Arte y Letras Historia

La antigüedad es un país inmenso: William Hamilton en Nápoles y la pasión ilustrada por el orden

Los retratos de William Hamilton efectuados por Joshua Reynolds en 1777 (izda.) y David Allan en 1775 (dcha.)
Los retratos de William Hamilton efectuados por Joshua Reynolds en 1777 (izda.) y David Allan en 1775 (dcha.)

A finales de los años 60 del siglo XVIII, Pierre François Hugue —más tarde adornado con el dudoso título de barón d’Hancarville para codearse con la alta sociedad italiana, suponemos—, coleccionista, historiador del arte y marchante aficionado, se convertía en amigo personal y consejero de otro personaje extraordinario: sir William Hamilton, diplomático, arqueólogo amateur y vulcanólogo. El caballero inglés había llegado a Nápoles cubierto por los ropajes de la Order of the Bath —así le representa uno de sus retratos, de David Allan. En la mano derecha sostiene las que podrían ser las cartas credenciales del enviado especial de Su Majestad al Reino de las Dos Sicilias, misión con la cual llegaba a la ciudad hacia finales de 1764. Nápoles le atrapaba de inmediato. Tanto, que Hamilton permaneció allí hasta que el escándalo de su segunda esposa, Emma, la bella amante de Nelson, complicaba su permanencia en el sur de Italia.

Entonces, la historia personal del caballero se desvanece —o casi—. Regresa a Londres y sus actividades se reducen a visitas frecuentes al Museo Británico y a algunas subastas. Se instala en una casa de Piccadilly Circus —muy modesta en comparación con el palazzo Sessa donde había vivido en Nápoles— y muere en Inglaterra el año 1803. Se convierte para la historia en un simple marido traicionado. E, incluso y para muchos, en el personaje de ficción del cual habla el libro Bajo el volcán, de Susan Sontag.

Y, sin embargo, los años en Nápoles son cruciales no solo para el británico y el barón d’Hancarville, sino para la historia de la arqueología y, sobre todo, para el patrimonio del Museo Británico. A dicha institución va, de hecho, a parar la impresionante colección de vasijas —etruscas, griegas, romanas…— de Hamilton, a partir de las cuales se termina por conformar un catálogo —o una tipología más bien— que será la base para la conocida porcelana de Josiah Wedgwood. En esta obsesión por el catálogo se subrayan las aspiraciones sobre el mundo desde el pensamiento ilustrado: poner nombres a las cosas, incluso a aquellas que aún no han sido siquiera descubiertas, tal y como ocurre con las plantas en el tratado del naturalista sueco Linnaeus. La asociación Hamilton y d’Hancarville —pieza esencial para la iniciación coleccionista del inglés—, el entusiasmo compartido a la hora de acumular objetos, fue más allá cuando, en otro gesto típico de las aspiraciones ilustradas —el orden implacable y las genealogías de la enciclopedia—, la colección de vasijas pasó a convertirse en el punto de partida para un precioso libro en cuatro volúmenes prolijamente ilustrados: Collection of Etruscan, Greek and Roman Antiquities from the Cabinet of the Honble. Wm. Hamilton —o simplemente Antiques—, centrado en el conjunto de antigüedades de Hamilton, vasijas casi en su totalidad.

Hasta aquí, se podría decir, nada extraordinario: otra historia más de la pasión ilustrada por el orden y por buscar el origen de las cosas, epitomizada por el Grand Tour a través de las escalas clásicas que perseguían en Italia un modelo de estudio y un lugar de formación para las clases «ilustradas» del 1700. Y, no obstante, en medio de toda esa pasión clasificatoria y de acumulaciones, poco antes de la muerte de Hamilton en 1803, el nuevo siglo estaba a punto de dar un vuelco a la narrativa y esa Italia, lugar de formación de los viajeros del Grand Tour, se transformaba para los simbolistas del XIX en una suerte de fractura, el lado lúgubre del pasado; la pérdida esencial de un tiempo que se ha ido; la visibilización de una belleza espectral por extinguida que transformaba el «museo» de mediados del XVIII en la «ciudad muerta» de finales del XIX, desde Venecia a la Brujas pintada por el belga Fernand Khnopff. En esas ciudades los fantasmas habitaban a sus anchas y la historia no era territorio de investigación, sino de nostalgia y hasta de melancolía.

Qué absurdo esfuerzo el de los ilustrados durante el XVIII con su afán por borrar lo discordante, las diferencias; lo que se sale de la norma y carece de un lugar indiscutible en el mundo… Qué tarea más estéril tratar de expulsar a los fantasmas para los cuales no queda hueco en la razón, ya que desterrarlos no es garantía de hacerlos desaparecer, muy al contrario. Las ciudades museo ilustradas, epítome del orden y de la realidad desplazada y descontextualizada, acababan por anticipar peligrosamente el territorio de lo pasado irrecuperable que anhelarían los viajeros de finales del XIX. El «museo» ilustrado y la «ciudad muerta» comparten una idéntica cualidad: ambos reenvían a una Italia imaginaria que se ha esfumado y cuyas fingidas transformaciones tienen lugar solo en la narrativa. Si observamos a los viajeros del XVIII, queda claro cómo ellos corrían también tras una fantasmagoría: deseaban encontrar aquellos lugares donde el pasado se hubiera preservado intacto —como esperaban que hubiera sido. Quizás el supuesto espíritu de futuro ilustrado pudo ser otra simple nostalgia inagotable de pasado. «La antigüedad es un país inmenso separado del nuestro por un largo intervalo de tiempo», había escrito d’Hancarville en los volúmenes que recogían la colección de Hamilton. ¿Puede alguien acaso definir su objeto de estudio —de deseo— desde una propuesta más melancólica?

Las incursiones a ese país inmenso y deseable entre los viajeros del Grand Tour, el intento desesperado por ordenar el mundo infinito —trazado de mapas con lo que queda fuera y lo que queda dentro— y la consciencia última y nunca verbalizada de la imposibilidad de control, se relacionaban de un modo tan peligroso como inesperado con cierto vértigo y anhelo frente a los fantasmas irredentos y necesarios que nos persiguen y a los cuales necesitamos, incluso sin aceptarlo. Les ocurrió a los pobladores de la Ilustración. Les delatan los segmentos que se camuflan, los que nos preludian en nuestras prosas quebradas al estilo de Cixous; las cosas no dichas entre las cuales habitan los significados importantes; lo que no se puede leer, decir, pensar… sino en gerundio, el tiempo de la negociación, que acoge cada cosa que se queda fuera de la norma, del consenso.

Regresemos un instante al cuadro de Hamilton pintado por David Allan —el retrato de un diplomático—, que no convenció al protagonista, quien pidió a su amigo sir Joshua Reynolds que hiciera una pintura más apropiada para presidir la colección y más acorde con la imagen que deseaba presentar de sí mismo: un ilustrado que lee un libro, un estudioso. Sin embargo, y pese a las diferencias entre las obras, en las dos y al lado de las vasijas aparece el Vesubio humeante, la otra pasión de este vulcanólogo aficionado. Para muchos, el volcán fue lo que le retuvo en la ciudad, referente inevitable de su vida desde la llegada. Le ata a Nápoles, una pasión irrefrenable. Trata de buscar excusas científicas e intelectuales que camuflen esa pasión suya, sencillamente la que brota —casi seguro— de lo que, por mucho que nos esforcemos en trazar el orden, la clasificación… nos deja sin remedio a la intemperie, sin categorías que valgan para siempre. Ni para un rato siquiera. Quizás Hamilton volvía a su volcán para acallar los propios miedos; unos temores inmensos que se ponen de manifiesto allí mismo, en medio del deseo imperioso de orden que no hace sino enfatizar lo vulnerable de la certeza. Volvía por sus dudas frente al espacio y al tiempo huyendo del control; por la extrema fragilidad del mundo que habitamos, donde la antigüedad es, sencillamente, un país inmenso separado del nuestro por un largo intervalo de tiempo.

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Un comentario

  1. jacobo garcía

    El libro de Sontag no se titula Bajo el volcán, como la novela de Malcolm Lowry, sino The Volcano Lover (en inglés) y El amante del volcán (en español).

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