
Durante siglos, los seres humanos desearon, amaron y se tocaron sin la necesidad de definirse bajo etiquetas fijas como homosexuales o heterosexuales. No existían tales palabras, ni las fronteras conceptuales que hoy damos por naturales. Había cuerpos, había deseos, y había un sinfín de prácticas sexuales que, al moverse entre placeres, no se convertían en una identidad inamovible. En estas sociedades premodernas, lo que se regulaba con dureza no era quién eras, sino qué hacías; el problema fundamental no residía en la orientación, sino en el acto en sí. La sodomía, por ejemplo, era considerada según el lugar y la época como un pecado religioso, un crimen moral o una violación de las normas sociales, pero quien la cometía no era un tipo de persona, sino un culpable de una falta. La clasificación era moral, jurídica o teológica, jamás psicológica ni existencial.
El gran giro se produce con la Revolución Industrial. Inglaterra llena sus principales ciudades de fábricas y de humo. Las familias campesinas, despojadas de sus tierras, se ven obligadas a hacinarse en barrios obreros, donde las casas se encogen drásticamente y el hogar queda reducido a la unidad mínima de producción y reproducción. En este contexto nace un modelo familiar artificial que aún hoy resuena: el compuesto por padre, madre e hijos, donde el varón se erige en jefe moral y proveedor, y la mujer en el ángel del hogar, confinada al ámbito doméstico. El Estado, aliado con la Iglesia dicta de manera inflexible cuál es la sexualidad «correcta» y «normal». Esta llamada familia victoriana, lejos de ser un fenómeno espontáneo, fue una estructura deliberadamente funcional al capitalismo naciente.
El sistema requería una fuerza de trabajo dócil, estable y, sobre todo, reproducible. La familia tradicional se convirtió, así, en el instrumento perfecto, una fábrica de normas destinada a asegurar la producción de cuerpos útiles, obreros disciplinados y ciudadanos que respetaran la ley. Sin embargo, este nuevo orden industrial tropezó con un fenómeno imprevisto: los inadaptados del deseo. Eran aquellas personas que no encajaban en la celda familiar, que no querían formar pareja, que no deseaban reproducirse o que, simplemente, vivían su sexualidad al margen del servicio productivo. Frente a esta amenaza a la estabilidad, el poder ideó una nueva estrategia.
El poder ya no se limitó a castigar ciertos actos, sino que decidió inventar sujetos. Es ahora la ciencia (medicina y psiquiatría) la aliada del poder, es la que actúa como brazo de la moral dominante, comenzaron a clasificar lo que antes solo era delito. La transgresión se transformó en diagnóstico. Así nace la figura del «homosexual», que se define no por lo que realiza, sino por lo que es: una categoría de ser humano. Se le cataloga como enfermo mental, degenerado y depravado. Se le somete a terapias, curas, internamientos y conversiones forzadas. Y, como contraparte necesaria de esta invención, aparece el reverso perfecto: el «heterosexual», que se instaura como modelo ejemplar de salud, virtud y normalidad. De este modo perverso, se inventaron simultáneamente las dos caras de la identidad sexual moderna para asegurar el control social.
El resultado de esta clasificación fue devastador. Miles de personas que no encajaban aprendieron a ocultar su verdadera naturaleza para sobrevivir en la ficción. Muchas personas que practicaban actos homosexuales se vieron obligadas a formar familias tradicionales, adoptando un papel que les ofrecía protección social. Al mismo tiempo, personas con tendencia a actos heterosexuales, aunque sin vocación reproductiva o matrimonial, se sometieron al yugo familiar como la única vía para no ser señaladas. El deseo dejó de ser un territorio de libertad personal para convertirse en un expediente médico o una obligación social. Como bien mostró Michel Foucault, el poder no se limita a reprimir el deseo, sino que, lo fabrica, lo clasifica y lo convierte en una sofisticada herramienta de control social.
A medida que el siglo XIX daba paso al XX, el fervor de la Revolución Industrial se extendió por Europa y América. Las máquinas se perfeccionaron, exigiendo menos mano de obra bruta y más técnica especializada, por lo que el control férreo del cuerpo perdió parte de su utilidad económica. El poder dejó de interesarse activamente por el «problema del homosexual» no por una súbita aceptación, sino porque había dejado de ser un obstáculo directo para la producción. Sin embargo, la sociedad, la familia y los vecinos mantuvieron viva la hostilidad a través de los prejuicios, la burla y la vergüenza. La represión se hizo cotidiana y doméstica, alojándose en las miradas y en los dolorosos silencios familiares.
La ciencia, que había dictado las reglas, empezó tímidamente a dudar. Algunos médicos revisaron los métodos empleados para “curar” la desviación y se preguntaron si no habían sido, simplemente, crueles. En ese resquicio de desinterés del poder emergió la posibilidad de la emancipación. El homosexual, ya constituido como categoría identitaria, se organizó como colectivo. Su liberación no podía ser una acción individual, sino una respuesta comunitaria ante un ataque que había sido masivo. De esta necesidad nació un nuevo universo de sentido: un «mundo homosexual» con su estética, sus bares, sus barrios, sus referencias culturales y su bandera. El insulto se transformó en identidad, y la vergüenza se convirtió en orgullo. En ese preciso momento, el poder vuelve a mirar, pero ya no para castigar, sino para integrar y clasificar mejor.
Donde antes había desviación, ahora se celebra la «diversidad». Donde hubo persecución, se ofrece «visibilidad». El mercado, siempre atento, descubre un nicho lucrativo y fabrica consumo: viajes, campañas publicitarias, productos segmentados. La política, por su parte, administra esta pluralidad bajo un nuevo conjunto de siglas: LGTBIQ+, una nueva manera de clasificar y gestionar lo que antes se reprimía. Lo que fue marginación se transforma en gestión, y la diferencia se convierte en una oportunidad de segmentación comercial.
Mientras todo esto ocurre, el “heterosexual”, ese ser que nunca necesitó pensarse como identidad, sigue creyéndose natural. Vive bajo la ilusión cómoda de ser la norma, el estándar universal, ignorando que fue inventado históricamente al mismo tiempo que su opuesto. Es una ficción necesaria para sostener un sistema que requería orden, producción y herencia. Como diría Ernest Becker, cada individuo vive la mentira que le ha tocado vivir. Muchos hombres heterosexuales cargan con el mandato de ser proveedores, viriles y padres modélicos. No se dan cuenta de que esa masculinidad impuesta también es una cárcel.
Y cuando un hijo se atreve a confesar a su padre que es homosexual, el silencio que se produce es ensordecedor. El hijo teme ver en su rostro la decepción; el padre, en su rol de guía, teme haber fracasado como padre, y el hijo cree haber fallado como hijo. Con su confesión, el hijo rompe el guión que ambos tenían de familia. Los dos son, en última instancia, víctimas de una historia que nunca eligieron, pero que los sigue habitando. La sexualidad nunca fue solo deseo. Fue poder, economía, política, y también resistencia. Lo que hoy llamamos identidad nació de una estrategia de control que acabó engendrando sus propias formas de emancipación.
La pregunta que queda flotando es si podemos ir más allá de esta herencia. Si la revolución pendiente no consiste únicamente en sumar letras a una sigla identitaria, sino en soltar las etiquetas por completo, en vivir los cuerpos sin miedo ni la necesidad de ser clasificados. Necesitamos releer la historia, reconocer cómo fuimos moldeados y preguntarnos: ¿qué pasa si dejamos de organizarnos solo por cómo nos atraen los cuerpos y empezamos a hacerlo por cómo nos tratamos? Quizá así, finalmente, la diferencia deje de ser una barrera, y lo que nos una no sea ni el mercado ni el sufrimiento compartido, sino la autonomía radical de vivir el deseo sin pedir permiso.
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Vamos en la dirección contraria, en hacer de todo una identidad a reivindicar, en mezclar la orientación sexual con las identidades autopercibidas, los síndromes genéticos y las parafilias sexuales para poder seguir haciendo caja con un colectivo, tratado como un monolito, que ya es una sopa de letras sin sentido. ¿Y qué hay detrás de esto? Una agenda completamente ajena a la idea original, que se dejara de etiquetar a las personas en función del sexo de aquell@s por l@s que sentían atracción. En ese + cabe cualquier cosa. Y de eso precisamente se trata.
Claro. La manipulación actual de las identidades, no ocurre solo en el terreno sexual. Antes heredábamos nuestras identidades clásicas: la religión, la nación, la familia. Hoy esas herencias se han vuelto difusas. En su lugar, aparecen identidades de elección, o más bien de inducción: activistas ecológicos, veganos, coaches del bienestar, militantes de causas políticas (ya no se “tiene” una ideología, se es de una ideología).
También se diluyen las pertenencias tradicionales: ya no se “es” de un país, sino “ciudadano del mundo”; ya no se funda una familia, solo estarás muy bien.
Y a todo esto se suman las identidades contemporáneas del deseo y del consumo: ser único, ser libre, ser viral, ser emprendedor, influencer, gamer o minimalista.
Ya casi nada se hereda, pero tampoco se elige del todo. Las identidades se inducen, se administran, se venden. Y aunque uno llegue a saberlo, el saber no libera.
Aquí se habla de identidad sexual impuesta o inducida, tradición, ideología, sus causas sociales e individuales etc. etc, pero no se contempla la parte clínica, en especial modo la biología, (agregaría biología-evolutiva) que estudia el fascinante quehacer de los cromosomas que construyen nuestro cuerpo mediante sus cuatro elementales nucleótidos A, G, C y T, y los mensajeros químicos que son las hormonas con sus receptores, inhibidores etc. etc. He leído lo suficiente para saber cómo funcionan basicamente estas realidades microscópicas y, como casi todos los científicos que han escrito sobre este tema, llego a la conclusión de que, tanto los cromosomas como las hormonas no son” infalibles” (Entre comillas pues hablar de categorías semánticas que hemos inventado, no se pueden aplicar a ese hasta ahora desconocido mundo de la evolución biológica). Sabemos de “errores” cromosómaticos, como personas con distinto color de los ojos, ciertos casos de manos con seis dedos, y tantas muertes prematuras por “defectos genéticos”. Del mismo modo las hormonas, esos mensajeros químicos que determinarán nuestra “percepción” de ser varones o mujeres a partir de una cierta edad, tampoco son “infalibles”. Puede suceder que nuestro sístema no produzca ciertas hormonas por distintos motivos, o que falten receptores para las mismas. Los casos de heterosexualidad y homosexualidad son productos de estos mensajeros químicos que nos dan la “percepción” de nuestro género a una cierta edad, no antes. Recuerdo, con horror que hubo “científicos” que proponían la quirurgía para “sanar” a los homosexuales, ¡Extirpar la percepción! Hay que ser demasiados machos o hombres y pocos científicos para proponer este dislate. Así como se han levantado estatuas de los esclavos africanos recordando la injusticia y la ignorancia, algún día tendríamos que levantar estatuas que recuerden a los homosexuales, víctimas inocentes de un plan evolutivo que desconocemos, o de errores del mismo.
Continúo, y sepan disculparme pues los errores de cualquier tipo me hacen reflexionar… ¿Se puede hablar de “error” genético cuando leemos, por ejemplo sobre la hemofilia? Aquí tendría que decir que me parece que los cromosomas, de acuerdo a los que saben, tratan continuamente de “mutar”, pues la explicación que dan de esta patología es la siguiente: teniendo las mujeres como bagaje cromosónico dos X, sucede que, cuando una de ellas tiende a “mutar” (¿?), la otra X “modulará” o cancelará esa inclinación al cambio de su “socia”. Es por eso que únicamente nosotros, al tener una sola X sufrimos de esa enfermadad pues la nuestra Y no está programada para tal tarea. Ellas son portadoras ¿sanas?, nosotros sufrimos las consecuencias. Estos mutamientos han hecho surgir en mí la convicción de que somos mujeres modificadas, pues ¿que significa tener un útero atrofizado en próstata y un sistema de mamas atrofizado en tetillas? En un lejano pasado, y solo por necesidad, algunos de estas primitivas formas de vida, siempre femeninas, cambiaron, tal vez para defenderse del medio ambiente siempre hostil, o para hacer más efectivos el “plan” de conquistar el planeta produciendo millones de espermatozoides, la mayoría inútiles. A los obtusos heterosexuales tendría que hacerles reflexionar esta realidad ya que somos un género más que ambigüo.
E. Roberto, genial tu enfoque biológico, pero me hablas de “heterosexuales” y “homosexuales” como realidades naturales, esa mirada sigue dentro de la invención moderna que mi ensayo intentaba cuestionar. Lo biológico existe, sí, pero lo que hacemos con ello, cómo lo nombramos, clasificamos y jerarquizamos, lo decide la historia y el poder. De nosotros depende no repetir esas decisiones sin pensarlas. Existen actos homosexuales y actos heterosexuales, y ahí debería quedarse todo.
Muy interesantes los comentarios. Gracias. Así da gusto se esté más o menos de acuerdo, pero son interesantes.