¿Estás cansado de que todos tus amigos sepan dibujar un dodecágono menos vos? ¿Sabés lo que es un planímetro? ¿Cuál es el tipo de problemas lógicos que no pueden resolver las computadoras? Con preguntas de este tipo suelen comenzar los videos que Teo López Puccio (Buenos Aires, 1998) sube periódicamente a su cuenta de Instagram, un sitio de divulgación matemática que en poco tiempo ha sumado más de seiscientos mil seguidores. ¿Cuál es el secreto detrás del éxito? Quisimos averiguarlo y por eso nos juntamos a conversar con Teo, un profesor, músico, actor, divulgador científico en redes y en medios de comunicación que, además, está presentando Problema 1, una obra de teatro enteramente dedicada a la matemática. (Si les suena el apellido, es porque, además, es hijo de Carlos López Puccio, uno de los integrantes del famoso grupo Les Luthiers).
No sé si hallamos respuestas sobre las razones del éxito; con lo que sí nos topamos es con un apasionado por las preguntas, por el razonamiento y por la belleza que se encuentra en el saber, en no renunciar a su búsqueda. Porque «en el momento en el que perdemos el hilo del conocimiento, estamos en problemas».
Músico, actor, profesor de matemática. ¿En ese orden o es indistinto?
Depende de si el orden es laboral o de formación. Porque estudié matemática, entonces, académicamente, estoy formado como científico, pero mi mayor expertise laboral está en el mundo del teatro y del arte. Y, como artista, me formé informalmente. Como músico también tengo educación, siempre fui a clases, pero no pasé por un instituto de formación musical, tampoco por uno teatral. Así que depende de quién pregunte. Esto es una descripción cualitativa porque en realidad conviven en mí las dos cosas con mucha igualdad, soy verdaderamente un punto medio entre las dos. Me gusta mucho el pensamiento científico, entonces me siento un matemático, pero a veces me siento menos matemático porque todavía no hice un doctorado, y a veces no me siento tan músico porque me falta mucha experiencia en el mundo laboral musical. Entonces, no estoy ni en uno ni en otro, pero profundamente me siento en ambos.
Hay algo de la clasificación en compartimentos estancos que es propia de una época de hiperespecialización. Quizás, en tu caso, encarnás un espíritu de otro tiempo, como renacentista, ¿no?
Yo era muy consciente, cuando era chico, de que me gustaban muchas cosas. Sobre todo, muy evidentemente, al terminar el colegio secundario y tener que decidir qué hacer o estudiar. Podría haber estudiado arquitectura o biología o física, y me dediqué a la matemática porque es lo que más me estaba apasionando en ese momento, aunque con pesar por no poder meterme en el conservatorio de música. Fue una elección entre una y otra. Efectivamente me apasionaban todas esas cosas y hay algo de ese renacentismo que es verdad. Creo que un poco viene de casa también. Pese a no ser científico, mi viejo siempre consumió divulgación científica y en mi familia había una apreciación de eso en el sentido cultural. Él me transmitió mucho esa especie de curiosidad por la ciencia.
¿Qué te entusiasmaba de eso cuando eras más chico? ¿La matemática?
No sé si la matemática en sí misma, no tanto la matemática de los números, porque yo no era muy bueno con la aritmética. Es distinto entender que saber hacer cuentas. Y justamente a los matemáticos nos interesa mucho el porqué, entender un razonamiento lógico. Eso es lo que hacemos y, luego, el cálculo es algo que puede hacer una computadora y, antes, las máquinas que calculaban. Durante milenios la humanidad tuvo que hacerse fuerte y poder entender cómo hacer cálculos de memoria en la cabeza; hoy en día eso no es tan importante. Y como disciplina histórica, la matemática se ha desarrollado mucho más en un arco filosófico de poder entender y ver los porqués detrás de los sistemas lógicos. Por ejemplo, los números tienen un funcionamiento y uno puede preguntarse por qué tienen ese funcionamiento; podés aprender de memoria que el orden de los factores no altera el producto, pero también te podés preguntar: «¿Por qué? ¿Qué tienen los números que hace que eso sea verdad?».
Esos porqués a los que hacés referencia, ¿siguen siendo preguntas matemáticas, no filosóficas?
No, no. Son mucho más… Tengo un ejemplo muy claro: me acuerdo que una vez mi papá me dijo: «Imaginate un cono de queso: si lo cortaras con un cuchillo, tendrías una curva». Y a mí eso me llamó la atención: ¿por qué una curva? ¿Por qué no dos líneas rectas? Es que si lo pensamos mejor es como agarrar este vaso que tiene agua e inclinarlo: ese círculo se estira y se vuelve una elipse. Claramente mi viejo estaba leyendo un libro sobre física en ese momento, me lo contó, y a mí me quedó esa imagen en la cabeza. Y después, en el secundario, en algún momento vi la función cuadrática, me contaron que el gráfico de la función cuadrática es una parábola y me acuerdo de unir esas dos cosas y decir: «Ah, la parábola es como lo que me había contado mi viejo», una curva que podés hacer cortando un cono. Entonces volví a casa, fui a buscar en internet y terminé todo el día leyendo Wikipedia. Había una especie de fascinación de saber que esas cosas estaban conectadas, aunque a mí la clase de matemáticas no me causaba fascinación, ni siquiera me gustaba, hasta que sí, hasta que efectivamente en algún momento pasó.
Entonces, primero fue la geometría.
Definitivamente. A mí todo lo que tiene un componente visual me parece más fácil de entender, lo puedo ver y me causa fascinación. Hay un pensamiento muy visual en la matemática, incluso en cosas que no necesariamente son, en principio, geométricamente visibles.
¿Por ejemplo?
Cuando uno se imagina haciendo cuentas. Ahí hay una especie de visualización en la cabeza. Cuando estoy resolviendo una ecuación, yo me imagino los símbolos moviéndose de un lado a otro, hay una especie de ideación. Es parecido a como un músico puede ver una partitura y escuchar la música, hay una relación entre lo sensorial y lo abstracto o el medio escrito. La matemática es muy creativa, tiene que ver con encontrar formas distintas de ver las cosas.
Existe la idea de que la ciencia y el arte van por caminos separados, y otro preconcepto: que la matemática es aburrida.
Hay una parte de la matemática en la cual incluso los matemáticos pueden estar de acuerdo en que es aburrida: hacer cuentas en sí mismo, no creo que le parezca muy interesante a nadie. Lo que está detrás de las cuentas es importante. ¿Por qué las estás haciendo? ¿Las podés hacer mejor? ¿Las podés hacer con menos esfuerzo? Si vos te tomás en serio el trabajo de querer hacer menos cuentas, y de hacerlas de una manera más fácil, vas a estar empezando a hacer cada vez menos aritmética y más matemática.
Resulta entonces que la matemática es un arte para gente vaga.
Realmente. Imaginate que no tenés una calculadora y estás en el siglo XVI y necesitás hacer un montón de multiplicaciones. Tenés que calcular y hacer trigonometría para saber en qué dirección zarpar con tu barco para poder llegar a la isla adonde estás yendo; deberías sentarte con lápiz y papel y resolver muchas cuentas. ¡Uy, qué aburrido! Pero bueno, cuando eso se vuelve una parte esencial de la civilización, la gente dice: «Okay, nos tenemos que ocupar de que esto se pueda resolver bien». De pronto la pregunta que surge es: ¿lo podemos hacer mejor, con menos esfuerzo? Y empezás a pensar en un nivel más alto de abstracción. Ya entiendo las cuentas que podría estar haciendo toda mi vida; ¿hay algo de trabajo que me pueda ahorrar? Entonces encontrás reglas entre los números: quizás siempre que hacés esta cuenta, ocurre cierto patrón, quizás hay cosas que te podés ahorrar habiéndolas calculado de antemano o podés hacer una tabla y utilizarla para hacer menos trabajo en el futuro. Así se empieza a pensar a gran escala. La matemática tiene que ver con una especie de conceptualización más amplia de qué es lo que está pasando detrás, y en el mundo de la computación es más importante que nunca. Uno quiere que la máquina sea más eficiente, querés que las cuentas se hagan más rápido y eso significa hacer menos cuentas, no más.
De alguna manera, podría pensarse que la historia de la matemática es la historia de los éxitos en hacer menos esfuerzo.
Exactamente, de la simplificación. Y así se van inventando cosas nuevas. Por ejemplo, los números negativos. Los aprendemos en el colegio y todos más o menos tenemos una idea conceptual de qué son, pero alguien los tuvo que inventar; seguramente surgieron en una civilización donde no tenía sentido que un número fuera negativo. ¿Qué significa que tengo menos cinco pesos? Bueno, es que yo te debo cinco pesos a vos; entonces, en una sociedad en donde tuvieron que empezar a poner registro de las deudas que tenían las personas entre sí, alguien dijo: «Démosle la entidad de número al menos cinco». Y eso es una especie de construcción social para intentar resolver un problema. Eso es mucho más lindo que aprender cosas de memoria.
Uno de los grandes inventos de la humanidad, se dice, es el cero. No existe el cero.
Definitivamente. No existe el cero, pero ningún número existe. Así como los colores no existen, son una forma que tenemos de nombrar lo que vemos, son una etiqueta que uno le pone al mundo. El cero como ausencia de cosas es difícil de pensar y surge cuando se intenta encontrar una forma cómoda de escribir los números y se inventa el sistema posicional, que es un milagro de por sí. Es un descubrimiento tecnológico. Nosotros hoy en día sabemos escribir muchos números. Vos y yo podemos escribir, potencialmente, infinitos números en una hoja de papel y la cantidad de símbolos que necesitamos para hacerlo es diez: del 0 al 9. El cero en ese lugar es, ¿cómo decirlo?, un espacio en blanco, porque yo tengo 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9 y me quedé sin símbolos. ¿Qué hago? Bueno, me corro un espacio a la izquierda y pongo una marca a la derecha. Esa marca significa: unidades ya no hay más. Estoy en una nueva categoría: decenas. Y ese símbolo significa eso: en esta categoría todavía no hay nada, no hay unidades. Así surgió el cero, como esta especie de separador, y esta idea de poner cada uno de los símbolos en una posición distinta y así, con finitos símbolos, poder escribir infinitos números, eso es un gran invento de la humanidad.
Hablabas sobre cómo la creatividad matemática permite encontrar patrones. ¿Son patrones que están en el mundo de las cosas y que una cabeza que piensa con lógica matemática es capaz de encontrar?
Sí, una cabeza o generaciones de cabezas pensando poquito a poquito. Eso está bueno, porque la ciencia siempre es una labor colectiva, gradual, que se va construyendo muy de a poco. Y, definitivamente, si no le ponemos nombre a esos pequeños pedacitos de cosas que vamos entendiendo y que son importantes, no podemos construir la imagen a gran escala. Para mí, la belleza es que ese lenguaje matemático te acerque a poder entender cómo lo vieron otras personas. Es muy difícil leer, por ejemplo, sobre astronomía del siglo XVII, cuando recién se estaba empezando a discutir si la Tierra giraba alrededor del Sol o viceversa. El lenguaje matemático de la época era geométrico y no hablaba en ecuaciones, como se empezó a hacer a partir de Descartes en adelante, cuando todo se algebraizó mucho y se llenó de simbolitos, como aprendimos en el colegio. Antes hacían dibujos y hablaban acerca de ángulos de proporcionalidad; ese era el lenguaje de la matemática de la época y si uno no tiene ese lenguaje, es difícil entender cómo entendían ellos.
Nombrás a Descartes y pienso que es un autor al que, en las carreras de humanidades y sociales, se lo conoce muy parcialmente, por su pensamiento filosófico, escindido del matemático.
Pasa algo muy gracioso: Descartes es dos personas distintas para los filósofos y para los matemáticos. Descartes fue un tipo revolucionario en su forma de pensar para la filosofía, eso todos los filósofos lo saben, pero como matemático —y para la física, que en ese momento eran lo mismo— fue importantísimo. Fue un gran científico en general.
Precisamente en las ciencias sociales y las humanidades, hay a veces hasta cierta jactancia de no saber matemática. Como si se dijera «yo me dedico a pensar, no sé nada de números, y no los necesito». ¿A qué o a quiénes les achacamos la culpa?
Parte de la culpa seguro la tiene el modo en que compartimentalizamos el conocimiento para poder enseñarlo y terminamos enseñando en el colegio cosas que, francamente, así como están dadas, no emocionan a nadie. Para entender las cosas emocionantes vas a tener que saber sumar fracciones, en algún momento te vas a tener que sentar y vas a tener que aprender a sumar fracciones, y eso no es emocionante en sí. Aunque puede serlo. Por otro lado, hay que separar esa motivación necesaria del trabajo mecánico que requiere aprender cualquier cosa. Hay mil cosas que vos sabés y que son muy difíciles: andar en bicicleta es complicadísimo y lo aprendiste a hacer porque te caíste varias veces, pero también porque tenías algo interno que te llevaba a tener muchas ganas de hacerlo.
¿Y cómo es ese balance o cómo ha sido para vos el balance entre la disciplina y el gusto, o la creatividad?
Definitivamente me costó, porque no soy una persona particularmente motivada y no necesariamente un muy buen alumno, entonces, cuando la motivación sobrepasa tus limitaciones internas, terminás haciendo con lo que tenés y podés, y así llegás a más y más lugares. En el colegio no me iba bien, pero en un momento me empezó a gustar la matemática y me empezó a ir un poquitito mejor porque veía un poquitito más allá. En la facultad hice la carrera de matemáticas, que supuestamente es una carrera muy difícil, y lo es, y mil cosas me han parecido aburridas y difíciles, pero estás en una comunidad, en un grupo de personas en el que todos están colectivamente fascinados con esto y podés ir al otro y preguntarle: «Che, ¿vos cómo lo pensaste?». Entonces aparece el gusto de poder resolver un problema. Eso es muy lindo. Así que, sobre lo que me preguntás, lo resolví como pude, que es la forma como cualquiera resuelve el balance con algo que te gusta y te cuesta. La fotógrafa, por ejemplo: está sacando fotos en manual, está calibrando la apertura, calculando la proporcionalidad inversa entre cuán abierto está el diafragma y cuánto dura la foto, el tiempo de obturación y qué sé yo; la primera vez que sacaste una foto por ahí te salió súper sobreexpuesta y no entendías nada, pero practicaste una y otra vez, entonces entendiste un poco la lógica interna y, por perseverancia, entendiste más.
Y entender es gratificante.
Es absolutamente gratificante, sí. La matemática como disciplina trata de eso, del entendimiento.
Te conocí por las redes, por un reel de Instagram muy específico, que no me llamó la atención por la matemática sino por el lenguaje poético. Es un video con mucho humor en el que mostrás un ejercicio mnemotécnico para recordar todas las cifras del número 1,3333333 y armás una narración en la que todas las palabras son de tres letras. Me acordé de los ejercicios de escritura que hacían a mediados del siglo pasado los franceses en el grupo OULIPO, de experimentación literaria a partir de consignas restrictivas.
Me gusta mucho la poesía y la escritura con limitaciones, me gusta mucho la poesía formalista o restrictiva donde te ponés una regla e intentás seguirla a rajatabla. Precisamente, como en el OULIPO, donde había muchos matemáticos. Es muy linda esa forma de pensar en donde vos te limitás a seguir una regla muy específica y en eso encontrás libertad, porque te das cuenta de que esa limitación le da más valor a lo que estás haciendo. La poesía métrica es un tipo de poesía limitada, muy tradicional —que hoy en día está bastante perdida, la mayoría de los poetas no hacen poesía métrica y hubo una época en que cualquiera sabía lo que era un endecasílabo— y ahí hay algo hermoso: encontrar arte en una especie de sistema. Entonces yo reflexiono que son cosas previas: lo que me hace apreciar a la poesía es lo mismo que me hace apreciar a la matemática. No es una o la otra. Con respecto a ese video, había visto a un divulgador científico inglés que a mí me divierte mucho, que hacía una nemotecnia para el número un tercio, lo cual es absurdo, porque todos los dígitos son iguales. Él lo hacía en inglés, que es mucho más fácil porque tienen muchas palabras breves, y además era una frase corta. Me acuerdo que tuve un sábado libre y dije: «Me encantaría hacer uno de esos», entonces estuve una tarde entera escribiendo ese cuento con palabras de tres letras, y me dio mucha satisfacción porque es como forzarte a hacer algo y que salga. Otra de ese tipo que tengo en redes es intentar explicar lo que es el número pi en octosílabos.
¿Cómo y por qué decidiste empezar a hacer contenido para redes?
¿Cómo empecé? Un día me tiré a la pileta. Sabía bastante de edición de video; me daba maña con el sonido también, había hecho teatro y entonces sabía escribir un texto y estar en escena, poner la cara y más o menos imaginarme cómo decir algo para que suene bien o esté bien presentado. Entonces, tenía como una especie de conjunto de habilidades mezcladas dentro de lo audiovisual y además había hecho la carrera de matemática. Y un día, por ninguna razón, me dieron ganas de hacer un videíto explicando algo que a mí me parece emocionante. Empezó como una especie de proyecto de fin de semana.
¿Y qué pasó después de ese primer video?
De pronto lo vieron, no sé, unas tres mil personas… Yo tenía seguidores como cualquier persona común, tenía a mis amigos y no mucho más, pero empecé a recibir lindos comentarios y algunos pedidos para que hiciera más videos y se volvió un hobby durante un par de meses. Ese hobby fue creciendo porque los algoritmos de las redes están hechos para fogonear las cosas que llaman la atención y me empezó a seguir gente que no conocía, y más, y más, y más. Entonces me lo tomé más o menos en serio, no con la pretensión de hacer crecer la cuenta para volverme influencer —es una palabra que odio y con la que no me identifico en absoluto—. A mí no me gusta mucho el mundo de la gente que vive de hacer esto; es paradójico porque, al final, eso soy, pero sí sentía que estaba haciendo algo lindo, que era hablar de algo que me había apasionado durante muchísimos años. Me empezaron a dejar comentarios personas que no eran del palo y me decían: «A mí nunca me gustó la matemática, pero esto está bueno».
Convertirte en influencer no era el objetivo. Entonces, ¿cuál era? ¿La divulgación?
Bueno, sí… Cuando a una persona al azar, en la calle, le preguntás si le gusta la matemática, te va a decir que no. Eso, al final, es una apreciación subjetiva y estética. Y los matemáticos, todos los que nos dedicamos a esto, tenemos la convicción profunda de que la matemática es bella. ¿Cómo puede ser que la persona promedio no tenga cerca las razones para entender en qué sentido la matemática es bella? Comunicarlo es una especie de responsabilidad de los científicos; la comunidad científica tiene que hacerse valer y también generar una sociedad que la valore, y eso, al final, es para mí el valor cultural de la ciencia: que la gente que no decide dedicarse a eso también sea parte de la conversación.
Mis videos no son una clase, son mucho más rápidos y están hechos para llamar la atención, porque la finalidad no es tanto enseñar, sino mostrar que ahí atrás está pasando algo fascinante.
¿Te da miedo o te genera inquietud que quienes consumen tus videos se queden en cierta superficialidad del entretenimiento?
Efectivamente, porque las redes son superficiales, porque uno está limitado, si quiere que al video le vaya bien, a que sea corto, a que sea conciso y, en el peor de los casos, a que sea sensacionalista. Entonces, lo que intento es no mentir, primero que nada. Intento limitarme solo a temas de los que siento que sé, en los que me siento cómodo y, si alguien me hace una pregunta, puedo responder con propiedad o mostrar una fuente. Pero lo que sí creo que se consigue con eso es traer público que de otra forma habría creído que ahí no hay nada que ver. Y efectivamente tengo comentarios del estilo: «Mi hijo se pasó toda la tarde hablando de parábolas y descubrió que la parábola está en una hoja de papel». Y eso es lo que me pasó a mí, que terminé pasando tardes enteras leyendo Wikipedia a partir de algo que me llamó la atención.
Creo que no está suficientemente valorada Wikipedia.
Mis amigos se reían porque me pasaba el día leyendo Wikipedia; es absurdo, pero también yo intento reivindicarla; es un sitio web que ya pasó de moda, porque es el sitio web más aburrido y al mismo tiempo el más fascinante: es honesto, muchas veces imparcial, está hecho para poner la información y no quiere nada de vos. Yo no sé cómo todavía no rompieron Wikipedia. Es fantástico. Ahora estamos en el lugar contrario, porque toda la internet quiere algo de vos, quiere tus datos personales o que pongas la tarjeta de crédito, siempre quiere venderte algo. Wikipedia está ahí, es verdaderamente la enciclopedia libre; yo me formé también con eso y con gente que hacía videítos en YouTube mostrando que algo era interesante. Consumí mucha divulgación científica.
Después del éxito en las redes surgieron cosas nuevas y ahora tenés columnas en distintos medios de comunicación.
Bueno, creo que eso terminó pasando, de alguna forma, por falta de otra gente que hable del tema o porque algo de lo que hacía gustó y así me empezaron a llamar de diferentes lugares. En Infobae, por ejemplo, hago una columna de matemática; creo que es única en los medios y está bueno que hagan esa apuesta, ¿no? Porque las sociedades que valoran más la ciencia suelen ser también las que la llevan más a los medios e intentan acercarla a gente que no hace ciencia. Porque, para que haya buena ciencia, tiene que haber una sociedad alrededor que la valore.
Y en el teatro, estás haciendo Problema 1.
Sí, un unipersonal. La obra de teatro apareció cuando se empezó a abrir el abanico de posibilidades y me llegaron ofertas. Podía empezar a hacer videos más largos o pensar en escribir un libro, pero en mis años de estudiante trabajé mucho en el teatro, tocando el piano, componiendo música para teatro y también estando en escena, actuando. Tengo muchos amigos en el mundo teatral y me pareció algo más valioso, por raro, llevar ese intento de divulgación científica al teatro. Porque siento que es una especie de intersección de todo lo que me gusta y en lo que soy bueno, porque no soy un gran matemático en el sentido de que no hice un doctorado, no estoy investigando un tema y se ve que soy bueno hablando, tocando el piano y divulgando. Entonces, ¿por qué no hacer una obra de teatro que sea la continuación de eso? Hagamos una obra de teatro sobre matemáticas, ¿qué puede salir mal?
Parece que nada, porque te está yendo muy bien.
La verdad es que sí. Trabajamos con un amigo, Marcos Krivocapich, que hace la dirección; estuvimos escribiendo durante un par de meses, y la escritura consistía en que yo le llevaba anécdotas matemáticas y veía si a él se le encendían los ojos o no. No queríamos que fuera una suma de reels, ni una clase, ni un charlatán arriba del escenario, ni un stand-up, ni un intento por monetizar algo que ocurre en redes. Tenía que ser una obra de teatro, y eso también fue una especie de imposición propia, porque yo tenía muchas ganas de usar los recursos del teatro de verdad: luces, sonido, recursos técnicos, algo bien escrito.
¿Qué público va?
Cuando estrené no tenía idea de cuál iba a ser el público, ni siquiera si iba a haber público, pero por suerte lo hubo y es muy diverso. Algo que también sabía desde el principio es que no quería que el público se limitara a personas a las que les gusta la matemática, porque mi misión era llegar justamente a quienes creen que no les gusta. Y creo que se logró.
Hablamos de la comunicación en las redes, de tu trabajo en el teatro y nos falta charlar sobre tu faceta docente. ¿Creés que se enseña bien la matemática? ¿Cómo se hace para generar interés en los alumnos?
Creo que el buen docente es el que te convence, ya con su cara, de que eso que está dando está buenísimo. Es una responsabilidad compartida también con los diseños curriculares. Yo no sé sobre políticas educativas, pero realmente esa es una discusión que hay que tener. Sobre mi trabajo puntual en la educación, doy clases en la universidad y eso es algo muy distinto a ser comunicador, aunque tiene una cosa en común y es que tenés que transmitir algo para que la gente se siente sola, porque vos vas a aprender cuando te sientes solo frente a tu mesa de trabajo y te encuentres con el problema en el papel. Donde la docencia no se parece al acto comunicacional en redes sociales es que para entender algo hace falta tiempo. Para explicar algo hace falta tiempo, para explicar algo de verdad, quiero decir. Un comentario que suelo recibir en los videos es «No entendí» y mi respuesta es «Por supuesto que no entendiste en dos minutos una cosa súper compleja que a mí me llevó meses pensar». Por eso decía que el propósito de los videos no es enseñar, sino transmitir el interés, pero la pretensión de la clase es que alguien de verdad llegue a entender y para eso hacen falta muchas horas de las cuales, quizás, gran cantidad de minutos son silenciosos y en soledad.
Finalmente, ¿te ha pesado, en lo profesional, ser hijo de uno de los integrantes de un fenómeno cultural tan grande como Les Luthiers?
Cuando la gente no me reconocía en la calle, no era pesado en absoluto y yo hice mucho de mi carrera sin que eso apareciera. Ahora mi nombre es más conocido, pero no me preocupa porque por suerte hago algo distinto. Si fuera humorista, por ahí me preocuparía la comparación, pero no. Me encanta Les Luthiers, me gusta, estoy orgulloso, mi viejo es un divino.











