
El juego de palabras del titular no es mío. Ojalá. Pertenece a la presentación del servicio meteorológico del mítico programa de radio que, primero en Onda Cero y después en M80, tuvo el dúo Gomaespuma. Por lo tanto, para Juan Luis y para Guillermo, tanto montan los royalties.
Además de hacerme mucha gracia por su surrealismo gamberro, siempre que escuchaba la frase en el coche camino del trabajo me remitía, no sé por qué, a la distinta percepción del tiempo que tenemos las personas humanas, como dirían ellos. No solo en su acepción más evidente, la de la magnitud física, la que ordena el caos, la que reinventaron Einstein y Nolan, ya me entiendes. También pensaba en el tiempo atmosférico, the weather, cuya aprehensión varía en función de la edad —como el primero—, pero, sobre todo, por la procedencia geográfica de quien lo sufre o lo goza. Y sin movernos del ruedo ibérico.
Si hablamos del tiempo meteorológico, mucho más divertido que el que suma (o resta), ese monstruo, la mística sobre él varía como una leyenda telúrica, nunca mejor dicho. Tengo la gran suerte de, en mi medio siglo (de tiempo), haber trascendido bastante pronto, en forma y fondo, los verdes valles y colinas rojas de mi amada tierra vasca y, aun manteniendo el atávico cordón umbilical, haberme mimetizado con el resto de los aborígenes que pueblan el Estado español: continentales, pirenaicos, costeros y, sobre todo, mesetarios.
La meseta. Ese océano de esparto.
Este sintagma tampoco es mío. Ya me gustaría, aunque yo lo he ensanchado.
Nada en mi guion adaptado indicaba cualquier relación con la meseta Central ni con sus adláteres geográficos. Ni desde el vértice familiar, ni cultural, ni estético. Sin embargo, hace veintitantos años me enamoré de una manchega y después me casé con ella en Almagro, la Florencia de la Submeseta. Y hasta ahora y siempre, espero. A La Mancha no la explica ni El Quijote, pero, si quieres conocer su encofrado y reír y llorar de paso, corre a leerte Feria (Círculo de Tiza), la maravilla autobiográfica con la que Ana Iris Simón, su autora, tracamundea con todos los apechusques de su mapa sentimental.
Mi paisaje humano no puede estar más alejado del de la escritora, pero qué más da. La verdad con la que define a su pedazo de tierra como «una alfombra de esparto» cose inevitablemente los dos conceptos del tiempo: el físico y el atmosférico. No se entienden el uno sin el otro; somos hijos de ese océano de esparto, ese límite amarillo que se mezcla con el azul añil del cielo.
Pero…
Hay que ver la manía que tienen los de la meseta en percutir una y otra vez con que en su elevado terruño hace frío: es como si se avergonzaran del calor.
El frío. El calor. El tiempo. The Times.
A Marta D. Riezu y a Ignacio Peyró, escritores también, mediterránea y mesetario, les gusta el frío porque les parece aspiracional. Creen que es Old Money Aesthetic, benditos, con sus huesos caladitos. Para ellos el invierno es tweed, pesadas mantas de Ezcaray, el Hotel Landa y ponches de huevo con alcohol. Entorno cariñosete.
Para los que hemos vivido el frío de verdad (burgaleses, vitorianos, sorianos) este Stendhal gélido nos da un poco de cringe. Porque el frío para nosotros no son humeantes tazas y mitones. Son polainas, txamarras, pasamontañas —jamás he visto en Madrid a nadie con uno, ni en una manifa antifa—, camiseta Abanderado interior con grecas —jamás vista tampoco por aquí—, katiuskas y nula estética british. Bastante tenemos con no quedarnos congelados como Jack Torrance.
Ellos, por mímesis literaria, asocian frío a Inglaterra, que, como buena isla, no es que tenga frío, sino humedad. Frío hace en Vitoria, majos. Y desde el dos mil visten de Quechua. El tiempo. The Times. Todo depende.
(…)
«Si quieres vivir cien años tienes que dejar de hacer todas las cosas por las que querrías vivir cien años» (Proverbio argentino).
Este proverbio tampoco es mío. Pertenece a un médico argentino (¿acaso lo dudabas?) en uno de esos videopodcast a mayor gloria de sí mismos. Si bien en un primer momento estaba de acuerdo con él y me gustaba por brillante, sexi y redondo, al poco me pareció la típica frase de manual gilipollesco. Como casi todo lo que nos quieren vender, además de ser de un infantilismo risible, pretende parametrizar lo inasible.
Una de las cosas que decía este médico tan locuaz era que el proceso de envejecimiento se producía a partir de los cuarenta años, que luego había una curva a partir de los cuarenta y cinco hacia arriba y a partir de los sesenta se desparramaba, y que era nuestra misión aplanar esta curva. Lo que no sé es cómo, porque no seguí viéndolo. Estos nuevos spin doctors del social media son el chamán de la tribu y nos tratan como avestruces: todos iguales, como si el tiempo, ¡ay!, nos tratara a todos por igual.
En realidad, todos hablamos del tiempo, pero con distinta intensidad. Cuando llegas a los cincuenta cualquier cosa te remite a él. Más bien a su paso.
—¿Dónde estabas, tiempo?
—Esperando a que llegaras.
Nunca había sido algo que me interesara demasiado. Sabía que estaba ahí, pero tenía cosas mucho más importantes que hacer, como, por ejemplo, perderlo. Aunque no nos atrevamos a decirlo, en el fondo nos creemos inmortales, como Connor MacLeod.
Pero, de un día para otro, te invitan a los fastos de quien te acompaña desde la infancia, tira la casa por la ventana en sus cincuenta y proclama al mundo, micro en mano, aquello de «empieza lo mejor de lo peor» o «los mejores minutos ya los hemos jugado». Y otro que dice «he dejado todos los vicios, así que lo que es estar, estoy». O ese amigo íntimo que nos pidió que en su epitafio escribiéramos: «lo importante es durar».
De repente cumples cincuenta sin que nadie te haya avisado y se muere tu padre o algún amigo de esa «larga enfermedad» de mierda, y es cuando la realidad, esto es, el tiempo, te da una hostia y te das cuenta de que no eres inmortal. Y eso en el mejor de los casos.
Todas las pelis, todos los cuadros. «Todas las canciones hablan de ti».
—¿Cómo no me había dado cuenta antes?
—Porque eso era «antes».
P. D. Existe la perfecta simbiosis entre ambos tiempos: el que pasa y el que moja. La que hila ambos universos y los hace transversales. La fórmula tiempo más tiempo que se traduce en el siguiente enunciado teórico, que bebe directamente de la tríada dialéctica de Hegel: «Hace treinta años, tal día como hoy, íbamos ya en chaquetita y fíjate ahora el calor que hace».
Pero de eso hablaremos mañana.
Si el tiempo lo permite.








Por alguna razón se evita a Ávila dentro de ese triunvirato de frío pelón. Según las series de datos desde 1989, la capital más tiesa es la ciudad amurallada. También la más umbría, y un misérrimo erial hasta que empezaron a incorporar calefacción en los bares. En 1991, mi novia vino a visitarme en tren un 28 de diciembre y cayó mala, destemplada, por el helazo con el qu la recibimos. Esa Nochevieja salí de una discoteca amaneciendo con 12 grados bajo cero.