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La Velada del Año: el futuro está en tus manos

El combate entre Jack Johnson y el poeta Arthur Cravan en 1916, otro espectáculo velada del año. Fotografía Arxiu Fotogràfic Centre Excursionista de Catalunya.
El combate entre Jack Johnson y el poeta Arthur Cravan en 1916, otro espectáculo velada del año. Fotografía: Arxiu Fotogràfic Centre Excursionista de Catalunya.

Uno

El Santiago Bernabéu está repleto y no juega el Madrid. Es el año 2024 e Ibai Llanos, un hombre de negocios que arrancó como joven influencer (comentarista no remunerado de partidas de League of Legends con su amigo Ander), ha conquistado otro sueño. Uno más de todos los que se ha propuesto e imaginado desde esa habitación donde comenzó filmando y emitiendo reacciones a videojuegos. Hay más de ochenta mil asistentes presenciales, pero también casi cuatro millones de espectadores en su canal de Twitch. Esta no es la primera Velada del Año, es la cuarta. Le anteceden la tercera en el Metropolitano de Madrid, la segunda en el Pabellón Olímpico de Badalona y la primera, sin público presencial debido al COVID-19, en Barcelona. Toda la gente que se encuentra de forma física y la que se congrega de forma virtual está aquí por distintos propósitos, pero hay uno, tan solo uno, que predomina por sobre los demás: hombres y mujeres, de distintas edades y físicos, se golpearán, bajo ciertas normas y protecciones, dentro de un cuadrilátero.

Si uno analiza los picos de la última transmisión en YouTube, se puede ver que la pelea entre Perxitaa y Gaspi tiene el mayor pico de reproducciones. Esto puede relacionarse con que fue el único combate donde hubo un knock out técnico en el último round. Ha pasado un año: ahora el Estadio de la Cartuja, en Sevilla, contra todo pronóstico y a pesar de la ola de calor que azota a la ciudad, también está repleto. Es el año 2025, esta vez es de noche y el público vuelve a responder de forma masiva: presencialmente casi la misma cantidad de asistentes que la versión anterior, pero virtualmente el número se multiplica de forma exponencial. De casi cuatro millones de viewers se ha llegado al pico de once millones de reproducciones en directo y simultáneo, marcando así un hito histórico que parece muy difícil de superar con otro tipo de espectáculo o transmisión.

El evento comienza entrada la tarde y termina por la madrugada, dando como resultado, para ser exactos, siete horas y doce minutos de contenido. La jornada está dividida en siete peleas de tres rounds con duración de tres minutos por asalto y un show de media hora de siete artistas entre cada una de estas peleas. Los duelos estiran sus comienzos con presentaciones cinéticas y provocativas donde cada influencer tiene sus minutos de gloria antes de la verdad. Entre medio habrá publicidades, cotilleo y espectáculo. Mucho espectáculo. La Velada del Año se ha transformado en un hecho histórico, tal vez polémico, más que nada por su alcance y su capacidad de viralización, por la identificación de las personas con los famosos y famosas que se suben al ring, por la tensión con el boxeo como deporte profesional y también por los modos y formas de vida que se proponen y venden a través de este tipo de formatos y presentaciones. Pero la pregunta que abre las aristas de este fenómeno tal vez no sea el porqué del éxito económico, sino más bien cómo el boxeo, como fórmula narrativa apalancada con otros instrumentos, cala tan hondo en el sentir popular de las personas.

Dos

«El boxeador, para el resto de mortales, es mucho más que un deportista. Es un héroe, como lo eran hace tres mil años Epeo y Euríalo en la Ilíada. Y los héroes jamás pasan de moda», así termina el epílogo «¿Se está muriendo el boxeo?» del libro de Jorge Lera Eso no estaba en mi libro de historia del boxeo. Para intentar entender por qué el boxeo tiene la forma narrativa perfecta y cómo la industria del entretenimiento se ha apropiado de ella, tal vez haya que irse varios siglos atrás.

En los juegos fúnebres en honor a Patroclo, alentado por Diómedes, Euríalo se enfrenta con Epeo en un pugilato y es vencido. El canto XXIII de la Ilíada lo narra así. A diferencia de la actualidad, en ese momento histórico no había ring, ni límite de tiempo, ni categorías por peso. La victoria llegaba cuando uno de los luchadores abandonaba o quedaba incapacitado en la pelea. Aquiles, para incentivar el duelo, propone una cuantiosa cantidad de premios y exacerba a los oponentes a la lucha. Lo importante para leer esta secuencia es esto: el pueblo viene de una mala racha mortífera, los soldados están cansados y desmoralizados, entonces, para despejar y enfocar la atención más allá de las penas, Aquiles ofrece esta pelea donde el vencedor recibirá una gran recompensa. Algo sumamente parecido a lo que hizo Ibai para conseguir los primeros contrincantes en la Velada I.

Entre más y menos años, la Ilíada es del siglo VIII a. C., pero narra sucesos del siglo XIII a. C. El boxeo, o el pugilato, tienen tanta historia como la humanidad y la tragedia. Por eso, este tipo de prácticas que se remontan a la Edad Antigua —el boxeo existe desde antes de Cristo— penetran de forma tan asertiva en el inconsciente de sociedades en crisis. Las guerras tecnológicas acechan al mundo, los influencers viven bajo la presión de su propio burnout y la población sigue sedienta de héroes en una época desangelada. ¿Qué mejor que inventar unos juegos fúnebres masivos, una vez al año, para que millones de personas construyan una aldea global por varias horas?

Tres

Tal vez haya preguntas que jamás se puedan procesar o responder, como por ejemplo: ¿por qué a la humanidad le gusta tanto la violencia? Y es por eso que el boxeo puede ser considerado tanto un arte como una atrocidad. Lo que sí se puede procesar o responder es cómo el boxeo ha cambiado y se ha perfeccionado con el paso del tiempo. A lo largo de su historia, el ambiente, la peña que le dio su mística, está caracterizada por hombres duros, de vidas duras, en épocas duras. Hay que recordar que, denostado por la moral pública como una práctica salvaje y feroz, fue considerado una actividad ilegal para las mujeres de Gran Bretaña desde 1880 hasta casi finales del siglo XX, y no fue hasta los Juegos Olímpicos de 2012, en ese mismo país, que fue incluido como disciplina oficial de los deportes femeninos. En Estados Unidos, el guante mujeril también corrió casi un siglo bajo las sombras y no fue hasta Claressa Shields y su fuego interior que las mujeres pasaron a cobrar la misma pensión olímpica que los hombres por practicar el mismo deporte.

Para quienes lo han vivido, promocionado y estudiado, el boxeo no es más que otra forma de civilización. Desde las reglas de Queensberry de 1867 hasta la actualidad ha pasado más de un siglo y medio cosechando escenas memorables y otras no tanto. Como tal, a pesar de las experiencias gregarias, el deporte que hoy conocemos se forjó al calor de la revolución industrial inglesa, donde extranjeros, vagabundos, obreros y marineros fueron parte de la materia prima con la que se construyó su primer imperio dentro de las tabernas, con rings de tierra y cuerdas de hilo encerado. Ha pasado mucho tiempo desde esos años, pero hay cuestiones de los orígenes que perduran hasta el día de hoy.

Como hito del espectáculo, se puede venir a la mente la figura de Jack Dempsey como el primer gran peleador estadounidense con mánager y carrera de estrellato. La regla es así: todo lo que el Imperio británico creó, el Imperio estadounidense lo perfeccionó. Dempsey, entre el comienzo y los fines de la Primera Guerra Mundial, fue uno de los primeros hombres en cumplir el arco narrativo del boxeador moderno: desde su más cruel infancia se transformó en el campeón de los pesos pesados hasta llegar a estrella de Hollywood. Las reglas del negocio han cambiado tanto que antes, para un joven de familia humilde de Colorado, era necesario primero convertirse en boxeador para llegar a la pantalla grande. Ahora parece todo lo contrario: la industria lo exige así; antes de llegar al boxeo hay más chances de hacerte famoso y, si sos listo, podés lograrlo tan solo con tu móvil y varias cuentas en distintas redes sociales.

Cuatro

Con o sin la mafia italiana de por medio arreglando peleas, a favor o en contra de las apuestas legales o ilegales, desde Mohamed Alí y la racialización del boxeo hasta Sylvester Stallone defendiendo con ojos de tigre el sueño americano, el zeitgeist boxístico antes del fin de la historia estaba sustentado bajo una lógica dialéctica que le permitía la fluidez que caracteriza la relación entre amigo y enemigo, entre vencedores y vencidos, entre dos fuerzas opuestas que buscan darse knock-out. Negros contra blancos, capitalistas contra comunistas, progresistas contra conservadores.

Luego de la caída del Muro de Berlín, el arte de los golpes y las fintas se ha convertido en otro tipo de lenguaje. Un lenguaje donde lo que se busca vencer es la condición de origen y los malos hábitos a través de la disciplina, el esfuerzo y el coraje. La práctica y el sistema lo dicen así: el futuro está en tus propias manos.

Sobre ese avatar se sustenta el éxito de la Velada del Año: como cada influencer tiene su momento de preparación para la pelea desde que es retado a realizarla hasta el día de la batalla, es el fenómeno del autocuidado y el voluntarismo el que promocionan desde las cuentas de sus redes sociales personales. Entrenando en gimnasios de boxeadores conocidos, saliendo a correr todas las mañanas, siendo auspiciados por marcas de indumentaria deportiva, eligiendo nutricionistas especializados y sponsors proteicos, cada famoso transforma su pequeña vida en un reality show de veinticuatro horas donde el bienestar físico y el sacrificio son sinónimos del camino al éxito.

El gym y la comida saludable canalizan la preocupación privada por la salud y la obligación individual de estar en forma. Detrás del boxeo como práctica existen otras intenciones; entre ellas aparece el caso de su principal promotor, Ibai Llanos, que en los últimos años ha cumplido otro sueño: perder aproximadamente entre sesenta y setenta kilos. No es casualidad: la actividad física y los gimnasios se han vuelto un fenómeno masivo y una forma muy sencilla de conquistar la fama con un trípode estabilizador, un micrófono corbatero y un iPhone de buena calidad fílmica.

Es por eso que la nueva guerra fría se ha convertido en un show del yo. A la única persona que hay que derrotar para ganar es a uno mismo. Por eso el boxeo promocionado hoy en día alimenta una performance identitaria de bajo costo y alto rédito. Un par de guantes, unas botas, una comba y una cuota de gimnasio (300 euros aproximadamente) pueden ser la inversión con la que podés ganar la batalla más importante de tu vida.

Cuando se analizan las peleas de las últimas veladas, uno ve que no es tanto la técnica pugilística lo que se premia como el punto de vista del espectáculo y su trasfondo identitario. Se puede ver, por ejemplo, en la pelea entre el español Viruzz y el argentino Tomás Mazza —los dos peleadores con mayor experiencia y entrenamiento, tanto que fueron los únicos en pelear sin cabezales— cómo ambos exponentes, mientras avanza el combate, se van quedando sin aire y terminan perdiendo la compostura física del ataque y la defensa: brazos que no quedan pegados al cuerpo o la cabeza, codos y manos que se bajan tras los golpes, ataques explosivos que terminan extenuando al propio atacante y salidas torpes con las piernas de forma recta o trastabillada hacia el rival, falta de suspensión del centro de gravedad del cuerpo que da como resultado la pérdida de equilibrio y desorientación en el ring; todo esto causa posibles lesiones. Pero, a su vez, cuando terminó la pelea, fueron las palabras de Mazza —ganador para el público pero no para las fichas— las que, agradeciendo a Cristo, invitaron a quienes estaban escuchando a dar todo por sus sueños.

El boxeo fue el deporte de la revolución industrial, de las guerras mundiales, de la Guerra Fría, de la caída del Muro de Berlín; también se ha convertido en el deporte del tecnofeudalismo financiero que nos gobierna hoy en día. Lo sustenta su poder de contar grandes y pequeñas historias al mismo tiempo. Si durante la guerra mundial fue el deporte que hizo que un país racista alentara a un negro para ganarle a un nazi, también fue el deporte que descalificó al mejor de todos los tiempos por no querer ir a una guerra ajena a sus intereses. Y, sobre todo, ahora es el deporte que le dice a una población extenuada que está en sus propias manos la posibilidad de progresar y conseguir lo que quiere.

La vida del boxeador es la frase que un pasajero le escuchó decir a un conductor de taxi, una tarde, en el ocaso del Estado de bienestar: «Si no me salva el Estado, al menos me salvaré yo mismo». Por eso estas vidas funcionan también con las lógicas paraestatales como la mafia, el hip-hop y los ritmos urbanos.

El boxeo es un deporte que tiene reglas, pero es un estilo de competencia donde no existe una tabla de posiciones. Hay mérito, pero también audacia: podés ser el mejor mucho tiempo y perder, podés ser un perdedor y ganar. Porque a la vez que hay una alta posibilidad de triunfos existe una gran posibilidad de caídas: para ser el campeón solo hay que derrotar al campeón; para dejar de serlo, solo hay que tener una mala noche.

Cinco

La era de Cassius Clay, Joe La Motta y Carlos Monzón ingresó en la historia; también, aunque cueste admitirlo, la de Óscar de la Hoya, Floyd Mayweather Jr., Manny Pacquiao y Marcos Maidana. Ahora, los nuevos peleadores como Gervonta Davis, Artur Beterbiyev, Canelo Álvarez, Clarence Crawford y Oleksandr Usyk generan una fuerte identificación con el público habitual del deporte de los guantes a través de las distintas plataformas de contenido y sus peleas promocionadas, pero no logran romper el techo de cristal del nicho purista de las peleas donde están prohibidos los codos, los cabezazos y las patadas. Al boxeo tradicional le quedaba más cómoda la televisión en el living familiar que los smartphones en los bolsillos.

La historia de las transmisiones ha cambiado. Las métricas han sepultado al rating y, dentro de los últimos datos certeros, el mercado del streaming calcula un flujo de dinero que ronda los 125 000 millones de dólares en 2025 y una proyección de crecimiento del 20 % anual hasta 2030. Para este año se estima que la inversión en pauta digital, tan solo en Estados Unidos, será de 34 000 millones de dólares. Todos estos números son los que impulsan que las peleas de boxeo amateurs, profesionales e híbridas, como las últimas entre Mike Tyson y Jake Paul, hayan sido promocionadas y transmitidas por una plataforma de distribución internacional como Netflix; también que magnates árabes y multimillonarios hayan creado una liga paralela de boxeo en DAZN, y que los derechos de emisión de la Velada del Año sean propiedad de Twitch.

El capitalismo es competencia darwiniana y fagocitaria. La economía del conocimiento y la tecnología ha sepultado a los medios tradicionales, pero también ha generado miles de empleos: productores de contenido digital, técnicos de transmisión en vivo, especialistas en datos y analítica, gerentes de comunidad, diseñadores gráficos y motion, especialistas en monetización, analistas de marketing digital, desarrolladores de software para streamings, moderadores de chats, especialistas en motores de búsqueda, consultores de estrategias de contenido.

El caso de la Velada del Año no es el único. También hay otros proyectos similares, como lo fueron hace poco Supernova en Colombia y Párense de Manos en Argentina. El formato es el mismo: streamers, creadores de contenido, influencers y cantantes. En algunos se suman antiguos boxeadores como Maravilla Martínez y exdeportistas como el arquero argentino Pablo Migliore.

A pesar de la globalización y la uniformidad, cada región tiene su propia necesidad de espectáculo. En cada zona del mundo el negocio es distinto. En Estados Unidos, la dinámica del pago por visualización del evento sigue funcionando. En España y parte de la Unión Europea, el pago por suscripción a la plataforma de transmisión es parte de la estrategia de masificación y creación de comunidad; se paga para poder comentar en el chat en vivo y transmitir con comentarios lo que sucede en el show. En América Latina, todavía el pago por ingreso al evento presencial y los auspiciantes son la mayor fuente de ingresos en este tipo de negocios. Sobrevuela una opinión que plantea que el boxeo actual está en un momento de escasez de figuras mediáticas. El feeling con el público ha decaído y no se sabe si es por este avance del streaming por sobre el cuadrilátero o por un conflicto de las federaciones boxísticas en sí.

Se podría situar la invasión del streaming al boxeo en el Reino Unido, el 1 de agosto de 2017, cuando los youtubers británicos Joe Weller y Theo Baker decidieron hacer un video en el que el contenido era un combate entre ambos. Luego de esa pelea, el cantante KSI retó al ganador a lo que sería la primera gran pelea virtual no profesional. Con cascos, bucal y mayor cantidad de onzas por guantes, esta pelea fue un éxito y cambió de paradigma. De ahí, el fuego de la fantasía de los hermanos Paul y sus retos definitivos abrió las puertas a estas experiencias donde los famosos deciden poner su cuerpo al servicio del espectáculo.

Así es que el boxeo —sus federaciones nacionales e internacionales, los promotores clásicos y los nuevos— ha aprendido a moldearse a estas modalidades porque saben que, si no se adaptan, el costo puede ser tan alto como su extinción. Esa es la verdad, al capital no le gusta pedir permiso.

Seis

Tal vez llegue el momento en que todos los streamers sean peleadores profesionales o todos los peleadores profesionales se conviertan en streamers. Hoy en día, la realidad es que cada vez hay más personas haciendo ejercicio como algo normal y rutinario. Los trabajos han cambiado y la extenuación mental necesita del cansancio corporal; por eso los nómades digitales son quienes más entrenan: sus cuerpos sedentarios necesitan del levantamiento de pesas y del cardio para conquistar el sueño. Lo importante para los organismos internacionales y las convenciones boxísticas es la recepción de esta masividad y no el enojo; extremar las medidas de seguridad y conveniencias, pero sobre todo mantener la importancia de no flexibilizar las normas de un deporte que no debe cambiar, sino perdurar en el tiempo.

Tal vez el culpable de todo este reniegue sea Clint Eastwood y su Million Dollar Baby. O tal vez siga perdurando la fuerza con que Apollo Creed, cuando el semental italiano se quedó sin pólvora, le enseñó a Rocky Balboa a pelear como él peleaba. En todas estas historias hay algo que trasciende más allá del deporte. Para ser boxeador tenés que ser diferente a quien eras antes de serlo. Esa es la calidad performativa y la esperanza que riñen los golpes y los esquives. Es el hambre la que te empujará a comer. Es la pobreza la que te llevará al millón. Son los límites que te impusieron en tu casa y en tu barrio los que tenés que correr para triunfar; por eso la gran mayoría de los boxeadores tiene una relación compleja con las figuras paternas golpeadoras, las madres alcohólicas y las bandas criminales de las esquinas.

El boxeo es redención porque aguantar el dolor es el motor del éxito. Desde la Primera Guerra Mundial hasta el día de hoy, se transformó en el deporte más importante del mundo. Tal vez por su conducción hacia la perfección, por su alarde de simpleza y su extrema complejidad. Es el deporte que los negros desempleados de Detroit perfeccionaron hasta el hartazgo y sin dinero, el único lugar donde los mexicanos pueden tumbar estadounidenses sin ser detenidos por la policía. El boxeo, sobre todo, es contención, comunidad y respeto. Es ese algo que aparece en esos lugares donde debería haber nada. La oportunidad de muchos de cambiar su destino, pero también de aceptarlo tal como es. En fin, también es lo otro: eso que venden como obediencia y régimen de perfección estética al estilo Amadeo Lladós y su sectarismo fitness de distorsión estoica.

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3 Comentarios

  1. Gran nota.

  2. Carlos Pereda Fernández

    Jack Johnson se adelantó a Muhammad Alí y José Legrá en muchas cosas.

Responder a Carlos Pereda Fernández Cancel

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