
Alba vivió una niñez aislada, una desconocida enfermedad la mantuvo ensimismada. Se curó con medios primitivos, no se sabe quién la ayudó. Pasó la pubertad como una convalecencia de su infancia. De aquello le quedó la costumbre de observar su cuerpo. Se entrenó en cosas como saber qué músculo es el primero en moverse para ponerse de pie, para tumbarse, para componer su equilibrio, qué zonas musculares intervienen en la lucha cuerpo a cuerpo y qué otras debe relajar para sacar ventaja en el combate. Fue una luchadora prácticamente imbatible en los juegos y cuando le tocó medirse de verdad su problema era otro: le desagradaba de igual modo vencer como ser vencida.
Solía notar los ojos de la comunidad como un aura de vigilancia que la inmovilizaba. En su poblado y los aledaños que frecuentaba se la percibía como distinta a los demás, despertaba emociones entre la fascinación y el rechazo. Siempre fue así, desde niña tuvo que explicar su existencia, como si tuviera que merecer lo que otros obtienen gratuitamente. Entre unas cosas y otras prefirió por lo general volcarse hacia dentro de sí misma.
A menudo, ni el amor ni otras formas de motivación lograron estimular su alma. Parecía no necesitar nada de su entorno. Sin embargo, esto no mermó su gran vitalidad. Siguió senderos del chamanismo en versión local y alcanzó cierto estatus de curandera. Más que querida fue respetada a distancia o, mejor dicho, temida en silencio.
Mi abuela la conoció en 1930 en el norte de Castellón y me habló de sus ojos grandes y emisores. Ojos que eran capaces de mirar hacia fuera y hacia dentro de sí misma durante la conversación. A veces adentro y fuera de su interlocutor… y parecía que lo hiciera a la vez, habilidad que espantó a más de un visitante que se acercó a su casa. Cuando el sanador busca información, a menudo lo que hace es aportarla, darle dimensión al discurso del consultante y eso hace temer por lo imprevisible y por lo excesivo.
Existe un aspecto extraño en la vida de Alba, algo sombrío que corrió de boca en boca, pero que casi nadie pudo contemplar en directo, algo que contrastaba con esta fuerte personalidad y que quedó grabado en el inconsciente colectivo como una leyenda.
Se la vio presa de una terrorífica paralización. A veces quedaba hechizada por un fantasma que le impedía el menor movimiento. Su quietud daba miedo, como si anunciara desde la paralización un inesperado y fatal movimiento. En esos momentos en los que no podía articular palabra, su piel pálida mostraba la palpitación extrema del corazón. Parecía estar en presencia del peor de los monstruos. Tras un breve clímax de contacto con la locura, su cuerpo se recomponía pasando por un temblor como transición a la recuperación de la calma.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Muy buena entrada. Puesto negro sobre blanco o que siempre me intrigó. Debo emigrar para trabajar pero son los lugares donde quiero ir los que tienen memoria, no son nuevos y ahora lo comprendo.
Pingback: Los niños invisibles: Alba y la geografía del miedo