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La digitalización de piezas únicas: la silenciosa revolución del detalle

digitalización de piezas únicas
Reproducción en HD de un busto relicario del siglo XVI del Museo Diocesano de Arte Sacro de Vitoria- Gasteiz. Imagen: Emovere.

La conservación del patrimonio cultural ha encontrado en la digitalización una herramienta revolucionaria. Ya no se trata únicamente de resguardar objetos del paso del tiempo, sino de hacerlos accesibles, comprensibles y apreciables para un público global, sin comprometer su integridad física. Un ejemplo paradigmático de este nuevo concepto lo representa Emovere · Smart Heritage, una empresa especializada en la digitalización interactiva e inmersiva del patrimonio cultural. Su trabajo con piezas singulares, muestran cómo tecnología y sensibilidad histórica pueden aliarse para redefinir nuestra relación con el legado cultural.

Detrás de cada proyecto de digitalización hay decisiones éticas fundamentales: ¿Qué piezas se digitalizan? ¿Quién decide el relato que las acompaña? Estas preguntas abren una reflexión sobre el poder que ejerce la tecnología no solo para conservar, sino para jerarquizar la memoria. En ese sentido, digitalizar una pieza es también un acto de curaduría cultural, con efectos sobre lo que una comunidad considera digno de recordar, preservar o divulgar. Tener una réplica digital fidedigna permite asegurar una parte de su existencia simbólica y científica incluso si el original sufre daño irreparable.

Piezas únicas y accesibilidad ilimitada

Cada pieza patrimonial encierra una historia, una memoria colectiva o una expresión artística que define a una comunidad. Sin embargo, cuanto más valiosa es una obra, mayor es su fragilidad y más rigurosas son las condiciones necesarias para su conservación. Esto supone una tensión constante entre proteger el objeto y permitir su exhibición pública.

Este dilema se hace patente en los cuatro relieves del siglo XVI que ilustran la procedencia mitológica del escudo de Guipúzcoa. Los paneles, tallados en nogal con exquisita maestría, constituyen una joya del legado histórico vasco. No obstante, su delicadeza obstaculiza su constante traslado o exposición. Su acceso es de carácter restringido en el Archivo General de Guipúzcoa, situado en Tolosa, por motivos de conservación.  

A esto se suma su enorme valor simbólico, especialmente en el marco de la conmemoración del milenario de la primera mención documentada de Guipúzcoa en 1025, que motiva la exposición Ipuscua 1000 años: De Ipuscua a Guipúzcoa. 1025–2025 organizada por el Museo San Telmo y cuyo comisario es Iosu Etxezarraga Ortuondo. La pregunta es ineludible: ¿cómo asegurar que estas obras singulares puedan ser vistas, comprendidas y valoradas por el gran público sin comprometer su integridad?

La solución llegó en su momento con el proyecto impulsado por Gordailua —Centro de Colecciones Patrimoniales de la Diputación Foral de Guipúzcoa— en colaboración con Emovere. El objetivo era ambicioso: generar versiones digitales que conservaran la esencia material y el valor conceptual de los relieves, al tiempo que los hicieran accesibles al gran público. Para ello, se utilizó una combinación de fotografía de alta resolución y modelado 3D avanzado.

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Un comentario

  1. Alentador artículo. Cuidar la memoria colectiva, una memoria que todavía continúa a ser objeto de discordia. Bienvenida sea, y ojalá que esta tecnología pueda extenderse a todos los pueblos de este maltrecho planeta. Un sarcasmo cariñoso para los vascos de mi país: ahora entiendo porque todos andaban siempre con boina, negra sobre todo, y casi en su totalidad abocados a la industria de la leche, la gran Vascongada por un lado, y por el otro los tanos, los venecianos para mayor precisión con La Serenissima (Serenissima Repubblica de Venezia); me crié con sus productos lácteos. Siempre pensé que usar boinas era una moda originaria de mi país que adoptaban solo los vascos, pero no, es más vieja que la injusticia. Excelente artículo, estimado. Gracias JD

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