Hebras y nodos

Elogio de la distracción

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Imagen promocional de El cielo sobre Berlín

Hay un momento que casi todo el mundo conoce: estar leyendo y de repente, darse cuenta de que llevas tres párrafos sin leer, que los ojos han seguido las líneas, pero la mente se ha ido a otro sitio, a algo sin nombre ni utilidad aparente. La reacción habitual es volver, concentrarse, retomar. Pero hay dos preguntas que casi nadie se hace: ¿dónde fue la mente mientras no estabas mirando?  ¿Y qué encontró allí? Fernando Pessoa anotó en algún momento del Libro del desasosiego que había pasado una tarde entera mirando por la ventana sin pensar en nada concreto, y que aquello había sido uno de los actos más productivos de su vida. No lo decía en broma, aunque tampoco del todo en serio. Lo afirmaba con esa precisión suya de quien ha aprendido a distinguir entre el tiempo que avanza y el tiempo que cala. El primero es el que se gestiona. El segundo es el que, de vez en cuando, nos devuelve a nosotros mismos.

¿Nosotros mismos? Hay una frase que durante años produce una incomodidad difícil de disimular: «he aprendido mucho de mí mismo». La pronuncia quien ha sufrido lo justo para tener algo que contar, pero no tanto como para quedarse sin palabras. Suena a certificado de superación, a postal del alma reencuadrada. Y, sin embargo, hay momentos en que la ansiedad llega de verdad, sin avisar y sin narrativa. Y después de la ansiedad, el silencio. No el silencio sereno de quien medita, sino el otro: el que deja al descubierto todo lo que uno había estado evitando mirar. En ese silencio, sin audiencia ni instrucciones, la frase resulta ser cierta. Solo que el camino para llegar a ella no se parece en nada a lo que prometía: es torpe, involuntario, y huele más a derrumbe que a revelación. No es una confesión, o no solo. Es el punto de partida de una pregunta que parece más urgente que el diagnóstico habitual sobre la atención y sus enemigos: ¿y si el problema no fuera siempre que nos distraemos demasiado, sino que a veces nos distraemos de lo que importa para atender obsesivamente lo que nos aleja de nosotros?

El caso más ilustrativo son, probablemente, los empáticos. Son, con frecuencia, imanes para el sufrimiento ajeno. No es orgullo ni lamento. Es constatación de una propiedad física. Algo en la manera de escuchar, de anticipar, de ajustarse al ritmo del otro, atrae a personas que necesitan ser escuchadas con esa intensidad. Y se atiende. Se atiende con una entrega que se confunde con generosidad y que a veces lo es, pero que otras veces es otra cosa: una forma de no tener que atenderse a uno mismo. Una distracción que se disfraza de virtud. El mecanismo es terriblemente sutil. Uno aprende a amar a las velocidades del otro. Aprende a leer sus silencios, sus urgencias, sus miedos. Se vuelve experto en el otro y va perdiendo práctica en sí mismo. No es que se olvide de quién es. Es que deja de preguntárselo. La pregunta parece menos urgente que las del otro, que siempre son más concretas, más inmediatas, más fáciles de atender porque al menos tienen una dirección clara.

Lo que ocurre después es predecible y aun así sorprende. La autoestima no se rompe de golpe. Se erosiona. Primero uno idealiza: convierte al otro en algo más grande que una persona, lo carga de significado, lo vuelve necesario de una manera que tiene más que ver con la propia necesidad de sentido que con la realidad del otro. Luego, cuando la realidad del otro se impone —y siempre se impone— la caída no es solo decepción. Es algo más difuso: la sensación de haber estado mirando en la dirección equivocada durante demasiado tiempo. Muchos artistas lo saben. Rufus Wainwright lo toca. Hay en su música una arquitectura del exceso que no pide disculpas: voces que se apilan, referencias que se acumulan, una emoción que se sabe demasiado grande para la habitación en la que cabe y aun así no se contiene. Escucharle en ciertos momentos produce esa mezcla extraña de exaltación y tristeza que solo da la belleza cuando llega demasiado tarde, o demasiado pronto, o cuando uno no está del todo seguro de merecerla. No es música para el fondo. Es música que te mira para que dejes de mirar, porque a veces mirar de frente es lo último que uno quiere.

Existe hoy un activismo de la atención que tiene algo de paradójico. Sus defensores —y los hay brillantes, con razones sólidas para casi todo lo que dicen— organizan coaliciones, lanzan manifiestos, crean escuelas, difunden mensajes con urgencia creciente. La atención profunda se ha convertido en causa. Y las causas, por su naturaleza, necesitan velocidad, adhesión, propagación. Necesitan que uno se una, que extienda el mensaje, que contribuya al movimiento.  No obstante, hay algo que no termina de encajar en esa imagen. No es que la causa sea falsa, es que la atención genuina no se organiza así. No se convoca. William James, que dedicó más páginas que nadie a entender la atención, sabía que el esfuerzo directo sobre ella la destruye. No se puede ordenar a la mente que atienda de la misma manera que no se puede ordenar al sueño que llegue. Lo que funciona es oblicuo: preparar el terreno, reducir el ruido, y luego soltar. Dejar que la mente vague. Distraerse, incluso. Simone Weil lo formuló de otra manera, desde un lugar más austero: la atención es una forma de amor, y como el amor, no se fuerza. Se dispone. Se hace sitio. La diferencia entre concentrarse y atender es la diferencia entre agarrar y abrir la mano. Una cosa retiene. La otra recibe. El activismo atencional, en su mejor versión, quiere devolver a la gente esa capacidad de apertura. Pero cuando se organiza como campaña, cuando necesita urgencia para existir, cuando mide su éxito en adhesiones y difusiones, se parece demasiado a lo que combate. La atención que se exige no es atención, es otra forma de ruido con mejor intención.

La distracción tiene mala prensa y en parte se la merece. Hay una distracción que es anestesia, ruido autoinfligido para no escuchar lo que uno llevaría tiempo debiendo escuchar. Esa distracción empobrece. Consume el tiempo sin dejarlo pasar de verdad. Es la variante adictiva, la que los algoritmos explotan con una precisión que ya no sorprende a nadie. Pero hay otra clase de distracción. La que ocurre cuando uno se aparta sin plan de lo que estaba haciendo y de pronto, en ese margen no productivo, algo aparece. Una imagen, una conexión, una emoción que llevaba tiempo esperando turno. Los neurocientíficos la conocen bien: la red neuronal por defecto activa precisamente cuando no hay ninguna tarea concreta que resolver, es la misma red que procesa la memoria autobiográfica, la empatía, la imaginación del futuro y la construcción del sentido de uno mismo. Distraerse, en ese registro, no es apagar el cerebro. Es encender otra parte de él. La parte que sabe quién eres cuando nadie te está mirando. Murakami lo ha descrito mejor que nadie en sus relatos, en esos personajes que vagan sin rumbo aparente —por ciudades de noche, por laberintos que no eligieron— y que en ese vagar encuentran algo que la búsqueda directa nunca les hubiera dado. No la respuesta, sino la pregunta correcta. No el destino. Es, más bien, la capacidad de moverse de nuevo. La distracción como método, aunque nunca se presente como tal.

Volver a uno mismo suena sencillo y no lo es. Sobre todo, si se lleva tiempo construyendo la identidad en función de cómo te perciben los demás, de lo que necesitan de ti, de los ideales que proyectas sobre ellos y que, cuando se desmoronan, te dejan sin el espejo en el que te mirabas sin saberlo. El resultado es una erosión lenta de la autoestima que no se parece a la tristeza convencional. No es que uno se sienta mal exactamente. Es que uno deja de sentirse. La atención, volcada demasiado tiempo hacia afuera, pierde el hábito de regresar. Y cuando intenta volver, no encuentra dónde posarse. El interior que debería estar ahí parece un cuarto que nadie ha habitado en mucho tiempo: los muebles están, pero huele a cerrado. Ahí la distracción puede ser, paradójicamente, el primer movimiento honesto. No es la distracción como evasión. Esa ya la conocemos. Lo que importa es la interrupción del automatismo. Un tropiezo que saca del camino que uno seguía sin haberlo elegido del todo. Hay momentos en los que la mente se distrae porque sabe, antes que la voluntad consciente, que el camino actual no lleva a ningún sitio que importe. Es una forma oscura de inteligencia. No es que haya que celebrarla, basta reconocerla.

Esto tiene que ver con la voluntad, y no de manera simple. Hay una tradición que trata la voluntad como control, como dominio de uno mismo, como la capacidad de dirigir la atención hacia donde se decide y mantenerla ahí contra el ruido. Es una idea poderosa y no está equivocada. Pero es incompleta. Porque la voluntad también se ejerce en la renuncia al control. En soltar. En permitirse no saber adónde va uno durante un rato sin que eso sea fracaso. La voluntad más potente no es la que empuja sino la que escucha. La que es capaz de decir: ahora no sé. Ahora me pierdo un momento. Ahora dejo que algo ocurra sin que yo lo haya planificado ni lo pueda evaluar. Eso requiere más coraje, no menos, que la atención sostenida. Porque implica confiar en que hay algo en uno que merece ser escuchado, incluso cuando no sabe todavía qué quiere decir. Incluso cuando lo que dice, al principio, no es nada que uno quiera oír.

Esa confianza es lo que se pierde cuando uno ha pasado demasiado tiempo atendiéndose a sí mismo solo a través de los ojos de los demás. La voluntad no desaparece, pero queda sin objeto propio. Sabe ejecutar sin saber hacia dónde. Y entonces cualquier dirección que otro ofrezca parece suficiente, porque al menos es una dirección. El abuso, cuando ocurre, se instala exactamente ahí. No siempre con violencia. A veces con la suavidad de quien sabe que la persona que tiene delante lleva tiempo sin encontrar el camino de vuelta a sí misma y necesita que alguien le diga que existe. Que importa. Que merece atención. Todo eso puede ser verdad y ser también el principio de algo que no lo es.

Es posible una forma de atención que no se alcanza por acumulación sino por sustracción. No añadiendo más foco ni más presencia deliberada. La idea es quitar capas de lo que uno ha asumido que debe atender. Las urgencias ajenas. Los ideales fabricados. El ruido de querer hacerlo bien ante una audiencia que a veces solo existe en la cabeza de uno. La distracción, en ese sentido, no es el opuesto de la atención. Es su antesala cuando la atención se ha vuelto demasiado rígida, demasiado dirigida, demasiado obediente. Es el momento en que la mente, cansada de seguir instrucciones, se escapa un momento por la ventana y desde ahí, sin quererlo, ve algo que desde dentro no podía ver.

Aprender de uno mismo ha dejado de ser vulgar. Es una de las cosas más difíciles que existen, y una de las pocas que merecen el esfuerzo, aunque el camino para llegar a ella sea torpe, involuntario, y se parezca bastante menos a un proceso de crecimiento personal que a alguien que tropieza en la oscuridad y al caer enciende, sin querer, una luz. Es difícil saber si este rodeo devuelve siempre a algún lugar o si a veces es solo rodeo. Pero me parece más honesto vivir con esa pregunta abierta que pretender que la atención bien organizada resuelve lo que en el fondo es un problema de otra escala: el de saber, con cierta claridad y sin demasiada prisa, a qué y a quién merece la pena entregar los días. A quién puñetas atender. Eso no se aprende prestando atención. O no solo. A veces se aprende mirando por la ventana cuando deberías estar haciendo otra cosa, y descubriendo, con sorpresa genuina, que ahí fuera también eres tú.

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3 comentarios

  1. Me ha encantado el texto, muy cierto y muy bello. Pone luz a algo que parece obvio, y muestra matices donde antes había uniformidad.

  2. Muy buen artículo porque expresa con claridad algo complejo y profundamentr humano 🙏🏿

  3. Es un texto muy lúcido, que intenta ir a lo más esencial, a la fuente, al origen. Nos invita a tratar de recordar quién somos.

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