Hay dos tipos de diarios (estoy ejercitando la pereza). Unos se escriben porque sí —o sea, ¿y por qué no?— y en ellos alguien decide encapsular jornadas en detalles que quedan ensalzados al contársenos, destacar minucias que se suben al pedestal de lo que merece compartirse —con un lector cualquiera, incluido el lector que dentro de diez años será ese alguien que escribe—, ir dando cuenta de la vida que pasa con su alfombra de hechos nada excepcionales —el libro que se lee, la película que se ve, lo pesadito que se está poniendo este o aquel, la amargura del día laborable…—. Otros diarios se empiezan con una mordedura: un diagnóstico, una separación, una muerte, un lo que sea. Ese «lo que sea» no va a protagonizar todo lo que se anote en el diario, pero siempre estará de fondo: es el tema, lo que ha dado pie a la necesidad confesional.
Sin duda de ningún tipo, el escritor que, entre nosotros, consiguió elevar el diario a género comercial fue Francisco Umbral, con su tanda de volúmenes de los años setenta, en los que había de todo: páginas magistrales y tunantería retórica. Siguió cultivando el género hasta el final y entre sus grandes títulos diarísticos figuran Un ser de lejanías, Días felices en Argüelles y Diario político y sentimental. Hay una antología, prologada por Antonio Lucas, donde se puede disfrutar del mejor Umbral diarista de exteriores: El tiempo reversible. Lo de exteriores lo digo porque Gimferrer distinguía en la obra de Umbral libros de exterior y libros de interior. Curiosamente, él, que había publicado diarios exteriores como Spleen de Madrid, Diario de un snob, Los placeres y los días y Diario de un español cansado, escribió una obra maestra del diario-mordedura: Mortal y rosa. Empezó a escribir ese diario cuando supo que iba a ser padre, lo siguió escribiendo cuando decidió ponerse a oír cómo crecía su hijo —el libro iba a titularse así: Estoy oyendo crecer a mi hijo— y, de repente, la enfermedad, el frío de los hospitales, el abismo. Pero yo no he venido a hablar de su libro, sino de otro diario-mordedura que es una de las obras narrativas más delicadas y emocionantes de nuestra literatura última y que ha pasado convenientemente desapercibida: los tres tomos de diarios de Juan Gracia Armendáriz, Diario del hombre pálido, Piel roja y Diario de la frontera, todos ellos publicados por Demipage.
Diario de un enfermo se tituló precisamente el libro con el que tal vez se inaugura en el siglo XX la narrativa de vanguardia en España. Es de 1901 y lo firma J. Martínez Ruiz, en adelante conocido como Azorín. En su caso, la enfermedad que da pie al diario es la enfermedad del fin de siglo: el aburrimiento juvenil. Un tipo hace investigaciones históricas —de las que no nos habla— y está harto de mirar infolios. Un día va a la Puerta del Sol y la descubre a «ella», que no lo descubre a él. Luego va a Levante, «mi tierra amada». Luego vuelve en un tren de labriegos. Sigue paseando por Madrid. Al fin la conoce a «ella», aunque no se sabe si es la misma muchacha de la Puerta del Sol. Acabarán viviendo juntos hasta que la muerte, muy temprana, de «ella» suma al diarista en un mayor aburrimiento contemplativo. A veces abre su cuarto para ver cómo dejó las cosas. A veces anota la hermosa sonrisa de un mendigo cuando le da una moneda.
Si el propósito esencial de todo diario criado a la sombra de una enfermedad es que esta gravite de algún modo sobre el receptor de las confesiones, no cabe duda de que Azorín consigue contagiarnos la suya en las pocas páginas de su Diario y nos traslada con indudable eficacia su abrumado aburrimiento. Nada que ver con los tres tomos en los que Juan Gracia Armendáriz va dando cuenta de su condición de exiliado, porque ¿qué es la enfermedad sino el más extraño de los exilios, un exilio en el que todo alrededor permanece tal como estaba y, sin embargo, la realidad ya es otra? Es en esos diarios-mordedura donde, indefectiblemente —y por eso se ve la condición de ficción del de Azorín—, se produce una metamorfosis. Quien lo inicia es consciente de que la metamorfosis ha empezado a elaborarse dentro de sí y, a través de sus impresiones, dará cuenta del proceso: la escritura se vuelve una compañía impuesta, también un refugio y, a la vez, la herramienta con la que documentar los avances de la transformación que, en el mejor de los casos, es un vuelo que quisiera aterrizar en la misma pista de la que despegó.
Ya en la segunda página del primer volumen se equiparan escritura y enfermedad: «La enfermedad no es un hecho premeditado. Como la escritura, llega impuesta, de ahí que los escritores de verdad se sientan tan incómodos al ser preguntados por su condición. Sin embargo, si son preguntados por sus técnicas narrativas favoritas o por sus escritores más amados, hablarán sin parar, igual que los enfermos se vuelven locuaces cuando nos interesamos por sus dolencias. En ello encuentran un raro consuelo. Pero me temo que escribir no alivia de nada. Uno sencillamente escribe… con permiso, eso sí, del termómetro».
Alivio, desde luego, se ve a las claras que no se busca en estos diarios, pero tampoco exhibicionismo abrumado: los va dictando de fondo un estoicismo que no es conformista, que tiene entre sus reglas la de admitir la suerte —¿no es una cuestión de suerte la enfermedad, en este caso unos riñones perjudicados por la genética?—, pero que no por ello va a dejar de poner todo el empeño en dificultarle a la abolición su hora de entrega. Nos permite contemplar no solo los abismos a los que habrá de asomarse el enfermo, padre de una hija que protagonizará algunos de los momentos de mayor ternura y poesía del segundo tomo, sino también aquello de lo que es capaz la gente por amor: en los tres tomos el autor recibe ofertas sinceras de amigos dispuestos a prescindir de un riñón para poder trasplantárselo en caso de que se diera el milagro de la compatibilidad.
El texto, que mantiene un equilibrio admirable entre la reflexión y el retrato de costumbres, la descripción nunca exagerada de padecimientos y las opiniones sobre lecturas y asuntos del día, se vuelve en su fase última —después de un paseo nunca escandalizado, aunque inevitablemente apesadumbrado, por salas de hospital, consultas médicas y esperas pacientes: paciente, qué buen nombre para el enfermo, qué sabia la lengua— un intenso canto amoroso. Como si, sin haberlo previsto el autor, Dante lo hubiese estado guiando a través de esos años y, después del infierno y el purgatorio, tocara hacer cima en el cielo: en este caso, sin ángeles y con la amada forma de una compañera, Julia, cuyo riñón salvará al escritor gracias a una compatibilidad milagrosa.
Entre el comienzo, en el que el autor se nos presenta descubriendo un modo de fumar gracias a un respiradero para no llevarse las broncas de las enfermeras, y el final, en el que la vida sigue, ya con el nuevo riñón funcionando, los diarios de Gracia Armendáriz van dando cuenta de un peregrinaje de pruebas, caídas en el abismo, fiebres a deshora y dolores que necesitan morfina, pero también de mucha compañía amada, de una ternura destilada, diríase que norteña, velada por el pudor, así como de magníficas notas de lectura y de impresiones civiles siempre inteligentes. Y todo ello con una ausencia misteriosamente audaz de quejumbre, como si se hubiese tatuado aquella frase de Hitchens, al que un cáncer se llevó demasiado pronto, según la cual la pregunta más idiota que puede hacerse un enfermo para sentir lástima por sí mismo es: «¿Por qué a mí?».
El diarista que mediante su texto decide arrostrar su nuevo estado de exilio —el estado metamorfosea el ser— tiene algo de equilibrista que cruza un tenso alambre: sabe que en cualquier paso que dé puede acabarse la caminata y que, por mucha gente que intuya allá abajo mirando su evolución, está irremediablemente solo. Por supuesto, la metamorfosis, en muchas enfermedades, si no en todas, es doble. Los otros la ven desde fuera: la pérdida de peso, la caída del cabello, el empalidecimiento de la piel, la hinchazón de la cara… El efecto en el espejo —la enfermedad metamorfoseando a quien ocupa y tratando de volverlo un extraño para sí mismo— es, naturalmente, una invitación a reflejar cómo se van operando también cambios en los adentros colonizados por la química.
Pero, de la misma manera que en las personas de edad hay siempre un niño agazapado, quien uno fue no puede asistir al proceso al que es sometido por la enfermedad sin anclarse de alguna forma a quien fue: en toda metamorfosis hay un hilo que conecta el punto de partida con el de llegada, un punto o una forma que sirve como una especie de Ítaca —y aquí, más que importar que el camino sea largo, lo que uno quisiera es que se acortara todo lo posible—. En Gracia Armendáriz, la gravedad de lo que se nos cuenta, de cada uno de esos pasos del equilibrista suspendido en el aire, nunca es dramática, aunque haya momentos de tenso dramatismo: no hay exhibicionismo en ninguna página. Sí compañeros de trayecto a los que retrata con pulso firme, más para quitarle importancia al drama personal, al dolor que a uno lo castiga —que se jibariza al ser comparado con el dolor que le es dado contemplar— que para agregar abismo al que rodea al narrador. Unos cuantos de esos compañeros se quedarán en el camino.
La insuficiencia renal crónica, las horas de diálisis y la necesidad del trasplante son, en el fondo, solo el cauce de una narración que se llena de apuntes, reflexiones y auténtica poesía: el título de la última entrega podría valer para el conjunto de la obra. Son, en efecto, unos diarios de frontera, ese lugar en el que se va dando cuenta de la evolución de una metamorfosis —no tanto la de hombre sano en hombre enfermo, aunque también, como la de suelo firme en tierra del temblor—, que queda explicitada en el último tomo al alternar los propios apuntes diarísticos con una especie de resumen de mejores jugadas —o jugadas importantes— de una vida.
Tras el impacto inicial y la condena de verse sometido a la máquina de hemodiálisis, la palidez del título del primer tomo hace referencia no solo al color de la piel del enfermo, sino también a cómo pierde color la identidad propia. Es un diario de resistencia: el cuaderno de apuntes se convierte en el único territorio donde quien escribe conserva el control. La sensación de dependencia se utiliza así para indagar en la propia fortaleza del exiliado, en su capacidad de adaptación a una realidad nueva y marcial. Todo alrededor parece idéntico a como era, pero todo ha cambiado.
La piel sigue presente en el título de la segunda entrega, pero ese Piel roja no se refiere tanto a la coloración que las toxinas producen en el enfermo como a los wésterns: hay un eco de Kafka, por supuesto —Deseo de ser piel roja—, y el exiliado es una tribu sitiada que aprende a hacer rutina de lo que para cualquiera sería excepcional. Súbitos aumentos de fiebre, fallos orgánicos, visitas a urgencias, burocracia médica, la agónica espera de que amanezca un órgano compatible: todo ello sin perder el pulso de escritor clásico, medido, minucioso, nada denso y, sin embargo, profundo, que tiene la prosa de Gracia Armendáriz.
En el último tomo, ya trasplantado, el narrador se sitúa, en efecto, en un territorio de extrañeza que permite la felicidad radiante de momentos cotidianos, la poesía monumental de lo rutinario, con inevitables reverberaciones, sacudidas y temores de que en algún momento el cuerpo falle. Conciencia del cuerpo, por decirlo así: una tiranía. Medición de inmunodepresores, revisiones constantes, normalidad vigilada. Pero también una gratitud que extiende una luz distinta, cálida, por algunas de las páginas más emocionadas de la obra. La metamorfosis se ha completado. El diarista puede decir: «Vuelvo a ser oficialmente un hombre sano». Es hora de dejar el cuaderno, porque los diarios-mordedura se caracterizan por saber que, contando los días, su anhelo es tener los días contados.
Susan Sontag acuñó aquella dicotomía útil en La enfermedad y sus metáforas, según la cual todos nacemos con doble ciudadanía: la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Gracia Armendáriz despoja a la enfermedad de toda mística y la muestra en su cruda materialidad, pero eso no le impide —y ahí precisamente hay que tasar su maestría, pues no se limita a un recuento de fármacos y puntos de sutura— cantar la vida, la vida sin más, la vida sin metáforas, hecha de perplejidad, asombro, dolor y gratitud. Gracia Armendáriz no renuncia al humor, ni a la erudición, ni a la ironía, ni a los apuntes reflexivos. Va erigiendo, desde dentro de la enfermedad y hacia el horizonte esperanzado de la rutina, un auténtico monumento narrativo.
En sus tres tomos opera una metamorfosis que acaba constituyendo un personaje memorable: el enfermo como exiliado radical, un núcleo filosófico que va latiendo en toda la trilogía. Alguien a quien las circunstancias destierran de su país, obligándolo a la huida, cambia de coordenadas geográficas, puede que escuche otra lengua y ha de adaptarse a otras costumbres. El enfermo crónico sufre un exilio más devastador. El entorno no se mueve, los vecinos siguen siendo como son, el supermercado de la esquina repone los mismos productos y, sin embargo, los espacios se vuelven hostiles.
El enfermo mira el reino de los sanos a través de un cristal que le permite ver cómo era su vida, pero ya no puede participar en ella del mismo modo. La ruptura de la cotidianidad hace crecer una extrañeza. El exiliado puede extrañar su hogar; el enfermo se da cuenta de que el propio cuerpo ha dejado de ser hogar para convertirse en territorio ocupado. El cuerpo del hombre pálido o del piel roja ya no responde a la propia voluntad, sino que ha de someterse a los horarios de la clínica donde recibe diálisis, a los niveles de creatinina en sangre y al riesgo de rechazo inmunológico. El yo corre un riesgo constante de alienarse de su soporte físico. El cuerpo se vuelve un extranjero al que hay que vigilar, del que se desconfía constantemente, un extranjero que se alimenta de medicación.
Esta nueva condición, esta metamorfosis, genera una profunda soledad: ahí el diario es un asidero. La nueva cotidianidad nos llena el vocabulario de una terminología que nos resultaba ajena anteayer: catéteres, fístulas, rechazo agudo. Los otros siguen hablando el lenguaje de siempre para atarnos a la rutina perdida y esa asimetría convierte al enfermo en un ser alienado que físicamente está en la mesa familiar, ayuda a la hija con los deberes, charla con los amigos sobre novedades literarias, pero cuya mente y cuyas urgencias lo colocan en una frontera donde nadie más podría entrar. Una frontera en la que nosotros solo podemos entrar gracias a que, en este caso, se da la circunstancia de que el enfermo es un gran escritor capacitado para describir con parsimonia, pudor, intensidad y emoción esa maldición del exiliado, esa lenta metamorfosis: la certeza de la imposibilidad del regreso definitivo.
Porque incluso cuando llega el trasplante —y ha pasado tanto tiempo que la hija del segundo tomo ha hecho abuelo al diarista en el tercero y el diarista «lo abueliza» todo—, cuando se supone que ha terminado el exilio, el retorno a la patria de los sanos es ficticio y nadie mejor que él lo sabe. Hay algo así como una libertad condicional operando en sus circuitos neuronales, y así queda bellamente definido en su prosa. La frontera no ha desaparecido: se ha vuelto invisible porque sencillamente ha llegado a ella, ahora la habita, está en ella. En esa frontera es donde tiene que vivir, con sus espacios de reclusión, su catarata de personajes admirablemente retratados y las deslumbrantes victorias cotidianas de los gestos pequeños: el cariño, la compañía, la hija, la nieta, la exultante poesía de desayunar en una terraza bajo el sol grato de una mañana cualquiera, de tumbarse bajo un árbol a ver cómo la luz del sol canta su himno arrastrándose por los suelos.
Refiriéndose a su libro de cuentos El año en que murió John Wayne, que entrega en los últimos compases del diario a su editor —salió en Pre-Textos hace ya algún tiempo—, el diarista responde al entusiasmo de su compañera Julia, su salvadora y primera lectora: «Le digo que en esto no gana quien resiste, porque no se trata de ganar, sino de aportar algo un poco memorable en forma de libro». De pocas obras podrá decirse que aporten tantas cosas memorables como la trilogía diarística de Juan Gracia Armendáriz: de hombre sano a hombre sano, pasando por la metamorfosis de la enfermedad.






