
El asco es algo que de alguna manera nos humilla, así que nos gusta fingir que habita en un nivel poco significativo de la vida, en un sótano fisiológico donde se amontonan la arcada, el olor a leche agria, la supuración, la mierda, el aliento dulzón como carne que empieza a venirse abajo, la fruta que ya ha cruzado esa frontera a partir de la cual no solo se le han ido las vitaminas sino que ofrece excelente resultado como proyectil contra un espectáculo que no nos está gustando. Tendemos a pensar que vivimos en la parte alta de nosotros mismos, en la intelectualidad y el gusto educado y la opinión política, mientras el asco nos recuerda a la primera de cambio que seguimos siendo animales muy mal avenidos con la putrefacción y, lo que resulta bastante peor para nuestra vanidad, animales que sospechamos de ella porque sabemos de manera vagamente consciente que ahí fuera acechan la infección, el parásito, la enfermedad y esa derrota de la materia que es la muerte.
Es interesante la movida porque el asco nunca se queda quieto en ese suquillo del paquete de jamón de York cuando se empieza a pasar o el que sale en las ingles de quien no se lava, sustancias ambas muy parecidas, ni en el fondo del cubo de basura ni en el aroma de una granja de cerdos que te pilla en un paseo en lo más crudo del crudo verano. El asco penetra en la moral, se disfraza de principio, contamina la religión, la costumbre, la idea misma de pureza, y acaba enseñándonos que muchas de nuestras convicciones más solemnes empezaron siendo apenas una náusea.
Por mucho que nuestra narrativa humana lo haya vestido con ropajes de sensibilidad, urbanidad e incluso criterio resulta que el asco nace bastante más abajo, en una zona previa al razonamiento donde el cuerpo (que para casi todo lo importante sigue siendo más desconfiado y más listo que nosotros) detecta una amenaza y se pone a funcionar antes de que la cabeza empiece a figurar excusas. Cuando la comida ha empezado a pudrirse y el agua huele a refregao y la carne enrojecida se abre soltando pus y el vómito del prójimo nos arranca las ganas de hacerle coros lo que se activa no pertenece al gusto ni a la sensibilidad fina ni a ninguna de esas ficciones que nos hemos ido armando culturalmente, sino a una alarma más antigua que el pensamiento. La alarma salta porque a lo largo de nuestra historia quien no sospechó a tiempo de ciertos olores, de ciertas viscosidades y de ciertos colores terminó pagando la distracción con diarrea, con fiebre o con la muerte. A nuestros antepasados les faltaban palabras para casi todo eso y les sobraban cadáveres, hijos que no llegaban a la siguiente estación y almuerzos que acababan en cagalera, de ahí que el asco, antes de convertirse en una categoría psicológica y una parte esencial del corpus existencialista, fuese más que nada una apuesta biológica que acertaba lo bastante como para merecer respeto, cuya función consistía en mantener a raya aquello que podía entrar por la boca, por la piel o por cualquier orificio del cuerpo y convertir esa maquinaria ya de por sí chapucera que es un ser humano en una certificada puta mierda.
Pero ojo, no nos vamos a poner deterministas biológicos porque el determinismo biológico lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento y el sufrimiento lleva al Lado Oscuro o, peor, a montarse en el avión de Epstein. Y si no que se lo pregunten a Steven Pinker. Así que debemos saber que también las tripas reciben educación. De hecho la reciben con una severidad propia de don Marcial, maestro de pueblo de los que de antes que me cascaba a mí coscorrones con el llavero en el nudillo cuando no atendía en el cole. Amiga, date cuenta de que hay culturas que comen con entusiasmo cosas que harían vomitar a un incel, del mismo modo que hay olores celebrados en algunos alimentos que trasladados a la higiene personal serían considerados un agresión y hay picores en boca que algunos degustamos con placer mientras que en la escala Scoville están en la misma casilla que los gases lacrimógenos de la policía. Eso quiere decir que el asco no es únicamente un reflejo estarcido en la carne, sino también una costumbre, una experiencia aprendida, una gramática de la repulsión que cada cultura administra a su manera mientras decide qué sustancia resulta tolerable, qué contacto se admite, qué fluido se perdona y cuál convierte a su portador en una especie de embajador de la peste. La antropología atiende ahí con una mezcla de fascinación y mala conciencia porque en esa distribución de lo limpio y lo sucio, de lo comestible y lo impuro, se juega una parte muy seria del orden social. No solo apartamos la mano de lo que puede enfermarnos sino que apartamos también la imaginación de lo que descoloca nuestras clasificaciones y mezcla categorías que preferiríamos ver separadas, de lo que recuerda con su viscosidad o con su tendencia a desbordarse que la materia nunca se comporta con la obediencia elegante que le exigiría una sobremesa burguesa ni con la discreción con que querríamos que se gestionaran los asuntos de la carne.
Entonces el asco deja de ser solo una historia de bacterias y carne pocha para meterse en terrenos turbios, porque la emoción que en un primer momento servía para mantener lejos la podredumbre da el salto a la moral. Muchas sociedades han hablado de ciertos deseos, de ciertos cuerpos, de ciertas prácticas sexuales, de ciertas mezclas raciales, de cierta diversidad a la baja de rentas y de ciertas formas de extranjería con el mismo lenguaje con que se habla de una cloaca. Muchas sociedades y mucha gente, esta sí, asquerosa, ve ahí lo impuro, lo contaminante, lo degenerado, lo sucio, lo que corrompe. Debajo de todo ese vocabulario ultrafacha yace una metáfora sanitaria que se ha desmadrado y ha terminado colonizando la ética, la religión y la política hasta convertirlas en departamentos de limpieza simbólica. El otro, otra u otre ya no es alguien con quien se discute o a quien se combate, sino alguien que ensucia, que infecta, que huele mal en un sentido material y también en uno moral. Y entonces el asco, que como sistema de alarma contra la enfermedad tenía cierta lógica, se convierte en una máquina fabulosa para fabricar jerarquías y justificar crueldades, porque pocas cosas resultan tan rentables para una ideología como conseguir que sus víctimas no solo parezcan equivocadas, sino también repulsivas.
Por debajo de esa metodología bucea por otro lado una verdad ofensiva para nuestra autoestima de primates ilustrados. Nos asquea con tanta facilidad aquello que rezuma y se pudre porque se nos parece demasiado en cuanto se nos cae la máscara y queda a la vista lo que siempre estuvo ahí esperando su momento para arruinarnos la pose. El cuerpo humano, tan dado a imaginarse como sede de la dignidad y la conciencia, se pasa media vida goteando, fermentando, exfoliándose, inflamándose y criando olores mientras gestiona con discreción un repertorio de secreciones que, si las viéramos salir de cualquier otra cosa, nos harían retroceder dos pasos y santiguarnos aunque no creyéramos en nada. El asco es una emoción sincera y miserable a la vez, pues nos protege de ciertas amenazas reales y nos delata cada vez que aparece. Cada vez que apartamos la cara y cada vez que fruncimos la nariz mientras sentimos esa punzada de revuelta en el estómago estamos rechazando algo exterior con una mezcla de inteligencia biológica y cobardía metafísica y además nos defendemos del espectáculo embarazoso de reconocer hasta qué punto somos materia en proceso de arruinarse.
En cuanto una comunidad decide qué puede tocarse y qué debe quedarse a distancia, qué entra en la boca y qué la vuelve impura, qué cuerpos son válidos y cuáles no, ya no estamos ante una simple cuestión de modales o una manía higiénica sino ante una metafísica de andar por casa reveladora, porque en ese reparto de permisos y repugnancias cada sociedad va dejando escrita su idea de lo humano, de sus bordes y de sus miedos, con una letra a veces tan fina que parece moral y a veces tan basta como la mierda que es. El asco, desde una visión antropológica, retrata a quien lo siente y a la tribu que le ha enseñado a sentirlo de una manera y no de otra. Bajo mucha defensa de la pureza y ceremonias del decoro y bajo mucho refinamiento de salón sigue trabajando, con las manos sucias y la nariz arrugada, la revuelta de la carne ante el espectáculo de otra carne demasiado parecida.







Luego lo leo, que tras el primer vistazo me ha parecido interesante.
Pero.
Por hablar de asco.
Yo, que soy rojo desde que tengo uso de razón, estoy cada vez más asqueado por vivir en un país que tolera a este quinqui de la Moncloa. Me da mucho asco ese chuloputas.
Pero estoy empezando a sentir cada día más asco por todos mis camaradas, que llevan lustros dando la brasa por la moralidad política y ahora con este monstruo tragan con toda su corrupción y su deterioro institucional.
Ea, que os den.
A mí me da asco el lenguaje que hace uso de expresiones como «quinqui» y «chuloputas».
Se puede decir todo y más, de otra manera.
Si el presidente del gobierno continúa en la Moncloa-para mí un error, porque debía de haber dimitido hace un par de años- es porque el sistema democrático que nos hemos dado lo permite.
La «moralidad política» es un oxímoron. Baudrillard apunta que la corrupción es inherente al poder, puesto que hemos delegado en los políticos ese poder. Similares críticas al ejercicio político formula Enzensberger, que le recomiendo.
Espere, sentado y sereno la «llegada de los bárbaros» (Kavafis) y verá lo que es bueno.
Gracias por responder, Solar. No me ha decepcionado. ;-D
P. S. No puedo evitar emplear esos términos, me parecen los más adecuados
Quinqui: RAE Persona que comete delitos o robos de poca importancia. Ahí soy suave
Chuloputas: Fundación BBVA Chulo de putas. Ahí soy riguroso, se ha beneficiado del negocio de la prostitución
UD. piensa que si lo admite la RAE puede usarlo sin problema.
Oiga, ser rojo está muy bien. Ser grosero, no.
Solar, no te quieres enterar, yeeee yeeee.
Yo también te quiero de verdad, ye, ye…
Qué coñazo de medio ácrata estás hecho, Solar.
Solo un 5%. El resto, colectivista. El futuro será comunista o no será.
Yo soy comunista y una de mis primera medidas en el gobierno sería meterte en el gulag, Solar.
Gracias, camarada. Cuando llegues a presidir el Soviet Supremo y yo esté en el gulag, escribiré mis experiencias como Alex Solhenitsyn y ganaré el Nobel,
Yo no soy rojo, ni me parece el camino, pero de acuerdo contigo. Se agradece honestidad…
Acabo de pillarlo. Para la guardia morada. De nada, monadas.
https://youtube.com/shorts/xO8DsFbnWkM?is=4lsxzssYiPOpy-jc
He venido a leer tranquilamente un rato y me voy con la sensación de que algunas de mis convicciones tienen un origen bastante menos noble de lo que les atribuía. No era necesario meterse en mi casa de esta manera.
Hay una anécdota de un antropólogo, holandés creo, que llevaba unas semanas con una tribu africana de la que no conocía el idioma y se tenía que entender con ellos chapurreando en inglés. Cuando un joven nativo, para romper el hielo, le preguntó si le gustaba el criket, el holandés, contento del acercamiento, le respondió que sí. El nativo con rostro sonriente, se metió en una de las casas, y al cabo de un rato le saca una jarra y se la ofrece indicándole que meta la mano y la acerque a la boca con gesto de comer. Dentro de la jarra había…pues un grillo, bastante gordo, que el holandés se metió en la boca y tragó para no hacerle un feo a su anfitrión, intentando contener las arcadas.
La anécdota la cuentan en Antropología para ver las diferencias culturales, pero también para señalar el poder de lo cultural sobre el cuerpo humano. Todo un descubrimiento.
Un saludo.
PD: No sé si darte las gracias, que acababa de cenar cuando te leí. :-P
Y el antropólogo, ¿que hizo?, ¿probó los grillos?. ¿O simplemente se horrorizó?. El miembro de la tribu intentaba acercarse, ¿lo hizo el antropologo?
Por otro lado, me resulta muy curioso que en la peli “inside out”, del revés en versión traducida, para representar la emoción del asco se sirvan de un pobre brócoli.
Pues mira, he tenido que ir a consultar porque mi memoria va a peor. :-P
El antropólogo no era holandes sino americano, Michael Engelke. La tribu estaba en Zimbabue y la anécdota ocurrió a finales de los 90 del siglo pasado. Engelke se alojó con una familia cuando era aun estudiante y allí hizo su primera práctica de campo. Como no hablaba la lengua Shona se comunicaba con el hijo mayor de la familia que hablaba más mal que bien en inglés. Siendo Engelke americano el juego de criquet (británico) no es que lo conociera mucho, pero había estudiado en Chicago los hábitos interculturales del colonialismo y la práctica de deportes y le interesaba la conversación.
No solo probó el grillo, tuvo que masticarlo, era muy grande, y aunque intentó contener las arcadas lo acabó vomitando.
Lo cuenta el mismo en Think like an anthropologist.
Un saludo.
Busco el libro ya. Por lo que parece va a la par de “el antropólogo inocente” de Nigel Barley. Gracias!
Me recuerda el día que fui a cenar a casa los suegros. Me ofrecieron un plato de caracoles, que a ellos les gustaban mucho. Pueden imaginar mi cara, al verlos en el plato. ¿No re gustan?. Para ellos eran lo más. Me di cuenta entonces de que mi mujer y yo, éramos de “tribus “ muy distintas.
A pesar de eso, hace veinte años que compartimos techo. Y no, no me gustan los caracoles
Ni a mi. ¿Comiste algunos?¿te ofrecieron otra cosa?
Una buena suegra, soy boomer, siempre tiene plan B. Y como las meigas, haberlas hailas (de suegras buenas)
Las noches de luna llena mi mujer me recuerda la cara que puse al probarlos. Más que un hombre lobo, parecías un hombre bobo, suele añadir. Y no, no vomite, fui reptando hacia el servicio y, con disimulo, me deshice de ellos.
Los escargots son un plato gourmet apreciado por varias culturas gastronómicas desde la Antiguedad.
Un plato delicioso con una buena salsa. Saludable (sin azúcares, con triptófano, etc.).
Me sentaría muy a gusto en la mesa de sus suegros a degustarlos.
Le aseguro que, además, le darían buena conversación. Puede acercarse al aplec del cargol, en Lleida, mientras y, intentar, que una de les “colles” le invite.
Ya que estamos, una anécdota más que vivió una amiga que fue de au pair a Irlanda. En la casa en la que estaba, contó que, en su país comían caracoles.
Al cabo de unos días, uno de los niños, debía tener unos siete u ocho años, le trajo una bolsa llena, y le dijo: demuéstralo. El “problema” es que, en ella, también había una gran cantidad de babosas. Cuando mi conocida le dijo que, las babosas, no se las comía, su credibilidad cayó por los suelos. Para el niño irlandés todos los gasterópodos eran igual de “comestibles”.
A partir de aquí, señor Solar, hay alguna cosa de comer con la que no pueda? Conejo, gato, perro… ya ha demostrado que no es vegetariano, pero ha probado las ortigas, o el kimchi?
Gato, por supuesto, me lo dio a probar una mujer de un pueblo leonés.
No puedo con la okra, o molondrón, quimbombó en el trópico. Es un vegetal baboso.
Pero le encanta a mi pareja dominicana.
En mi país se come un marisco que da naúseas a los foráneos (piure) y es una maravilla con fuerte sabor a mar, yodado.
Gracias por el dato, tengo un amigo lleidatá.
No todos los caracoles son comestibles, lo digo por la anécdota. Hay una película cuyo nombre no recuerdo protagonizada por Ben Affleck, su personaje cultiva caracoles y asesina a los hombres con los que se acuesta su esposa (Ana de Armas). Uno de los amantes , que después liquida, le dice que quiere probar sus caracoles y él se niega, advirtiéndole que hay que depurarlos primero.
La pelicula, bastante mala , Deep Water (Adrian Lyne, 2022) esta inspirada muy libremente en la excelente novela homonima de Patricia Highsmith, la recomiendo.
Asco dicen? Prueben a estudiar ésto https://es.wikipedia.org/wiki/Descomposici%C3%B3n#Descomposici%C3%B3n_humana
«in extenso» y estando de resaca. El fastigio!
«Todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad» (Sartre)
Maravilloso texto Ricardo.