
Releer es, intelectualmente, una de las decisiones más complicadas posibles. A Pío Baroja le gustaba decir que cuando uno se hace viejo prefiere volver a lo ya conocido antes que intentar descubrir algo nuevo. Quizás sea una cuestión de morriña, de comodidad o de costumbres. Pero siempre me pareció una declaración mucho más sincera la de García Márquez, cuando confesaba que él nunca relee sus propios libros porque le da miedo.
Hay veces que uno no está preparado siquiera para leer por primera vez. Ocurre si se intenta lidiar con los Ensayos de Montaigne, o el Quijote o El paraíso perdido demasiado pronto: no se entiende absolutamente nada, no se disfruta ni se guarda buen recuerdo. Por eso los intentos de aproximación a la literatura fracasan miserablemente en los colegios año tras año.
También ocurre lo contrario. Hay libros a los que tenemos que llegar cuanto antes, con urgencia, porque sin ellos lo que no se entiende bien es la vida. Pero hay otro tipo de textos, una tercera categoría que comprende especialmente novelas. Libros a los que irremediablemente volvemos en algún momento de nuestra madurez y para cuya relectura no estamos listos. No porque al enfrentarnos a ellos de nuevo no superen la prueba de la calidad, sino por todo lo contrario. Porque nos descubren, con vergüenza y admiración a partes iguales, que todo lo que pensamos en su momento, las certezas sobre las que edificamos nuestra primera cosmovisión del mundo, se tambalea sin remedio. Que los fundamentos epistemológicos de nuestra existencia son de mantequilla.
Eso ocurre cuando un adulto del siglo XXI vuelve a Julio Verne. Es algo que hace casi con pereza, esperando reavivar la llama de la adolescencia del capitán de quince años aunque consciente de que, casi siempre, lo que nos fascina de pequeños nos deja indiferentes de mayores. Pero cuando se empieza, y si se hace con atención, un lector entregado se da cuenta enseguida de que el visionario de Nantes, el gran autor de aventuras, el hombre que supo imaginar los grandes avances de la técnica, tenía mucho de Casandra.
De que el padre de los viajes en globo, transatlánticos o submarinos temía profundamente el mundo en el que las maravillas que entonces solo unos pocos podían siquiera llegar a concebir serían parte de la vida cotidiana. Y si esas novelas se leen en reposo, uno se da cuenta de algo incluso peor: que los habitantes del siglo XXI hemos perdido lo más importante de todo lo que caracterizó al XIX, el siglo de la razón, las revoluciones industriales, la sociedad de masas, el progreso económico, los descubrimientos y las exploraciones, de las grandes proezas y epopeyas: la capacidad, las ganas y la voluntad de soñar.
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Las cárceles redondas? Qué suerte, están a salvo de los perros de Tíndalos.
Entiendo esta nostalgia por coches voladores y demás inventos con los que la Sci-Fi nos ha hecho soñar a muchos. Yo misma, cuando era pequeña (y no tan pequeña), fui una de tantos que deseaban el famoso patín volador de Regreso al Futuro y vio pasar el 2015 sin verlo en el mercado. Pero de ahí a ser tan pesimista con la época actual, me parece tremendamente injusto e incluso me entristece que no se aprecien tanto como se merecen los grandes avances de nuestros días, que tienen poco que envidiar (si es que envidiar es la palabra) a descubrimientos anteriores. No hace falta dedicar mucho tiempo a reflexionar cómo en el último medio siglo se han logrado cosas realmente asombrosas, como por ejemplo:
– Innumerables avances médicos: trasplantes, creación de nuevas vacunas, detección temprana de enfermedades (aumentando enormemente las tasas de supervivencia), desarrollo de nuevos tratamientos (células madre…), etc.
– No nos ha dado por volver andando al Polo Sur, pero en su lugar hemos pisado la Luna, alcanzado el espacio Interestelar, establecido una base humana permanente en órbita y planteando la primera colonia humana en Marte, aterrizado en un asteroide, etc.
– Se ha clonado una oveja (se dice pronto).
– Se construyen rascacielos con metodologías que permiten construir una planta a la semana.
– Las impresoras 3D han revolucionado los procesos de fabricación, permitiendo formas imposibles hasta ahora y abaratando costes de, por ejemplo, prótesis funcionales de manos que han mejorado la vida de muchísima gente.
– Se están descubriendo y sintetizando nuevos materiales como el grafeno. Un material con tantísimas posibles aplicaciones que se le ha llegado a llamar el plástico del siglo XXI: producción de superbaterías eléctricas, desalinización del agua, generación de electricidad, sensores de luz para cámaras, etc. Todos campos que ya existen, sí, pero donde el grafeno barre de forma apabullante las propiedades de los materiales que se emplean actualmente.
– La informática en general (no sólo Internet), ha revolucionado los modelos de negocio en cualquier sector a lo largo de todo el mundo. Y hablamos de una disciplina en la que el ritmo de reinvención es tan alto que, seas del área que seas, en apenas 5 años estás obsoleto.
– Etc. etc.
¿En serio podemos echar un vistazo rápido a lo que nos rodea, ver todo esto (y lo que me dejo en el tintero) a nuestro alrededor, y no pensar que vivimos en una época increíble? Podemos volar, no necesariamente en coche, pero sí en otros medios que nos dejan, en apenas unas horas, al otro lado del mundo. Tenemos robots, quizá no androides que convivan con nosotros por la calle, pero sí máquinas grandes y enormemente precisas en cadenas de montaje, quirófanos, explorando otros planetas, etc. Se ha erradicado la viruela. Incluso esos modestos 140 caracteres también han aportado mucho a la divulgación científica y cultural para llegar al gran público (sí, twitter puede llegar a ser útil en buenas manos).
En fin, empiezo a avergonzarme de la extensión de esta reflexión. A quien haya tenido ánimos de leerla hasta el final, gracias, y espero haber aportado una visión un poco más optimista. No hay que dejar de soñar con nuevos avances, pero apreciemos también lo que hemos conseguido, que no es poco.
Bastante de acuerdo contigo.
Te has dejado un invento increíble, el teléfono móvil: eso de poder hablar con otra persona prácticamente en cualquier momento, esté donde esté, es algo alucinante.
Hace años, quedar con alguien era casi como una lotería, cualquier mínimo contratiempo ( un bus que tarda en llegar ) podía fastidiar el encuentro.
Hay un abismo enorme entre tecnología y humanidad, justamente cuando dices “Innumerables avances médicos” en ese campo es donde mas patente se hace, en EEUU (uno de los países más “desarrollados”/modernos, de nuestro siglo XXI) donde la medicina es privada, se tienen modernísimos hospitales, los últimos avances técnicos a disposición, pero si no tienes dinero para pagar el tratamiento, te dejan morir en la puerta del hospital…¿esto es realmente un avance?…¿hacia donde?, da la impresión de que en este aspecto no solo no avanzamos sino que retrocedimos, porque ¡hoy podemos sanar!, tenemos las herramientas…pero no lo hacemos (solo si hay un “trueque” a cambio).
Los avances en mecánica/tecnología se suponía ahorrarían tiempo y la gente tendría que trabajar menos, sin embargo las jornadas tienen la misma cantidad de horas y la gente tiene que matarse para poder llegar a fin de mes.
En otros puntos como bien señala el articulo, hoy en día todos sabemos leer y escribir, pero nadie conoce a Victor Hugo porque a nadie le interesa, no tienen tiempo para humanidades que “no sirven” a los intereses del siglo XXI.
Es una cuestión de perspectiva, la técnica evolucionó pero los problemas esenciales que esos avances debían solucionar o al menos palear, siguen estando allí, intactos.
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Magnifico Articulo!
Me considero «tecnófilo», pero el artículo me ha encantado