Sociedad

El miedo de Manny y el inmortal Thomas More

Captura de la comparecencia de Manny Chávez.
Captura de la comparecencia de Manny Chávez.

El miedo como punto de partida

Hace unos días escuché, conmocionada, las palabras de un joven llamado Manny Chávez, estadounidense, hijo de inmigrantes, que hablaba entre lágrimas ante los concejales de un ayuntamiento de Oregón. No era un mitin, ni un plató de televisión, ni un discurso ensayado: era un adolescente intentando explicar el miedo con el lenguaje torpe y honesto del miedo. Su testimonio, difundido en redes sociales, se ha convertido en un documento viral.

Llorando sin consuelo, Manny pronunciaba estas palabras:

«Tengo miedo de que mis padres se vayan de casa a trabajar y no pueda despedirme de ellos… miedo de no volver a verlos si ustedes no están de nuestro lado. Ellos lucharon mucho para venir aquí y dar una vida a sus hijos. Espero que nos escuchen, que nos apoyen, porque estamos luchando por nuestros derechos y se nos está tratando como animales… La gente nos juzga por el color de nuestra piel y por cómo hablamos. Tenemos un presidente que actúa como un niño y no nos apoya por lo que piensa de nosotros… Tengo miedo de no volver a ver a mis amigos, miedo de que sus padres desaparezcan algún día, miedo de que tengamos que valernos solos… miedo de que en la escuela aparezcan personas encapuchadas que no podemos identificar. Tengo miedo de no volver a ver a mis seres queridos, porque aunque seamos ciudadanos de Estados Unidos, no les importamos. Nos tratan como perros, como animales… Estoy cansado. Quiero que algo cambie. No debería vivir así con dieciséis años. Debería poder concentrarme en mis estudios, y ni siquiera puedo».

El joven hablaba en una de esas sesiones municipales en las que se invita a la ciudadanía a intervenir sobre las redadas del ICE y las políticas migratorias de la administración Trump. Manny explicó que su madre tiene un negocio, paga impuestos, cumple la ley, pero vive con miedo. Y añadió algo que resulta especialmente perturbador: teme convertirse en un «blanco fácil» por haber mostrado su rostro en televisión. En la era de la visibilidad total, la exposición pública se convierte en un riesgo político.

No sé qué me resultó más devastador: la fragilidad de su situación, la reiteración obsesiva del miedo o la lúcida conciencia de que su infancia se le está escapando como agua entre los dedos. Manny no hablaba como un niño; hablaba como alguien que ha comprendido que la política no es una abstracción, sino una amenaza concreta que se presenta en la puerta de casa, en la escuela, en la televisión, en el silencio de los padres que no saben qué prometer.

Fue imposible no hacer mías sus lágrimas. Y, cómo no, echar la vista atrás y recordar cuán antiguo es este sentimiento en el que se reconocen muchos ciudadanos americanos y que lidera el presidente Trump con tanto nepotismo como necedad. Con toda la sutileza, inocencia y bondad de quien todavía cree en las instituciones, Manny lo mencionaba casi como una constatación infantil: «tenemos un presidente que actúa como un niño». Hay en esa frase una mezcla de ingenuidad y lucidez que resulta insoportable: el niño que observa al adulto y descubre que no hay nadie al mando, que la figura paterna se comporta como un adolescente caprichoso que juega con la vida de millones de personas.

Un texto del siglo XVI para el siglo XXI

Escuchar a Manny fue, inevitablemente, un ejercicio de arqueología moral. Ese miedo no es nuevo. Ese discurso no es nuevo. Ese conflicto —el del extranjero convertido en amenaza— es una constante histórica. Por eso resulta inevitable recordar un texto que, pese a su antigüedad, parece escrito para nuestros días: el episodio conocido como El caso de los extranjeros, integrado en la obra Sir Thomas More, atribuida parcialmente a William Shakespeare.

El manuscrito original se conserva en la British Library. Se trata de una obra colectiva, escrita por varios autores, en la que Shakespeare habría intervenido como redactor y supervisor. Su estatus canónico ha sido discutido, pero la autoría del pasaje central está documentada: se conserva en la caligrafía del propio Shakespeare. La obra no se representó en su tiempo, probablemente por censura, y solo fue estrenada en el siglo XX, cuando el clima político permitió que aquel alegato humanista dejara de considerarse sedicioso.

En la escena, Thomas More —entonces sheriff de Londres— se enfrenta a una turba que persigue a inmigrantes y pretende expulsarlos violentamente. More detiene la revuelta y pronuncia un discurso que constituye una de las piezas más tempranas de teoría política humanista en el teatro inglés:

«¿Os gustaría hallar una nación de un temperamento tan insensible como el que hoy mostráis, que en su furia atroz no os diera un sitio donde alzar la vida?

Pues contra vosotros afilarán sus atroces cuchillos homicidas, os verán con desdén, como a los perros, como si no fuerais de Dios criaturas, y los deleites de su creación —el aire mismo y el agua de la tierra— no fuesen aptos para vuestro bien, sino un favor concedido solo a ellos.

¿Qué diríais de ser tratados así? Este es el caso de los extranjeros que hoy despreciáis con ánimo feroz, y esta es la inhumanidad tan agreste que en este día demostráis contra ellos».

La estrategia retórica es tan simple como devastadora: More pide a los agresores que imaginen ser ellos los expulsados. Invierte la perspectiva, obliga a la empatía mediante un ejercicio de imaginación moral. En términos contemporáneos, les propone un experimento mental sobre la justicia distributiva y la reciprocidad ética. En términos literarios, les ofrece un espejo.

Thomas More no era un revolucionario moderno, sino un humanista cristiano, autor de Utopía, defensor de la primacía de la conciencia frente al poder absoluto. Su negativa a aceptar el divorcio de Enrique VIII le costó la vida. Fue acusado de traición y ejecutado en 1535. Su figura, canonizada por la Iglesia católica, representa la tensión entre ley, conciencia y poder político. Precisamente por eso resulta tan pertinente recuperar su discurso en un contexto en el que la legalidad se invoca para justificar políticas de exclusión.

De Londres a Oregón: continuidad del miedo

Entre la turba londinense del siglo XVI y los debates municipales del Oregón del siglo XXI hay un hilo de continuidad espantoso: la construcción del extranjero como amenaza ontológica. La historia política de Occidente está plagada de momentos en los que la categoría de «extranjero» se convierte en una categoría moralmente inferior. Lo que More denuncia no es solo la violencia física, sino la violencia simbólica que convierte a ciertas personas en no personas.

Manny, sin saberlo, repite el argumento de More cuando dice: «nos tratan como perros», y es que la deshumanización es siempre el primer paso de la violencia estructural. Y More añade: «como si no fuerais de Dios criaturas», lo que, traducido al lenguaje secular contemporáneo, sonaría así: como si no fuerais sujetos de derechos, como si vuestra vida tuviera menos valor.

El ICE, la agencia estadounidense de inmigración, se ha convertido en un símbolo de esta política de deshumanización burocrática. Las redadas, las detenciones sin garantías suficientes, la separación de familias, la criminalización del estatus migratorio como identidad moral son prácticas que han sido documentadas por organizaciones de derechos humanos. El debate ya no es ideológico: es empírico. Existe una literatura científica creciente sobre los efectos psicológicos de la inseguridad migratoria en niños y adolescentes, sobre el estrés tóxico, sobre la internalización del miedo como condición vital.

Manny es un adolescente que no puede concentrarse en la escuela porque teme que sus padres desaparezcan. La sociología contemporánea ha descrito este fenómeno como una ruptura del «horizonte de expectativas», un colapso de la narrativa biográfica. Cuando el futuro se percibe como radicalmente incierto, la identidad se fragmenta.

Teatro, censura y memoria cultural

El discurso de Thomas More fue considerado subversivo durante siglos. No es casual. Pedir empatía hacia el extranjero ha sido, históricamente, una posición políticamente peligrosa. En 1964, para conmemorar el 400 aniversario del nacimiento de Shakespeare, la obra fue representada por primera vez. Ian McKellen interpretó a Thomas More en una puesta en escena magnífica. Me resulta impensable que esta obra fuese representada hoy mismo en Broadway sin que esto fuese considerado una declaración política subversiva para el gobierno actual. Y es que parece que, entre los votantes de Trump, se penaliza la compasión si esta cuestiona el relato securitario. Así que, no, imposible, esta obra no será representada en Broadway.

Sin embargo, y por fortuna, la censura no siempre elimina las ideas, aunque las entierre en archivos. La memoria cultural funciona como un depósito de discursos que resurgen cuando las circunstancias lo permiten. Shakespeare escribe en el siglo XVI, McKellen interpreta en el XX, Manny implora en el XXI. Cada siglo recupera las palabras que necesita para nombrar sus fantasmas.

Política, infancia y ética del gobierno

Manny debería estar preocupado por exámenes, amistades, música, videojuegos; sin embargo, vive en un estado de vigilancia emocional permanente. Cuando los niños internalizan el miedo al Estado, algo primordial se ha resquebrajado.

La teoría política clásica sostiene que el primer deber del gobernante es garantizar la seguridad y la vida digna de quienes habitan su territorio. Hobbes hablaba de la protección frente al miedo violento; Locke, de la garantía de derechos; Arendt, de la responsabilidad ante la pluralidad humana. La política migratoria, en este marco, no es solo una cuestión administrativa, sino una cuestión ética fundamental: ¿quién merece protección?

La administración Trump ha articulado un discurso que redefine el concepto de comunidad política en términos excluyentes, y aunque este discurso no es nuevo, ha adquirido una visibilidad mediática inédita. El peligro no reside solo en las políticas concretas, sino en la normalización de una retórica que presenta al migrante como problema, no como sujeto. Manny percibe esa retórica y la traduce en miedo, angustia, desprotección.

Un sol compartido

El mundo está dividido en zonas de luz y de sombra, lugares donde la vida es plenamente reconocida y territorios donde es tolerada con fragilidad. Por suerte, la geografía moral no coincide con la geografía física.

El sol que ilumina las costas de California es el mismo que el que ilumina el Mediterráneo. No hay un sol para los ciudadanos plenos y otro para los ciudadanos condicionales. No hay un aire distinto para los hombres y mujeres con papeles y para los sin papeles. La naturaleza no reconoce fronteras morales. Son las sociedades las que deciden quién puede respirar sin miedo.

La literatura científica sobre migración y salud mental infantil es abundante y consistente. Estudios publicados en JAMA Pediatrics han documentado el impacto del miedo a la deportación en niños y adolescentes, describiendo síntomas de ansiedad, estrés postraumático y deterioro del rendimiento académico (Hatzenbuehler et al., 2017). Otros trabajos clásicos sobre hijos de padres detenidos o deportados confirman la aparición de angustia crónica, hipervigilancia y ruptura del proyecto vital (Zayas et al., 2015).

La American Academy of Pediatrics ha calificado la separación familiar forzada como una forma de toxic stress con consecuencias neurobiológicas y sociales a largo plazo, comparables a otras experiencias adversas tempranas (Shonkoff et al., 2012; American Academy of Pediatrics, 2018).

Organizaciones como Human Rights Watch y Amnistía Internacional han denunciado repetidamente las prácticas del ICE, señalando detenciones arbitrarias, condiciones de reclusión incompatibles con estándares internacionales y vulneraciones del debido proceso (Human Rights Watch, 2019; Amnesty International, 2018). El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha recordado que la detención migratoria debe ser una medida excepcional y proporcional, no un instrumento sistemático de disuasión (OHCHR, 2018). Cuando Manny dice que no puede concentrarse en la escuela, está describiendo, sin saberlo, un fenómeno documentado por la psicología del desarrollo.

Conclusión: la historia como advertencia

La historia no se repite, pero rima. La turba del siglo XVI, las redadas del siglo XXI, los discursos políticos que convierten al extranjero en enemigo: son variaciones de un mismo motivo.

Aquí me permito una confesión personal: me resulta insoportable la sensación de que necesitamos citas de Shakespeare, informes de la ONU y artículos indexados para aceptar que un niño no debería vivir con miedo. Algo profundamente terrible sucede en nuestra cultura política si la empatía necesita aparato crítico para legitimarse.

La pregunta no es qué hará Estados Unidos con Manny y su familia. La pregunta es qué haremos nosotros con Manny, con More, con Shakespeare, con la tradición humanista que hemos heredado. Si convertimos esos textos en piezas de museo, habremos perdido. Si los leemos como advertencias activas, quizá todavía haya esperanza.

Porque el miedo de Manny no es una anécdota viral, sino una señal de algo más profundo: una crisis de empatía, una erosión del contrato social, una tentación autoritaria que se disfraza de orden. Frente a eso, solo queda repetir, con More y con Manny, que nadie debería ser tratado como si no fuera una criatura humana.

Y recordar, obstinadamente, que bajo el mismo sol —el de California y el del Mediterráneo— seguimos siendo, pese a todo, la misma especie moralmente responsable de sí misma.


Referencias

American Academy of Pediatrics. (2018). Detention of immigrant children. Pediatrics, 142(3), e20182902. https://doi.org/10.1542/peds.2018-2902

Amnesty International. (2018). USA: “You don’t have any rights here”: Illegal pushbacks, arbitrary detention & ill-treatment of asylum-seekers in the United States. Amnesty International.

Arendt, H. (1963). Eichmann in Jerusalem: A report on the banality of evil. Viking Press.

Assmann, J. (2011). Cultural memory and early civilization: Writing, remembrance, and political imagination. Cambridge University Press.

Hatzenbuehler, M. L., Prins, S. J., Flake, M., Philbin, M., Frazer, M. S., Hagen, D., & Hirsch, J. (2017). Immigration policies and mental health morbidity among Latino populations. JAMA Pediatrics, 171(9), 1–8. https://doi.org/10.1001/jamapediatrics.2017.1551

Human Rights Watch. (2019). In the freezer: Abusive conditions for women and children in US immigration holding cells. Human Rights Watch.

Office of the United Nations High Commissioner for Human Rights (OHCHR). (2018). UN human rights experts urge US to end child separation policy. United Nations.

Rawls, J. (1971). A theory of justice. Harvard University Press.

Shonkoff, J. P., Garner, A. S., Siegel, B. S., et al. (2012). The lifelong effects of early childhood adversity and toxic stress. Pediatrics, 129(1), e232–e246. https://doi.org/10.1542/peds.2011-2663

Zayas, L. H., Aguilar-Gaxiola, S., Yoon, H., & Rey, G. (2015). The distress of citizen-children with detained and deported parents. J ournal of Child and Family Studies, 24(11), 3213–3223. https://doi.org/10.1007/s10826-015-0123-9

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4 comentarios

  1. Como siempre da gusto leer tus artículos. Excelente análisis. Que bien reflejas las emociones y trasmites en tus textos el valor y sentimiento humano.

  2. Un artículo muy reflexivo y reivindicativo sobre la situación actual de millones de personas, repleto de valores sobre derechos humanos , integración y empatía.

  3. Coincido plenamente con Silvia y con Eva. Gracias Patrocinio.

  4. Que impresionante la asociación de la historia y la actualidad, un artículo brillante

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