
Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down #52 «El siglo de las luces», ya disponible aquí.
Doña Josefa Carera, anciana viuda de más de ochenta años, lleva medio siglo residiendo en su vivienda de la plaza del Sarmental de Burgos. Su caso alcanza notoriedad pública porque el cabildo catedralicio, propietario del inmueble, exige su desahucio para acometer obras en el piso. Como la mujer se niega a irse, para presionarla llegan a colocar los materiales de construcción en la calle, a la puerta de su casa.
Vecinos y algunos políticos se ponen del lado de la inquilina. El arcediano Pedro Celestino Tomé propone que se le conceda un alquiler vitalicio, pero subiéndole la renta. El cabildo se niega y lleva el caso a instancias judiciales en Valladolid y Madrid. ¿Estamos viendo Informativos Telecinco? No: hablamos de la década de 1760, España en pleno siglo XVIII.
Pero las diferencias con la actualidad son notables, aunque no lo parezcan. Aquí los funcionarios reales se ponen del lado de la mujer —que había sido tesorera de la Santa Cruzada— y el religioso es derrotado en los tribunales. Tiene que pagar las costas, además. Hoy el poder borbónico no podría intervenir en un litigio de estas características: solo consta que lo haya hecho en los suyos propios.
De aquella España también nos resultan familiares los desvelos por la automatización. En 1763, el ingeniero hidráulico Esteban del Espinoy construyó para el infante Luis de Borbón y Farnesio un autómata de tamaño natural, cuyos dedos articulados eran capaces de interpretar tres tocatas diferentes con una flauta. El invento era la inteligencia artificial del momento. En 1788, varios teatros de Madrid anunciaron en sus carteleras espectáculos con «quatro piezas autómatas de maquinaria». Parecían títeres, pero no eran manipulados por personas, sino por mecanismos ocultos. En 1791, el caballero Pinetti presentó en el Coliseo del Príncipe —actual Teatro Español— un programa titulado «Máquinas automáticas» que, entre juegos de luces varios, contenía vues d’optique, artificios visuales simulados. Todo era falso e inauténtico en el nuevo mundo tecnológico.
¿Sería esta diversión artificial, que no necesitaba humanos, lo que retiró del teatro a La Caramba? Valdría como hipótesis. La actriz María Antonia Fernández Vallejo, natural de Motril, triunfó en los teatros madrileños, pero de repente, de un día para otro, se retiró y murió muy joven, con solo veinticinco años. La prensa se volcó en darle sentido a los hechos, cada uno a su manera. Al ser actriz, los moralistas conservadores la veían como frívola y pecaminosa. Por eso su retiro prematuro era fácil de explicar: se trataba de una conversión ejemplar. Un modelo de arrepentimiento, había cambiado los placeres mundanos por la penitencia. Mientras, otro tipo de medios lo presentaba como algo forzado, un espectáculo más que un cambio sincero. Aunque no estaba claro si era cierto, muchas versiones aseguraban que se había recluido en un convento. La calificaron de parodia de la Magdalena y sostenían que no había duda de que la estaban empleando los predicadores como propaganda, pero su pronta desaparición no permitió desvelar el misterio. Circularon muchas versiones, como es costumbre, todas falsas con pequeñas dosis de realidad.
Sí, las fake news estaban a la orden del día, pues habían nacido el mismo día que la prensa. Sonada fue la disputa que mantuvieron fray Benito Jerónimo Feijoo con la Gaceta de Zaragoza, que había publicado en 1736 una noticia sobre el hallazgo de carbunclo, un mineral que crecía en la cabeza de los animales y brillaba en la oscuridad. El escritor denunció la difusión de noticias falsas en su Teatro crítico universal y el redactor de la misma, Luis de Cueto, le contestó con una carta que mostraba cómo eran las redacciones de la época y sirve para comprobar que muchas de las actuales permanecen intactas en sus métodos. El plumilla había recibido una carta desde Orán que le informaba sobre el carbunclo. Las noticias se redactaban los sábados, se corregían al día siguiente y los lunes se imprimían para su venta. Con ese margen, se quejaba el periodista, no se podía verificar nada. La misiva vale su precio en oro, porque el redactor, lejos de avergonzarse de la exclusiva del carbunclo, defiende su oficio, considera que tiene que saber de geografía, historia, política, costumbres y lenguas, y afirma expresamente que era una profesión mucho más digna, la de gacetero, que la de la crítica ilustrada de Feijoo. Todo un arrebato periodístico de los que se firman embistiendo.
Hay que decir que el clima también era una preocupación en ese siglo, pero por lo contrario que ahora: entonces hubo una Pequeña Edad del Hielo, un periodo de enfriamiento global que se prolongó entre los siglos XV y XIX. Los inviernos eran inclementes y los veranos, frescos. Sin embargo, nada de eso impidió que el desastre más recurrente del siglo fuesen las riadas e inundaciones. La riada del Turia de 1731 anegó barrios enteros de Valencia. La de Tortosa, en 1787, tuvo un saldo de ciento ochenta y tres muertos y un millar de casas arrasadas. Aunque, sin duda, lo que marcó a toda una generación fue el terremoto de Lisboa y su correspondiente tsunami en el sur de España. Los religiosos lo veían como un castigo de Dios y los intelectuales, «sin negar la última causa divina», polemizaban si se debía a «gases ígneos atrapados bajo la tierra» o a causas eléctricas, químicas o teluro-mecánicas. Feijoo hablaba de «electricidad subterránea», pero fue acusado de desviar la atención del evidente castigo divino. No era para menos clamar al cielo: en la bahía de Cádiz murieron mil personas bajo olas de quince metros y Conil, directamente, desapareció del mapa.
Pero esa España era otra, qué duda cabe. Éramos genuinos rockeros malditos: la esperanza de vida apenas llegaba a los veintisiete años. Y la mortalidad infantil era del 25 %, con picos que se incrementaban debido a las crisis económicas. Ante la falta de pan, se eliminaban bocas. Entonces las crisis eran muy simples: si la población aumentaba más que los recursos, se moría de hambre. Y si una cosecha era mala, el precio del trigo podía subir un 400 %. La situación era especialmente grave en este país, porque el sistema económico estaba organizado de tal manera que permitía un escaso, o nulo, o negativo, poder adquisitivo a los trabajadores, entonces campesinos en su inmensa mayoría. Incluso en las regiones vascas, donde con los caseríos familiares siempre había habido cierto equilibrio, la presión demográfica obligaba a ampliar los cultivos recurriendo a hipotecas que daban señores y conventos, cuyos impagos empezaron a llenar la zona de mendigos, algo que nunca había sido habitual.
Como siempre, hubo muchos viajeros que recorrían las periferias europeas y dejaron escritas sus impresiones. Un diplomático inglés citado por el historiador John Lynch dijo de un viaje entre Pamplona y Madrid que se contemplaba «un paisaje amplio y estéril, sin verdor alguno excepto por algunos olivos, robles y alcornoques ocasionales. Las aldeas y las casas son más sucias y mugrientas de lo que podría haber imaginado».
Había casos extremos, como Galicia, que enviaba centenares de miles de emigrantes a otras regiones porque la agricultura de subsistencia no daba más de sí. Dice el mismo historiador: «Los campesinos pobres de Galicia, víctimas del privilegio y el monopolio, eran objeto de atención por parte del resto de España; sus hogares primitivos, sus ropas raídas y la dieta de patatas les convertían en los irlandeses de la península». En Andalucía, «las condiciones de los campesinos eran, tal vez, las peores de España. Los jornaleros vivían al límite de la inanición, sobreviviendo con la ayuda del trabajo de sus mujeres y sus hijos, de la caridad y buscando comida en las basuras».
Joseph Townsend escribió en Journey through Spain in the Years 1786 and 1787: «España es un país favorecido por la naturaleza con un clima benigno y una tierra fértil, pero empobrecido por la desidia de sus habitantes y las trabas del gobierno (…) Los campesinos viven con frugalidad extrema, su dieta es pan, aceite y vino; pero, a pesar de su pobreza, son hospitalarios y de trato amable». Y Wilhelm von Humboldt, alemán, tras su viaje entre 1799 y 1800, expresó lo mismo con más lirismo: «España no es un país atrasado, sino distinto; vive en otra medida de tiempo, con un carácter nacional fuerte que la separa del resto de Europa».
Aunque en realidad sí habíamos evolucionado. Atrás había quedado el concepto de pícaro del Siglo de Oro: ahora a los desocupados que moraban por los cascos urbanos se les trataba oficialmente de vagos. Desempleados, borrachos, jugadores y falsos estudiantes formaban una nueva clase social. Vivían de la caridad de conventos y hospicios, pero el sistema no paraba de incrementar el sector: había un ejército de trabajadores sin tierras y Madrid era «un imán para pobres y hambrientos», señala Lynch.
La preocupación llevó a reclutar a los vagos en el Ejército y la Marina, o en los astilleros, que ya sufrían huelgas por el retraso de los pagos, tumultos y motines. Era urgente porque, en Valencia, se habían dado casos de resistencia violenta contra los derechos señoriales. Se crearon hospicios donde se les enseñaba «trabajo honrado», aunque se percibían realmente como prisiones.
Esta situación no le era ajena a algunos conventos, que, aunque tenían rentas fijas y abundantes —tierras, propiedades y diezmos, más las limosnas correspondientes—, no alcanzaban a sostener a todos los religiosos porque eran demasiados; tantos, que tenían que vivir extramuros porque no cabían en los conventos, y ahí eran víctimas de la vida licenciosa: no llegaba la disciplina. De hecho, no era infrecuente que pidieran por la calle para sus necesidades más inmediatas. En 1767, el ministro Grimaldi se quejó de que los frailes eran «infinitos» y de que, encima, tenían la desfachatez de tildar de «hereje» a quien propusiera medidas para solucionar el problema.
A los religiosos sin techo había que añadir la costumbre de la Iglesia de enterrar a los muertos en claustros parroquiales o en nichos dentro de los templos, que desprendían malos olores y humedades por la saturación del espacio de enterramiento. Muchos contagios y epidemias se sospechaba que podían proceder de la convivencia cercana con cadáveres. Carlos III ordenó la construcción de cementerios fuera de las ciudades en 1787, pero no hubo financiación para hacerlo —tradición de granito—, por lo que el problema se dilató durante décadas.
Más alegres eran las tabernas, donde, según los sainetes de Ramón de la Cruz, acudían hombres y mujeres con la intención de «refrescarse», lo que derivaba en «lances» que podemos imaginar a qué se referían. En cambio, Antonio Ponz, en su Viaje por España, ofreció una visión más negativa. Las describió como lugares sucios, precarios e incómodos, aunque había mesoneras que solían ser hospitalarias y pueblos donde se podía comer alimentos de calidad y buen vino. El problema es que Ponz las comparaba con las londinenses, que eran salones amplios, ornamentados, casi palaciegos, muy limpios y con comida abundante, que marcaban un contraste notable. Moratín también las comparó con las italianas y alemanas, lugares de ocio y juegos que, a su lado, convertían a las españolas en símbolo del atraso del país. Jovellanos, más templado, alabó su carácter de institución elemental de la España rural, que al menos ofrecía comida y agua, aunque el hospedaje fuese precario y en no pocas ocasiones terrorífico.
Mucho más bello fue otro hilo discursivo de nuestros ilustrados: el de la amistad, que consideraban, según la tradición aristotélica, la mayor virtud de los hombres buenos y un consuelo frente a las desgracias humanas, que no eran pocas. Cadalso la calificó de «don del cielo» en su obra. Con más cinismo, el abate Marchena la veía como una forma de amor propio y egoísmo civilizado que, sin embargo, podía inclinarse hacia el bien común. Mientras que, para Meléndez Valdés, la fraternidad y la alegría compartida eran las mejores maneras de suavizar las frustraciones políticas y los desencantos amorosos, que debieron de ser constantes entre los adictos al café de las tertulias, hogar de estos pensadores.
La crisis del Antiguo Régimen, al final del siglo, engendró los ideales que han moldeado nuestra vida y nuestras disputas durante dos siglos y parte de este. Ante la llegada del capitalismo y la ruina —aún mayor que la cotidiana dieciochesca— que supuso para muchos sectores sociales, víctimas del crédito, surgió una añoranza de la España antigua, donde todo era más simple, más sencillo y próspero, con el cariño de Dios. Por eso había que meter en cintura a quienes habían llegado a otras conclusiones opuestas ante el mismo problema: los liberales, que querían transformar el poder real y eclesial o, sencillamente, atenuarlo, cuando no eliminarlo. Su utopía estaba en el futuro.
Hoy no nos hemos movido mucho de estas coordenadas hasta que, por lo menos, la profusión de los nuevos autómatas le dé la vuelta al paradigma. Entretanto, cabe celebrar la arcadia que en el XVIII tuvieron los poetas ilustrados, que no pensaban en otra restauración edénica que no fuera la de la vida entre amigos, sin convencionalismos, donde la amistad estaba por encima de los intereses sociales y económicos y se perseguía la comunicación honesta de los sentimientos, no el prestigio, la riqueza o el poder. Un placer de estar juntos mucho más válido que las promesas abstractas de la política o la religión. Emociona leerlo, y se entiende que, cuando se pasa la página y empieza el XIX, los desterraran a todos.
Fuentes
La España del siglo XVIII, John Lynch.
Cuadernos de estudios del siglo XVIII, Universidad de Oviedo.







