
La primera vez que oí esa expresión, «se viene una tormenta», la vi literalmente venirse sobre mí; descargar con violencia toda su negritud, y su agua, y su presagio plomizo. También vi cómo lo hacía hacia sí misma; como el caballo que, en mitad de la carrera, se pliega sobre sus cuartos delanteros y empieza a rodar con el frenesí heredado de la cabalgada. Hacia dentro y hacia adelante, hasta perder el sentido del espacio y la propia consciencia. ¿No es así como se aterriza en un sueño? ¿Brotando, de repente, en un relato que es una balsa en un mar de incoherencia…?
«Sueño: actividad frenética entre dos vigilias» (Andrés Neuman).
La propuesta de Christopher Nolan es negar la mayor. «Es posible mantener la consciencia y recrear el espacio», nos dice. «Es posible transformar el subconsciente dormido en la pantalla de un videojuego, bajar como Mario Bros por las tuberías del pensamiento; llegar al infierno de las obsesiones, caer al vacío, perder todas las vidas y despertar. Volver a la pantalla de inicio». El sueño se convierte así en una fantasía autorrepresentativa inducida por una máquina, un artefacto capaz de cargar una partida en multijugador: esto es, de dormir a varias personas a la vez y juntarlas en el mismo escenario onírico.
Y a partir de ahí, cualquier cosa.
Construir un sueño dentro de otro; modelar edificios con la mente y arrugarlos como un pañuelo; reformular las leyes de la gravedad; extraer información de las cajas fuertes de la memoria; revivir a tu esposa muerta a partir de recuerdos (y desear, oh Jesús, que nunca vuelvan a doblar con ese ridículo acento a Marion Cotillard). Las reglas las pone Nolan y las va revelando poco a poco, como el vecino tramposo que, cuando crees que vas a comerle una ficha, anuncia triunfante que en su casa no se juega así. O mejor aún, que en cada habitación se juega de forma distinta.
Es lo que se conoce como mindfucks (elementos que se zurran en tus certezas) o, para los que creen que Nolan es un trilero, fallos de guion. Ejemplos libres de spoilers: el dolor, la ingravidez y el paso del tiempo se ajustan a las necesidades dramáticas de cada nivel de la película en honor a no sé qué lógica improbable.
«Laberinto: camino más corto para extraviarse».
El objetivo de Dom Cobb (Leonardo DiCaprio) y su equipo (Joseph Gordon-Levitt, Ellen Page, Tom Hardy y Dileep Rao) es preñar el subconsciente de un individuo con la semilla de una idea. Pongamos por caso: sé original. Si el concepto germina en la persona, guiando sus emociones y su conducta, perfilará también su identidad. Algo parecido sucede cuando uno se abre de piernas a un mentor, una obra o una promesa y deja que la simiente ajena arraigue en su interior.
¿Le pasó a Nolan con Los dos reyes y los dos laberintos de Borges (1949)? ¿O con la inabarcable —por inexplicable— L’année dernière à Marienbad de Alain Resnais (1961)? Lo que está fuera de toda duda es que se dejó embarazar por el mito de Teseo y el Minotauro, la teoría de la represión de Freud y las distopías tecnológicas del fin del milenio (Dark City, Alex Proyas, 1998; Matrix, hermanos Wachowski, 1999).
Junto con Memento (2000) y El truco final (The Prestige, 2006), Origen completa la terna obsesiva de Nolan sobre la mente humana: la memoria, la ilusión, el sueño. Como en esos trípticos de Francis Bacon en los que la suma de los factores arroja la distorsión más horrible o el engaño más sincero. Busquen Tres estudios para un retrato de Lucian Freud y entenderán lo que les digo.
«Realidad: hipótesis convincente».
La primera vez que oí esa expresión la pronunció una dependienta argentina que vio cómo el cielo cerraba por derribo. «Se viene una tormenta», dijo. Miré por la ventana y vislumbré una lluvia de balas, una fortaleza nevada, un limbo de truenos y agua salada. Y distinguí el despojo, y la sospecha, y el augurio de uno mismo.










Creo que se basó en un libro japonés llamado Paprika, muy recomendable por cierto