Ciencias

El cielo, el infierno, y otros hipermundos

Caronte Gustave Doré e1573210723829
En la Divina Comedia, Dante Alighieri necesita a Caronte (aquí en una preciosa ilustración de Gustave Doré) para ser trasbordado en el Infierno, y así empezar su viaje hacía el Paraíso.

Si se limpiasen las puertas de la percepción,
todo le aparecería al ser humano tal y como es: infinito.
(William Blake)

Cultura y sociedad canalizan nuestro desarrollo cerebral y sensorial, y pronto nos conformamos con nuestras habilidades mentales, supuestamente encauzadas hacia valores «normales». Pero ¿qué pasa si quiero más? La genética cumple su función a la hora de moldear nuestro cerebro y nuestras capacidades cognitivas, es cierto, pero luego todo se puede entrenar, con una gimnasia adecuada. Si levantar pesas hincha un bíceps, los videojuegos potencian nuestras habilidades visoespaciales. Si correr mejora nuestro flujo sanguíneo, el ajedrez impulsa nuestros circuitos cerebrales. Es decir, lo mismo que podemos entrenar nuestros músculos, podemos entrenar nuestras capacidades cognitivas. O nuestros sentidos. 

Percibimos y pensamos el mundo solo y exclusivamente a través de lo que nos cuenta nuestro cuerpo y, en particular, a través de un complejo sistema de receptores e interfaces (los ojos, los oídos, las manos…) que transforman señales externas en códigos eléctricos. Estos códigos eléctricos los utiliza luego el cerebro para generar, de forma totalmente convencional, una interpretación de la realidad. Convencional quiere decir que se establecen asociaciones rutinarias entre estímulo, percepción y sensación, asociaciones que son muy funcionales y efectivas, pero ficticias. Para algunos puede ser una mala noticia, agobiante y cínica, pero el cielo no es azul, no tiene color propio, como no lo tiene nada ahí fuera, solo que nuestro cerebro asocia su frecuencia cromática (debida a cómo su composición molecular refleja y transmite las ondas lumínicas) a una respuesta bioquímica de nuestra corteza que hemos decidido llamar azul. Es decir, el cerebro «pinta» el cielo de azul, un prado de verde, un girasol de amarillo y un cisne de blanco, con tintas que solo existen en nuestra cabeza, y que hemos nombrado con etiquetas comunes para facilitar la comunicación entre mentes distintas. 

Todo ello es muy funcional y efectivo para el reconocimiento y la organización de la realidad, pero completamente convencional. De hecho, no solo desconocemos si nuestra sensación de lo que es azul es realmente la misma para todos, sino que, además, de vez en cuando se nos cruzan los cables y en lugar de asociar el color a una onda lumínica se asocia a una palabra, o a un número, o a un día de la semana: son las sinestesias, condiciones muy frecuentes en nuestra especie, donde las asociaciones entre estímulos y respuestas sensoriales son distintas de las convencionales. Tan de sencillo como asociar la estimulación cognitiva (azul) a una onda acústica (un sonido) en lugar de asociarla a una onda lumínica (un estímulo visual), y el mundo ya no parece el mismo.

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6 comentarios

  1. Muy interesante. Un pequeño matiz, quitaría la referencia al Castaneda, que no realizó ninguna exploración, ni de otros mundos ni de estos, pues jamás investigó entre los indios y se limitó a inventarse aventuras demenciales y asegurar que él mismo era un chamán con poderes más propios de un cómic tipo Marvel para así fundar una pequeña secta. Un sociópata que resultó un cáncer para la contracultura, para la investigación etnográfica y para los ingenuos a los que engañó.

  2. Un argumento apasionante rebosante de informaciones y posteriores sugestiones, sugestiones que supongo serán el resultado de una cierta dinámica de nuestro mecanismo cognoscitivo que proviene en mayor medida de nuestra cultura. Pero sugestiones que hacen aún más interesante la experiencia de la existencia y de la sociabilidad, o sea de la cultura, ya que abren la puerta a nuevas experiencias.
    PD: una acotación que, a primera vista tendría muy poco que ver con el tema: el cielo, para mí, es celeste, no azul. Y pareciera que esta distinta definición taxonómica la comparten tanto usted, como los italianos. Para estos también es azul, “azzurro o blu” (recuerda la famosa frase di Volare, di Domenico Modugno «..di blu dipinto di blu…»? Y no creo que el color de la camiseta de la Nazionale Italiana, “gli azzurri” sea igual a su cielo. Sigue siendo azzurra a pesar de que es y era el color heráldico de la poco apreciada Casa Savoia con la cual obtuvieron dos o tres copas mundiales y por superstición no la cambian. Gracias por la amena lectura.

  3. Pingback: Acústica Mente | Quenántropo

  4. Pingback: La voz del silencio | Quenántropo

  5. Muy interesante el artículo. Aunque saquemos de contexto el cielo azul, el infierno rojo o el cisne blanco. Puestos al análisis, estaremos de acuerdo en que, Los patrones sociales existen y nos condicionan en multitud de comportamientos imitadores, en los que, por supuesto no entraría la práctica de modelar el cerebro.
    Volviendo al tema del artículo, tendríamos que aclarar que todos somos creadores de nuestro cielo y nuestro infierno, sin necesidad de darle color. Automáticamente nos podemos trasladar del cielo al infierno y al revés, con nuestra mente; en algo que sí podemos moldear, pues los patrones sociales nos inducen y potencian las desviaciones más absurdas, por seguir al líder de la mente mayoritaria de esta población terrena.

    Gracias por el artículo y gracias por la oportunidad de opinar…

  6. Pingback: Su afición al juego cambió las matemáticas - Jot Down Cultural Magazine

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