Cine y TV

‘El truco final (El prestigio)’: cinematomagia

El truco final (El prestigio). Imagen Warner Bros.
El truco final (El prestigio). Imagen: Warner Bros.

Quiero que estéis atentos. Quiero que abráis bien los ojos, y que no perdáis detalle. Apenas un puñado de sombreros amontonados son vuestra primera pista… pero esto no es un enigma, no es un caso por resolver. Ni siquiera es un truco (¿sabéis? Los magos odiamos la palabra «truco». Invita a buscar una trampa, un doble fondo, un as en la manga). Esto es (¿solo?) un juego.

Un juego, eso sí, con ingredientes de steampunk, esa rama de la ciencia ficción que no mira al futuro, sino al pasado: a un pasado de naciente carácter industrial, fascinado por la maquinaria o la electricidad. Una época donde Nikola Tesla es casi un personaje de carácter mítico, capaz de obrar los más inesperados milagros —y por eso lleva el rostro de David Bowie, otro ser mítico y cienciaficcionesco—. Esta América de tracción a vapor es el telón de fondo en el que dos magos se desafían a muerte en una escalada de odio mutuo y desprecio propio de progresión geométrica. 

Si Tesla está en primer término, Houdini subyace en todo el metraje. Los números (juegos, ¿recordáis?) de magia decimonónicos tenían ese carácter de escapismo, de efectos de salón y escenario, de cadenas, candados y tanques de agua. Pero el secreto del juego —«una vez que lo sabes, es bastante obvio», en palabras de Sarah, la mujer de Borden— es que esta no es una película sobre la magia. Es una película sobre el cine. 

Es verdad, los personajes hablan constantemente sobre el arte y oficio del ilusionista. Sobre el control de la atención del espectador. Sobre la puesta en escena y la presentación visual de un efecto. «Borden es un mago terrible», dice Angier. «No —contesta Cutler—, es un mago excelente; es un showman terrible». Todos esos elementos son clave en la construcción de cualquier relato cinematográfico, y esta película los pone en práctica. Christopher Nolan ejerce de mago, y El truco final —no fue un cineasta ni un prestidigitador quien tradujo ese título, podéis apostarlo— es tanto una película como un efecto mágico. ¿Estáis mirando atentamente? Entonces podréis comprobar cómo la película «hace lo que dice», y sigue sus propias reglas. Fijaos bien. Cada vez que un personaje hable de cómo ha de ser la magia, pensad en la propia película, y veréis que lo cumple escrupulosamente. Sus tres actos, el modo de mostrar sus cartas (nada por aquí) y dejar que examinemos sus herramientas (nada por allá). Y, sobre todo, esa apariencia de facilidad en la que todos los elementos confluyen de manera natural, sin esfuerzo, cuando en realidad detrás hay todo un mecanismo perfectamente engranado como los pistones de una máquina de vapor. Un circo de cuatro pistas, que son también cuatro tiempos simultáneos y dos puntos de vista. Borden y Angier, y un juego de flashbacks y flashforwards que se vuelve borroso al analizarlo, y sin embargo se sigue fluidamente en la pantalla. Y, por supuesto, además de todo eso (o al final, o quizá mucho antes, al comienzo de todo) hay truco. 

Lo que Christopher Nolan hace, en definitiva, es aplicar los mecanismos de la prestidigitación, los fundamentos de la psicología mágica, la misdirection… todo eso, al servicio de un arte distinto pero hermano, como es el cine. Y en su camino desde el cinematógrafo hacia el ilusionismo se encuentra, por tanto, con un Georges Méliès que, un siglo después de llevarnos al espacio exterior, reaparece en escena en medio de una voluta de humo, él y su concepción cinematomágica, para recordarnos por qué el cine sigue hoy haciéndonos soñar. Por qué nos hemos negado, cien años después, a regresar de la Luna. O quizá no se fue nunca. Quizá la magia de Méliès estuvo ahí todo este tiempo, en cada película de fantasía o de ciencia ficción, y simplemente no supimos estar atentos. 

«Pero todavía no aplaudiréis. Que hagan desaparecer algo no es suficiente, tienen que hacerlo reaparecer. Por eso, todo efecto mágico consta de un tercer acto: el prestigio».

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2 comentarios

  1. Pingback: ‘El truco final’ de Nolan: magia, cine y ciencia ficción se fusionan - Hemeroteca KillBait

  2. Buen artículo, aunque nunca perdonaré a los Nolan dedicar una jartá de minutos al final de la película para contarte como era ese truco, donde estaba la magia y colar una edición con flashbacks a modo de anime para niños sin retención de memoria. El desenlace se entiende al instante, pero deciden estirar y estirar, como hacen siempre, y mientras unos salen contentos otros acabamos cansados justo en el clímax.

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