Arte y Letras Filosofía

El Libro del fuego o quemarlo todo para empezar

Beato de Liébana libro de fuego

Después de dar explicaciones por todos los medios posibles a través de novelas, películas y ensayos, en el siglo XXI el cine comienza a hacer hincapié en la resiliencia como un estado límite: ya no queremos encontrar razones en las personas, sino más bien observarlas, respetando su singularidad. Por suerte, este punto de partida lo asume por completo Oliver Laxe, y por eso su O que arde es una película tan atractiva. El protagonista, Amador, que decide regresar a su casa, junto a su madre Benedicta, su perra Luna y sus tres vacas, es un pirómano dominado por el complejo de Empédocles del que habla Gastón Bachelard: el fuego y el ser humano son muy parecidos, ambos son belleza y crueldad al mismo tiempo, confiesa el director en declaraciones a la prensa comentando el éxito de su película. 

El cine de Laxe es un cine extremo; le traen sin cuidado los cánones habituales de carácter —casi todos— apolíneos al apostar por la dimensión dionisíaca de la actividad artística. Con el paisaje rural gallego de telón de fondo, explica una sorprendente historia de belleza y profundidad. No se equivoca. El tono épico de vivir en torno al fuego que consume y te consume aparece ya en un cantar de gesta de finales del siglo XII, dedicado a un noble llamado Raoul de Cambrai que entiende el comienzo de la vida como un acto de sacrificio total sostenido por el fuego, y, quien, en su calidad de pirómano, quema un convento con las monjas dentro como remedio para curar un alma atormentada. Tanto en el cantar de gesta como en la película de Laxe estamos ante un dueto discordante entre dos voces en una misma alma, la que sostiene un pesimismo inasible de que todo ha de arder para que se renueve, asumiendo para la vida humana el ritmo de la naturaleza (un campo se quema para regenerarlo), frente al optimismo de quienes creen que todo tiene arreglo, algo que, en opinión de Laxe, enmascara una profunda altivez de llamar resignación a lo que en verdad solo es aceptación de lo que la montaña le da a una persona. De ahí que haya dicho recientemente en declaraciones a El País respecto a su última película que «vivimos un olor a crepúsculo que se junta con las ganas de que surja un nuevo mundo». Según deduzco de su anterior película, la motivación de sus dos protagonistas, Amador y su madre Benedicta, era más prosaica. No entraré en detalle, pero las declaraciones de la actriz Benedicta Sánchez, al recibir el premio Goya, «me faltan palabras familiares» están en la raíz de situar el fuego como referente absoluto del relato. Aun así, Laxe tiene la firme determinación de infundir grandeza a los hechos narrados. Y, por fabuloso que sea escuchar el trepidar de la llama que quema el monte, quien da una verdadera explicación al fuego es la creencia de que, precisamente, el arder de un campo es el origen de todo, además del punto de partida de una regeneración, tanto de la naturaleza como de la vida humana. 

La aspiración a esta fuerza regeneradora del fuego es un impulso del alma que encontramos a menudo en los escritores de la Edad Media cuando trataban de explicar el final de los días en sus largas meditaciones sobre los textos bíblicos junto a una candela encendida. Porque la lectura del Libro de la Revelación, del Apocalipsis, no es más que un razonamiento de por qué el mundo tiene que acabar en llamas para que emerja la vida eterna. Por eso al Apocalipsis se le ha calificado de Libro del fuego en el prólogo que Georges Duby hizo a la obra de Henri Stierlin sobre la miniatura mozárabe. Un alegato a favor del arte del símbolo y de la metáfora, con aspiraciones místicas a la hora de valorar una aproximación veraz a la lectura visual de Beato de Liébana del texto de san Juan: todo esto lleva a la conclusión, naturalmente, de ocuparse del fuego. Y, en efecto, si Beato se interesó por el fuego, no fue solo influido por lecturas, sino más bien porque en su propia valoración de lo sucedido en su época captó ciertos fenómenos de cambio y regeneración vinculados a las costumbres de los campesinos cántabros de quemar el campo para regenerarlo. Quizás por eso, algunos años más tarde de la obra de Beato, hacia el año 1000, y tras ver que el mundo no se había consumido por las llamas, un monje benedictino llamado Raoul Glaber escribiera aquello del blanco manto de iglesias que cubrió Europa, como si con la nieve se quisiera apagar el fuego

El reconocimiento de la utilidad práctica del fuego en la renovación de la vida rural de Occidente, que está detrás de la elaboración visual del Apocalipsis propuesta por Beato, me lleva a fijar las relaciones entre la sensibilidad colectiva y el estudio de la teología bíblica: unos nexos que incomodaban a los eclesiásticos de entonces. Se vivía y se sentía lo mismo en el trabajo diario de un campesino de sol a sol que en la meditación en los claustros construidos en piedra con capiteles que señalaban el curso de los acontecimientos, y era igual porque tanto el humilde campesino como el docto monje participaban de la creencia de que en el origen y en el final se halla el fuego. 

Al pasar el texto del Apocalipsis a imágenes gracias al trabajo de Beato se produce un cambio de actitud hacia ese momento que está por llegar, aunque tarda en hacerlo (o no llega nunca): el fin de los días, porque entonces prevalece el efecto aterrador de lo que significa el Juicio Final con signos e indicios vinculados a catástrofes naturales provocadas, eso sí, por la acción humana.  Por eso resulta una tarea fascinante el seguimiento de los efectos sociales del Libro de la Revelación, el Libro del fuego, en los diversos manuscritos que han llegado hasta hoy. 

Hace unos meses la tarea del seguimiento de los manuscritos sobre el Apocalipsis la afrontó con acierto una magnífica exposición llevada a cabo en la Biblioteca Nacional de Francia. Comenzando con una de las piezas más emblemáticas de los famosos Beatos medievales, el llamado Beato de Saint Sever, realizado a mediados del siglo XI por Gregorio de Montaner en el corazón de la Vieja Gascuña. Si nos fijamos bien en él percibimos que tiene el mismo valor de los actuales docudramas referentes a la situación límite de la vida. El Beato de Saint Sever muestra el camino artístico de situar el fuego como centro de una relación con la divinidad. Que alcanza un momento muy especial en el inmenso y poderoso Tapiz de Angers, una de las obras que, debo reconocer, más me ha impresionado, donde el cielo se abre y las llamas caen sobre los humanos. 

Revelación de los signos e indicios del fin de los tiempos. El resultado final sigue siendo la sensación de que el fuego es la vía que enseña el camino del fin del mundo como origen de una vida eterna plena. Un tipo de imágenes que se hacen para agradar a las personas que creen en verdad que un hecho así no solo debe suceder, sino que sucederá tarde o temprano. En cuanto a contenido narrativo (y plástico), la herencia del Libro del fuego no es del todo honrada ni del todo verídica. Es una lástima, porque da mucho juego que en los primeros sellos se libere a los Cuatro Jinetes del Apocalipsis: Hambre, Guerra, Peste, Muerte. Lo único que se puede hacer para que comprendan mi aprieto es remitir al grabado de Alberto Durero de 1511, en el que veo una inspiración a las impactantes imágenes de la película de Vicente Minnelli de 1962, basada en la novela homónima de Blasco Ibáñez. Lo que viene a continuación es un ejercicio de ajustar el imaginario apocalíptico en la cinematografía; Georges Méliès identifica el fin de los tiempos con la erupción volcánica en la Martinica: fuego como final y como principio: una réplica encomiástica de esta excelente muestra de cine aplicado a la relación fuego-apocalipsis aparece en la película El diablo a las cuatro de Mervin Le Roy, donde un Spencer Tracy, en calidad de sacerdote, permanece junto a un canalla interpretado por Frank Sinatra, ante la inminencia de una explosión volcánica en una isla del Pacífico sur. Conjunción de temas e imágenes en lucha constante y el arte actual lo hace con estilo. 

Y de qué manera. La exposición de París no solo se conformó con mostrar obras antiguas, se fue hacia los siglos XX y XXI, donde el fuego alcanzó por fin un creciente protagonismo en la vida real. La obra Tienen una sed insaciable del Infinito de Judith Reigl es una pintura maravillosamente realizada, coherente, eficaz, y francamente muy incómoda, que culmina una línea abierta por El juicio final de Kandinsky, las litografías de Natalia Gontcharova evocando la Gran Guerra, o las Souvenirs de la galerie des glaces à Bruxelles Otto Dix. Todas ellas entienden que la función del fuego está en lo que se omite, y en sus tensas descripciones omiten todo lo que estamos acostumbrados a esperar de pinturas de tema apocalíptico. Por suerte no es la línea de Miriam Cahn y Luciano Fabro, autores contemporáneos, donde se atiende al mensaje de que, tras la revelación de los últimos días de la humanidad, se instaurará el Reino de Dios en la Tierra, lo que se espera del mañana es muy diferente. La razón es la siguiente: desde la carrera armamentística hasta el delirio tecnológico y la destrucción de los mundos naturales se nos presenta un panorama proclive a la catástrofe. Esa sería la revelación laica de nuestro tiempo en Infinito de Fabro, en el cómic USO de Benjamin Adam, en el Libro del Fin de los Tiempos de Tacita Dean, una fotografía con un libro corroído por alguna la sal del desierto, o en la versión cinematográfica de Hiroshima Mon Amour de Marguerite Duras. Conjunto de desgracias que acaecen a los seres humanos por no estar en su sitio. Hay salidas. Kiki Smith realiza en Earth un relato optimista del futuro tras una hecatombe, donde Eva se halla en un Edén reencontrado que acoge a los elegidos, serpiente incluida. 

La coda final recuerda mucho la película La Jetée (El muelle) donde, en un mundo postnuclear, Cris Marker reflexionó sobre cómo salvar a la humanidad preguntándose ¿hay que enviar a alguien al futuro para buscar la solución al presente? A esa pregunta añadió esta otra pregunta: ¿hay que enviar a alguien al pasado para enmendar los errores de este presente? Para conocer las respuestas a estas preguntas es muy recomendable acudir al cine a ver The Colony y comparar su mensaje del que podemos extraer del ensayo de Robert Kaplan, Tierra Baldía, de un mundo desolado por el exceso en todo de nuestro inmediato futuro.

¿Es el triunfo de la razón maquinal contra la que se ha levantado con firmeza Basilio Baltasar en su último y demoledor ensayo? De hecho él ya reflexionaba sobre el fuego en una reciente novela, El Apocalipsis de Goliat, muy inquietante, por cierto. No cabe duda de que un territorio de búsqueda de signos e indicios del final de los tiempos se encuentra en la línea maestra del pensamiento occidente que, desde el canciller Bacon, propone transformarnos a todos en máquinas al servicio de una inteligencia superior, donde los seres humanos no seríamos más que un breve paso en la historia del cosmos. La lucha que Basilio Baltasar propone desde el pensamiento agonístico, por naturaleza intempestivo, acrobático, es la prueba de la completa vigencia en el campo de la cultura, por tanto, de la literatura como del arte, de la invitación de los viejos y encriptados textos a pensar en la posibilidad que nuestros actos estén a la puertas de una revelación de los últimos días de la humanidad, título por cierto de carácter iniciativo que le dio el siempre enigmático E. T. Bulwer a su descripción de Pompeya aquel día en que el Vesubio vomitó fuego para enterrar a las ciudades de sus laderas.

¡Cuánto mal engendra el silencio de las personas buenas! O eso hacen creer los autores que desde el año 1000 hasta hoy se han preocupado por situar el fuego como final y a la vez origen. Una metáfora que ya planteó en su día el músico ruso afincado en París, Igor Stravinski, en el Pájaro de Fuego. Y que años después, allá por los 90, en una reflexión conmovedoramente célebre, sobre lo real y lo onírico hacía el agente Cooper en el Twin Peaks de David Lynch, ese «fuego camina conmigo». Cuando el mundo del arte se descuida, el ritmo eterno de la naturaleza donde el fuego es fin y principio es una clara señal de que las cosas van mal; cuando se interesa vivamente como sucede ahora es por el contrario una indicación que aún hay mucho qué decir sobre la revelación promovida desde el siglo X en adelante por el Libro del fuego: la vida es un progreso interior y soñador, con fuerza creadora sea en las interminables horas de trabajo en el campo, sea en las pautadas horas de los cánticos monásticos. La Edad Media nos deja una imagen de intensidad pocas veces vista simbolizada en la candela encendida, ese fuego que al caer el día permite seguir la actividad. Hubo quienes apagaron las candelas y salieron a adorar la noche bajo las estrellas, sin temor a las tinieblas; mientras que otros insistieron en el camino misterioso proyectado por la llama sobre la pared, que desciende desde los sueños más profundos a los deseos más escondidos. Mientras se espera de nuevo la luz del sol, la candela encendida es la razón para seguir viviendo. 

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