis últimas publicaciones trata sobre la almadraba de la casa ducal de Medina Sidonia. Intento que mi trabajo sea muy divulgativo. Mi objetivo es dar a conocer lo que hay en el archivo, que es en lo que me he centrado en los últimos años. Lamentablemente, por problemas personales no puedo dedicarme al cien por cien a la investigación, como me gustaría. Además, la gestión del archivo es muy compleja. Eso para mí, como historiadora, es bastante frustrante.

¿En qué sentido?

Por ejemplo, con un solo grupo de legajos podría pasarme un año entero trabajando. Y tengo que verlos de refilón. Al final, termino disfrutando de estos documentos a través de otros investigadores que vienen, trabajan y me envían sus resultados. Muchas veces tengo la tentación de decirles: «Por favor, no trabajes este documento, que lo estoy investigando yo». Pero evidentemente, no lo hago. Al fin y al cabo gestiono el archivo y tengo que dar acceso a todo el mundo. Y me da tristeza no poder dedicarle el tiempo necesario a la investigación. Me levanto muy temprano, pero las horas son las que son. Para una investigación seria necesitas paz mental, necesitas, por lo menos, cinco horas seguidas de concentración y luego tiempo para escribir. Pero si en esas cinco horas te llega un burofax, una demanda, se ha roto una tubería… ya todo se va al traste. Es frustrante, sí.

Liliane Dahlmann para Jot Down

¿Como especialista en la Ilustración, cómo ves la Ilustración española frente a la europea, especialmente en relación con la ciencia? ¿Íbamos por detrás?

Pues mira, como casi todo en este país: había gente muy adelantada, con un pensamiento brillante, y siempre se encontraba con el freno de la administración. Esa es la pura verdad. Se ve cuando lees las cartas de ilustrados como Jorge Juan. El propio XIV duque, Pedro de Alcántara de Guzmán, era miembro de la Royal Society de Londres. Fray Martín Sarmiento era otro adelantado. Yo hice varios trabajos sobre su tratado de pedagogía, sobre los sistemas educativos del momento, y no hay nada que envidiar a lo que luego implantaría, por ejemplo, Montessori en Italia. Pero siempre se enfrentaban al muro del poder. Y en este archivo puede verse claramente el antes y el después de la expulsión de los jesuitas que, en el ámbito de las ciencias y las humanidades, representaban un pensamiento avanzado.

¿Cómo se refleja ese momento?

Se ve clarísimo. El motín de Esquilache fue un motín político, y este duque estuvo implicado. Después de aquello, se marchó lo mejor del país. Muchos se exiliaron a Sudamérica, a Italia… y todo eso queda registrado en esta documentación. De repente, mis ilustrados desaparecen de escena. Se evaporan. El XIV duque trajo aquí la Encyclopédie de D’Alembert y Diderot, y la distribuyó por los pueblos del Estado. Creía que la gente tenía que saber: que el agricultor debía conocer el campo, que quien servía para estudiar debía estudiar. Querían sentar las bases para que España saliera de esa oscuridad perpetua, del tenebrismo impuesto por la Iglesia y por la propia monarquía.

¿Y él estaba en la corte?

Ocupó cargos porque era su deber. Pero hay una carta maravillosa donde dice: «Ahora tengo que ir a cazar… pero lo que yo querría es estar en casa, junto al fuego, leyendo y conversando». Murió amargado. Y además, su final fue muy trágico. Yo tengo que terminar este libro como sea.

¿Estás escribiendo un libro sobre él?

Sí, sobre la Ilustración, pero lo uso a él como hilo conductor. Desde que nace hasta que muere, en 1779. Cuando muere su mujer —no tenían hijos— pide salir de la corte. Quiere ir a París, escapar de alguna manera de la situación que le oprimía. Después del motín de Esquilache, no soporta más. Entonces se marcha hacia la frontera con Francia, pero muere en un lugar llamado La Venta de los Monjos, cerca de Villafranca del Penedés, justo antes de cruzar la frontera.

A través de él se cuenta otra historia de España. Una historia más humana, más crítica, más ilustrada. El destino de este señor es muy de novela. Él admiraba mucho a Voltaire, muchísimo. Se traía los libros prohibidos en sombreros, y los traía de Francia. Una vez, la Inquisición, siendo joven, le registró la casa y le quitó toda su biblioteca. A partir de ese momento, se construyó un aljibe, y ahí guardaba los libros prohibidos por la censura del momento.

Son personajes que dan mucho juego, pensaron en una España distinta. Él es miembro de la Maritense y su discurso de entrada —que yo lo estoy trabajando ahora desde la vertiente filosófica, un poco complejo pero muy interesante— lo titula El testamento político de España. Y no veas lo que es. Sus reflexiones son de rabiosa actualidad. Pone en solfa todas las instituciones, los jueces, la monarquía, el poder eclesiástico, la usura… Es un documento maravilloso. Nosotros lo editamos en la Fundación, con una introducción mía, pero hace muchos años. Ahora lo estoy trabajando desde otro punto de vista, comparándolo con pensadores como Nietzsche en algunos aspectos, o incluso con Heidegger. Encuentro conceptos en el pensamiento de Heidegger que ya anticipaban estos ilustrados. Evidentemente somos una cadena. Heidegger proviene de un eslabón que nos configura, también a nosotros, y eso es imparable. Es un fondo documental muy interesante, que te permite ver a la sociedad, cómo se actuaba, etc. Aparecen madres solteras, hijas que no se quieren casar, maridos que le ponen los cuernos a la mujer, individuos bondadosos y gente malévola… la vida.

Volviendo al inicio de la pregunta, entonces España, en este sentido, no estaba tampoco tan atrasada respecto al resto de Europa como se suele creer muchas veces.

Teníamos grandes pensadores y hubo buenos marinos. Lo que pasa es que España siempre es contradictoria, y eso lo representó muy bien Goya en su dibujo: «El sueño de la razón produce monstruos», refiriéndose precisamente a esa Ilustración que al final desembocó en la venida de Napoleón, en las luchas internas de la propia monarquía, de la propia casa real. Es un poco la historia de este país, independientemente de que hubo, evidentemente, grandes pensadores como el padre Feijóo —otro ignorado de la historia— o Mayans, otro personaje digno de resaltar.

Liliane Dahlmann para Jot Down

Isabel luchó mucho por dar esta versión diferente de España que no era la que tenían en los años setenta u ochenta.

Claro, y contarla. Lo que pasa es que ella ponía más el énfasis en la crítica, pero no porque ella lo considerara sin más, sino porque veía aspectos en la documentación que así lo exigían. Ella consideraba que realmente quienes gobernaban en este país caían en errores graves. Fue una de las primeras investigadoras que habló de la esclavitud. En el archivo se puede estudiar muy bien a los esclavos. Ahora tengo un investigador, Antonio Moreno Ollero, que es un gran investigador de esta casa y ha trabajado todo lo que tiene que ver con los esclavos y sus modos de vida dentro del ámbito de la casa ducal de Medina Sidonia.

¿Qué le ofrece el archivo a nivel de información? Has hablado de los esclavos, del entorno histórico… ¿pero qué ofrece a los historiadores cuando vienen? ¿Qué es lo que buscan?

Ahora mismo acaban de hacer una tesis sobre los barcos del quinto duque de Medina Sidonia. Es un aspecto poco conocido. Hay una gran tesis que trata todo lo que tiene que ver con la intervención de Felipe II y el duque de Medina Sidonia, don Alonso Pérez de Guzmán, en la política y defensa del Estrecho de Gibraltar. Porque eran señores que gobernaban un territorio, el Estrecho, que fue una vía de comunicación entre dos continentes. Todo eso hay que estudiarlo minuciosamente, no a gran escala, sino en aspectos muy concretos. Se ha estudiado lo que es la diplomacia entre España y el norte de Marruecos, la Armada Invencible, la anexión con Portugal, la política del Mediterráneo desde los Reyes Católicos, la historia de Melilla, de Ceuta… cómo se ejecutaban las órdenes.

Mucha gente puede pensar que este es el archivo de una casa noble, y que por mucha historia que tenga se suscribe solo a esa familia. Pero realmente no es así.

Lo hablábamos antes: el documento no habla solo de una familia —que también—, pero es que esa familia gobernaba territorios enteros. Por ejemplo, los Álvarez de Toledo aportan a la casa Medina Sidonia el archivo de los marqueses de Villafranca; fueron virreyes de Nápoles y Sicilia, entre otros cargos. Y eso nos aporta documentación sobre la política hispano-italiana, pero también sobre el mecenazgo, las obras de arte que se traían o llevaban, los artistas que promovían… Entonces nos habla de arte, de aspectos más íntimos, en qué se gastaban el dinero, si eran derrochones, austeros, avaros, nos habla de las relaciones con sus familias, con sus hijas, con las mujeres…

Y luego está la gran política. El rey decía: «Hay que reclutar mil hombres para la leva». Y el duque le respondía: «No se puede. ¿Por qué? Porque ha habido peste en tal sitio», o porque ha habido huida de personas. Todo eso está documentado. Te habla de la vida cotidiana. Y tú tienes que ver eso en la documentación. Porque la documentación no es algo que te diga «la verdad» de forma directa. Tú tienes que encontrar esa verdad. Y para eso tienes que ver varios documentos, especialmente los que no fueron escritos para la historia. Por ejemplo, una carta puede estar manipulada, pero una orden, o unas cuentas, no. Aquí tenemos un fondo increíble de todas las cuentas del Estado y las particulares de la casa. ¿Y de qué nos hablan las cuentas? De cómo vivían, en qué se gastaban el dinero, dónde se encontraba una persona en un momento concreto. Por ejemplo, la historiografía dice que el noveno duque estuvo en Sanlúcar en tal fecha, pero las cuentas demuestran que en esa misma fecha pagó una propina en Valladolid. Entonces no podía estar aquí. ¿A quién te crees? ¿Al que falsea para decir que el señor estuvo aquí, o al contable? Las cuentas te dan una información muy veraz.

Este investigador del que hablaba, Antonio Moreno Ollero, ha reconstruido la Sanlúcar de la época de Magallanes solo mirando cuentas: qué comerciantes había, dónde vivían, en qué trabajaban. Ha hecho una labor muy meticulosa. Acaba de sacar un artículo sobre los tartaneros, la calle de Tartaneros: ¿por qué se llaman así? Los tartaneros eran los pescadores que venían a pescar con sus tartanas a Sanlúcar, procedentes del sur de Francia, sobre todo de Marsella y Génova. O la calle de la Sastrería, porque ahí estaban el flamenco Giacome, sastre, y otros tantos flamencos, franceses, y tenían sus talleres de sastrería. Todo eso te lo dan las cuentas. O incluso los amantes que pudo tener algún duque: porque aparece anotado el gasto de una sortija para la actriz Amarilis, de la compañía de teatro de Tomás Fernández. La documentación te va a hablar de lo que tú le quieras sacar. El documento nunca es inocente. La mirada es la que tiene que buscar.

Liliane Dahlmann para Jot Down

Y con esa mirada Isabel también le dio valor a la mujer que por entonces apenas aparecía como protagonista en los libros de historia.

Luisa Isabel, por ejemplo, siempre defendió que la mujer sí tenía sus derechos. Yo siempre he discrepado con Isabel en ese punto, pero es verdad que en la documentación aparecen zapateras, herreras, mujeres que herraban… sobre todo muchas mesoneras, que era una de las profesiones más comunes, lavanderas… Y sí, había mujeres como Ana Mallarte, que tenía su propia ganadería. Siempre ha habido mujeres que se salían de la norma. Pero eso no tiene nada que ver con lo que hoy entendemos por derechos de la mujer o feminismo.

Ella iba buscando esos perfiles.

Y es cierto que las mujeres aparecen registradas en la documentación. Ahora se están estudiando mucho más. Por ejemplo, han salido algunos trabajos sobre las mujeres de la casa Medina Sidonia: doña Ana de Aragón, doña Ana de Silva, la Sotomayor… Están saliendo perfiles interesantísimos. Mujeres que podían gobernar perfectamente el estado, incluso a veces mejor que el marido. Ahora falta encontrar documentación sobre la campesina, la mesonera… Entrar más al detalle. Y para eso, este archivo, en cuestiones muy puntuales, también puede servir. Por ejemplo, el XIV duque era muy amigo del general Ricardo, cuya mejor amiga era una librera del Puerto de Santa María. De él hay una carta que dice: «No me entiendo con nadie, pero con fulanita… me entiendo perfectamente bien». Esta señora, además de hablar varios idiomas, era una erudita, a la que compara con Cristina de Suecia.

¿De qué año estamos hablando?

Del siglo XVIII. Y la mejor amiga del duque era la duquesa de Veragua, que sí logró ir a Francia y fue una mujer cultísima. Lo que pasa con la historia de la mujer es que simplemente no se han estudiado. No se ha hablado de ellas. No se ha hecho historia con ellas. Se ha olvidado a la mitad de la humanidad. Igual que de los niños: cómo se educaban, qué juguetes tenían… Eso lo podemos ver muy bien con el duque, porque a él le regalaban libros. A través de la testamentaría se puede ver lo que leían, lo que gustaban. Y eso también nos habla de los gustos ideológicos o intelectuales de la época. Es interesantísimo.

Y esto que estás contando hace aún más sangrante que todo esto no se pueda digitalizar…

Es que fíjate tú, si eso estuviese digitalizado, desde Alaska podrían acceder a esta documentación. Se podría divulgar figuras como la del XIV duque…

Realmente, más allá de dimes y diretes, digitalizar el archivo no hace más que poner en valor el archivo.

Exacto. Y hay otra cosa: dar seguridad. No olvidemos que esos documentos han llegado hasta nosotros. Pero si desaparecen, desaparece el conocimiento. No me gusta hablar de este tema, pero es así, si hubiera algún desastre el conocimiento se esfuma. Y vamos hacia un mundo como en Fahrenheit 451, donde la gente será ágrafa. No tendrá referentes. Y eso es peligrosísimo. En cambio, si tienes tu copia digital, ahí está.

Antes hablabas de la expulsión de los jesuitas y aunque sea ya un cliché, hoy todo lleva a Trump que ahora está atacando a las universidades y provocando una huida de muchos profesores e investigadores.

(Ríe) Sí, pero personajes como Trump ya los hemos tenido. Trump es como el duque de Olivares. Lo que sembró fueron revueltas: en Cataluña, en Portugal… Encerró al noveno duque, llevó a la muerte al marqués de Ayamonte. Gente con una visión del poder destructiva. Y todos esos comportamientos, actitudes y manejos del poder están reflejados en la documentación de este archivo.

¿Lo ves claramente en la documentación?

Lo ves en la correspondencia. Cuando tú investigas, te anticipas. Por ejemplo, alguien le escribía una carta a este señor, y él podía pensar que esa persona era de fiar. Pero tú, como ya has leído más cosas, te das cuenta de que es una mala persona que lo quiere engañar. Y eso lo ves. A veces no lo puedes poner por escrito, pero lo intuyes claramente.

Es curioso, porque todo el mundo conoce al duque de Olivares, pero esta es la primera vez que escucho hablar del XIV duque.

Ahí está la pena. Por ejemplo, Fray Martín Sarmiento fue un benedictino que salió muy joven de Galicia y, ya mayor, hizo un viaje de vuelta. De ese viaje salió: la etimología gallega, tratados sobre vegetación, minerales… auténticos tratados científicos sobre Galicia. Fue el primero que explicó cómo se pescaban los atunes. Porque fíjate, los propios duques perdieron la memoria histórica de su casa. En 1516, los duques sabían manejar una almadraba. Pero generaciones después, ya no. Y hubo que explicárselo todo otra vez. ¿Quién lo hizo? Fray Martín Sarmiento. Dejó un tratado precioso sobre los atunes, con referencias a Plinio, Aristóteles… Además, los alumnos de Linneo, cuando venían a España, iban a su celda. Fue una figura con trascendencia internacional. Tiene un monumento en California, donde también se pescan atunes. Pero aquí nadie sabe quién es. Gracias a que el XIV duque salvó esa documentación de la celda, hoy tenemos doce legajos con todos los saberes de Fray Martín Sarmiento. Si no llega a ser por él, y por Campomanes, no sabríamos nada de este personaje.

Si tuvieras que elegir un personaje que te fascine de este archivo entiendo que sería este, el XIV duque, que además, en cierto sentido fue un precursor de la propia duquesa.

Sí, sí. Lo es. Pero es que hay muchos más en esta casa. Está el séptimo duque, que fue un gran personaje. Este señor de aquí (señala un retrato), el de la Armada Invencible, uno de los grandes marinos de la época. Él traza las rutas a Felipe II, a América. Está el XIV duque, siete y siete, y está la XXI duquesa. Y los tres personajes son fascinantes, se salen del texto.

Luego está el octavo duque, don Manuel, el hijo del séptimo, que ha pasado un poco desapercibido… Pero fue amigo de Góngora, de todos los poetas del círculo ayamontino, de Lope de Vega. Él mismo fue poeta. Estuvo casado con una hija de Lerma. Ha pasado a la historia como un arribista, cortesano, pero al final se retira a Sanlúcar y no quiere saber nada más de la corte. Es un personaje que me gustaría que se estudiara más. Y luego están las mujeres, que se están empezando a estudiar como decíamos antes.

Liliane Dahlmann para Jot Down

Ya para terminar, hemos hablado del papel de la duquesa como patrimonialista, como historiadora… y queremos terminar con la faceta de la duquesa como novelista. Aprovechando que por fin se ha publicado en España La Base, querríamos que nos hablaras también un poco de esa faceta suya de escritora, sobre la que hay unanimidad en que era una gran narradora.

Isabel tenía una gran facilidad para empatizar con distintos estratos sociales. Eso no es nada fácil. Y ella sabía retratar los distintos ambientes. Podía retratar igual de bien a un noble clásico como a un campesino. ¿Por qué? Porque tenía un don, un instinto, y sobre todo una gran empatía. Ella intuía, sí, pero también sabía mucha historia. Y sabía que si un individuo hace esto, por regla general pasará esto otro. Esa faceta es muy interesante porque Isabel hace un retrato de la sociedad. Y lo que siempre le interesó, también en sus libros de historia, fue dar voz a la crítica, esa que hace falta para que algo cambie. Yo siempre digo que son personas que aman profundamente a su país precisamente porque retratan sus defectos.

Y es consciente de ello desde que era muy pequeña. Hay unos diarios de la madre de Isabel, que es un personaje digno de estudio. Carmen Maura, hija de Gabriel Maura y nieta de Antonio Maura. Fue pintora, escribió poesía, novela. Tiene una muy interesante: Las vidas sin Dios. Carmen Maura le dio a su hija una educación muy libre. Isabel nació en el exilio, recibió una educación nada encorsetada. Pero cuando pasa a vivir con su abuela, la educaron como una “marquesita”. Su madre, sin embargo, le dio esa educación abierta. Desde muy pequeña le hacía ver la diferencia entre un campesino y el hijo de un cónsul. Eso lo vemos en el diario que escribe. Carmen escribía lo que hacía su hija cada día. Por ejemplo, todos los días iba un chiquillo a llevarle la leche de cabra con la que alimentaban a Isabel. Ella se hizo muy amiga de ese niño. Y cuando a Isabel la llevan a casa de los hijos del cónsul, no quiere ir. No le gusta. Prefiere estar en la calle y jugar con el niño. No le va ese ambiente modoso, reservado. Desde niña fue muy rebelde. Si no quería algo, lo decía. Si simpatizaba con alguien, se le notaba. Y si no, también. Esa sinceridad la tuvo desde siempre.

Creo que eso le viene de la madre. Y cuando llegan a Sanlúcar se acentúa. Aquí es cuando Isabel ve la pobreza de verdad. Su madre fue enfermera militar y monta una pequeña enfermería, aquí, en el palacio. Isabel ve cómo llegan las madres con sus hijos pequeños. En el office se pusieron las cunas de las madres solteras, de madres sin recursos. Y eso lo vive Isabel desde muy pequeña. No necesitaba ver morir a nadie para saber que había hambre. Sabía perfectamente que había niños que necesitaban los cuidados de terceros y otros que lo tenían todo. Isabel jugaba con los niños en la calle. De hecho, todavía vienen algunos, ya mayores, a recordarla: «La duquesa nos daba unos pelotazos…». Esa educación de su madre fue fundamental. Y luego, ya de adulta, sí ve que hay gente que realmente muere. Gente que muere de hambre, como ahora en Gaza. Por eso Isabel, desde joven, tiene esa empatía y ese sentido de justicia. Decía: «Yo no tengo mucho, pero como tengo más que otros, algo tengo que dar». Ese era un poco su lema.

Y lo canaliza por dos vías: la historia, y también la literatura.

Utiliza la historia para conocer el pasado, y la literatura para provocar una reacción. Porque ella sabía escribir bien, y sabía que eso podía ser un revulsivo. Lo que cuenta en sus novelas es una llamada de atención. Y hay que tener en cuenta el contexto: era una dictadura. Escribir así en democracia tiene mérito, cuando se hace bien. Pero hacerlo en dictadura y cuestionar al juez, al cabo de la Guardia Civil… Eso sí es difícil. De hecho, su novela La huelga, su primera, le provoca el exilio. Igual que los artículos que escribe sobre la cárcel.

¿Y La base, que no se edita en España hasta ahora…?

La base no se edita en España. Quieren publicarla, pero no se atreven. Por ejemplo, Palomares la quiso publicar Ariel, pero justo la acababan de procesar. Le escribieron diciéndole: «Ahora mismo no podemos arriesgarnos. Ya tenemos otra demanda por otra novela». Y así quedó. Palomares no se publica hasta el año 2000, por la UNED. La base se publicó solo en Argentina, Grecia, Portugal y Francia, por supuesto. Isabel siempre tuvo muchas dificultades. Incluso hace dos versiones de La base. La primera se la iban a editar Ediciones del Ebro, pero no llegaron a un acuerdo. Luego hace una segunda versión, que es la que se publica finalmente. De la primera no tenemos el manuscrito, debió quedarse en Francia. La editorial Grasset le edita el libro con bastante éxito. Y La huelga tuvo muchas ediciones.

Luego tuvo otra novela, Presente infinito, que la escribe cuando regresa del exilio. La publica una pequeña editorial de Sevilla. Sin mayor repercusión. La Esfera de los Libros también quiso publicarla, pero no llegaron a un acuerdo. Tiene otra novela, muy dura, inspirada en los crímenes de Alcàsser, que fue publicada por la Fundación, pero pasó sin pena ni gloria. Para mí, esa es de las más duras.

Presente infinito es una novela-ensayo que retrata muy bien lo que vino después de la Transición. Es muy interesante. La huelga, La base, son más de un momento determinado: en La cacería refleja las luchas de poder de la sociedad madrileña… Pero Presente infinito es completamente contemporánea, entra en la España de la Transición.

Es curioso que ese trabajo como novelista haya pasado bastante desapercibido. Sin embargo, la crítica ha sido unánime: son novelas de gran calidad.

Pero aquí no es una cuestión de calidad. Isabel, como siempre digo, cuando volvió del exilio no se doblegó. Siguió siendo crítica. La primera vez que alzó la voz fue para pedir la amnistía total de los presos de ETA. Consideraba que, si se dejaba a una parte de la gente que luchó contra Franco en la cárcel, iba a seguir habiendo problemas. Y así fue. Era una gran visionaria. No estuvo de acuerdo con que regresara la monarquía. Para ella, si se iba a dar el paso hacia un nuevo modelo político, tenía que ser a través de una república. Fue siempre muy crítica con la monarquía. Hoy sabemos que el rey levantaba el teléfono y decía: «A esa no la publiquéis». Eso hoy lo sabemos, pero Isabel ya lo denunciaba en los años ochenta. Hablaba de los maletines que iban y venían. Lo denunciaba, aunque su voz fue callada. Y yo creo que ahí radica que parte de su obra se silenciara: por una cuestión puramente política.

Ahora el exiliado es otro y a Isabel se la está recuperando…

Exacto, y por eso elegí para presentar La base el Ayuntamiento de Sanlúcar de Barrameda. Porque Isabel siempre luchó por el pueblo. Para ella, había dos clases: el oprimido y el opresor. Y eso debía cambiar. Creía profundamente en los derechos civiles. Si hay que resumir su pensamiento, sería ese. Además, le quitaron a sus hijos por cómo se llevó el pleito matrimonial. Se la acusó incluso de prostituta, porque estaba en los bares con los hombres, organizando manifestaciones. Una de las que testificó contra ella fue la infanta de Orleans, que declaró que Isabel era una mujer completamente asocial, que no se ajustaba a las normas de la sociedad. El juez le preguntó: «¿Por qué considera que es una persona asocial?», y la infanta contestó: «Porque no se trata con su clase social». Es muy simbólico.

A mí no me gustaría que le pasara lo mismo que al XIV duque, que Isabel descansara olvidada en los anaqueles del archivo. Estoy redefiniendo la parte del archivo relacionada con ella ahora, en mis horas de asueto. Por ejemplo, toda la parte de Palomares daría para una tesis doctoral. Es muy interesante cómo se gestó todo, su intervención, la relación que mantuvo con los campesinos tras caer las bombas y contaminar sus tierras. Además, hay mucho material fotográfico. Esa parte la tenemos.

Luego está todo lo relacionado con la cuestión editorial e intelectual, su relación con los agentes. Por ejemplo, tuvo una primera relación con Carmen Balcells. Isabel también tuvo sus sombras. Era una persona muy suya. No podías decirle: «Mira, yo creo que esa coma debe ir allí», porque te montaba una bronca de una semana. Yo decía: «¿Y ahora cómo se lo digo?». Porque lo sabía: me esperaba una tormenta. Con Carmen Balcells chocaron. Es una pena. Si Isabel se hubiera amoldado un poco, habría vendido cien veces más. Pero no lo hizo. Hay una correspondencia muy bonita desde Estados Unidos, donde le piden que escriba unas memorias sobre lo que pasa en España. Ella hace un esquema y propone cubrir el periodo que va desde la Ilustración hasta Franco. Pero luego se lo piensa mejor y le responde al editor: «Mire, he pensado una cosa. Yo soy escritora, no voy a hacer mis memorias». Y le suelta un discurso tremendo. Yo pensaba: «¿Qué necesidad tienes ahora de decir esto así?». Isabel era, en política, igual.

En fin, fue una gran pensadora. Hacía pensar a las personas. Usaba mucho el método socrático: no te daba la respuesta, te llevaba a encontrarla por ti misma. Era una mujer cultísima, tremendamente culta. Pero no se amoldó a sus tiempos. Perdió oportunidades por ser fiel a sí misma. Siempre se adelantaba. Por eso tampoco se la comprendía. ¿Cómo una mujer en su posición podía aliarse con campesinos, con prostitutas de la cárcel de Yeserías o de Ventas? Y lo hacía con cariño. Con respeto. Se hacía respetar. Era una mujer que sabía de lo que hablaba, y eso imponía. Cuando fundó la cooperativa de los ostioneros, quiso que algunos ostioneros aprendiesen la manipulación de la ostra, y se los llevó a Arcachón. Pero este país no avanza porque hubo, y sigue habiendo, demasiada burocracia, y el proyecto quedó en nada. Ahora se va a establecer una factoría en el Puerto de Santa María para criar ostiones. ¡Pero si eso ya lo planteó ella en los años sesenta! Igual que una ganadería en las marismas, en terrenos suyos, en el Pinar de San Jerónimo. Hizo planes y proyectos para pequeñas industrias. Tenía ideas fantásticas.

Toda esa documentación hay que archivarla bien. Isabel era muy multifacética. Por ejemplo, cuando volvió del exilio, quiso hacer un catálogo de todos los bienes patrimoniales que había en Sanlúcar y en la provincia de Cádiz. Pero este es un país que tiene grandes ideas… que no se llevan a cabo hasta sesenta años después, cuando ya han muerto todos.

Liliane Dahlmann para Jot Down

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Un comentario

  1. Genial entrevista, corta se me hizo incluso. Mi admiración absoluta por Liliane y enhorabuena al entrevistador y la entrevistada.

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