Supongo que la famosa frase de don Santiago Ramón y Cajal «investigar en España es llorar» es quizá un inicio demasiado pesimista para un artículo. Si lo combinamos con la frase de Unamuno «¡que inventen ellos!» puede ser ya como para saltar al siguiente artículo; si no por una ventana caso de tener el sustento mensual en esto de innovar. Pero qué quieren que les diga; si vamos a abordar la investigación científica en este país me temo que son citas obligadas. Aunque sólo sea como referencia para verificar los supuestos progresos de la innovación de este país. Porque ¿ha cambiado algo a lo largo del siglo que aproximadamente nos separa de dichas palabras? Siendo sinceros y no dejándonos llevar por el victimismo español, sí han cambiado cosas, en muchas ocasiones incluso a mejor; sin embargo es imposible librarse de cierta inquietud. Es tal vez difícil no dejar de pensar que lo que no ha cambiado es el trasfondo social que propició frases tan brillantes a la par que pesimistas.

¿A qué me refiero como trasfondo social? Es posible que suene a perogrullada, pero algo fundamental para desarrollar investigación científica y técnica es la tradición científica. La tradición científica es el sentimiento, extendido al conjunto de la sociedad, de que la investigación es una condición necesaria y suficiente para tomar ventaja respecto al resto de competidores. Es importante el matiz «extendido a toda la sociedad», no sólo porque constituya la fuente del personal interesado en dedicarse a esta función, lo cual aunque importante no es del todo imprescindible —no olviden la frase del torero Guerrita «hay gente pa tó»—; sino porque la sociedad al completo considera las partidas económicas dedicadas a este concepto como inversión, no como gasto. Este es el auténtico meollo de la cuestión y es el origen del secular retraso español en aspectos científicos. No hay vuelta de hoja; un anglosajón sabe, desde que tiene uso de razón, que James Watt se hizo millonario y generó millones de puestos de trabajo aplicando su máquina de vapor en la industria textil. Cualquier españolito no tiene ni idea de los beneficios que le reportó a Isaac Peral la invención del submarino; quizá por ser piadosos, porque beneficios, lo que se dice beneficios, más bien ninguno.
Al hilo de este asunto no deja de ser significativa la postura del gobierno español a lo largo de sus dos mandatos. Al llegar al poder nuestro actual gobierno declara que la I+D+i debe convertirse en el motor económico que lidere el cambio de modelo productivo. Es posible que esté equivocado, pero me parece que es la primera vez que el gobierno de nuestra nación deja de ver la investigación, al menos públicamente, como un exotismo necesario para pasar a denominarnos país del primer mundo y… poco más. Condiciones había, la inversión en educación ha empezado a dar sus frutos: por primera vez tenemos una masa crítica de personal altamente cualificado capaz de generar una auténtica producción propia con los medios adecuados. Sin embargo hay dos problemas fundamentales a los que no se dio solución. El primero es que el sistema de investigación pública, habiendo crecido mucho, no es capaz de absorber a la inmensa mayoría de este personal, lo cual por otro lado es bastante lógico. Hipertrofiar el sistema público no es una buena idea dado el carácter funcionarial del mismo, aunque siendo realistas el ratio de investigadores públicos por habitante es exiguo comparado con países que sí tienen una auténtica tradición científica.
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http://proyectos.elcomercio.es/blogs/maneras-vivir/2011/11/13/investigar-en-espana-es-llorar/