Ciencias

Pureza y orgullo: la disputa por las últimas tierras raras

la disputa por las últimas tierras raras
Lutetium (Lu) sublimed, dendritic

Entre recristalizaciones infinitas y espectros confusos, las tierras raras hicieron estallar una rivalidad que enfrentó a un barón austríaco y a un químico francés como si la tabla periódica fuese un campo de batalla.

Una mañana de otoño de 1787, Johan Gadolin recibió en su laboratorio una pequeña caja de madera. Dentro reposaba un mineral negro, de brillo metálico, envuelto con cuidado en papel de estraza. Lo enviaba el geólogo aficionado Carl Arrhenius, que en una nota explicaba que lo había encontrado en la mina de feldespato de Ytterby, cerca de Estocolmo. Arrhenius pensaba que, como era tan pesado, podía contener wolframio, el valioso metal que los hermanos Elhuyar habían aislado cuatro años antes.

Gadolin comenzó de inmediato a separar los constituyentes de la roca. Tras molerla, la añadió a un vaso con ácido nítrico, donde todos los componentes del mineral, salvo la arena, se disolvieron como un azucarillo. Luego filtró la arena y comenzó a neutralizar el ácido nítrico haciéndolo reaccionar con amoníaco, gota a gota. Al ir desapareciendo el medio ácido, los componentes iban precipitando de forma sucesiva, según su estabilidad en las nuevas condiciones. El hierro fue el primer compuesto en salir de la disolución, luego el aluminio y, cuando se esperaba el wolframio… no precipitó nada. Solo al final apareció el último integrante del mineral: un polvo grisáceo cuyas propiedades no coincidían con las de ningún otro compuesto químico. Esta nueva tierra —que era como se denominaban a las sustancias insolubles en agua y resistentes al calor desde los tiempos de los cuatro elementos— fue llamada itria por el pueblo del que procedía el mineral, y era el óxido de un nuevo elemento: el itrio.

En el siglo siguiente, los avances en los métodos de separación revelaron que la itria contenía más elementos desconocidos, tan parecidos entre sí que resultaban casi imposibles de distinguir y aislar. Estos elementos heredaron de sus óxidos el nombre de tierras raras, donde el adjetivo aludía a que sus propiedades químicas no se parecían a las de ningún otro elemento conocido. Nadie sabía cuántas tierras raras podía haber. Al no encajar en ninguna columna de la tabla periódica —que apila elementos con características similares—, se colocaron en una fila aparte. Con los elementos ordenados por masas atómicas en lugar de por su número de protones, no había límite teórico para cuántas tierras raras podían añadirse a la hilera. Bastaba con aislar una sustancia de un mineral rico en tierras raras y determinar una masa atómica distinta para que, voilà, ¡fuera un nuevo elemento!

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3 comentarios

  1. Xavier D. Garret

    Artículo sumamente interesante, desconocía la intrahistoria de estos descubrimientos. Gracias.

  2. Abel Moreno

    Un artículo excelente. Demuestra que la divulgación no está reñida con la calidad literaria. La ciencia también puede leerse con placer.

  3. Luis Cuerpo

    Un artículo excelente: claro, riguroso y muy bien equilibrado entre profundidad científica y divulgación accesible. Se nota un dominio sólido del tema.

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