Antonio J. Rodríguez: El ocaso del Imperio y el sol naciente

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Comentaba hace unas horas en mi página de Facebook mi intención de escribir algo chistoso sobre la gringosidad que Javier García Rodríguez (Valladolid, 1965) describe en Barra Americana, cuando al bajar a la tienda de conveniencia a por burbujeante cafeína sin azúcar me di cuenta de que iba vestido con tejanos y beisbolera, tenía el pelo recogido con una bandana y llevaba barba de tres días. Leyendo al profesor de teoría literaria —a quien probablemente conocí por su pertenencia a esa elite de cinco personas que en nuestro país de veras ha entendido algo de David Foster Wallace— pensé que su libro habría sido muy del gusto de Jean Baudrillard, que en 1986 publicó América, en donde leímos aquel enunciado que parecía anticipar el fin de la historia, según el cual «en el corazón de la riqueza y la liberación, siempre se plantea la misma pregunta: «What are you doing after the orgy?» ¿Qué hacer cuando todo está disponible, el sexo, las flores, los estereotipos de la vida y la muerte? Este es el problema de América y, a través suyo, del mundo entero.» Y leyendo Barra americana caí en la cuenta de que hacía muchos, demasiados, meses, tal vez desde su muerte incluso, desde la última vez que pensé en Baudrillard: tan Matrix, tan estupendo, tan vieja escuela, tan posmoderno y tan postestructuralista como era él, con esos conceptos asociados al hiperconsumo y la hipermodernidad que manosearon tanto los de su generación, entonces que se podía. ¿Existe algo más vintage que citar hoy a Jean Baudrillard?, pensaba todo el tiempo mientras leía Barra americana, que es un libro tramposo, porque invita a participar en esa superioridad moral de la que los europeos seguimos sin despegarnos cuando nos plantan delante de las barras y las estrellas. Cuenta García Rodríguez que:

«Cuando los estadounidenses modernitos, los intelectuales woodyallenescos y ceneénicos, los que miran siempre de reojo envidiosillo hacia las novedades de Nueva York, los “patanegra” de los estados de Nueva Inglaterra, los avanzados habitantes de la California librepensadora y libertina, los que confunden las apariencias con la cultura, un happening con el arte supremo, una crítica en la New York Times Reviewof Books con la Biblia (en verso), un artículo en The New Yorker o en Harper’s con un estudio antropológico y/o científico de la misma altura que El origen de las especies; cuando todos estos quieren referirse con cierta mofa a determinado tipo de personas que consideran más simples, cuando quieren hacer chistes a costa de sus compatriotas menos dotados, miran siempre hacia el mundo rural de los estados del Medio Oeste (entre otros: Illinois, Indiana, Iowa, Kansas, Missouri, Nebraska y Minnesota), de donde saldría el prototipo del genuino americano “de campo”: un cruce entre el Buddy de Cheers y la Rose de Las chicas de oro.”

Y aunque el libro se presente como un cruce entre ficción y crónica, no cuesta imaginarse a un curioso y atento García Rodríguez recorriendo los USA con camisa hawaiana, con las manos sepultadas en unos shorts, intercambiando palabras con los indios semínolas de Florida y el alligator del Parque Natural de los Everglades, «en el chiringuito a ritmo de salsa, guaracha y no menos cotizados ejemplos de la marchita musical hispana», cuando no sacrificándose para contarnos la experiencia de un partido de béisbol, comiendo hot dogs con cebolletas y bebiendo heineken fresca, pese a que García Rodríguez opine que «solo el que ha visto íntegro un partido de béisbol sabe lo que es el aburrimiento extremo.»

Quiere la casualidad que paralelo al texto de García Rodríguez aparezca en librerías El cielo de Pekín, la primera novela de Miguel Espigado (Salamanca, 1981), que durante algún tiempo ha residido en China como profesor de lengua y cultura española. Recuerdo que hace algún tiempo, el polémico James Wood publicó un artículo en donde comentaba que la principal mutación en la literatura que se hace en lengua inglesa venía dada por el novedoso punto de vista que aportaban los escritores emigrados de países no occidentales. En España, de hecho, creo que de algún modo todos esperábamos la aparición de una nueva hornada de autores que supiesen retratar la experiencia de la migración, motivo por el cual la idea de El cielo de Pekín aporta la primera sorpresa narrativa del libro: el momento en que nosotros volvemos a ser inmigrantes ha llegado. O en palabras de Espigado, esta novela «habla del encuentro de los occidentales con una periferia que ya no es colonizada sino colonizadora».

Se quejaba hace poco el incansable polemista Alberto Olmos en una entrevista: «Yo sé que como tengo barba y no me parezco a Juan Manuel de Prada se da por hecho que soy superprogre y que tengo que movilizarme por todas las causas, no sé, por Egipto… Bueno, yo no sabía que en Egipto había un dictador, pero qué fácil es decir al día siguiente que estás a muerte con la primavera árabe». Y lo cierto es que mi conocimiento de China se parece bastante a lo que Olmos piensa de Egipto: ni idea; o si la hay, entonces es demasiado confusa o descomunal para comprenderla. O como dice un personaje de Espigado: «Nuestra generación tiene lo peor de los dos sistemas: la obligación de competir, de tener más dinero, de ser los más guapos del capitalismo, y el sometimiento, la opresión y la censura del comunismo.»

Sumada a la Primavera Árabe y a la presente crisis de la Unión Europea (recuerdo a Juan Ignacio Crespo hablando hace un mes de «la nostalgia de una edad dorada donde sí que había liderazgo europeo: la era de los François Mitterrand, Helmut Kohl, Jacques Delors, Felipe González…»), la yuxtaposición de ambos ejemplares invita a la contemplación del ocaso del Imperio (¿occidental?, ¿americano?), y al complejo de inferioridad ante el nuevo mapa cultural que se presenta ante nosotros. García Rodríguez, vasto conocedor de la literatura norteamericana, forma parte de una generación de autores que inició el combate desde el interior de la Universidad para ampliar los horizontes de nuestros referentes culturales, y los códigos que maneja aún son comprensibles para la mayoría; Espigado, educado en esos mismos referentes, escribe sobre lo desconocido mientras llamea Roma a sus espaldas. Hora de ponerse las pilas, y quién sabe si de bajar a la tienda de conveniencia en kimono, o no.

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5 comentarios

  1. «a quien probablemente conocí por su pertenencia a esa elite de cinco personas que en nuestro país de veras ha entendido algo de David Foster Wallace»

    Hombre por favor, ¿usted sabe a quién está leyendo?

  2. Raúl

    Por favor, no le den mucho pábulo a Antonio o no más del necesario.

    Es muy cansino encontrárselo en casi cualquier publicación cultural promocionando a sus amigotes y a sí mismo bajo, eso sí, un magma de referencias posmodernas, muy del gusto hipster.

    Que hay males necesarios en toda publicación, como tener en nómina a maestros del networking, uno lo comprende: pero tengan un poco de piedad para con los lectores que llegamos hastiados de otras publicaciones (Quimera por ejemplo) y encontramos en JotDown una revista interesante.

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