
Se puede intuir, se puede ver venir el drama: es domingo por la tarde, por poner un día, y se debe elaborar y presentar un escrito judicial al día siguiente a más tardar. El cliente es ajeno a ello, está viendo el partido de fútbol de la jornada y presume que todo está en orden. Y ya se sabe, se deben elaborar argumentos jurídicos, con el andamiaje de citas a artículos de la ley procesal civil o criminal, del Código Civil o Penal, según la materia de la que se trate, todo ello aliñado con referencias a sentencias recaídas en casos parecidos, a informes dictados por instituciones públicas o privadas o a informes periciales.
No es que el tiempo apremie, es que no hay tiempo para hacer un trabajo decente por la acumulación de tareas, que no es que uno sea vago o desordenado, sino que abarca más de lo que puede o debe. Y entonces es cuando al letrado —o al profesional de turno— le surge la idea, el ¿y si…?
Sin más rodeos, enciende su ordenador, busca alguna de las inteligencias artificiales de moda en ese momento y escribe el prompt de la perdición: «[…] Y una vez que te he relatado los hechos, necesito que me des jurisprudencia de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo que pueda servir para defender la posición de mi cliente».
Y la inteligencia artificial, dócil como es y siempre dispuesta a agradar al usuario, facilita unas 50 citas de sentencias, aparentemente impecables pero casi todas ellas tan falsas como el beso de Judas.
El abogado respira, las corta y las pega en los lugares adecuados de su escrito y piensa: qué maravilla la inteligencia artificial. Le comunica a su cliente por WhatsApp, esa misma tarde-noche de cualquier domingo, que al día siguiente presentará el escrito, que todo está en orden y fundamentado con antecedentes judiciales bien identificados que deben conducir a que el tribunal le dé la razón. Emojis sonrientes y pulgares hacia arriba viajan, en ida y vuelta, de uno a otro teléfono móvil. Por supuesto, no le dice que ya no tiene un becario (el pasante de toda la vida) que le ayude en el despacho, sino el favor de la tecnología.
¿Supervisión humana, en la línea de lo establecido en el Reglamento de la Unión Europea sobre Inteligencia Artificial? Eso es para desconfiados, la máquina no suele equivocarse, y total, tampoco hay tiempo para ello.
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Evidentemente la culpa es del abogado, no de la IA. Igual que si un padre deja conducir un coche a su hijo de ocho años y se estrella, a nadie se le ocurriría escribir un artículo culpando al niño.