
Toda innovación lleva implícita su fecha de caducidad desde el momento en que se funda. Con su evolución va creciendo la percepción de que se acaba la etapa existencial en la que nos encontramos. La percepción del presente va unida a cierta intuición acerca de cómo será el futuro.
Por ejemplo, la estética actualmente predominante en el interiorismo basada en el color blanco y formas rectas y lisas parece estar anunciando que en un futuro próximo va a volver a instalarse una estética llena de curvas y colores. O quizá solo lo percibo yo, que eso también podría ser.
En otro orden de cosas, el bienestar colectivo que se anunciaba con el liberalismo económico está llegando al fin de una importante etapa. La economía basada en el crecimiento permanente está alcanzando un techo que parece insostenible. Se amplía progresivamente la clase trabajadora que aun teniendo un salario no llega a fin de mes. Tener trabajo ya no garantiza la subsistencia económica. Parece que al liberalismo le falta algo de sincero y noble pensamiento libertario.
Desde hace mucho tiempo, el cálculo del precio de las cosas no depende de las materias primas que se utilizan para fabricar el producto o la complejidad de su proceso de elaboración, sino de la previsión relativa acerca de lo que podemos obtener de su venta. De modo que el valor de las mercancías no se basa en lo que cuestan de fabricar sino en el máximo beneficio que se pueda obtener de ellas. Y esto también está culminando un ciclo que no parece que pueda extenderse por mucho más tiempo.
La situación climática también anuncia un cambio de etapa importante de la humanidad. No se pueden sostener antiguas formas de existencia. Los fuertes contrastes de temperatura anuncian un futuro incierto y desconcertante. La última referencia que tenemos en este sentido habla de la glaciación de Europa que aconteció entre los años 1570 y 1700 aproximadamente1. En esta época, el frío inundó el continente, se congelaron ríos como el Támesis y la agricultura local se hundió. Se inició aquí la prevalencia del dinero sobre la de las propiedades. Hasta entonces la riqueza consistía en poseer tierras y ganado, pero ante la dificultad de mantener estos recursos, se impuso la importancia del dinero para poder traer esos bienes desde muy lejos. Comienza así el liberalismo económico y el capitalismo basado en el dinero.
En esa época algunas voces se alzaron para defender la idea de que Dios se había enfadado con los pecados de la humanidad y por eso les enviaba este castigo de la glaciación. Entonces ocurrió un fenómeno que hemos podido observar en muchos momentos de la historia y que se refiere a que cuando el ser humano siente pulsión tanática o percepción próxima de la muerte o de cualquier tipo de final importante de etapa que pone en riesgo la vida, empieza a buscar culpables fuera de sí mismo, a cargar la responsabilidad en otros. En el caso de la glaciación en Europa se realizaron alrededor de ciento diez mil procesos judiciales por brujería y más de la mitad: alrededor de cincuenta y cinco mil acabaron en ejecuciones a muerte, de las cuales el ochenta por cien eran mujeres2.
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Quizás hay mucha carencia de perspectivas, y por eso se tiene la impresión de vivir en un callejón de salida. Sin embargo es en este escenario actual donde cada persona y cada sociedad ha de encontrar un progresivo dejar una cosa por saturación, y asumir alegremente otra, por su elevada calidad y resolución.
La apertura ante un tipo de vida que gradualmente es menos material, es necesaria. No una apertura por temor, o sobrellevando la densidad de lo temeroso, de lo pesado y erróneo, esteril y «lógico». Sino una apertura por conocimiento de primera mano, a partir del estudio y la experiencia que nos permite descubrir otra conciencia. Una manera de pensar diferente es necesaria, es una condición indispensable. Nadie propondrá un buen slogan, no es cuestión de que alguien señale un camino a seguir. Uno mismo ha de tomar la responsabilidad y la confianza para abrir paso ante una jungla de pensamientos, que se repiten en círculos, mediante una idea totalmente distinta, la cual llega en un momento dado a su ser interior.
Ahora decidme de qué va a servir al 95% de la población este discurso enrevesado de Bernardo Ortín y el no menos enrevesado comentario de Mar, que parecen Frasier Crane y su hermano Niles.
Exactamente lo que dice arriba: «La cosificación del discurso del otro es la puerta de entrada para desacreditarlo. En general, los debates terminan donde deberían empezar.»
Totalmente de acuerdo. Abajo la reflexión. No ‘sirve» para nada. Vayamos a leer el As y no pensemos.
Acabas de ejemplificar perfectamente parte del inicio del discurso del artículo.
Lo que dice sobre la ciencia no tiene ni pies ni cabeza