
Ya lo dijo quien lo dijo, que no fue precisamente cualquiera: «El universo (que otros llaman la biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales». Estas galerías se interconectan y los estantes de libros que acogen se proyectan así en todas las direcciones, convirtiéndose a lo lejos en las tres aristas fundamentales del mundo y al final en el espejismo cruel de unos puntos de fuga.
O quizá toda la biblioteca sea una ilusión, como advierte el bibliotecario, y su apariencia de panal resulta solo del penoso confinamiento del hombre en una realidad con tres filos. «Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto —dice—. O, por lo menos, de nuestra intuición del espacio». En un mundo de tres dimensiones los horizontes son solo seis, como seis son las caras de un cubo: arriba y abajo, izquierda y derecha, delante y detrás. Pero en uno donde el espacio tuviera cuatro, los horizontes serían seis veces cuatro y las hileras de libros se repetirían interminablemente en veinticuatro direcciones, adquiriendo así el aspecto de una biblioteca (que otros llaman universo) enjaulada en un teseracto. Un diagrama de Penrose: la representación finita de una región infinita que consigue serle fiel haciendo del tiempo una dimensión del espacio y perdonando las distancias. Así, sometidos al imperio de lo plano, los agujeros negros de Schwarzschild adquieren formas hexagonales que, al multiplicarse, resultan en el panal de Borges. En Interstellar, Christopher y Jonathan Nolan han decidido encerrar su biblioteca en un cuadrado, ponerle dentro un astronauta y elevarlo todo al hipercubo.
Roger Penrose, sí. Aquel que concibió la escalera que empieza y acaba en sí misma, la que dibujó M. C. Escher y los Nolan ya situaron en su anterior película, Origen. Y Borges, santo patrón de lo infinito, cuyo magisterio comparte con Max Tegmark. También lo que hay en Kubrick de Arthur C. Clarke, en Tarkovski de Stanisław Lem, y pellizcos de Carl Sagan y Kip Thorne, solo entre los más decididos. Interstellar se descubre como Uqbar, en la conjunción de un espejo y una enciclopedia, y esa enciclopedia no distingue entre profetas de lo cierto —los filósofos y los científicos— y profetas de lo ficticio —los escritores y los cineastas de ciencia ficción—. Eso sí: todos los que integran la muchedumbre invocada por los Nolan comparten la madre patria a cuyas filas llamó Einstein, la geometría, y aquella vieja causa platónica que al final resultó ser cierta: en la periferia remota de la realidad, la que solo se sospecha en las sombras de una caverna o con ecuaciones de métrica alejandrina, existir y no hacerlo no son condiciones excluyentes. De hecho, muchas veces son necesarias.
Es a lo que juegan Nolan y su protagonista: un Ulises al que un agujero negro convertirá en su propio fantasma sin quebranto de las leyes naturales, como aquel gato de la parábola de Schrödinger. El viejo Schwarzschild se moriría de risa, pero pregunte a los físicos Gerardus ‘t Hooft, Leonard Susskind o Juan Maldacena, a quienes une a la realidad una relación menos licenciosa que la de los Nolan y que conjeturan, sin embargo, una conclusión mucho peor: que todos somos fantasmas. El universo en el que vivimos podría ser una holografía bidimensional del verdadero, proyectada contra su superficie, lo que pone a la entera creación y a sus moradores en la situación bochornosa de, quizá, no existir. Al menos, según nuestra rígida acepción de la existencia.
Lo confirmará precisamente un conocimiento mejor del primer agujero negro que vea con sus propios ojos esa figura tan aterradoramente necesaria en la física contemporánea: el observador consciente. Cuando, de hecho, no lo vea, porque no se puede ver. Región I y región II, recuerde. Aquello que integra un agujero negro desaparece sin remedio de la jurisdicción de Newton y no deja una presencia en nuestro reino, solo efecto: un círculo de nada perfecta, su atronadora gravedad y la radiación de Hawking, que tiene propiedades mágicas. Tanto son, y en tal grado, que de hecho son pero no están, como la misma gravedad que se filtra al mundo desde Dios (o Ellos, saben dónde). Y constituyen la demostración de que manejamos una sintaxis del ser demasiado provinciana. En Interstellar Nolan contribuye a redefinirla y piruetea con entusiasmo por las implicaciones del nuevo concepto, que facilitan el oficio del cine.
Y por eso celebramos Interstellar, por las piruetas. Orson Scott Card, Stephen King, el estilo desafectado del primer Spielberg y la limpieza de Zemeckis. Y Hans Zimmer al timón de un órgano espacial cuyos tubos retumban como propulsores. Platón, sí, pero antes que Platón, Homero. Y la decisión de rimar en consonante, como C. Clarke, y no en asonante, como Kubrick. Interstellar es un gran show que incluso traiciona a Hollywood cuando Nolan niega al espectador su ración de romance para dejar a Matthew McConaughey soñar que padece, como el pobre de Calderón, su miseria y su pobreza. Y lo sueña bien, por cierto. Casi veinte años antes, el actor rechazó ser protagonista en Chacal para poder ser comparsa en Contact, seguramente la película a la que más le debe esta.
Permitámonos una prospección en la obviedad, como hizo Einstein. La mejor ciencia ficción debe ser la mejor ciencia y la mejor ficción, y eso es Interstellar. Funambulismo por el horizonte de sucesos mismo donde linda el agujero, en cuyo filo emergen las partículas virtuales, el suicidio cuántico y otros prodigios hipotéticos. Una quimera, lógicamente, pero una que se reserva su derecho a ser remotamente cierta. Y un triunfo, de paso, en varios campos de batalla de la formalidad donde muchos otros cayeron, empezando solamente por el de la fábula circular. No es la primera pica en Flandes, pero tampoco es una más. En ciencia, quienes miran al futuro hace tiempo que no hablan de exobiología y astronáutica. Y los Nolan, que no por nada renuncian a los alienígenas y dan por perdido el planeta, apuestan por el relevo de temas también en la ficción. Aunque el camino no esté iluminado, de momento, y haya que recorrerlo a oscuras. Quienes les sigan harán, sin duda, una ciencia ficción mejor.









Un señor destripa una peli y, de paso, así como quien no quiere la cosa, cita tropecientos mil autores, libros y películas.
Decir que «destripa una peli», como si estuviese hablando de un estreno, me parece, cuando menos, exagerado por su parte; es como si lees un artículo de El Padrino y te quejas porque destripan la película, ¿qué esperabas? Si no la habías visto ya, el problema es sencillamente suyo.
Nolan…me gusta. Pero es muy irregular. Tenet, Dunkerque y otras son muy muy flojas. Es verdad que Oppenheimer me parece una obra mayor. Para mi su mejor pelicula. Lo de Homero…pinta mal, muy mal ( Un Napoleon… ) Pero al lado de Kubrick no hay color. No se ni como los comparan. El cine va mal, todos los sabemos, Nolan , Fincher, Mendes, PT Anderson y otros son lo ultimo que queda, despues apenas habran creadores y si los hay seran pequeños y a las ordenes de los 3 que partiran el bacalao.
mi, como, ultimo, despues, habran.