Política y Economía

La banalidad del mal en la era Trump

Donald Trump tras un mitin. Foto Cordon Press.
Donald Trump tras un mitin. Foto: Cordon Press.

Se muestran imágenes al compás de una conocida canción, «La Macarena». Su contenido no parece adecuarse. Hay aviones de guerra y detonaciones de bombas. ¿Qué clase de friki cibernético habrá puesto en circulación tamaño esperpento? Sorpresa: es un vídeo oficial publicado por la Casa Blanca con imágenes reales de la guerra en Irán.

Lo cierto es que, a estas alturas de la película, el estupor generado no es mayúsculo. Al menos desde hace un año, cuando Donald Trump, el mismísimo presidente de los EE. UU., compartió un vídeo generado con IA en el que se muestra una futurible Gaza. En ella, los niños palestinos corretean alegres por unas calles que rebosan opulencia, dominadas por el turismo de playa y, entre otras sutiles lindezas, con una gran estatua de oro de Trump. En otros planos, el presidente también departe con una bailarina o toma el sol con Benjamin Netanyahu.

Hay más. Haciéndose eco de las protestas contra su administración, hace unos meses Trump echó mano de otro vídeo producido por IA en el que se le ve pilotando un caza con una corona en la cabeza. Sobrevuela la muchedumbre que se manifiesta. ¿Qué hará? Sorpresa: les arroja excrementos desde el avión.

Si todavía es posible gestionar la sensación de vergüenza ajena, atiéndase a una reciente rueda de prensa del secretario de Defensa —o de Guerra—, Pete Hegseth. Informa de que un submarino estadounidense ha torpedeado un barco de guerra iraní cerca de las costas de Sri Lanka. Merece la pena recuperar sus palabras: «La Armada iraní reposa en el fondo del golfo Pérsico. Combatiente. Ineficaz. Diezmada. Destruida. Derrotada. Elige tu adjetivo. De hecho, anoche hundimos su buque insignia […] Lo reproduciremos en pantalla […] Creía estar a salvo en aguas internacionales. En cambio, fue hundido por un torpedo. Muerte silenciosa. El primer hundimiento de un barco enemigo por un torpedo desde la Segunda Guerra Mundial».

Hegseth —en cuyo controvertido CV, por cierto, consta una denuncia por agresión sexual— enseña el vídeo con la actitud del hijo que quiere despertar la admiración del papá. No ahorra adjetivos. Estima como mérito que destacar el haber provocado la muerte de unas ciento treinta personas desprevenidas. ¡Por un torpedo! Es maravilloso, se lee entre líneas, no se había visto nada igual desde la última guerra mundial. Adviértase que para el secretario el dato es algo que celebrar. Y que exponer urbi et orbi, por supuesto. Exhibición de músculo bélico, le llaman.

No cabe duda de que hay mucho de estrategia oportunista en la bochornosa actitud del Gobierno estadounidense. Un marketing dirigido a la diana contemporánea del mensaje político: las emociones. ¿Para qué esconder con argumentos lo que se puede expresar con imágenes y con «La Macarena» de fondo? Es subirse al tren de la sociedad del espectáculo, de ese simulacro del que habló el pensador posmoderno Jean Baudrillard.

No hay duda de ello y, no obstante, permanece la seria sospecha de que el asunto no termina ahí. A principios de 2025, el flamante secretario de Guerra empleó una aplicación de mensajería para charlar con otros altos cargos sobre un ataque militar en Yemen. Resulta que un periodista fue agregado sin querer a la conversación y es por eso que conocemos el distendido tono con el que comentan jocosamente la muerte de combatientes hutíes o lo mucho que desprecian a Europa.

Con todo lo dicho no se quiere deslizar nada sobre la naturaleza de estos ataques. Eso es harina de otro costal. El foco está aquí en la actitud y en su vínculo más que palpable con el pensamiento de una conocida autora del siglo pasado.

Hannah Arendt consagró gran parte de su trabajo a analizar los rudimentos ideológicos del totalitarismo. Fue especialmente celebrada su idea de la banalidad del mal. Adolf Eichmann —alto funcionario nazi objeto del análisis de Arendt— fue, según ella, un hombre banal. Esto es, no fue un monstruo con los ojos inyectados en sangre. Fue un tipo normal y corriente, un señor que ni siquiera abrigaba grandes convicciones políticas. Un padre de familia que gustaba de cumplir órdenes para medrar en su carrera. En fin, alguien incapaz de reflexionar, que no quería pensar, que se contentaba con frases hechas y al que le era indiferente el sufrimiento ajeno.

Con la información manejada sobre la Administración estadounidense, el estudio de Arendt resulta harto clarividente. Es cierto que ella describió la banalidad como una obediencia burocrática huérfana de reflexión moral. Sin embargo, en conjunción con los tiempos, la actitud banal ha mudado. No es preciso ser un psicoanalista para palpar la tipología de los sujetos: Trump y Cía. se comportan como adolescentes endiosados que juegan al Call of Duty. El planeta es su particular escenario lúdico y se divierten con él. Este es el nuevo comportamiento banal que nos sorprende. Ellos ya no son anodinos, como Eichmann. Son, en algunos casos, cuerpos de cachimanes en los que se ocultan niños caprichosos.

Es importante reiterar que no se trata aquí de juzgar ninguna guerra o acción militar. Ese no es el tema. Solamente se busca hacer notar la sorprendente actitud manifestada por personas con una responsabilidad inconmensurable. Una actitud en la que se otea una frivolidad que pasma. Que da un repelús que pone los pelos como escarpias.

En realidad, a nadie debería coger desprevenido a la luz de su biografía. Trump es, en su sentido más literal, un niño mimado. Uno de esos que han nacido en cuna de oro. De esos cuyo cerebro se ha cincelado para articular «Yo quiero» y aguardar a que el resto satisfaga el antojo. Es un matón de colegio habituado a tenerlo todo. No contento con que el resto de la clase le lama el culo por miedo, hasta se permite ventilar los mensajes de todo un secretario general de la OTAN haciendo lo propio. La vergüenza ajena ya es insoportable, así que terminaremos arrojando una reflexión al aire y una recomendación. La reflexión: ¿cómo es posible que personas tan burdas lleguen a las más altas esferas del poder global? La recomendación: leamos a Hannah Arendt.

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