Sociedad

Chinamaxxing: cansancio occidental y fantasías de orden

Chinamaxxing Foto Abderrahmane Habibi (CC)
Foto: Abderrahmane Habibi (CC)

Durante unas semanas, las suficientes para que el algoritmo lo detecte, lo mastique y lo redistribuya, ha circulado por TikTok, Instagram y esa zona intermedia que ya no sabemos si es red social o vertedero simbólico una palabra nueva, una de esas que parecen un chiste pero acaban funcionando como diagnóstico. Chinamaxxing. Jóvenes occidentales, en su mayoría varones, en su mayoría cansados, empiezan a idealizar China no como país real, con su historia, sus contradicciones y sus zonas grises, sino como una idea compacta, lista para ser consumida. China como promesa. China como refugio. China como algo que parece funcionar cuando todo lo demás da la impresión de estar fallando.

Los vídeos siguen casi siempre el mismo patrón. Calles limpias, trenes que llegan a la hora, gente que camina con determinación, ciudades iluminadas como placas base. Hay orden, hay dirección, hay una sensación de futuro reconocible. El subtexto aparece sin necesidad de formularse. Allí las cosas están en su sitio. Aquí no. Allí hay estructura. Aquí hay ruido. Allí parece existir un horizonte. Aquí solo una sucesión de esfuerzos que no terminan de cuajar. La comparación es constante, incluso cuando no se verbaliza, y en esa repetición se va instalando una forma de deseo que no necesita demasiadas palabras para operar.

No es la primera vez que ocurre algo así. Cada generación ha construido su propio Oriente imaginado, un lugar donde proyectar aquello que siente que le falta. Antes fue Japón, luego Corea del Sur, en otros momentos incluso la Unión Soviética convertida en póster. Lo singular de chinamaxxing es el tono. No hay tanto curiosidad cultural como deseo de sustitución. No se trata de entender otro lugar, sino de pensar desde allí sin moverse. Seguir viviendo aquí, pero desear en otro registro. Cambiar de marco mental como quien cambia de filtro y se queda a vivir dentro de él.

El punto de partida no es el entusiasmo, sino el agotamiento. Chinamaxxing nace del cansancio acumulado, de una sensación de bloqueo vital que se traduce en estética. Precariedad, política convertida en espectáculo, la impresión de que cualquier esfuerzo personal acaba absorbido por un sistema que no devuelve nada. En ese contexto, China aparece como un mito operativo, un lugar donde el trabajo parece tener recompensa, donde la colectividad pesa más que el yo erosionado, donde el sistema se percibe al menos coherente. La coherencia, incluso cuando es ilusoria, se vuelve un bien escaso y por tanto deseable.

No importa demasiado si lo es o no. El mito no necesita precisión. Funciona por contraste. Funciona porque no se compara con la realidad china, sino con una experiencia cotidiana vivida como fallida. La promesa no está en el país, sino en la sensación de que alguien, en algún lugar, todavía sabe hacia dónde va. Eso basta para que la fantasía empiece a trabajar.

Lo que circula en redes no es un análisis político ni histórico. Es un estado de ánimo. Un mood. Clips breves, música épica, subtítulos que insinúan una pérdida histórica sin explicarla. Una estética del orden que actúa como bálsamo frente al desorden cotidiano. También una renuncia tácita. La idea de que ya no merece la pena intentar transformar lo que tenemos cerca. Que el margen de acción se ha reducido tanto que lo único que queda es cambiar de imaginario.

La fantasía se consolida porque el algoritmo la refuerza. China aparece despojada de fricción. No hay conflicto, solo coreografía. No hay biografías descartadas, ni cuerpos que sobran, ni voces que no encajan. Aparece lo mismo que siempre aparece cuando una cultura se convierte en objeto de deseo. Una versión estilizada, sin costes visibles, sin restos, sin residuos humanos. La imagen no miente, simplemente omite.

En el fondo, chinamaxxing funciona como turismo emocional. No se viaja a un país, se viaja a una idea. Se consume una imagen a la que se le atribuye la capacidad de resolver una crisis vital sin solución inmediata. El atractivo no está tanto en China como en la sensación de materialidad que transmite. La impresión de que el mundo todavía tiene estructura. Que las cosas se hacen. Que los trenes pasan. Que el futuro no es solo una palabra gastada en discursos institucionales repetidos sin convicción.

Frente a un Occidente percibido como cansado, atrapado en su propia ironía, China aparece como una maquinaria que no pide disculpas por existir. Esa imagen resulta seductora cuando la vida cotidiana se ha vuelto abstracta, cuando todo parece provisional, desde los trabajos hasta las relaciones, desde los proyectos vitales hasta las ciudades que se habitan. En ese paisaje, el orden se vuelve atractivo. La renuncia, descanso. La disciplina, alivio. No como valor moral, sino como descanso cognitivo.

El problema no está en la admiración cultural, sino en la simplificación emocional. En convertir un sistema complejo en un objeto aspiracional sin conflicto. En romantizar la estabilidad porque la incertidumbre cansa. En confundir firmeza con justicia solo porque el ruido agota. La fatiga es un pésimo lugar desde el que imaginar el mundo, pero es justo desde ahí desde donde se están construyendo muchos deseos contemporáneos.

Hay algo profundamente generacional en todo esto. Chinamaxxing no surge entre quienes vivieron otras guerras frías, sino entre quienes han crecido en un presente continuo donde nada parece durar. Trabajos temporales, vínculos frágiles, identidades sometidas a evaluación constante. Cuando todo es elección, elegir menos se siente como un privilegio. Cuando todo es duda, la certeza ajena resulta tranquilizadora. No porque sea mejor, sino porque es menos agotadora.

Por eso el fenómeno viene acompañado de desconfianza hacia el matiz, hacia la duda, hacia el debate. Pensar demasiado se interpreta como debilidad. Cuestionar, como sabotaje. El deseo es sencillo. Que alguien decida. Que alguien marque límites. Que alguien diga cómo funcionan las cosas y se acabe la discusión. No porque sea verdad, sino porque vivir sin suelo cansa. Porque el vértigo continuo termina erosionando incluso la voluntad de disentir.

Chinamaxxing no propone un proyecto político articulado. Ofrece una anestesia simbólica. Y como toda anestesia, funciona mejor cuanto menos se analiza. No necesita defensores explícitos del autoritarismo. Basta con la comparación constante. Basta con mostrar un mundo donde todo parece encajar y dejar que el espectador complete el sentido. El algoritmo no argumenta. Sugiere. Y en esa sugerencia hay una pedagogía silenciosa mucho más eficaz que cualquier propaganda clásica.

Al final, el fenómeno dice menos sobre China que sobre un Occidente incapaz de imaginar futuros deseables sin recurrir a la nostalgia o al cinismo. Un lugar donde la crítica ya no construye y el entusiasmo ya no convence. Donde el progreso se vive como amenaza y la complejidad como castigo. Donde el deseo ha sido tan administrado que empieza a buscar refugio en imágenes que prometen descanso, aunque ese descanso sea ilusorio.

Quizá por eso resulta tan incómodo. No se desmonta con datos ni con hilos explicativos. Obliga a preguntarse por qué tanta gente necesita creer que en otro sitio todo está resuelto. Por qué el orden ajeno resulta más habitable que el desorden propio. Por qué una fantasía lejana parece más sólida que la realidad inmediata que se pisa cada día.

Chinamaxxing no es una moda pasajera. Es un síntoma cultural. Y como ocurre con los síntomas, señalarlo no basta. Hay que mirar con atención la vida que lo produce, una vida tan frágil, tan sometida a evaluación permanente, que cualquier promesa de firmeza, incluso cuando es ficticia, se percibe como un milagro.

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3 Comentarios

  1. Gran reflexión, gracias.
    Me ha encantado. Deliciosas líneas

  2. E.Roberto

    Si hay algo que me fascina es el buen uso del lenguaje, ese esfuerzo por ir hasta el bulbo raquídeo si fuera necesario en busca de palabras, para volver con ellas ya claras, determinadas y obedientes para jerarquizar el mensaje. Notable. Un viaje placentero para entender el derrotero no obstante surgan las inevitables y saludables preguntas. Una de ellas sería: ¿Puede ser que quienes reforzaron este auge del conservadurismo o derecha extrema en occidente central y periferias (no obstante no hayan vivido guerras frias) sean los mismos que añoran, sueñan, o idealizan China, una palabra que alarma y pone en guardia? Siendo en su mayoria jovenes cabe la posibilidad de que no hayan votado, entonces podría ser una moda pasajera sin mayores consecuencias, una anédocta espléndidamente narrada. La siguiente seria esta percepción de imparcialidad. Si se cuelgan fotos con personajes y escenografrías chinas para reforzar la idea de que la anestesia, o el ideal, o la NO necesidad de defensores del autoritarismo está bien vigilada, habria que poner fotos que expliquen el motivo del cansancio o desilusión de los soñadores, una foto con personajes de un supermercado occidental con sus debidos vigilantes que sospecho serían más de uno. Por el resto una excelente lectura que se agradece.

  3. No sé quiénes serán esos y esas que sueñan con China pero lo que es menda y su extenso círculo de allegados, ni locos hartos de vino se nos ocurriría aterrizar por allí.

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