Bartlet: presidente, nobel y mentiroso 

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Bartlet ala oeste
Martin Sheen como el presidente Josiah «Jed» Bartlet en The West Wing. Imagen: NBC.

Este artículo encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº7 especial Desmontando mitos.

America loves Bartlet y el resto del mundo también. Entre los muchos méritos que logró Aaron Sorkin con El ala oeste de la Casa Blanca, destaca el haber edificado el monumento al presidente perfecto, el candidato al que comprar un coche usado y en cuyos brazos fotografiar a nuestros vástagos: el presidente Josiah «Jed» Bartlet. Una figura de tintes legendarios, envuelta en una mandorla de veneración que más allá de sobrepasar la pequeña pantalla, la ha fulminado hasta hacerla irrelevante. ¿Personaje de ficción? Sí, claro, pero no solo eso. Pocas ficciones han alcanzado una influencia y repercusión tales como este presidente inexistente, erigido en faro y guía aspiracional de lo que debería ser la política, una suerte de príncipe-rey platónico coronado con sombrero del Tío Sam. 

Aún hoy, las altas esferas de Washington utilizan sus citas en los discursos, y el New York Times ejercitó la política ficción preguntándose qué habría hecho Bartlet en tal o cual encrucijada donde se escoraba Barack Obama. Quien, por cierto, ha corrido hasta las faldas de este presidente alegórico para que le ayudara a convencer a la sociedad de las bondades del Obamacare. Fue Bartlet quien salió en pantalla rogándole apasionadamente a Estados Unidos que se dejara guiar por el afroamericano, cediéndole su crédito y su bendición.

Que Jed Bartlet no ocupara en realidad el 1600 de la avenida Pennsylvania es, para el aspecto que nos ocupa, casi intranscendente. Baste con el efecto que ha tenido su legado y con el extraordinario peso que aún atesora en esa cosa llamada imaginario colectivo. Porque allí, las fronteras entre realidad y ficción están más que diluidas. Como muestra un botón: aunque aún esté por dilucidar la historicidad del rey Arturo, más de la mitad de los británicos sigue señalándole como una de las figuras más influyentes y relevantes del país. 

En el caso de Bartlet, hasta la derecha más cerril profesa admiración culpable por este mito presidencial y político, demócrata hasta el tuétano. Como para no hacerlo. Sorkin logró, en una labor de orfebrería, cincelar el presidente perfecto para su Camelot, con un cóctel de bondades diseñado al milímetro. Lo suficientemente piadoso para no resultar extremista, coherente sin ser inflexible, bienhumorado sin rozar la parodia. Inteligente —premio nobel en economía, no en vano— abnegado padre y marido; trabajador incansable. Poseedor de un sentido de la honradez, la decencia y el deber que, precisamente en estos tiempos, convulsionan el sistema parasimpático de cualquiera. La suya es una nobleza de las que van acogotando adjetivos, la de un hombre «ideal weberiano» como se le ha calificado en estas páginas, un tipo con bemoles que acaba reventando las costuras del idealismo

Pero con tanto laudatorio quizá nos estemos olvidando de algo. Porque entre el océano de sesudos análisis de este estandarte del buen hacer político, se omite un detalle importante: que Bartlet llegó a dirigir los destinos del mundo libre a lomos de una mentira. Aún más: que la diégesis de sus dos mandatos son la mentira y el engaño. 

Y no es que la estatua erigida se haya ido desconchando en algunos tramos oscuros: es que la estructura está podrida desde la peana, desde el mismo origen. Recordemos que Bartlet llega a la Casa Blanca ocultando que sufre una enfermedad degenerativa (esclerosis múltiple) que acaba saliendo a la luz ante sus estajanovistas trabajadores al sufrir un ataque. Consciente de que dicha circunstancia podría imposibilitar su ascenso al poder, Bartlet se había presentado a las urnas escondiéndola y sellando un pacto secreto con su familia: solo cumplirá un mandato, para no poner en riesgo su salud y ya de paso, el futuro del país. Que la veneración bartletiana no nos empuje por tramposas tangentes: «La omisión de lo debido no es menos reprensible que la comisión de lo indebido», que diría Plutarco. Bartlet mintió, no solo ocultó. Edificó una campaña sobre una mentira, consciente y estratégicamente. 

Y no, no hablamos de una mentira cualquiera, mucho menos para los parámetros de una sociedad como la norteamericana, que escruta la vida privada de sus candidatos presidenciales con la misma escrupulosa mirada que sus planteamientos políticos. Podemos discutir si un hijo secreto o cualquier otra indiscreción omitida afectaría o no a la manera de dirigir el país, pero no si una esclerosis múltiple lo haría. Es inapelable que el deterioro físico y mental perjudica su labor como presidente porque, de hecho, se evidencia en la propia serie en no pocas ocasiones. El ocultamiento de la enfermedad a sus propios colaboradores provoca que, tras un ataque terrorista que acaba con el  presidente ingresado y anestesiado, se produzca un vacío de poder en EE. UU. Bartlet se niega a firmar la Vigesimoquinta Enmienda que dejaría al descubierto su secreto, cediéndole el cetro al vicepresidente Hoynes. «Durante una noche de extremo caos y miedo, cuando no sabíamos si habíamos sido víctimas de terrorismo nacional o internacional o incluso de un acto bélico, había incertidumbre sobre quién daba las órdenes de seguridad nacional» le reprocha su director de Comunicaciones, Toby Ziegler, cuando descubre el pastel. 

Y este hombre bueno, el faro y guía de lo que debería ser la política, redunda en la trampa también para tratar de justificar su estafa. «Esto [la enfermedad] es personal, no estoy dispuesto a renunciar a este derecho», aduce. Un argumento de baratillo para cualquiera, y especialmente para el quijotesco e ilustrado presidente, consciente como el que más de que, con el ocultamiento, niega a los ciudadanos la posibilidad de decidir por ellos mismos, privándoles de un derecho que siempre debería anteponerse a sus voluntades y ambiciones individuales. 

Pero Bartlet en todo momento es víctima de su propio ensimismamiento y egomanía. Percibe como injusticia que una enfermedad le prive de ocupar el despacho con más poder del mundo, porque él merece ese lugar. También hay voluntad pública en su actuar, qué duda cabe: cree que puede ser un gran líder. Y lo es. Pero choca frontalmente con el discurso de talante humanista que emana de toda la serie, que sostiene que el poder no es legítimo según quién lo ostente, sino que esa legitimidad emana del propio poder y de cómo se usa. 

Por eso, el presidente perfecto, el mito del político honrado, vuelve a hacerse trampas al solitario cuando se defiende como gato panza arriba alegando que él jamás pidió a ninguno de los médicos que le trataban que ocultara su enfermedad. Si bien no existió coacción expresa, resulta absurdo negar que con la revelación del secreto esclavizas al confesor. No hay quebranto ni infracción legal en ello, pero sí moral. Al menos, en lo que a un presidente perfecto exigiríamos. 

Lo que no puede negársele a Bartlet es la coherencia, el arrojo de llevar hasta sus últimas consecuencias su versión de lo acaecido. No solo se presentará a un segundo mandato casi como una forma de redención, sino que mantendrá hasta el último momento que nunca hubo una intención de aprovechamiento personal de la representatividad pública. Bartlet se negará a pactar para clausurar la comisión que investiga si incurrió en delito con su engaño, y opta por seguir adelante arrastrando a su mujer —que pierde la licencia médica— con él. Porque lo contrario sería aceptar que existía un plan de engaño, de estafa a la opinión pública. Seguiría en el cargo, pero con la mancha negra de la reprobación parlamentaria. Y Bartlet no está dispuesto a hacerlo, a pesar de que el plan de fraude existiera. Y era casi perfecto. La clave la proporciona su propio abogado: «Ese es exactamente el problema. Hizo todo bien. Hizo todo lo que tendría que hacer si tuviera intención de cometer fraude». 

No pecamos de ingenuidad, ni la serie de Aaron Sorkin es tan naif como para excluir la mentira del campo de actuación de sus personajes, aunque sean del gobierno de los mejores. Bartlet vuelve a construir una gran mentira en el asunto de Qumar, a cuyo primer ministro manda asesinar. Pero el matiz aquí es importante: la motivación no es un provecho personal, sino que antepone los intereses de su país aunque para ello tenga que mentirles. De hecho, quizá en un giro de justicia poética, a consecuencia de ello acaba escaldado personalmente con el secuestro de su hija y la cesión momentánea de su cargo al portavoz republicano del Senado. 

El pecado de Bartlet de mentir sobre su enfermedad para escalar hasta el sillón presidencial no es exclusivo: Lincoln, Reagan y Kennedy lo hicieron antes que él, como se encarga de recordarnos el  fiel Leo McGarry. Minucias al lado de las mentiras nixonianas, en un país que no castigó la mamada de Clinton, sino la mentira sobre la mamada. 

Pero la elevación a los altares de este modelo del político perfecto con pies de barro es, sobre todo, una declaración metafórica de lo que es el poder, incluso cuando este se presenta como alegoría y no como realidad: un pozo en el que al final, hasta el mito, miente para su propio beneficio, para conseguir que su pueblo le quiera, y le escoja. Un respetable que, además, le acaba redimiendo de su engaño, volviéndole a aupar hasta el trono. Quizás es que, como acaba reconociendo Ziegler cuando le toca mentir a él: «La verdad es una idea evasiva». O que no nos importa que nos mientan, si nos caen bien. 

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2 Comentarios

  1. “O que no nos importa que nos mientan, si nos caen bien.”

    Esta frase es para enmarcar, y cada vez está más arraigada. Es curioso que el ser humano, con las nuevas tecnologías y las redes sociales, en de usarlas para buscar la verdad, busca que le den la razón.

    Y no importa si realmente la tienes o no, porque hoy en día vivimos en una sociedad maleable, de grises, donde hemos aceptado que toda idea se debe respetar, y toda opinión tiene la misma validez que otra. Y si cuestionas este dogma igualitario, eres un totalitarista (de un signo u otro, eso es lo de menos).

  2. Se echa de menos a un intelectual de la talla de Gorby en la política y la escena internacional.
    Estoy harto de dinosaurios.

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