
Algo tiene la animación que permite explorar códigos que resultarían desastrosos en imagen real. Ignoro si se debe al movimiento, un poco kabuki, de los personajes. Quizá sean las voces de subido diapasón. Tal vez los colores planos, que representan la piel y la carne escrupulosamente uniformes, sin esa variación cromática debida a las venas y los vasos sanguíneos, carentes de manchas escrofulosas, vello corporal o líneas de bronceado (aunque Nicole Kidman ya haya alcanzado ese estatus de uniformidad dérmica).
No sé lo que es, pero sé que muchos gags animados sencillamente no funcionan en imagen real, y mucho menos si está involucrado el slapstick y las muecas y visajes cartoonescos, por mucho que las interprete un híbrido de Jack Nicholson y Jim Carrey. Muchas réplicas que te parten la caja cuando las pronuncia Bender o Stewie probablemente nos dejarían fríos si las soltara Adam Sandler (vale, es un mal ejemplo). Hay un capítulo de South Park en el que los protagonistas se convierten en niños de carne y hueso. Pues bien, no sentí nada, me quedé frío como el témpano, y South Park me parece una obra maestra.
Por eso creo que Rick y Morty, de ser una serie en imagen real, no se habría convertido en tan poco tiempo en una de mis series favoritas de todos los tiempos. Afortunadamente, Rick y Morty no es imagen real, sino un caleidoscopio psicotrópico. Ningún actor sería capaz de interpretar sus personajes. Ni la ILM lograría que los efectos fueran tan gráficamente divertidos.
El «Wubba Lubba Dub Dub», la jerigonza onomatopéyica con la que Rick acompaña sus discursos grandilocuentes, no nos haría tanta gracia en boca de un actor del Método. Y esa es la mejor forma de describir la serie Rick y Morty, de Dan Harmon (Community) y Justin Roiland (Hora de aventuras): un show que ha conseguido, aún más, forzar las costuras y botonaduras de lo que es posible en la animación para jóvenes y no tan jóvenes.
Rick y Morty ni siquiera es original en su planteamiento. En sus inicios era una copia casi pornográfica de Back to the Future, donde Rick Sánchez era Doc y Morty era Marty, y ahora es un bufé libre de todos los tópicos y variantes bajo los que se puede presentar el género (hasta la sintonía de los créditos ha robado algunas notas a la de Doctor Who). Todo bajo el paraguas de una máxima: la ciencia es lo más, y quien no sabe ciencia es imbécil. Más razón que un santo tenía Hitchcock cuando dijo que es mejor partir de un cliché para ir a un sitio nuevo que a la inversa.
El dibujo no es sólido ni pulimentado, incluso roza el feísmo y despliega una paleta cromática casi psicotrópica, pero ello no debería eclipsar la complejísima y poliédrica trama repleta de capas y más capas de reflexión, autorreferencialidad y metacognición. Como un huevo Kinder, fungible por fuera, pero lleno de piezas dentro, que bien ensambladas dan lugar a juguetes dignos de coleccionista.
El segundo capítulo, por ejemplo, es un homenaje a Inception y Terminator, y aparece el sosias Freddy Krueger. El resto de episodios abordan dimensiones paralelas, planetas habitados por criaturas imposibles, sexo robótico, embarazo interespecies, control mental y la eliminación sistemática de doppelgängers. Uno de los capítulos más brillantes en ese sentido es aquel en el que los protagonistas, incapaces de resolver una crisis mundial, se trasladan a un universo paralelo donde sus otros yoes acaban de morir a causa de un accidente, pero la crisis global ya se resolvió. Entierran sus otros yoes en el jardín y los suplantan. Y en capítulos sucesivos se nos recordará que esos cadáveres están ahí, y ya no sabremos muy bien quiénes son los verdaderos personajes o si, en realidad, nuestros héroes murieron hace mucho.
Porque Rick y Morty también es cruel y taxativa, sobre todo cuando es Rick quien gestiona los problemas. Porque Rick es el mad doctor arquetípico, que se cree a pie juntillas el cliché bueno/tonto; por eso es malo, porque se cree muy listo. Más listo que nadie en el universo. Exceptuando los otros Ricks que pululan en universos alternativos. Los otros yoes pueden ser más tontos y cándidos, más de Rousseau y menos de Hobbes, pero también más perspicaces y malvados (de hecho, Rick llegará a conocer a una versión todavía más maquiavélica y altanera que él, quizá uno de los capítulos más espectaculares, capaz de ampliar a macro el ovillo conceptual de la serie).
Pero que la densidad en las ideas y los guiños entre culturetas y populares no os desincentiven. Rick y Morty no es solo para sesudos: también es una montaña rusa de gags visuales. En Trampa 22, de Joseph Heller, se razona que la mejor forma de ralentizar el paso del tiempo es haciendo que la vida sea lo más aburrida posible. En tal caso, con Rick y Morty se os pasará la primera temporada como si un rayo hubiese caído en vuestro DeLorean.








Me ha encantado este artículo de Sergio. Soy muy fan de la serie, me considero un sesudo jajaja.
Rick y Morty me deja la lección de la superación: se puede escapar de la curva infinita central engañando a Rick aunque en teoría nadie sea más listo que él.
Justamente por la animación es que se acoge tan alegremente la serie. Yo la descubrí cuando aún estudiaba en la ESO y me hizo replantearme muchas cosas, sobretodo el orden de importancia de las mismas. Para mí si punto más fuerte es como te restriega en la cara lo insignificante que eres como individuo frente al infinito y como todo y todos carecemos de importancia. Pero es justamente que le demos importancia lo que lo hace importante por lo que se trata de una elección y lo hace aún más bonito a mí parecer.