
Secundino tenía una gran facilidad para ponerse en el lugar del otro. Sentía como propio cualquier dolor ajeno.
Había días en que ni siquiera le daba tiempo para pensar en sí mismo porque iba enganchando sin tregua opiniones y emociones de los demás.
Era altamente empático y en poco tiempo adquiría las características de su interlocutor: su tono de voz, su gesto y postura corporal. Si el otro tensionaba el cuello o la espalda, Secundino hacía lo mismo. Llegaba a adquirir el peso de la persona que más frecuentaba y lo más increíble, también su altura. Dominaba a la perfección la corrección postural.
En menos de un mes podía aprender un idioma si conocía a un nativo que lo hablara.
Por supuesto, no podía evitar tener las mismas opiniones que sus amistades y ello por dos cosas: primero por empatía y segundo, porque no le daba tiempo a construir su propio juicio. No le era fácil estar en grupo, porque tenía que jerarquizar con quién empatizar en ese momento.
Su orientador del servicio OVNI (Orientación Vocacional No Inductora) le recomendó que se dedicara a una profesión de ayuda a los demás. Por cierto que este orientador no tenía el mismo problema que Secundino. Le encauzó su vida entera en cuarenta minutos sin mirarlo a la cara, con los ojos clavados en la pantalla de su ordenador le leía los resultados del test. Iniciaba cada observación con la frase: «En el test te sale que deberías… ». Después de aquellas sesiones dudó entre Enfermería, Educación Social y Psicología. Finalmente estudió Medicina.
Secundino arrastró siempre cierta inmadurez. Trataba casos tan difíciles en el ejercicio de su profesión que nunca podía dedicarse a sí mismo.
Sus amigos y parejas lo elegían, él no sabía decidir con quién estar. Fue una suerte que no conociera a malas personas porque hubiera sido un excelente sicario sin remordimientos.
Cuando murió, sus últimas palabras fueron: «No me reconozco».
En muchas situaciones conjeturamos acerca de cómo se vería algo que nos preocupa desde otra perspectiva: qué diría un amigo, un familiar, la pareja, un compañero de trabajo o algún mentor intelectual que nos sirva de referencia. El pensamiento sobre nosotros mismos no puede darse sin referencias externas como el tú o él.
La sintonización es un fenómeno humano natural en el aprendizaje. El acompasamiento de la menstruación de mujeres que viven juntas es un ejemplo de ello. Los niños aprenden en los primeros años mediante acompasamiento de acciones y emociones de sus adultos de referencia. El mal llamado embarazo histérico de algunas hembras como es el caso de las perras también tiene que ver con este fenómeno entre las comadres. Se trata de un aspecto de la socialización que busca la adaptación social y la aceptación por parte del grupo (1).
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.





