
Me senté en la cama de Juan Carlos Onetti cuando nadie me observaba, y me pareció que aún había en ella mucho insomnio impregnado. Me mullí brevemente y se levantó un silencio viejo que me hizo creer que su literatura se escondía aún en aquella cama, expuesta durante siete semanas en la Casa de América. Todo lo que necesitaba Onetti, incluso lo que le sobraba, estaba en su habitación, desde la que contadas veces se asomó a la ventana. No había exteriores en Juan Carlos. «Empezó a estar encerrado desde niño», admitía hace poco su viuda, Dolly Onetti, pero el retiro solo se volvió rotundo y feliz después de llegar a Madrid en 1975 e instalarse en la avenida de América 31, piso 8.º, apartamento 3. Para lo que había que decir, bastaba el silencio, y para lo que había que conocer, bastaba la cama, afirmaba a menudo el propio escritor.
Todo lo importante tiende hacia dentro, como si huyese de las corrientes de aire. En El pozo, el narrador presagia ya algo que se cumplirá, a semejanza de una promesa hecha por el frío, en el resto de la obra onettiana: «Que cada uno busque dentro de sí mismo, que es el único lugar donde puede encontrarse la verdad y todo ese montón de cosas cuya persecución, fracasada siempre, produce la obra de arte. Fuera de nosotros no hay nada». Y es que tampoco sus novelas se muestran demasiado interesadas en los exteriores.
Existía una coherencia tenaz entre cómo era Onetti y de qué modo transcurrían los acontecimientos en sus libros, inmersos en un mundo pequeño, acorralados en espacios a menudo cerrados, con protagonistas herméticos y hoscos. Él tenía una cosmovisión, y su cosmovisión regía su narrativa y su vida, cercadas por paredes y humo. A falta de horizontes, sus novelas están plagadas de gestos, como apurar un trago, fregarse los ojos o encender un cigarrillo. No es accidental que Onetti fume mucho y que fumen sin parar sus personajes. Gary Haldeman estableció que en La vida breve se fumaba treinta y nueve veces, en Para esta noche treinta y seis y en Tierra de nadie cuarenta y cinco. En los días enclenques, cuando Juan Carlos ya se encontraba muy mal de salud, prendía un cigarro y miraba cómo echaba humo. Solo miraba, no fumaba. «Tú no sabes lo que es un vicio», le decía a su mujer, como si las viejas alegrías lo pusiesen triste.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Pingback: «Estoy harto de Onetti» (Jot Down) | Libréame
Estupendo acercamiento a todo un personaje. Gracias Xoan.
Este Ramón Chao que mencionas es el padre de Manu, no?
entrañable Onetti a través de su escritura, señor Tallón, hacía semanas que no me fascinaba así con la lectura de JotDown… le espero ansioso la próxima
Si de un autor se puede aprender, Onetti enseña muy poco. Su literatura y todo él destilan nihilismo. Murió como vivió, como un murciélago borracho, en su lecho madrileño de sábanas inmundas y con la pobre Dolly sirviéndolo como no se merecía. Poe, entre muchos otros escritores, vivía pegado a la botella. Pero entre él y este uruguayo media el talento creativo de Edgar Allan, ante el cual, el sombrío charrúa no existe. A menudo se sobrevalora a ciertos escritores por la cantidad de lectores que se parecen a ellos. Eso y el márqueting de editores y astutos agentes como Balcells, fabrican ídolos de barro. La nota del señor Tallón es ponderante, como las de Juan Cruz, potenciando gigantes con pies de barro que venden. Puro humo…
Un día que yo tenga tiempo me explicas a cuento de qué vienen aquí Poe, el alcohol, el nihilismo, lo según tú se supone que deben enseñar los escritores (¡¡??) y la relación que mantienen con sus parejas.
El tono insultante de tu comentario ya te califica, pero permíteme que te diga que me parece una vileza echar toda esa mierda sobre un hombre muerto que no puede defenderse.
Por cierto, no me queda claro si tú viste con tus propios ojos las sábanas inmundas de las que hablas o precisamente estás resentido porque eres una de esas personas a las que (veo que acertadamente, de ser ese el caso) Onetti nunca le abrió la puerta.
En cuanto a Dorothea Muhr, mujer de cabeza bien amueblada y sólida formación musical (que le hubiera permitido tener una vida independiente lejos de ese monstruo que según tú fue Onetti) me imagino que habrá elegido libremente. Respetémosla también a ella.
Vaya, eres todo un tipo miserable y mezquino.
Benavent, cuánto veneno.
Obviaré que Onetti es un enorme autor para incidir en tu ataque gratuito basado en lo personal hacia alguien a quien no trataste y en la comparación nada menos que con Poe ¿? muy poco acertada, con todo el respeto.
Estoy de acuerdo con cronopio. Más aún con Atticus.
No sé si sabe, señor Benavent, que la creciente fama de Onetti se debe, entre otras cosas, al reconocimiento de su obra que realizó Roberto Bolaño. Podría usted argumentar que Bolaño también es un bluf, pero no creo que muchos lectores le secunden. En todo caso, no parece que Bolaño ni ningún escritor contemporáneo destacado, que son quienes al final mantienen viva la llama de la literatura y el interés en ciertos autores, le reivindiquen ni a usted ni a su obra.
Lo de «charrúa» ya basta para denotar una ignorancia importante. Lo vociferante redunda.
Después, se podrá discrepar o no con la nota y con Onetti, claro. Pero en internet somos todos cowboys, claro.
Pingback: «Estoy harto de Onetti» | Palabra Ilustrada
Pingback: Juan Carlos Onetti en Jot down | Seeking U
Despues de leer esto me gan ganas de meterme en cama como hizo Onetti…(para lo que hay que ver fuera…)o por lo menos adentrarme en su literatura…si me llevo un chasco con su obra prometo meterme en la cama para siempre …en su honor ! ajajaj :P
Gran articulo
Un saludo
Onetti escribía bien y no ha dicho nada nuevo. Sus libros son afascinantes y depresivos. Intercalados con otras lecturas se toleran, pero leerlo todo de golpe te puede contagiar. A propósito de Bolaño, también exuda un olor enfermizo. Pero escribía bien y nos acompaña en esos momentos nihilistas que tenemos todos.
Si el mundo no ofrece mucho para ver, hay que salir para cambiarlo con acciones.
Mucho se podrá hablar sobre sus hábitos y el proverbial escepticismo uruguayo que J.C. Onetti abrazaba con tanta naturalidad, pero lo que verdaderamente importa son sus obras. Los cuentos cortos y «El Pozo» pueden leerse de un tirón pero las novelas hay que descubrirlas de a poco, como quien bebe por primera vez unos sorbos de cierto tipo de licor fuerte y seco que pocos suelen pedir en los bares. En mi caso, fui descubriendo sus obras tras varias lecturas parciales e intentos infructuosos. Solo así es posible adentrarse en el mundo de Onetti.
Mario Vargas Llosa dijo alguna vez que Onetti era un escritor verborreico, que utilizaba muchas palabras, demasiadas, para decir algo. Es cierto, utiliza muchas palabras, pero eso le permite describir algo de una manera diferente y personal que transporta al lector enganchado a otra dimensión. A veces sus descripciones llegan a ser casi cinematográficas. Onetti fascina.
Molt bon article sobre un exquisit escriptor.
Pingback: El infierno tan temido, quizá el mejor cuento de Juan Carlos Onetti
Pingback: Eduardo Álvarez Tuñón: «Si hubiera podido dedicarme exclusivamente a la literatura no hubiera condescendido al derecho» - Frases de Amor