Cine y TV

El silencio estrepitoso de Terrence Malick

Terrence Malick (DP)
Terrence Malick (DP)

Toda aproximación a la figura del director de cine Terrence Malick es especulativa, excepto en el caso de sus películas. Al igual que Isabel Windsor, Malick ha construido su reinado cinematográfico en torno al silencio administrativo, mientras sus súbditos se convertían en legión.

Nadie sabe lo que el cineasta estadounidense piensa de la vida y de la naturaleza humana y quiere decir con sus películas que no esté en ellas. Básicamente, porque jamás ha concedido una entrevista, ni ha acudido a ninguna entrega de premios, ni se relaciona con nadie del gremio y, mucho menos, ha hablado en público del significado de su mirada fílmica. Su opción es la opción del silencio, que ya dice mucho más que otros en esta era audiovisual autoexplicativa, para no entorpecer el discurso de su obra y no intoxicar la pureza de su alma prístina. Por eso, cada vez que sus productores anuncian un nuevo proyecto, el mundo del séptimo arte contiene el aliento, sabiendo, eso sí, que el asunto irá para largo. O no irá directamente.

Se puede definir a Terrence Malick, al que, por tanto, «solo» conocemos por sus largometrajes, de muchas maneras: filósofo y poeta del celuloide, personal y brillante, farragoso y contradictorio, ontológico y abstracto, metafísico y humanista. Todas ellas aciertan al describir algún prisma de este poliédrico hacedor.

Pero quizá sean las dos últimas las que mejor definan su actitud fílmica, pero no a la manera de John Ford o Frank Capra, mucho más cartesianos, sino de una forma metafísica. Esta es la característica principal de su cine, el nuevo sintagma «metafísica humanista» que barniza su filmografía desde los primeros planos de Malas tierras (1973), con la alusiva y poética pieza corta «Gassenhauer», de Carl Orff.

Malick no juzga a sus criaturas; por el contrario, las envuelve en un abrazo divino y observa cómo juegan al libre albedrío y se relacionan entre sí (ontología) y, especialmente, con la creación (metafísica), en un todo místico. Sin esa postura, sería imposible pensar en cómo el artista trata de acariciar con las yemas de los dedos al despiadado, aunque inconsciente, asesino Kit Carruthers (Martin Sheen); tampoco lo hace con el señor O’Brien (Brad Pitt), el severo padre, violento y amoroso a un tiempo, contradictorio como el hombre: su mirar es panteísta, comprensivo hacia ese ser imperfecto, igual que su cine, pero que en su propia contradicción encuentra su naturaleza, su identidad y, al fin y al cabo, su salvación.

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4 comentarios

  1. A mí me parece un cineasta con una carrera ejemplar de Malas tierras a El árbol de la vida. Un Tarkovski americano. Después, ya si eso, algún destello.

  2. Un vendedor de humo salvo algunos destellos como «Malas Tierras» y «Días del Cielo». Lo demás, impostura y bostezo.

  3. Malick comete siempre el peor pecado posible en cine: aburre.

  4. El árbol de la vida es un panfleto, y lo que viene después sus apéndices. Antes de esta “mala” película, gran director

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