Editorial

Suplemento Ideas: Colonialismo cultural, esnobismo y complejo de inferioridad llevado al extremo más ridículo

Me hallo estupefacto ante la portada y el consiguiente contenido del Suplemento Ideas que se publica hoy 28 de diciembre y que, a pesar de lo que parece, no es una inocentada. No lo es porque el gesto no tiene nada de humorístico, sino mucho de sintomático. Seis pensadores que marcaron el año 2025, anuncia El País, y basta un vistazo mínimo para comprobar que, una vez más, el pensamiento relevante sucede siempre lejos, en otra lengua y bajo otros sellos de legitimidad. Ninguna voz española. Ninguna. No como excepción, no como matiz, no como contrapunto. Simplemente, inexistentes.

Ante esto resulta inevitable preguntarse qué hay detrás de esa selección. Si los autores de las reseñas siguen unas indicaciones editoriales explícitas —una línea marcada desde arriba que asume que el pensamiento nacional no vende, no prestigia o no interesa— o si, por el contrario, estamos ante algo más inquietante: una absorción acrítica de la idea de que lo de fuera es, por definición, mejor que lo de dentro. No es una cuestión menor. En el primer caso hablaríamos de una decisión editorial consciente; en el segundo, de una colonización mental mucho más profunda y difícil de revertir, donde el desprecio por lo propio ya no necesita ser formulado porque opera de manera automática.

Conviene detenerse un momento en qué contiene exactamente el artículo. No estamos ante un ensayo coral ni ante un análisis comparativo ambicioso. Se trata de un texto de encuadre general y seis retratos breves, cada uno firmado por un autor distinto: Fernando Vallespín, Giorgio Rizzi, Claudi Pérez, Mariam Martínez-Bascuñán, K. Seisdedos y Mar Padilla. Cada perfil se articula alrededor de un libro reciente o de la influencia pública del autor seleccionado. Pankaj Mishra y su lectura del mundo tras Gaza; Giuliano da Empoli con La hora de los depredadores y Los ingenieros del caos; Lea Ypi con Libre, Fronteras de clase y el inminente Indignidad; Daniel Stokes con The Backsliders; Curtis Yarvin como referente de la llamada «Ilustración oscura» y del ecosistema MAGA; Gabriel Zucman y su propuesta del ya célebre «impuesto Zucman» a las grandes fortunas.

Que quede claro que nadie discute la relevancia pública de estos nombres ni la pertinencia de muchos de los debates que abordan. El problema no es lo que está, sino lo que no está. El problema es que el marco implícito del artículo sugiere que el pensamiento que «marca el año» solo puede venir de fuera, preferentemente del circuito anglosajón o de su periferia europea homologada. España aparece, una vez más, como territorio de recepción, nunca de producción. Se traduce, se comenta, se reseña, pero no se piensa. O, al menos, no se piensa con la suficiente dignidad como para merecer un lugar en el escaparate.

Un medio de comunicación no es un simple intermediario neutral. Construye jerarquías, fabrica legitimidades, decide qué entra en la conversación pública y qué queda relegado a una marginalidad elegante. Cuando un periódico con la influencia de El País publica una lista anual de pensamiento sin incluir una sola obra escrita en español por autores españoles, está enviando un mensaje muy claro: el pensamiento serio ocurre en otro idioma y en otros lugares. Aquí, como mucho, se opina sobre lo que otros han pensado.

Este reflejo condicionado no es nuevo, pero sí cada vez más difícil de justificar. Durante décadas se ha confundido cosmopolitismo con dependencia, apertura con mimetismo, prestigio con traducción. Se ha interiorizado la idea de que la densidad intelectual solo llega avalada por universidades extranjeras, editoriales anglosajonas o debates que nos vienen ya masticados desde fuera. Todo lo demás parece condenado a la categoría de reflexión local, ensayo menor o divulgación bienintencionada. El resultado es una cultura que desconfía de sí misma y que necesita mirarse constantemente en el espejo ajeno para sentirse válida.

Frente a esta inercia, la serie La Querella española, que Jot Down lleva publicando desde hace poco más de un año, no responde a ningún repliegue identitario ni a una nostalgia impostada. Es una intervención consciente en un debate que otros prefieren esquivar. La pregunta que atraviesa esa serie —si existe pensamiento español, si existe una tradición reconocible, si existe una conversación intelectual en español con capacidad de interlocución real— no busca levantar fronteras, sino desmontar complejos. La querella no afirma, interroga. Y al hacerlo deja al descubierto hasta qué punto el problema no es la falta de pensamiento, sino la falta de voluntad para reconocerlo.

El argumento habitual para desactivar esta crítica suele formularse con una frase aparentemente sensata: «el pensamiento no tiene nacionalidad». Es cierto, pero es también una obviedad utilizada como coartada. El pensamiento no tiene nacionalidad, pero sí tiene lenguas, contextos, instituciones, debates locales que lo atraviesan. Fingir que todo eso es irrelevante equivale a aceptar que solo cuentan las ideas que vienen certificadas desde determinados centros de poder cultural. Eso no es universalismo: es subordinación intelectual.

Basta repasar lo que se ha publicado en España en 2025 para comprobar que la ausencia de autores españoles en el Suplemento Ideas no responde a una falta de obras relevantes, sino a una ceguera selectiva. Uno de los libros más destacables es Seis problemas que la ciencia no puede responder, de Sonia Contera, una obra que pretende situar preguntas filosóficas de primer orden en el centro del debate público sin caer ni en el cientificismo ingenuo ni en el espiritualismo de saldo. Contreras aborda los límites del conocimiento científico con una claridad incómoda para quienes creen que la ciencia lo explica todo y para quienes la desprecian por principio. Es un libro leído, citado, discutido. Invisible, sin embargo, para quien confecciona listas desde una supuesta atalaya cosmopolita.

Otro caso evidente es Crítica de la razón maquinal, de Basilio Baltasar, un ensayo que ha circulado con fuerza precisamente porque pone palabras a una inquietud compartida: la fascinación acrítica por la tecnología y la delegación progresiva de la razón en sistemas automáticos. Baltasar no escribe desde el alarmismo ni desde la nostalgia, sino desde una tradición crítica que entiende la técnica como fenómeno cultural y político. En un año saturado de discursos sobre inteligencia artificial, pocos libros han ofrecido una reflexión tan articulada sobre lo que estamos dispuestos a ceder a la máquina a cambio de eficiencia.

También ha sido imposible ignorar El informe. Trabajo intelectual y tristeza burocrática, de Remedios Zafra, una obra que ha conectado con una experiencia generacional marcada por la precarización del pensamiento, la hiperproductividad vacía y la conversión del trabajo intelectual en una sucesión interminable de trámites. Zafra escribe con una mezcla de ensayo, autobiografía y análisis cultural que desborda géneros y lectores, y que describe con precisión quirúrgica el malestar contemporáneo en el mundo de la cultura.

A estos títulos se suma El animal deliberante, de Diego Gracia, un libro que reflexiona desde una tradición filosófica y bioética de largo recorrido sobre la deliberación como rasgo constitutivo de la vida humana. Gracia no entiende la deliberación como una mera técnica para resolver dilemas, sino como una práctica moral compleja que integra hechos, valores, contextos y responsabilidades, y que debería ocupar un lugar central en la educación ética y cívica. El libro recorre la historia de la filosofía moral desde los griegos hasta la modernidad para mostrar cómo la capacidad de deliberar es inseparable de la idea misma de humanidad, y ofrece una propuesta rigurosa y profundamente actual en un tiempo dominado por decisiones rápidas y juicios automáticos.

Otro de los libros más influyentes del año ha sido Inmortalidad digital, de Raquel Ferrández, un ensayo que aborda con lucidez la promesa tecnológica de la permanencia, la conservación de la identidad y la fantasía contemporánea de vencer a la muerte mediante datos, avatares y memorias artificiales. Ferrández analiza cómo la externalización de la memoria y la simulación de la presencia plantean problemas filosóficos de primer orden: qué significa seguir siendo uno mismo, qué se pierde cuando la experiencia se reduce a registro y qué tipo de duelo se construye en un mundo que se resiste a aceptar la finitud. Lejos de cualquier entusiasmo tecnoutópico, el libro ofrece una crítica sobria y bien argumentada que conecta antropología, ética y filosofía de la tecnología.

Y aún podría añadirse Universo y sentido, de Norbert Bilbeny, uno de los grandes filósofos españoles contemporáneos, cuya trayectoria intelectual ha sabido mantener una rara coherencia entre rigor académico y vocación pública. En este libro, Bilbeny vuelve a las grandes preguntas —el lugar del ser humano en el cosmos, la posibilidad de sentido en un mundo fragmentado, la responsabilidad moral ante la fragilidad de la vida— sin concesiones al efectismo ni a la simplificación. Universo y sentido dialoga con la ciencia, la ética y la tradición humanista para pensar un presente atravesado por crisis ecológicas, tecnológicas y existenciales, y lo hace desde una escritura clara, reflexiva y profundamente filosófica. Que una obra así, firmada por un pensador de esta envergadura, quede fuera de cualquier balance anual del pensamiento dice mucho menos del libro que de quien elabora el balance.

Ante este panorama, la selección del Suplemento Ideas no solo resulta incompleta, sino reveladora de una forma de entender la cultura como escaparate de prestigios ajenos. No se trata de reclamar cuotas ni de exigir presencia por pasaporte. Se trata de reconocer que el pensamiento en español existe, se publica, se lee y tiene impacto. Ignorarlo no lo hace desaparecer, pero sí empobrece la conversación pública y consolida una jerarquía intelectual profundamente desequilibrada.

La verdadera anomalía no es que haya pensadores extranjeros influyentes, sino que un medio español no sea capaz de integrar lo propio en una visión amplia del pensamiento contemporáneo. Esa incapacidad no es neutra. Alimenta la idea de que aquí solo se producen comentarios, no ideas; reseñas, no conceptos; divulgación, no pensamiento original. Es una profecía que se autocumple porque quienes podrían desmentirla prefieren no incomodarse.

Reivindicar el pensamiento español no es un gesto defensivo ni un repliegue identitario. Es, sencillamente, una forma de tomarse en serio a los lectores y a los autores. Es aceptar que la conversación intelectual no se limita a reproducir lo que se decide en otros lugares, sino que también se construye desde aquí, con nuestras preguntas, nuestros conflictos y nuestras tradiciones. Seguir fingiendo lo contrario no es cosmopolitismo. Es una renuncia cómoda, elegante y, sobre todo, profundamente empobrecedora.

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6 Comentarios

  1. Muy cierto. El papanatismo de El Pais en filosofía y pensamiento no es de ahora, en todo caso.

    • El muy viejo papanatismo español y latinoamericano ante todo lo que viene de fuera, escritores, filósofos, ideólogos, etc, que denunciaba ya Unamuno pero que practicó toda la generación del 98 – y no digamos ya las siguientes.

      Cuando se frecuentan las librerías de segunda mano desde hace muchos años se da uno cuenta de la cantidad de «pensadores» de moda, hoy totalmente olvidados, que se han publicado en español. Sartre o Barthes, por ejemplo, que hoy en Francia no lee nadie.

  2. La población español representa un 0,0059538 de la mundial (49 millones sobre 8.230). Si solo se eligen 6 libros, parece normal que ninguno sea español. Cuestión de números.
    Si incluimos autores en castellano (y deberíamos), faltan en ambas listas (El País y Jotdown) los últimos libros de Gabriel Zaid (Mil palabras) y Carlos Granés (El rugido del tiempo).

  3. Un diario saca una lista de pensadores influyentes. Un señor se indigna porque no hay ejpañoles.

  4. Solo citar a ese periodicucho falangista, es darle mayor importancia de la que tiene. Ninguna.

  5. Pues como cada fin de semana en el suplemento dominical: Extenso reportaje sobre una empresa italiana de moda, diseño, decoración, etc. por supuesto de altísimo lujo. ¿Casualidad? No lo creo.
    Pero, en fin, ¿qué medio no tiene sus taritas?

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