
Como todas las artes y las profesiones también la ciencia tiene, en sus mecanismos internos, objetivos que pueden llegar a ser muy distintos, y razones que pueden llegar a ser hasta opuestas. Y como todos los seres humanos, el «científico» puede tener por dentro voces muy diferentes, a veces hasta en conflicto entre sí. De todo esto quizás poco se sabe fuera de la torre de marfil, lugar emblemático donde el sabio se queda encerrado en sus propios pensamientos, bastión que supuestamente protege y a la vez proporciona una altura para garantizar visiones lejanas. La necesidad de todas las sociedades de crear mitos y héroes, de organizarse en castas, de delegar responsabilidades y de entretener la fantasía y la esperanza, han forjado una idea de «hombre de ciencia» bastante ajena a la profesión de investigador, generando a la vez un culto del personaje extremadamente inapropiado y una barrera ficticia e injustificada entre ciencia y sociedad. Ha sido probablemente un trato silencioso amparado por ambas partes. A razón de esta separación aparentemente digna e impermeable, la sociedad excusa mantenerse informada sobre temas científicos y los investigadores, amantados de misterio, no tienen que justificar con demasiados detalles muchas de las dinámicas académicas e institucionales que supuestamente se llevan a cabo en el nombre del conocimiento, y de reglas que solo un sabio puede entender. Es decir, si uno no pregunta, el otro no contesta, y nos quedamos tan anchos los dos.
Este acuerdo ha aguantado bien mientras las informaciones circulaban con cuentagotas, y la investigación se limitaba a pocos individuos, generalmente procedente de familias con una economía muy bien saneada y robustas garantías sociales. En las últimas décadas ambas cosas han ido cambiando, por lo menos en las sociedades occidentales, perturbando (por fin) este equilibrio milenario. Las carreras científicas han empezado a estar al alcance de todos, y los flujos de información han sufrido la explosión que todos conocemos. En el momento en que las castas ya no dan para tanto, que la información empieza a cotizarse seriamente en los mercados, y que ya no cabe gente dentro de la torre, hay que reinventar la interacción entre las instituciones académicas y la gente: nace la divulgación científica.
A bote pronto parece ser algo sencillo: que el sabio cuente lo que sabe, lo que está pensando, compartiendo sus conocimientos para que la sociedad avance gracias a la aportación de sus maquinas pensantes, que para esto están. Pero sabemos que los humanos tenemos una patente dificultad a la hora de renunciar a ciertas garantías, con lo cual todas las veces que los tiempos históricos nos arrinconan con sus imparables variaciones al final se intenta jugar siempre la misma carta: como en la estructura de poderes del Gatopardo siciliano, hay que cambiarlo todo para que no cambie nada. El resultado ha sido algo predecible, y en mi opinión poco acertado: la torre se ha trasformado en púlpito. Pasando de un exceso a otro como a menudo hacemos los humanos, la plataforma de la centinela del saber se ha trasformado en escenario de espectáculo, y hemos empezado a adornarla con neones y cotillón. Es decir, los científicos que han salido de sus laboratorios se han encontrado en el medio de un negocio, con cierta decepción para algunos y con suma satisfacción para otros.
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Divulgare: publicar, extender, poner al alcance del público algo.
Toda actividad humana implica la transacción de información. En ciencias pasa lo mismo. Hay que poner al alcance.
He allí la dificultad. Nuevamente es importante el Cómo Cuándo y Dónde.