
A finales de los años 60 del siglo XVIII, Pierre François Hugue —más tarde adornado con el dudoso título de barón d’Hancarville para codearse con la alta sociedad italiana, suponemos—, coleccionista, historiador del arte y marchante aficionado, se convertía en amigo personal y consejero de otro personaje extraordinario: sir William Hamilton, diplomático, arqueólogo amateur y vulcanólogo. El caballero inglés había llegado a Nápoles cubierto por los ropajes de la Order of the Bath —así le representa uno de sus retratos, de David Allan. En la mano derecha sostiene las que podrían ser las cartas credenciales del enviado especial de Su Majestad al Reino de las Dos Sicilias, misión con la cual llegaba a la ciudad hacia finales de 1764. Nápoles le atrapaba de inmediato. Tanto, que Hamilton permaneció allí hasta que el escándalo de su segunda esposa, Emma, la bella amante de Nelson, complicaba su permanencia en el sur de Italia.
Entonces, la historia personal del caballero se desvanece —o casi—. Regresa a Londres y sus actividades se reducen a visitas frecuentes al Museo Británico y a algunas subastas. Se instala en una casa de Piccadilly Circus —muy modesta en comparación con el palazzo Sessa donde había vivido en Nápoles— y muere en Inglaterra el año 1803. Se convierte para la historia en un simple marido traicionado. E, incluso y para muchos, en el personaje de ficción del cual habla el libro Bajo el volcán, de Susan Sontag.
Y, sin embargo, los años en Nápoles son cruciales no solo para el británico y el barón d’Hancarville, sino para la historia de la arqueología y, sobre todo, para el patrimonio del Museo Británico. A dicha institución va, de hecho, a parar la impresionante colección de vasijas —etruscas, griegas, romanas…— de Hamilton, a partir de las cuales se termina por conformar un catálogo —o una tipología más bien— que será la base para la conocida porcelana de Josiah Wedgwood. En esta obsesión por el catálogo se subrayan las aspiraciones sobre el mundo desde el pensamiento ilustrado: poner nombres a las cosas, incluso a aquellas que aún no han sido siquiera descubiertas, tal y como ocurre con las plantas en el tratado del naturalista sueco Linnaeus. La asociación Hamilton y d’Hancarville —pieza esencial para la iniciación coleccionista del inglés—, el entusiasmo compartido a la hora de acumular objetos, fue más allá cuando, en otro gesto típico de las aspiraciones ilustradas —el orden implacable y las genealogías de la enciclopedia—, la colección de vasijas pasó a convertirse en el punto de partida para un precioso libro en cuatro volúmenes prolijamente ilustrados: Collection of Etruscan, Greek and Roman Antiquities from the Cabinet of the Honble. Wm. Hamilton —o simplemente Antiques—, centrado en el conjunto de antigüedades de Hamilton, vasijas casi en su totalidad.
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El libro de Sontag no se titula Bajo el volcán, como la novela de Malcolm Lowry, sino The Volcano Lover (en inglés) y El amante del volcán (en español).